Cuando la lectura pasa a formar parte de la vida cotidiana

Son faros que emiten su luz sobre los paisajes devastados por el neoliberalismo. Desde el corazón de los barrios rosarinos, sustentadas en la tenacidad y la entrega de quienes las propulsan, las bibliotecas populares ponen los libros en circulación para que los sueños no mueran.

Las bibliotecas populares son espacios disruptivos. Castillos de luz, de hiperactividad y color en medio de la piel de una ciudad castigada por la crisis económica y la recesión, una ciudad marcada por los letreros de “Se alquila” y “Se vende” de los locales vacíos.  Son oasis de resistencia ante la devastación de la sociedad neoliberal, sistema que por definición destruye los lazos sociales. Las bibliotecas populares restituyen esos nexos y crean nuevos, apuestan por lo público, lo comunitario y lo colectivo (desde la educación, el arte, el juego y el trabajo) frente al avance del mercado y lo individual.

Se erigen como espacios de irradiación permanente y sin límites. Demuestran que existe otra teoría del derrame. En su versión popular, lejos del versito ramplón de los ladrones de guante blanco para saquear lo público, el derrame consiste en una práctica, un poner el cuerpo entre todos que se traduce en una expansión constante desde un centro, la biblioteca, hacia el afuera: el barrio, la comunidad.

Porque las bibliotecas populares son mucho más que lo que su nombre indica: de sus locales derraman actividades culturales, talleres, capacitaciones, educación formal y no formal, juegos, lecturas, oficios e historias.

Los libros se escapan de los anaqueles y salen a pasear, y se meten en la casa de la gente, y andan jugando por las calles del barrio, se van de fiesta. Y las letras se emancipan de las páginas de los libros y se transforman en carteles multicolores, o se reconfiguran en otros lenguajes: música, malabares, artesanías, circo, movimiento.

Estas construcciones colectivas generan redes de contención social que forman un entramado, que sirve de soporte para una comunidad castigada por los rigores de la lógica de la mercancía.

Si bien reciben subsidios municipales, provinciales y nacionales, todas las fuentes consultadas coincidieron en que resultan escasos, y en que hay que luchar mucho para sostener los espacios. En los últimos tres años y medio, el aumento brutal de las tarifas de los servicios complicó mucho las cosas. Solo el esfuerzo colectivo, la imaginación y la solidaridad los mantienen en pie.

“La imaginación al poder” y “Otro mundo es posible” no son consignas. Lejos de ser meros enunciados de deseos, se convierten en realidades tangibles, en actividades colectivas que construye un sujeto bien concreto y que trasciende lo individual.

Además hay otro desafío. En la era digital, en las bibliotecas populares y alrededores nos encontramos con la versión no virtual de los seres y las cosas: una vida activa y bullente de este lado de las pantallas.

La apuesta por la narración oral como acercamiento a la literatura es otro de los denominadores comunes del trabajo de las bibliotecas populares. Se trata de un gesto lúdico y muy seductor que, a la vez, retoma una antigua tradición. Durante siglos, la lectura en voz alta, colectiva, fue más común que la lectura individual y silenciosa.

La Cachilo

En la zona oeste, en Virasoro 5606, está La Cachilo. Posee más de veintidós mil libros en sus estanterías y muchos más, cientos más, que son andariegos como el mítico linyera Cachilo y están itinerando por el barrio, en los denominados bolsilleros.

“Poner el centro en el oeste es nuestra idea”, contó Claudia Martínez, coordinadora, educadora, narradora, bibliotecaria cultural y educativa que describió la historia y el desarrollo del espacio, que empezó en 2000 y fue creciendo “por prepotencia de trabajo” con la idea de llegar a la comunidad.

Hoy se ofrecen más de veinte talleres, entre otras actividades, en medio de un vórtice de colores y movimientos donde los libros conviven con la oralidad, lo lúdico y el trabajo. La cantidad de socios fluctúa entre los quinientos y los mil.

“Siempre buscamos la forma de atraer a los niños, de salir a buscarlos, y encontrar estrategias para salir de acá, y de no ser solamente un apéndice de la escuela”, explica Martínez con una pasión que no necesita explicaciones.

“La Cachilo tiene un espíritu andariego. Se nos ocurrió la idea de tener un carro, una especie de vagón o trailer y vino un socio que es herrero y nos regaló uno. Lo enganchamos a un auto y ahora lo usamos para ir a todos lados”, contó.

“Así nos incorporamos a las fiestas populares, a la vida cotidiana del barrio, de esa manera la lectura pasa a formar parte de la vida cotidiana, porque de no ser así, la gente no va a necesitar de la biblioteca”, aseguró Martínez, que describió con detalles los esfuerzos de todos los integrantes de La Cachilo por capacitarse, en Rosario y otras ciudades, para ampliar sus conocimientos y volcarlos luego en la construcción colectiva que se hace en ese espacio.

“Los libros no pueden estar dentro de cuatro paredes”, concluyó la narradora, que hizo mucho hincapié en “el derecho a la lectura”.                                                  

La Pocho Lepratti

Se ubica en la zona sur, en Chacabuco 3085. Incluye una radio comunitaria y un jardín de infantes, además de talleres y actividades de capacitación. Posee dieciséis mil libros, más de quinientos socios, y desarrolló una profunda vinculación con el barrio. Nació en medio de la crisis y la represión del 2001, tras el asesinato del militante popular Claudio Lepratti en manos de la policía. Arrancó en 2002 con la ayuda de la biblioteca de Amsafé y la de Madres de Plaza de Mayo, y hoy es un lugar de hiperactividad dedicado a la lucha popular, la construcción comunitaria y la educación para la emancipación.

El presidente de la comisión directiva, Carlos Núñez, explicó la especial concepción de lectura que los guía: “Además de leer los textos, trabajamos para leer el territorio, la comunidad, y esto precede a la lectura de la palabra, porque es el contexto en el que la palabra se inserta”, reflexionó en medio del trajín de un sitio marcado por el espíritu joven de Pocho.

Núñez tiene un conocimiento preciso de la historia y el presente de Tablada, y describió que La Pocho Lepratti tiene como objetivo fundamental articular su actividad con la realidad del barrio. “Hacemos una lectura del barrio y de su rica historia: la Vigil, el Trinche, Central Córdoba, los frigoríficos, el ferrocarril que partía de aquí, la resistencia peronista, y además desde la esquina de 27 de Febrero y Necochea partió una de las columnas en el Rosariazo”. “Son marcas constitutivas de los lugares. Es necesario reflexionar sobre esas marcas y sobre la estigmatización del barrio, por el tema de la inseguridad, y la discriminación que sufren niños y adolescentes”, agregó Núñez.

“La idea es construir otro imaginario desde lo colectivo, dejando de lado individualismos. Sentir que no estás solo, que se construye desde lo colectivo, desde la potencia de la interasociación. La posibilidad de juntarse y de que los pibes sientan que no son invitados, sino que son parte”, concluyó Núñez, que plantea este análisis en el marco de una reflexión colectiva sobre la construcción de la subjetividad neoliberal.

El trabajo comunitario como respuesta al impacto de la desocupación en la subjetividad es una problemática que se viene elaborando, con paciencia, con pasión, por ese entre-todos que allí, en esa colorida casa de Tablada, se manifiesta como una sinfonía de voces, cuerpos y músicas, como si la juventud no fuera cuestión de tiempo.

La Alberdi

Al norte de la ciudad, ubicada en Zelaya 2089, la Biblioteca Juan Bautista Alberdi convierte en realidad tangible al menos dos obsesiones de Jorge Luis Borges: la primera, la más obvia, el mundo como biblioteca, y la otra, el laberinto. Con más de setenta mil volúmenes, el paisaje interior que ofrece es imponente: una sucesión que aparece, como en un sueño, ominosamente infinita, con torres, almenas, minaretes y pasillos, y pasadizos, y atajos, y libros por doquier, como un mundo preñado de mundos invitantes, en espera y acecho.

Semejante espacio, ya por su sola presencia, no podía dejar de convocar historias, leyendas, cuentos de tono fantástico. “Uno de nuestros más queridos y recordados colaboradores de la institución, Juan, ya fallecido, siempre decía que después de las once de la noche, por cientos rincones se escuchan ruidos raros, como una presencia extraña”, contó, entre divertida y melancólica, Amanda Paccotti, docente y secretaria de la institución que tiene una larga y rica historia.

La biblioteca nació en 1935, en una época de auge de las cooperativas y las vecinales. Hoy ofrece 34 talleres, a los que concurren unos 150 chicos cada semana. Además recibe visitas de alumnos de distintas escuelas, que recorren el lugar y participan de una actividad de narración oral. “Son recibidos por el Movimiento Rosarino de Narradores Orales (Moronao), el año pasado pasaron 27 escuelas de la zona, unos 1.500 chicos, y este año ya retomamos la actividad y hay lista de espera”, contó Paccotti, que está al tanto de cada detalle de la logística, el mantenimiento y la cotidianidad del lugar.

“Hacemos un esfuerzo por abrir la biblioteca, para que no sea solo eso, y vamos siempre agregando talleres y actividades”, contó Paccotti, que hizo referencia a la gran aceptación que han tenido los Matebingos que vienen organizando una vez por año.  “No se juega por dinero, sino por premios, que son cosas que aportan los negocios de la zona. Y la gente viene con el equipo de mate”, señaló la secretaria de la institución que cuenta con más de ochocientos socios.

La Biblioteca Alberdi posee además una joya muy particular: un mueble antiguo que fue la biblioteca personal -no de libros de pedagogía- de las hermanas Olga y Leticia Cossettini. “Leticia venía siempre a la biblioteca. Lo hizo hasta el 2000, hasta que pudo caminar”, contó Paccotti.

La Mitre

Galería de arte, extensión de una escuela, taller de confección, sala de eventos, y una de las bibliotecas populares con más historia de la ciudad. Todo eso y mucho más concentrado en la enorme casona de Ayacucho 1728. La historia de la Biblioteca Popular e Infantil Mitre se remonta a una Rosario de 1936 en la que profesionales, dirigentes y personas de clase media y media alta se preocupaban por difundir la lectura y la cultura.

“La Mitre fue unas de las primeras bibliotecas populares, junto con la de la Asociación de Mujeres, y es una de las más emblemáticas, con dirigentes de la Mitre surge la Federación de Bibliotecas Populares de la provincia de Santa Fe, como es el caso de Federico Romeu”, contó la directora de la institución, la docente Diana Albanese.

Albanese, profesora de inglés, está vinculada a la biblioteca desde muy pequeña. Como vecina del barrio (“no podías vivir por aquí y no conocer la Mitre”, afirmó), luego como lectora y estudiante y después como docente y coordinadora de los dieciocho talleres que se ofrecen.

Además de sus treinta mil volúmenes y sus talleres, la Mitre brinda apoyo escolar y tiene una fuerte vinculación con las instituciones educativas de la zona. “Nos conocemos con los docentes y con los padres, con la comunidad de los colegios Madre Cabrini, Verbo Encarnado, Ameghino y Politécnico”, señaló Albanese. “Una vez que la gente conoce el espacio, los docentes y los chicos tienen ganas de seguir viniendo”, agregó. “La idea es siempre innovar, siempre reinventarnos en pos de la educación y la cultura”, afirmó con mucha convicción Albanese, que también hizo referencia a uno de los tantos desafíos que tienen que enfrentar en el contexto de la era digital. “Antes todo fluía de otra manera, porque no había internet. Ahora hay que inventar todo el tiempo maneras de llegar a la gente, porque hay una mayor resistencia”, señaló en medio de una realidad que, si bien tiene computadoras y no rechaza la tecnología, posee una lógica con más presencia de lo lúdico, lo artesanal y lo humano, en el sentido predigital del concepto.

Fotos: Sebastián Vargas

Publicado en la ed. impresa #04

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