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Barullo en papel La entrevista

Isaías: “No puedo escribir de lo que no conozco”

Aunque es una de las leyendas vivas de la poesía de Rosario, su obra gira en torno a los espacios rurales y a su pueblo, Los Quirquinchos. Marcado a fondo por el gran José Pedroni, también incurre con éxito en la prosa narrativa. Sencillo y campechano, y con su eterna boina, el Jorge Isaías se confesó ante Barullo, y hasta contó que ya no le gusta un libro suyo porque lo ve “machista”.

A punto de cumplir 76 años, Jorge Isaías acepta el desafío de Barullo de definir su vasta obra poética, narrativa y ensayística, traducida a varios idiomas y constituida por casi medio centenar de libros. “Una misma música con variaciones, la vida de un hombre”, apunta, tomando prestado el título de la poesía completa de Giuseppe Ungaretti, Vita d’un uomo. Con un ojo siempre en el pueblo natal de Los Quirquinchos, el galvense José Pedroni como padre putativo y la lírica como la primera expresión de su literatura, el prolífico autor repasa “la vida que uno pudo transitar” y de allí fluyen no solo los hilos de sus distintas etapas creativas sino incluso confesiones y primicias, mientras la música sigue sonando.

Apodado Turco, pero en rigor de familia con raíces en Piamonte y los Abruzos, nació y creció en un entorno rural a dos horas al sur de Rosario, ciudad en la que se instaló desde los 17 años. Aquí fue donde en definitiva residió más tiempo, aunque el paisaje de la llanura es uno de sus espacios por excelencia. Los abuelos eran analfabetos y el padre el único de los ocho hermanos que asistió por doce meses a la escuela, la que debió abandonar por mandato para sumarse a trabajar en el campo. En cambio cuando el pequeño Jorge empezó la primaria a los cinco años, su papá lo liberó de la obligación diaria de recoger maíz, faena que quedó relegada a los fines de semana. Poemas de su emblemática Crónica gringa reflejan esas jornadas en lo de María Paulini y Domingo Clerici, un matrimonio de arrendatarios italianos a los que el nene llamaba tíos y en cuyo hogar siempre le reservaban como regalo “gallinitas ampolladas de licores ambarinos”. Fue su jardín de infantes, una de las postales de la niñez inolvidable y siempre revisitada.

El poeta menos pensado

“Yo no tenía ninguna característica para hacerme poeta, nada me acreditaba. En mi casa no había libros ni tradición, pero empecé a leer y era muy lector. Primero de historietas, después de libros del sindicato de obreros rurales que estaba enfrente de la cancha del club Huracán. Como en el club no nos dejaban tomar agua porque decían que estaba contaminada, íbamos al gremio, donde había un aljibe. Ahí aprendí de reivindicaciones laborales, escuché por primera vez discutir sobre igualdad. Me quedaba mirando la pequeña biblioteca y un anarquista uruguayo –el nutriero del río Carcarañá Ramón Fernández– empezó a prestarme libros”, rememora Isaías. Este hombre rudo al que llamaban el Oriental forma parte junto a otros personajes extraídos de la piedra de la realidad de Crónica gringa, una obra que desde su lanzamiento en 1976 fue creciendo en cantidad de textos y tiradas hasta llegar a las seis ediciones. Su factura no hubiera sido posible sin el encuentro de este joven que cursó la carrera de Letras en la Universidad pública con otro santafesino descendiente de italianos, el poeta José Pedroni, al que sin embargo Isaías no cruzó en vida porque “llegó tarde” a su obra.

Al muchacho que se había instalado en Rosario en 1964, asiduo visitante y admirador de Juanele Ortiz junto a Juan José Saer, Hugo Gola y Paco Urondo, compañero de Angélica Gorodischer, Alma Maritano, Jorge Riestra y Carlos Piccioni, entre otros autores de la escena citadina, Los Quirquinchos le parecía un asunto insignificante o al menos no literario. Hasta que una compañera de la facultad le sugirió que escribiera acerca de ese terruño, a 20 kilómetros de Firmat, sobre el que departía con tanto fervor en reuniones de amigos. “Le dije que no tenía valor pero me retrucó que cuando contaba cosas de mi pueblo lo hacía con un gran entusiasmo. Me preguntó si lo conocía a Pedroni y me pasó un disquito que había sacado una cooperativa bancaria. Lo escuché y me encantó. Él me abrió las puertas para que yo hablara de mi pueblo, antes no me animaba. Fue mi maestro elegido: tomé su modelo y muchas de sus ideas. Seguí sus lineamientos con variaciones personales, mías”, insiste con locuacidad, los bigotes hirsutos y su característica boina negra calada.

Cuando por fin llegó la hora de la decisión, “hice un relevamiento grabador en mano: me fui a conversar con la gente grande de Los Quirquinchos sobre cómo había sido la inmigración”. También fue muy amigo de la viuda del autor de Gracia plena y El pan nuestro, doña Elena, y tras un trabajo de archivo publicó a través del área de Cultura de la provincia Papeles inéditos de José Pedroni, que incluye cartas y discursos y se ubica en el campo de la investigación literaria. Es que también ha incursionado en el género del ensayo.

Obras de Jorge Isaías
Obras de Jorge Isaías. Foto: Sebastián Vargas

De la poesía a la prosa

Isaías se había iniciado en la versificación alrededor de los 15 años, tras ser abandonado por su primera novia, leer La amada inmóvil de Amado Nervo, escribir frenéticamente como poseído y acto seguido desmayarse. Luego de semejante secuencia dramática, le presentó los textos a la bibliotecaria del pueblo y recibió de ella una respuesta sin dubitaciones: “Jorge, vos sos un poeta”. Recién en 1970 editaría su opera prima La búsqueda incesante en Córdoba y poco después, junto a sus pares Guillermo Colussi y Alejandro Pidello, fundó la mítica revista La Cachimba, que sacó diez números entre 1971 y 1974. Aquellos tiempos fecundos “no se me van nunca de la cabeza porque fue una época feliz, una época de amor, una época de entrega”. Además de libros, “la poesía me ha dado, como decía Urondo, los amigos más importantes”, advierte, y además de los nombrados cita a Rubén Sevlever, Héctor Píccoli, Raúl García Brarda, Concepción Bertone, Nora Hall, Elvio Gandolfo (la lista sigue y es extensa).

Según sus cálculos, el 80 por ciento de lo que lleva editado es prosa, a la que comenzó a explorar a principios de los años 90 –a poco de recibir el prestigioso premio provincial que lleva el nombre de su maestro José Pedroni y “gracias a Rosario/12”. “Cuando salió el diario, me llama Reynaldo Sietecase y me dice: «Nos interesa que escribas en la sección Contratapa, pero mirá que ahí no van las poesías». Acepté y me sentía con el compromiso de escribir. Primero publicaba mensualmente y me pagaban, después de dos años dejaron de hacerlo y yo planteé que si no me iban a pagar me dejaran publicar una vez por semana. Y así fue, lo cual además de darme un ejercicio, una práctica, fue como abrir el arcón de la memoria”, rememora sobre aquella experiencia que empezó con la máquina de escribir, pasó por los diskettes arrojados en el buzón de la redacción y terminó con el envío de las colaboraciones por mail.

“Algunos amigos creen que esos textos tienen mucho de poesía, otros con generosidad dicen que les hace acordar a Haroldo Conti, de quien soy un admirador a muerte de su literatura y de su accionar, de hecho cuando lo chuparon estaba en tratativas para poder conocerlo. Para (la escritora cordobesa) María Teresa Andruetto son aguafuertes, yo los veo más como estampas. No los considero cuentos, aunque en algunos momentos es más intensa la narración”, explica con propiedad este licenciado y profesor superior en Letras, egresado de la UNR, que en los últimos diez años de su vida laboral ejerció la docencia en institutos terciarios.

Isaías asegura que “todo lo que escribía” se lo mandaba al poeta Raúl Gustavo Aguirre, creador y director de la revista Poesía Buenos Aires, quien a su vez todo lo leía y comentaba. En una de esas devoluciones, Aguirre le vaticinó: “Usted alguna vez va a escribir prosa”. Un viraje que también vivenciaron otros autores santafesinos, señala el Turco, como Juan José Saer, oriundo de Serodino, y Lermo Rafael Balbi, de Rafaela. En ese sentido, el gran narrador norteamericano William Faulkner solía postular que él mismo había arrancado con la poesía, la exigencia máxima de la lengua, y como fracasó pasó al cuento, y como también en ese terreno fracasó se dedicó a escribir novelas puesto que allí fracasaba menos. Siguiendo esta curiosa teoría del éxito, el de Los Quirquinchos cree que el género en el que menos tropieza es el poético y de hecho tras una indeseada pausa expresiva durante la pandemia, lo que volvió a fluir –como en la adolescencia– fueron los versos.

Foto: Sebastián Vargas

Ars poética

“Confieso que la pandemia me enmudeció, dejé de escribir no sé bien por qué. Me sentí muy angustiado. Una amiga me quería mandar al psicólogo y llegué a ir un par de veces: el tipo me retaba”, admite el escritor todoterreno, que hizo de la remembranza de la patria chica un leitmotiv aunque le cuesta autopercibirse como melancólico. “Ahora tengo entre 30 y 50 poemas nuevos que pueden ser buenos, que pueden ser un libro. No lo he pensado todavía, no sé si tendré el coraje y la paciencia de armarlo”, duda, y revela que para organizar sus libros se atiene al consejo de Pedroni, que sentenciaba: “Las perlas, juntas”. También desde la cabecera lo ilumina con su aura Juanele, “una influencia no sé si en mi obra pero sí en mi postura frente a la poesía, de despojamiento. Era alguien muy humilde, muy generoso, y como dijo Saer: donde estaba él, estaba la poesía”.

Si bien perdió la cuenta de cuántos libros publicó con exactitud a lo largo de cinco décadas, entre los preferidos elige Crónica gringa por el suceso que significó en su vida y en el público; Las más rojas sandías del verano, del que Mempo Giardinelli tomó textos para incorporar a manuales escolares, y El sentir de la llanura, acuñado por el sello Ciudad Gótica en 2014. De Oficios de Abdul (La Cachimba, 1975), que llegó a las tres ediciones, asegura que no volvería a escribirlo “porque he notado que es muy machista y yo me siento menos machista que hace 30 años, además de que tengo cuatro hijas mujeres”. En ese sentido recuerda críticamente la actitud de hostigamiento permanente de su padre hacia su madre, y la repudia.

De repente hace un alto y reflexiona con gravedad: “No sé si conviene que pongas que en la cuarentena dejé de escribir”. Y discurre sobre cuán honesto resulta admitir que a veces se produce y otras no, justamente porque el artista es un creador y no una máquina programada para la serialidad. Entonces (se) contesta: “Claro, como decía Haroldo Conti, soy escritor cuando escribo, después me gusta perderme entre la gente”. En ese sentido, confiesa que no podría aunque se lo propusiera trabajar como escritor profesional o surrealista. “Una vez nos invitaron a la escuela Carrasco de Alberdi al Negro Fontanarrosa, a Angélica Gorodischer y a mí. Cuando me tocó el turno dije: «Yo no puedo escribir de lo que no conozco», y Angélica que venía inmediatamente después dijo: «Justamente yo escribo de lo que no conozco»”, se ríe en la evocación de su amiga, que lo llamaba gomía o Tigre y lo incorporó como personaje en su emblemático Trafalgar.

Por lo pronto, apoyado en la formación ad hoc que le dieron en la infancia el campo, la cancha y el sindicato ‒“núcleos” a los que destaca privilegiadamente sobre la academia‒ continúa componiendo esa melodía con variaciones que definirá como “realismo lírico”, dispuesto a inventar una nueva corriente literaria si fuera necesario. En los últimos años publicó Poesía elegida (editorial Ramos Generales, 2020), con ilustraciones de Martha Greiner; La camiseta celeste (relatos, CR ediciones, 2021), y Días de fútbol (CG, 2021), cuyos derechos de autor donó al club Huracán de Los Quirquinchos.

Sí, la música de Isaías sigue sonando.

Publicado en la ed. impresa 21

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