“¿Así que sos la mamá de la vanguardia?”

Esa fue la pregunta que le hizo Hermes Binner cuando le propuso estar al frente del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe. Doce años después transita los últimos meses al frente de un ministerio al que le reconoce una cantidad de virtudes; en el que descubre también ciertos errores, procesos incompletos.

Ama las palabras, los símbolos, las metáforas, los conceptos. Y lo aclara, cuando la entrevista se acerca a las dos horas pactadas con la ministra de Innovación y Cultura de Santa Fe. “No te estoy dando conceptos”, se previene entonces la doctora en Derecho, la docente, la directora teatral, la gestora cultural.

María de los Ángeles González se prepara para una jubilación que, seguramente, la descubrirá aportando sus conceptos allí donde la convoquen. Porque no callará sus convicciones, su devoción por la infancia y los jóvenes, su cruzada por perforar el sistema educativo, una de sus grandes obsesiones. Aún cuando habiendo tenido la posibilidad de asumir la conducción del Ministerio de Educación, allá por 2007, la rechazó con un argumento contundente: “En la noche en la que se definían los ministerios, en un momento Binner quería ofrecerme Educación, pero entonces le dije que no podía gobernar algo que no amé. A pesar de que era maestra y amaba ser maestra, de que amo a las maestras, para mí todo el asunto de la escuela fue difícil. En la escuela yo era una negrita de barrio”. Hija de una madre progresista y de un padre peronista (maestro de escuela carcelario), María de los Angeles González nació a fines de la década del 40 en barrio Saladillo. El frigorífico y el arroyo fueron la escenografía de su infancia. También, la de sus pesadillas recurrentes: “A los dos años, todas las noches de mi vida, soñaba con una gallina de plumas rojas que gritaba sobre los cables de alta tensión. Gritaba de una manera que, hoy diría, era la de un torturado, no gritaba como gallina, sino como una persona a la que le estaban haciendo daño. Mi papá entonces me envolvía (porque decía que, sea invierno o verano, estar envuelto contiene), me alzaba, me llevaba al patio y me hacía elegir una estrella, le poníamos nombre y cantábamos: ‘Le tiro el miedo a la estrella, le tiro el miedo a la estrella, le tiro el miedo a la estrellaaa… ¡y ya se me pasó!’. Eso me quedó grabado”.

Chiqui González (Alejandro Guerrero)

Resuelto, estrellas mediante, el asunto de la gallina de rojas plumas, Chiquitina (de allí el apodo que, acotado, se terminaría convirtiendo en su nombre de pila) debió lidiar con el conflicto de la escolaridad cuando fue enviada a Nuestra Señora Del Huerto, donde la culpa cristiana le valió un debut con desmayo incluido. “Ir a la escuela me asustaba mucho. En jardín de 4 una monja me mostró la imagen del Cristo, al que le chorreaba sangre de la cabeza, clavado a la cruz. ‘Cristo murió por vos’, me dijo, y en mi primer día de jardín, me desmayé. En ese momento me vio un psiquiatra y estuve una semana en cama, llorando, preguntándole a mi mamá ‘¿de dónde saqué las espinas, los clavos?’. Ahí entendí que las cosas no eran las cosas: Cristo no estaba ahí, era un muñeco de cera. Y la otra: había que jugar para perder el miedo. Una vez un psiquiatra me dijo que eso que había hecho mi padre con las estrellas, el tema de desplazar el miedo hacia un objeto a través del juego, era una intervención lúdica extraordinaria. Por eso, en el secundario ya empecé a hacer teatro: era mi forma de seguir jugando. Cuando salí del secundario empecé a dar clases como maestra de grado y ahí empecé a aplicar todo esto, con los juegos más insólitos, jugar a las palabras, tratar de vivir en lo cotidiano a través del mundo mágico”.

Fotos: Alejandro Guerrero

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