El mejor rock sinfónico que escucharon los japoneses es rosarino

El primer disco de Pablo el Enterrador, banda acompañada por un mito desde su origen, tuvo una edición en Japón que fue furor. Generó fanáticos hasta en adolescentes que se atrevieron a cantar sus canciones en un dudoso castellano, pero que da una idea de la magnitud de su penetración en ese país. Esa edición posibilitó que la formación local se conociera en otras partes del mundo y que hoy se la considere como una de las más dignas dentro de un género lleno de estrellas.

Se sabe: hacia afuera, para los que la miran con una suerte de admiración y curiosidad, en el resto del país y aun en el extranjero, Rosario es –y ha sido– una cuna de artistas que casi, casi, abarcan todas las disciplinas. Al mismo tiempo, los que habitan estos lares lo entienden así, y más pronto que nunca puede escucharse de sus bocas el lamento de que para que tal cosa ocurra –que podría llamarse reconocimiento o éxito de acuerdo a las aspiraciones de quien porte alguna virtud de ese tipo– todos tienen que haber abandonado la ciudad en algún momento porque la admisión de esas cualidades será legítima sólo si tiene lugar en otras metrópolis, que cuanto más grandes sean mayor será la capacidad de otorgar autenticidad a la obra o manifestación artística. Independientemente de si al artista se lo vuelve a ver por estas calles o si las mieles de esa fortuna lo inundaron y alejaron para siempre. Y es probable que si ha vuelto, el resplandor que consiguió afuera se vaya diluyendo de a poco junto a la proyección económica que seguro vislumbró cuando fue saludado por crítica y público de, por ejemplo, Buenos Aires, sello al que se aspira por cercanía y masividad. El regreso suele ser, frecuentemente, por razones más personales que artísticas; a veces porque la rutina de ese “triunfo” terminó haciéndose insoportable y lo económico no terminaba de compensar las deudas espirituales o de tenor parecido. Y también porque se extrañaban estos parajes y a la gente cercana que lo habita, y que tanto otorga para la templanza imprescindible para continuar creando.

Vinilo de Pablo El Enterrador con logo de RCA

Mito del rock vernáculo

Opuesta a esta argumentación podría decirse que al menos desde hace un par de décadas hay creadores que decidieron quedarse; que encuentran un solaz en terreno propio que temen no encontrar en los extraños; que circulan mucho la palabra, la pintura, el audiovisual y la música, y que dadas las plataformas digitales con las que se cuenta los materiales pueden expandirse alrededor del mundo. Pero hubo una época en que tal cosa era imposible si no se contaba con una importante producción detrás. Es decir, quienes escribían necesitaban que una editorial con peso específico publicara alguna obra y luego lograra traducciones en otros países; quienes pintaban, aspiraban a las bienales o a estudiar con maestros que los animaran a recorrer otros espacios; los realizadores audiovisuales se afanaban por participar de festivales internacionales clase B; los músicos por grabar con un sello que difundiera sus materiales a la vasta escucha que proporciona su lenguaje universal.

Fuera del anclaje local, ha pasado con el tango y su inserción en los países escandinavos o con el mismo chamamé, del que franceses y japoneses han hecho un culto, pero también pasó con el rock vernáculo, algunas de cuyas historias, sobre todo de las bandas que podrían denominarse pioneras, fueron conformándose como mitos en el circuito popular allegado, ya sea por su origen y devenir hasta –y fundamentalmente– por sus materiales editados. Una de esas historias es la de Pablo el Enterrador, que alcanzó el nada desdeñable sueño de que su primer y a esta altura antológico disco (allí se establecía su identidad musical) fuese editado en Japón y además se convirtiera en furor, logrando en poco tiempo agotar las ediciones, con críticas que llegaban a compararlo con Genesis, el King Crimson inicial y la italiana Premiata Forneria Marconi, y que el año pasado adolescentes nipones armaran un grupo con una sonoridad calcada de la banda y se atrevieran a cantar sus canciones en un más que dudoso castellano pero que no deja de dar una idea de la magnitud de su penetración en el país del sol naciente.

Seguir leyendo en la ed. impresa #04

Leé las notas completas en la edición impresa. Ver puntos de venta

Deja un comentario