Categorías
Barullo en papel Historias de acá La entrevista

Fernando Piedrabuena, testigo fiel

Detrás del fenómeno de la Trova Rosarina –de la que este año se cumplen 40 años de su surgimiento- hubo mucha gente. Uno de ellos fue el iluminador Fer Piedrabuena. Toda una vida dedicada al montaje de las luces de los pequeños y grandes escenarios, en Rosario y en Buenos Aires, y en el exterior, con Fito Páez, Juan Carlos Baglietto, Charly García y la Negra Sosa.

Fernando Piedrabuena vio con el ojo del privilegiado a los adolescentes Fito Páez, Juan Carlos Baglietto, Adrián Abonizio o Rubén Goldin, convertirse en lo que sería la Trova Rosarina. Testigo fiel como pocos, fue haciendo su camino como iluminador trabajando junto a la Trova, Mercedes Sosa, Charly García o Luis Alberto Spinetta.

Su primera relación con la luz, como dice él, fue a los once años en su ciudad natal, Pérez, cuando empezaban a perfilarse los “asaltos”. Su padre le había armado con una madera y unas teclas Atma, algunos enchufes y llaves que prendían y apagaban a través de un pulsador. Los tachos eran las latas de aceite de auto cuyo largo encajaba justo para aquellas primeras lámparas reflectoras de color. Con ese entusiasmo dibujaba los planos de las luces copiándolos de la revista Pelo, al ver las puestas en escena de Pink Floyd o de Génesis. Esas fotos le parecían de ciencia ficción y le costó entender que debía de haber humo para que las luces se corporizaran.

Gentileza Fernando Piedrabuena

–Me vine a vivir a Rosario a los quince años, con mi familia. Mi casa estaba en la calle Santa Fe, entre Oroño y Balcarce, y en la esquina había un almacén. Voy un día a comprar algo, entro con los pelos largos y todos me miraban. Era 1979, plena dictadura y había un flaco con el pelo largo como yo, me acerco, le digo que soy nuevo en el barrio y dice: “yo vivo acá enfrente”. Preguntó si me gustaba la música, me invitó a escuchar unos discos y también contó que tocaba en una banda. Fui con mis discos internacionales que tenía gracias a mi tía que laburaba en el consulado de Italia. En ese entonces tener discos importados como Aqualung de Jethro Tull era como tener una Mac. El pibe era Fito Páez y los músicos eran Baglietto con su banda. Con el tiempo empezamos a juntarnos en una sala en la calle La Paz al 300. Jorgito Llonch arreglaba flippers en una habitación de adelante y les hacía el sonido a todos estos locos. Yo iba de plomo de la banda de Baglietto, lo acompañaban Fito, Goldin, Abonizio, el Muerto Sainz, Silvina Garré, Caburo… No se hacían conciertos sino juntadas para tocar en el Café de las Artes, en Iriondo y 9 de Julio, y otra movida en el Café de la Flor, pero era todo cerrado y las persianas bajas porque estábamos en plena dictadura.

Ese grupo de pibes con pelo largo generó un movimiento cultural que pasó a llamarse la Trova Rosarina y que a Baglietto, lo invitaran a tocar al festival de La Falda, en 1982, y a la vez se declarara la guerra de Malvinas y se suspendiera la música en inglés en todas las radios, fue determinante para el rock nacional.

–Cuando Juan pisa el escenario del anfiteatro de La Falda y toca los cuatro primeros acordes de Mirta de regreso, no quedó nada. En ese momento me dije: “uy”. A partir de ahí hacíamos entre siete y doce shows por semana. Todos subíamos y bajábamos los bafles en un grupo tan unido que nos divertimos como en un viaje de estudios que duró veinte años.

El iluminador de la banda, el “Cabezón” Aguilera, lo alentó a Fernando a trabajar en la consola de comandos, fue el punto de partida. Baglietto compraría un equipo y formaría una empresa junto a su hermano. Luego Llonch haría su primera inversión comprándole algunos artefactos de iluminación a Baglietto, y armaría también una empresa que haría cientos de shows por todo el país. Fernando haría lo mismo.

Fernando Piedrabuena junto a Mercedes Sosa
Fernando Piedrabuena junto a Mercedes Sosa

–Yo empiezo de iluminador con Baglietto, en su empresa. Fito tocaba con la banda de Juan, hasta que un día me dice: “ché me voy a abrir solo, si me hacés las luces estaría buenísimo”. Hacíamos shows en el auditorio del banquito Ferroviario, en Alvear y Salta, en el Café de la Flor, en Luz y Fuerza, que era como tocar en Obras. En los shows de Sportivo América siempre te caía la cana y salíamos todos corriendo.

De aquellos trabajos iniciales en los que la experiencia le forjaba el grado de profesionalismo, Fernando entraría de lleno en el mundo de la mayor movida que haya vivido la Argentina en la década dorada de 1980, cuando confluyeron cientos de bandas argentinas cuya atención se centraba en Buenos Aires.

–En el ‘83, Charly García se había peleado con su iluminador y Fito en joda le dice: “te presto el mío”, como canchereándola, viste. “Bueno decile que venga”, le dice Charly y me fui a Buenos Aires y de repente estaba entrando a su estudio y él: “ehhh flaco qué hacés”, y me dice: “así que nos vas a hacer las luces”, y yo temblaba como una hojita. El primer show lo hacemos en Palladium: infernal. Yo tenía sólo dieciocho años y entro en una especie de nave espacial de terror: cenábamos en Prix D’ami, en Stud, Jams o en Esquina del Sol y estaba Spinetta, Luca Prodan, Charly, Fito, Llonch y los managers. Diez boludos que hablábamos de música con semejantes monstruos. Me acuerdo cuando Gustavo Cerati caía con todos esos pelos revueltos y le decían de todo: los tipos más brillantes que pisaban esta tierra insultándose en broma entre ellos.

Fernando Piedrabuena junto a Charly García
Fernando Piedrabuena junto a Charly García

Fernando se encontraba en medio de la cocina inicial del ambiente. Iluminadores y sonidistas eran pocos, sólo cinco de cada oficio y debían repartirse estirando sus manos como pulpos entre bandas como Virus, Los Abuelos de la Nada, Soda Stereo, Git, Sumo, Charly, Spinetta, Fito, Suéter, Los Twist, etcétera.

–Yo hacía los shows solista de Fito, los de Charly y otras veces con Charly y la Negra Sosa, que hacía giras por el mundo y se cobraba muy bien. Con ella estabas en American Express y con los otros tenías la Cabal, bien argenta. En total laburé con la Negra seis años, con Charly y Spinetta, dos y con Fito más de veinte.

Fernando dio un paso al costado durante un tiempo para crear una empresa interdisciplinaria de iluminación centrada en instituciones, shoppings, aeropuertos, casinos, torres, etcétera. Pero el caballito de batalla un día volvió recargado.

–Antes de la pandemia hice Wos, en el Luna Park, en donde hizo dos shows que vendió en quince minutos. Un grupo de raperos que toma un poco del rock de Fito y Ceratti. Hay una movida nueva de música que es muy interesante en este pibe Wos, en Niki Nicole, Truena, me encantan. Musicalmente estos pibes tienen unas bandas completas, nadie supera los diecisiete años. En el reggaetón, respeto algunas letras, hay buena lírica, pero no me convencen.

Gentileza Fernando Piedrabuena

Las anécdotas de Choco

  • La Negra me llamaba y decía: “mañana a las siete y media en Ezeiza”, para hacer un concierto en Adelaida, Australia. Estabas 42 horas arriba de un avión, bajabas, íbamos al estudio de televisión, preparábamos las cosas con la Negra, yo, el mánager que era su hijo, Fabián Matus, fin. Hacíamos el show, subíamos a una combi, al hotel y al otro día volver a tu casa.
  • Mercedes tenía la valija de cantar que así llamaba a dos valijas. En una estaban todas las canciones en biblioratos, y la otra era la de su vestuario. Caemos en Fiumiccino, “¿Y la valija de cantar?”, dice ella: “Fabiancito, vení para acá” (risas) “¿Dónde está mi valija de cantar?” “No sé mamá”. La Negra llama a la mucama, le dice que agarre las valijas y se tome un vuelo a Roma. Se las había olvidado en el living de la casa. La mucama llegó, dejó las valijas y se subió al mismo avión para pegarse la vuelta.
  • A mí me decía Choco porque era inquieto, así les dicen a los perros cachorros del norte. En el viaje a Italia me dice: “Choco, vení, escuchá esto” y me alcanza su walkman: “son los hijos de Luisito Spinetta”. Eran los Illya Kuryaki and the Valderramas y dice: “me encanta esto: argentos, argentos, nacimos para ser argentos, duro como el pavimento”. Vamos al Festival Internacional de la mujer en Roma y desde el aeropuerto hasta el hotel tarareando sin parar el tema. En el final del concierto la Negra, iniciaba la canción de Milton Nascimento, María, y las demás; Joan Báez, Iva Zanicchi, María Creuza, hacían coros y cantaban. Empezaron los primeros acordes y la Negra: “argentos, argentos…”, el pibe del sonido se agarraba la cabeza y las cantantes miraban esperando algo. Corta la última parte del tema de los Illya y lo empalma magistralmente con “María María María…”. Se ve que estuvo pensando en cómo iría a empalmarlo. Miró hacia el mangrullo y nos guiñó un ojo.
  • Mi hija Gina nació en diciembre, fecha en la que viajábamos con Elena, mi mujer, a Buenos Aires a saludar a los amigos. Gina no tenía más de cinco días. Llamo por teléfono a Fabián Matus: “ché, Fabi, la queremos ir a saludar a la Mami con Elena”. En ese entorno todos le decíamos la Mami y la cuidábamos como a una madre. Llegamos, la Negra estaba sentada en el estudio de EMI, grabando un disco. La miro desde los controles y hace señas de que pase. La Negra le estira los brazos y Elena automáticamente le pone a Gina en sus brazos y le empieza a cantar: Duerme, duerme negrito… nos largamos a llorar como si fuéramos creaturas.
  • Fito hizo una transición entre Baglietto y Charly, en donde sacó los discos Del 63’ y Giros, como solista. Siempre supo lo que quería, es muy culto y sabe de lo que habla. Las bandas de otros mejoraban mucho con él. Lo vi millones de veces con sus temáticas de laburo. Desde el día anterior se armaba toda la iluminación, se montaba, se programaba, y al otro día en la mañana se probaba sonido. A la tarde se hacía un ajuste final y a la noche el concierto. Cuando caía Fito, revisaba a uno por uno, al de la guitarra le afinaba esto, al del tambor lo otro, al del bajo le cambiaba la ecualización. Fito es de los que tienen ese sonido exclusivo. García tiene oído absoluto, pero Fito tiene una cabeza enorme.
  • Una vez estuve tomando mates con Spinetta, debajo de un ombú en Santiago del Estero, a las dos de la tarde. Por ahí alguno pasaba en bicicleta y él saludaba y yo charlando como si fuera el Tati Erbetta, mi amigo de la infancia. Era como ver La Gioconda de golpe: te habías dimensionado una pintura de metro noventa y te encontrás con que sólo ocupa el espacio de una A4.
  • La Negra Sosa era como una jefa de Estado. Llegábamos a cualquier país del mundo y te subías a la combi sin pasar por migraciones. Lo vi a Bill Clinton arrodillarse para besarle la mano y yo le decía: “Negra, pusiste a los gringos de rodillas”.

Publicado en la ed. impresa #19

Dejá un comentario

Barullo 22 ya está en la calle

Gabriel Ippóliti. La mano que no deja de volar y crear mundos. Por Leandro Arteaga