La hormiga inteligente

La ciclópea tarea de Alfredo Lovell en la Biblioteca Argentina, a donde lo llevó el mismísimo Juan Álvarez, ha adquirido visos de leyenda. Su nieta Victoria lo recuerda como un enamorado de la cultura. Y jamás le perdonó a Borges que no devolviera un libro.

Nunca le perdonó a Jorge Luis Borges que en una de sus visitas a la Biblioteca Argentina de Rosario omitiera devolver un libro que se llevó. Ese acto era inconcebible, fuera Borges o un joven estudiante. Así era Alfredo Lovell. Estricto, firme en sus ideales y, ante todo, extremadamente fiel a ese reservorio de cultura organizado en ficheros y estanterías por el que caminaba todos los días abrazando el placer de la lectura, disfrutando el aroma de cada página.

Lovell fue el primer bibliotecario que contrató Juan Álvarez, fundador de la Biblioteca Argentina. Su tarea empezó el 1º de abril de 1911 y terminó el 2 de enero de 1947. Durante treinta y seis años fue dejando su huella estampada en muchos de los rincones del colosal edificio del centro rosarino. “La hormiga inteligente” lo llamó el propio Álvarez durante su discurso por el vigésimo quinto aniversario de la biblioteca, en el que le dedicó un afectuoso reconocimiento: “De todos nosotros, únicamente Alfredo Lovell tuvo la suerte de poder persistir hasta hoy en defensa de lo que con tanto amor habíamos querido crear los restantes. Y es de justicia estricta reconocer que lo ha hecho con esa tenacidad incontrastable del hombre que se encariña con una idea, se identifica con ella y la escuda contra todos y contra todo”.

En los ficheros originales, que catalogan miles de libros, siguen  estampadas su letra y dedicación. Todos quienes circulan por ese espacio se terminan encontrando con él, antes o después. Con sus pasos, con su orden, con sus historias. Y esto es posible además porque Alfredo Lovell destinó mucho de su tiempo a registrar en dos volúmenes el día a día de la biblioteca. Los llamó Historia de la Biblioteca Argentina, desde 1911 hasta 1947. Los escribió a máquina y realizó cuatro copias. Dos de ellas están en la biblioteca y otra la tiene su nieta, Victoria Lovell, poeta y a quien el destino la llevó de un lado a otro, hasta que un día la acercó al edificio del pasaje Álvarez para dictar sus talleres.ç

Seguí leyendo en la ed. impresa #05.

Leé las notas completas en la edición impresa. Ver puntos de venta

Deja un comentario