La plaza del amor verdadero

I

La zona norte de la ciudad nunca fue mi territorio. Pero hubo una época en que, impulsado por el amor, la caminé de noche. Y así fue que la descubrí, mientras andaba suelto, fumando, bajo las estrellas del cielo de verano: la plaza Santos Dumont. La plaza de los arcos de medio punto, hechos de ladrillos, como un monumento etrusco abandonado a orillas del Paraná, resto de un pasado enigmático y remoto. Rosario no es linda, para qué vamos a engañarnos. Su crudo damero la torna insalvablemente provinciana. Y el pragmatismo sin fisuras que constituye tanto la superficie como el trasfondo de la mayoría de sus habitantes no ha contribuido a embellecerla, justamente. Acá la gente viene o nace para hacer dinero. Y quienes lo hacen, lo gastan en otra parte.

Pero claro, está el río. Esa gigantesca serpiente marrón que acaricia el flanco de la urbe aporta una inesperada ración de milagro. Y ahora, que las rejas que cercaban el puerto han desaparecido y todo el horizonte se abre generoso hacia el Paraná, los turistas se paran deslumbrados ante la bestia dormida que pasa y pasa. Aunque baste recorrer un par de docenas de cuadras hacia el sur para que el paraíso se transforme en infierno.

En la vieja ciudad, antes de las obras que convirtieron a la costanera en el paseo de los ricos, los rincones desde los cuales se podía contemplar el río eran pocos. Uno era la plaza Guernica, que ahora es el parque España. Y otro, perdido en la intrincada geografía de Alberdi, era mi plaza. Esa donde iba a soñar.

(Siempre llegué a ella con alegría. En aquellos años, de pelo largo y eterno libro bajo el brazo, la plata que había en los bolsillos era escasa. Apenas alcanzaba para el boleto de colectivo ida y vuelta, un paquete de diez cigarrillos y un escueto café. Cuando había para ginebra, era un lujo. Y para comer en un bodegón, una efeméride. Pero alegría nunca faltaba).

Allí estaba, señorial, serena, finisecular. Como reclamando la llegada del crepúsculo. Remanso entre remansos, oasis de oasis. Planeta fuera del tiempo. Me sentaba frente al río, con el cigarrillo ya encendido. Suavemente, comenzaba a atardecer.

Foto: Pancho Guillén

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