Noah Pellegrini

Lo mío es bastante personal, el no binarismo es como cada uno lo vive.

Quienes le conocen desde hace tiempo, le dicen Rulos. Cuando le llaman Noah, le suena formal. En su documento nacional de identidad, sin embargo, figura otro nombre. No hubo ley de identidad de género que posibilitara –aún– su pedido: no quiere que se identifique como hombre o mujer, su género es no binario. Hace más de un año lleva adelante una pelea contra la burocracia estatal que no concibe a una persona fuera de las estructuras femenino/ masculino, pese al antecedente de noviembre de 2018, logrado en la provincia de Mendoza, para quien no consigue género en el DNI.

¿Qué es ser una persona no binaria? Rulos elude cualquier definición tajante. “Lo mío es bastante personal, el no binarismo es como cada uno lo vive. Para mí una identidad no binaria es correrse del hombre-mujer establecido, de la dicotomía social”, dice Noah, que elige hacer la entrevista en la casa de una amiga, donde una tarde de sol y mates les espera. Lleva remera con un enorme signo de pregunta y los rulos que dan sentido al nombre con el que más se identifica.

No fue fácil reconocerse, y hacerle saber al mundo, que era “torta”, que le gustaban las mujeres. Tras esa salida del clóset, algo le siguió molestando. “Primero llegó lo queer, hace unos años, y de ahí fue llegándome información. Había cosas que me hacían ruido, que no me cerraban, y me empezó a llegar info de identidades no binarias, más que nada de Europa. Y fue como… ah pará… Creo que mi sentir o mi forma de llevar mi identidad va por ese lado y encontrarme ahí… Tanto costó encontrarse torta y plantarse en la vida que fue como… bueno, otra vez salimos del clóset, y ahora plantarme ahí como identidad no binaria”, cuenta .

A sus 32 años,  mira con admiración cómo les más jóvenes –sus compañeres de la Asamblea No Binaria que se reúne en La Toma- pudieron llegar antes, y con más naturalidad, a comprender el mundo más allá de los corsés del binarismo. Y vivir con el cuerpo libre de esos estereotipos.

Sin el DNI que respete su identidad, en el sistema de salud pública, Noah depende de la buena voluntad de quien atienda en el hospital. En el Heca, el cambio de nombre en el sistema no se termina de asentar, y en cada consulta debe recordar quién es. En el Cemar, cada vez que llega por primera vez a uno de los seis pisos, debe volver a explicar que ese nombre escrito no le representa. No fue fácil elegirlo. “A mí me gusta el nombre que me puso mi vieja, pero para la sociedad es femenino, entonces se agarran del nombre para llamarte en femenino. Así que, listo, que todo el mundo me diga Rulos, que era mi sobrenombre, hasta encontrar el nombre con el  que me sentía cómodo y demás, que fue Noah. Todos los que me conocen desde hace años, me dicen Rulos. Si me dicen Noah es como «ay, que seria». Rulos es mucho más amigable para mí. También es un nombre político, porque por algo es Rulos, no le van a poner la o el…”, se entusiasma contando cómo resolvió eso, que no resulta un problema para la mayoría de las personas cis. ¿Qué significa cis? Define a aquellas personas que se sienten identificadas con el género asignado al nacer.

Noah es reportera gráfica, llegó a Rosario desde Firmat, y nunca habló con su familia de su identidad de género. “Ni se los dije. No, no, no. Ya demasiado con torta, era como… ¿qué les voy a explicar? No, olvidate, ya con el torta es suficiente”, dice con una voz suave, que sin embargo no suaviza todo lo que falta desandar en términos de sentido común.

Noah lleva un año esperando la respuesta administrativa del Registro Civil al reclamo para adecuar su DNI. Si es negativa, podrá recurrir a la Justicia. La ley nacional 26743 no especifica géneros, hay un vacío legal, ya que no quedó explícita la opción de no consignar género en el caso de personas no binarias. El mismo reclamo de Noah lo comenzaron cinco personas no binaries en la provincia de Santa Fe. Una de ellas estaba en una situación acuciante y tuvo que aceptar las posibilidades existentes. Más allá, y más acá, de la burocracia, Rulos es feliz de haber encontrado el no binarismo. “Me siento más yo. Antes parecía… Te sentís torta y decís, ay che, era esto lo que no me cerraba y qué sé yo. Cuando ve lo del no binarismo, te decís, claro, con razón. Porque si no es la pelea es interna de si me siento así, soy un varón trans. Y no, hay todo un espectro de lo mujer a lo varón trans, que no necesariamente tenés que ir de una punta a la otra”, cuenta.

Franco Carames
Franco Carames, ser uno mismo

De a poco me fui dando cuenta de que la sexualidad podía ser más abierta.

Franco aprendió a caminar en las escalinatas del Monumento a la Bandera, en las revueltas populares de diciembre de 2001. Participaba de las manifestaciones junto a sus padres, militantes sindicales de toda la vida. “De a poco, más que nada por la militancia de mi mamá y mi papá, lentamente me fui dando cuenta de que la sexualidad podía ser más abierta, muchísimo más fluida, que se podía decir o no decir, estar con quien quieras, y no a pesar de un género”.

La secundaria en la escuela de danzas Nigelia Soria fue un entorno posibilitador. A los 13 años,  comenzó a cuestionarse la sexualidad, empezó a sentir que no se trataba sólo –como dice hoy– de hombre con mujer y mujer con hombre.  “A los 16 empecé a replantearme mi género, y a googlear o buscar por redes sociales, más que nada en twitter, qué significaba trans, qué era el género”, cuenta Franco, a sus 19 años. La definición de wikipedia, que por entonces ataba el género a la biología, lo confundió. “Después empecé a ver por otras partes, y me junté con un chico, Ciro, que es el primer chico trans que conocí, y me ayudó una banda porque me dijo «si te digo qué soy, yo soy Ciro, no me defino por un género, me defino por lo que soy». Y yo pensé, claro, yo soy Franco, me defino por lo que soy, no por un género. Y ahí, internamente, a los 16, a los 17, me empecé llamar Franco. Y en abril de 2018, cuando tenía 17, les dije a mis papás, y antes a mi psicóloga”, rememora Franco. Los padres no se lo esperaban. “Lo venían viendo de otra manera, venían pensando que yo era una chica para ellos y mi sexualidad era lo único que quería cambiar”, explica. Les propuso elegir el nombre juntos, pero la mamá “no quiso saber nada”.

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Para sus padres, aceptar la nueva identidad de su hijo no fue fácil. Hoy, le dicen Fran cariñosamente, aunque a veces se les escapa un pronombre femenino, o incluso un “boluda”.

En la escuela, pese a la apertura institucional, dos profesores varones se negaban a llamarlo Franco. Tuvo que recurrir a la letra de la ley de identidad, y a la directora. “Fui y les traje la ley. Y les dije, por una ley, simplemente por una ley, aunque no quieras, me tenés que llamar así, sino yo voy a un tribunal y lo arreglamos ahí, pero no creo que sea necesario eso. También hablé con la directora y le dije. Y me lo supieron arreglar de alguna manera, después sí me llamaron por Franco o por él. Sí, costó un poco, costó. Pero la mayoría todo bien”, cuenta cómo tuvo que hacer valer la ley en la escuela. Con sus amigues, el lazo afectivo construido durante los años compartidos hizo que la aceptación fuera algo más que eso, un acompañamiento.

Lo peor llegó al terminar la secundaria, y empezar a estudiar kinesiología en el Instituto del Gran Rosario, donde sus compañeros –y algunas compañeras– se reían de él y le decían “puto”, a modo de burla porque llevaba el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto y una pulsera del arco iris, símbolo de la comunidad lésbica, gay, trans, travesti, bisexual, no binaria, queer y más.  “No dije nada, no contesté, no reaccioné, primero porque me quedé reshockeado porque nunca me habían dicho así de la nada puto. Fue algo agresivo, todos se empezaron a reír, para colmo, tipo todos los chicos, y algunas chicas también, y no sé, dos o tres chicas me dijeron si quería sentarme con ellas, pero ahí los chicos también empezaron con agresividades. Entonces, me cansé. Además, no me estaba gustando mucho la carrera, no me sentía muy pertenecido ahí, entonces me fui, empecé otra carrera que era un ambiente totalmente distinto porque era en Humanidades y Artes, Ciencias de la Educación, la carrera que estoy haciendo”, rememora sin decir ni una vez la palabra discriminación. Las dos materias que le gustaron más fueron psicología y filosofía.

Franco cree que el género es “es como el ADN”. “Pienso que viene con uno el género y a veces, le ponemos demasiado valor a la palabra género cuando por ahí no la tiene”, considera. No volvió a pensarse en femenino. “Lo hablo mucho porque creo que lo tengo bastante asumido, pero no… nunca sentí que podía estar confundiéndome”, responde, y subraya “bueno, mis papás de hecho por ahí me replanteaban al principio, que se trataba sólo de cómo quería verme, físicamente, porque uso ropa holgada, pero… yo veo chicas que usan ropa holgada, veo chicos que usan ropa corta. No creo que sea una cuestión de ropa o de físico. Es algo que va más allá, con tu interno, de hablar con uno mismo y pensarse a uno mismo”, reflexiona. Comenzar un tratamiento hormonal no es un objetivo inmediato. Cree que hay que pensarlo bien porque son procesos irreversibles. Franco prefiere no hacer planes. “Siento que a veces es mejor vivir el día a día, no esperar mucho, pero siempre pensé mi vida como cualquier otra persona, que tenga trabajo, que termine una carrera, quiero hacer Psicología”, enumera sus deseos. También “en algún futuro” quiere tener “hijos, hijas, hijes”. Le gustaría multiplicar las ideas que permitan un entorno más amigable. “A veces me preguntan ¿sos un chico trans? Yo digo, sí soy un chico trans, me podés decir Franco, antes de decirme ahí viene el chico trans. Ahí viene Franco. Nombres. Qué sé yo, cuando viene alguien no digo, ahí viene la chica cis”, desarrolla una lógica implacable.

Nancy Rojas
Nancy Rojas, cuando el arte desborda

El género también es el cuerpo transformado en la medida en que una deja que eso fluya.

“¿Estamos desactivadas?/ ¿O a punto de parir un minotauro?/ ¿Somos libres o liberales?/ ¿Somos manifiesto del deseo o seguimos siendo deseadas?/ ¿Estamos realmente sueltas o aprisionadas?/ –Quizás, solamente amansadas–aseveró su espíritu desde la puerta. –Entonces, no hay qué temer”. En su manifiesto Leopardos sueltos, de 2016, la curadora, ensayista y productora de proyectos artísticos Nancy Rojas se preguntaba sobre la capacidad revulsiva de lo queer, y en esa pregunta, en la búsqueda, vive su trabajo desde que creó Studio Brócoli junto a Mauro Guzmán. La siguió desplegando en curadurías para instituciones y hasta fue convocada para el Salón Nacional de Artes Visuales.

Nancy Rojas tiene un nombre propio en el arte del país, y ella lo anuda a lo queer.  “Me siento como una especie de mediadora entre los artistas y la institución, entonces siempre siento que ese rol es fundamental, porque uno no responde que todo está bien, sino al revés, se ponen a prueba algunas cosas que suceden, que pasan, los conceptos, lo que se elige para mostrar. Y ve hasta dónde”, recupera su trabajo al interior, por ejemplo, de la Municipalidad de Rosario, donde fue una de las curadoras de la Quincena del Arte 2019 Queer.

En la vida de Nancy, hay varias vertientes que alimentan lo queer. Nació en 1978 en el sur de Rosario. Su papá, peruano, y su mamá, chilena, se conocieron en esta ciudad y se casaron enseguida. Vivieron en la casa de una señora que los alojó como si fueran sus hijos y cuando Nancy tenía seis años, se mudaron al Fonavi de calle Sánchez de Thompson. Aunque era una zona considerada peligrosa –ya entonces–, para ella vivir allí era “lo máximo”.  Un recorrido vital desbordado de la norma es algo que sitúa como un antecedente de su labor.

“Empiezo a tener un acercamiento con artistas que siento como disidentes en el campo del arte, en el sentido del lenguaje, que se permiten hacer otras cosas. De repente, en el 2006, cuando no estaba de moda usar una peluca, ni nada de lo que ahora ves hasta en la televisión, yo veía esos gestos artísticos como algo que debía ser legitimado. Yo me ponía en un lugar de «escribamos sobre esto», porque esto tiene sentido, tiene que salir a escena en el campo del arte. Cuando hacíamos eso con Mauro, en general éramos considerados… la irracionalidad”, retoma un trayecto que engarza con otras vivencias a la hora de explicar su llegada a lo queer. “Hay situaciones muy personales que tuvieron que ver con cómo yo empecé a visualizar mi cuerpo cuando… yo tuve anorexia nerviosa, en la época en la que estaba de moda la anorexia, entre comillas. A mí me diagnosticaron y eso para mí fue algo terrible en ese momento. A la larga marcó también una idea de cómo uno transita su desarrollo físico, bah, cómo tu cuerpo va cambiando y cómo de repente ese cuerpo es un cuerpo diferente siempre…”, relata. Cambios de pelo, de peso, de todo aquello que es mucho más que apariencia porque, como escribió Oscar Wilde, “el misterio del mundo es lo visible”.

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“Desde los 16 años, si uno empieza a ver fotos de cómo crecí y qué sé yo, no soy la misma y eso es lo que acompaña también mi concepción del género, que el género también es el cuerpo transformado en la medida en que una deja que eso fluya”, se acerca a un concepto que luego perfecciona ante la pregunta ¿qué es una persona queer? “Diría que es una persona que se transforma todo el tiempo, que permite esa transformación y que transita esa transformación políticamente. Me parece que eso es fundamental, porque obviamente transformarse y no hacer nada con eso no lo es. Sino más bien pensar que el mundo tiene que transformarse, que hay que transformar las ideas, que lo normativo tiene que ser dejado de lado”. La definición viene en oleadas. “También me parece que lo queer está, sobre todo en Argentina, muy asociado a una posición social. Esto es una hipótesis muy personal, que si bien hay una cosa muy mainstream con lo queer, creo que el ser queer también es ser como estar debajo no sólo de la norma sino debajo de un estrato social, que tiene que ver con  la lucha también. En Argentina está bueno pensarlo desde ese lugar porque es hacer justicia con un montón de gente”. Ese desborde de la norma social, también, la sitúa en lo queer. “Nosotros siempre nos reíamos porque decíamos «somos las únicas pobras del arte», trabajar con la basura, no llegar a fin de mes, ir a Buenos Aires, hacer una muestra y quedarnos sin plata, eso es queer para mí también en el campo del arte. Alquilar una casa, filmar todas las películas y desbordar la casa, ese desborde también es queer”.

Su largo trabajo conjunto con Mauro Guzmán da una pauta: “Nosotros nos rebelamos con el arte, con Mauro, haciendo Studio Brócoli, las películas, tomamos el rol de imponernos. Todo el tiempo estábamos pensando que había otro al que nos estábamos imponiendo, un otro institución, un otro artista de clase alta, un otro artista heteronormativo, un montón de otros. Nosotros, al revés, nunca fuimos víctimas del sistema”.

Amalia Salum
Amalia Salum, fugitiva de la feminidad

Hay lesbianas que no nos identificamos como mujeres, y es por una identidad política.

En 1981, Amalia Salum le contó a su abuela que era lesbiana, una palabra que todavía no había aparecido en su vida como categoría política. “Mi abuela me crió. Era la autoridad de la familia y con ella yo tenía absolutísima confianza, entonces un día se lo dije. No dijo nada, se fue a dormir, no me hizo un solo comentario. Yo temblé toda la noche y a la mañana, cuando estábamos desayunando, me dijo: «Si yo no entendí mal, vos no vas a tener hijos. Bueno, lo que yo te digo es que si querés tener hijos, yo te ayudo, yo te acompaño».  Realmente a veces pienso… Con los años que ella tenía, y estamos hablando de tantos años atrás. Cada día valoro más la cabeza que tuvo esa vieja del amor”, cuenta Amalia, 58 años, activista lesbiana, fundadora junto a Stella Labruna del bar Chavela, un espacio cultural que entre 2010 y 2015, desde Zeballos y Ayacucho, hizo historia en la ciudad.

Amalia supo que le gustaban las mujeres en su adolescencia. Cuando sus compañeras de la técnica suspiraban por profesores, ella se plantaba a las dos menos diez en el patio de la escuela para ver llegar a la regente, y sentir su perfume. “Era una cosa que yo la vivía feliz, refeliz, recontenta, no me generaba ningún conflicto, sólo que era un mundo mío, no lo compartía con nadie, ni con amigas, ni con familia, absolutamente con nadie. Pero a mí no me generaba conflicto, lo disfrutaba muchísimo”, asegura Amalia, quien desde que empezó a trabajar, se las ingenió para que le permitiera viajar a Buenos Aires, donde sí conocía mujeres y desplegaba su deseo libremente. “Era una vida totalmente paralela, en Buenos Aires era yo y después venía acá y cumplía con todo”, registra ahora.

Muchos años después supo que lo suyo era “lesbofobia internalizada”. ¿De qué se trata? “Yo tenía una lesbofobia internalizada tremenda. Después supe que era eso, en ese momento no lo sabía. Era esto de que no se debe ver. Le ponías la excusa que querías. Decías no tengo por qué contarlo, esta es mi vida. Por ejemplo, decir «yo vivo esto porque se me da la gana, pero esto no está bien, entonces, para qué lo voy a andar mostrando». Pero son todas frases muy hechas, como yo no tengo necesidad de andar contando con quién me acuesto… O lo otro, yo no soy lesbiana, yo me enamoré de vos. Eso hasta hoy se sigue repitiendo, más de una lo dice”, enumera alguna de las formas que toma esa discriminación internalizada. “Después, por suerte, mis hermanas compañeras me dieron las herramientas para decir, no pará, que esto se llama así. Te lo sacás y es maravilloso”.

A partir del activismo, de leer lo que habían escrito otras lesbianas, mucho antes, encontró herramientas para ser más feliz. Amalia descubrió que el amor no tenía por qué ser esa idea alimentada desde la heteronorma. Hoy abraza el poliamor, aunque fue un proceso largo. “Con Stella convivimos entre ocho y nueve años, más o menos. Y cometimos todos los errores habidos y por haber de dos lesbianas que viven un vínculo heteronormado, nos estrellamos contra todas las paredes, terminamos muy mal. Tuvimos necesidad de estar un tiempo sin vernos y generar el espacio de lo que fue Chavela juntas. Ese fue el motivo para volver a encontrarnos, y como a mí Chavela me abrió absolutamente la cabeza, y me dio herramientas para un montonazo de cambios y crecimientos, ahí también hice otras elecciones. Stella es una de mis compañeras de vida, y es una de las personas fundamentales de mi vida, no quiero que Stella no esté en mi vida, no quiero no estar en la vida de Stella, y no es precisamente que seamos pareja. Somos un gran amor en realidad, y así lo cuidamos y lo alimentamos”.

Hoy Amalia, además de vivir los amores sin contratos de exclusividad, y ser una de las seis lesbianas que cuidan de manera colectiva un bebé hijo de una pareja de amigas, enfoca su activismo en Potencia Tortillera, un archivo donde se registra toda la historia de estas tortas –como se dicen, reapropiándose de un término nacido para descalificarlas– desde los años ochenta. Para el año próximo, también quiere enfocarse en el activismo para las adultas mayores.

¿Por qué las lesbianas no son mujeres? “Una de las cosas que estoy aprendiendo últimamente es que tampoco podría decir que las lesbianas no somos mujeres, porque no son todas. Hay lesbianas que no nos identificamos como mujeres, y es por una identidad política. Mujer es una identidad económica-política”, dice, recuperando a la francesa Monique Wittig. “Cuando cuestiona esta heteronorma, Wittig vino a decirnos de dónde sale el término mujer, esa división política-económica-social que dice que el hombre trabaja, provee y la mujer tiene a los niños y los cuida. Si este es el orden económico, las lesbianas nos escapamos de ahí”, explica Amalia. “A mí la identidad lésbica me trajo que además quiero ser autosuficiente, quiero arreglar los cables de mi casa de la misma manera que se me ocurre tejer en un telar, o aprender a hacer una pared. En nada estoy limitada. Es común en nosotras que hagamos esto, porque nos habilitamos a hacerlo”.

Fotos: Sebastián Vargas

Publicado en la ed. impresa #05.

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