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Barullo en papel La entrevista

Quintín Palma: “Hay una cosa payasesca que tengo intrínseca”

Hijo de artistas, se va haciendo camino en Buenos Aires. “Hago lo que sé hacer”, dice y repasa lo hecho el año pasado: llenó dos veces el teatro donde montó su obra “La violencia de la ternura”, entrevistó al presidente Alberto Fernández, a Jack Black y a Pepe Mujica, hace radio con Malena Pichot y televisión abierta.

Tomás Quintín Palma hace de la incomodidad un impulso. Disperso, disconforme, crítico, analítico, con poco más de 30 años ya tuvo que aprehender aquello de que abandonar Rosario es la forma de acercarse al reconocimiento. Entendió, también, que su generación está a mitad de camino entre la legitimación de los agonizantes medios tradicionales y el impacto que significan las histéricas redes sociales. Quintín, el pibe de la familia de payasos, hijo de artistas, se va haciendo camino como joven hombre de teatro, comunicador, humorista, entrevistador. Y tuvo que inventarse una ciudad propia, Rosaires, ya no para mitigar el desarraigo, sino más bien para lograr serenidad frente a la inquietud de no saberse bien si aquí o allá.

Tomás Palma, estudiante del colegio La Salle, le dio forma a su primer programa de radio haciendo una selección de adolescentes como él que, consideraba, encajaban en lo que imaginaba para esa primera experiencia en Radio AZ. No eran, dice, sus mejores amigos, sino más bien pibes que en algunos casos solían ser el blanco de burla pero que, creía Tomás, tenían las condiciones para entrar en juego (y, también, los cinco pesos por cabeza necesarios para bancar el espacio). Algo de esa voluntad de unión, de creer en aquellos en quienes otras personas no confiaban, se espejó cuando, todavía en la secundaria y por recomendación de un amigo, se postuló en el casting para el programa que Coki Debernardi y Federico Fristchi conducían en Rock&Pop Rosario, y que estaban a la búsqueda de un periodista deportivo. Fue el músico cañadense el que depositó la confianza en ese chico que rompía el molde con su desfachatez. Y, así, abrió las puertas a un recorrido mediático que crecería con constancia en Rosario. Pero que, fundamentalmente, obró como nexo para una reconciliación familiar.

“Cuando fui al casting de Rock&Pop, llevé papeles escritos, tartamudeaba, todo un desastre –se recuerda Palma–. Coki dijo que quedaba yo y los otros no lo podían creer. Después de ahí Coki me sacó de los jogging, me puso los chupines, empecé a poner música en Berlín, conocí el rock, empecé a ir a recitales. Yo era joven rebelde y me había peleado con mi papá. Yo quería escuchar Chayanne y Back Street Boys para rebelarme con mi viejo, que escuchaba a Los Beatles, y que era payaso. En Coki descubrí que también era un payaso, pero distinto. Gracias a Coki me dí cuenta de que mi papá también era copado, y me reencontré con mi viejo”.

Radio Universidad, Vorterix, Club de Fun: el joven Palma empezaba a brillar con luz propia, con un perfil personal atravesado permanentemente por el humor. Y, en paralelo, comenzaba a darle forma a proyectos propios, como “Hasta hacernos pelota”, que empezó a tener rebote en una televisión rosarina que se hacía eco de su irreverencia. Y quizás entonces, Tomás Quintín entendió que el universo de la creación podía encontrar diversas vías: el de los medios tradicionales y, también, el de las redes, allí donde debía asentarse como contenidista. Con esa lógica desembarcó en Buenos Aires. Otro rosarino, ya no tan pibe, volvía a cautivar con una personalidad desconcertante para la estandarización hegemónica: ¿Quintín es o se hace?

***

“A veces Pedro Saborido me pregunta cómo estoy. Es como mi padrino, entonces le cuento cosas que estoy pensando. El otro día le dije: ‘Pedro, tengo miedo que el personaje se coma la persona’”. Sentado en la terraza de su casa en Rosario, Tomás Quintín Palma se ve atravesado por esa disyuntiva. La búsqueda, personal, filosófica, se trasluce también en sus contenidos de redes. Porque si el humor es el lenguaje y el destino, los caminos que Palma elige no son ingenuos. Porque más allá de las resoluciones humorísticas, hay sustento y crítica en sus creaciones. Y un análisis del contexto en donde él también es tema de reflexión: “A veces me da miedo estar todo el tiempo en performance, o volando, y que no aparezca el cable a tierra. Tanto que trabajás, estás en pose, haciendo chistes… Este año hice ‘Checho y Batista’ en Canal 7 y tuve que usar una máscara para hacer mi personaje. Andy Chango me dijo: ‘Estás seis o siete horas de Checho, el resto de la radio, más que te ves con gente y sos Quintín, dormís siete horas… al final del día tenés para Tomás dos horas’. Eso me empieza a taladrar. Quiero pensar sobre esto que pasa entre persona y personaje, si realmente existe esa dicotomía. Y, si existe, que no me coma”.

Por recomendación de su amiga y colega Señorita Bimbo, Tomás contactó por primera vez con una tarotista, que le amplió el radio de preguntas. “Ella me hablaba del mundo y de la vida: el mundo es lo que tenemos todos los días, para hablar con un arquitecto tenés que hablar de medidas, le das la plata, eso es el mundo. La vida refiere más a la intuición, los sentimientos, las plantas, los animales. Es algo mucho más grande, inabarcable, que te antecede. A veces siento que estoy con mucho mundo. Y en Buenos Aires pasa mucho éso: hay un desborde de mundo. El exceso de mundo, del celular, de los posicionamientos, del dinero, los perfiles públicos, te alejan de mirar un árbol, de estar tirado un par de horas con un perro. En mi caso, con estos dos lugares de personaje y persona, a veces me da miedo que el personaje esté lleno de mundo y que mi persona, que quiere vida, tenga cada vez menos tiempo”.

– ¿Y cómo es ese Tomás, el de la vida?

– Ahora es confusión, por éso me lo estoy preguntando. También lo que me pasó es que tengo que valorar lo obtenido. Yo quería mucho el mundo, tenía muchas ganas de laburar en Buenos Aires. Es muy flashero para mí que gente que admiro me trate como par. Pero una vez que empieza a pasar, te deserotizás. Vas a un canal, a hacer radio… entonces tengo que ver cómo encontrarle pasión y ganas a lo que hago. En un momento, cuando siempre estaba entre Rosario y Buenos Aires, inventé como un Rosaires y decidí estar y hacer en los dos lugares. En este momento no puedo vivir sin ninguno de los dos. Al comienzo cuando hacíamos “Hasta hacernos pelota” lo hacía para maravillar a Rosario. Yo decía que Rosario amaba a los porteños: yo era chico y veía la tele de Buenos Aires: cuando tenía 8 o 10 años quería estar en Canal 7 haciendo “Todo por dos pesos”. Después cuando empecé a hacer algunas cosas en Rosario, tuve miedo de meterme en un loop donde todo fuera siempre igual. Tenía la opción de mi viejo, que labura en la Muni, para hacer algo con él. Me acuerdo de estar un mediodía comiendo en La Buena Medida, donde almorzaba todos los días cuando hacía radio en Vorterix, yo tenía 26 o 27 años y me dio miedo la idea de planta permanente, de agua estancada: me sentí ya grande siendo chico. Y Buenos Aires me puso en un lugar de incomodidad, que no tenía que ver con lo económico, porque soy de clase media y si necesitaba cinco lucas mi viejo me las pasaba, pero estaba viviendo con dos cordobeses que no conocía, dormía en un colchón al lado de un lavadero. Yo quería jugar con cierta gente, tener lugares desconocidos por conquistar. Y en Rosario están mi viejo y mi vieja, que acá tuvieron sus grupos de teatro, que son conocidos en el ámbito cultural. Y al haber hecho radio con Coki Debernardi, también me conocía gente de la cultura y los medios. Entonces era difícil eso de ser ‘el hijo de’, sentía como que Rosario estaba fácil, cómodo. Necesité ir a un lugar de incomodidad. En Buenos Aires iba a un taller de teatro y no me conocía nadie, y estaba esa cosa de discriminación encubierta de que allá siempre sos el rosarino. Algo ahí me gustaba, era un desafío: no conocía  nadie, vivía con gente que no eran mis amigos. Lo arranqué tarde, a los 27, pero en Rosario veía que no se hacía tanta plata haciendo arte. Y allá pude empezar los sueños que tenía a los 7, 8 años. Lo que me sucede es que los sueños de los 33 ahora son otros. Hago lo que sé hacer, y este año pasaron un montón de cosas: llenamos dos veces El Pikadero con mi obra “La violencia de la ternura”, hicimos dos Auditorio Belgrano, entrevisté al presidente Alberto Fernández, entrevisté a Jack Black y a Pepe Mujica, estuve en dos canales de tele, hago radio con Malena Pichot y Julia Mengolini en Futurock. Fue fuerte en lo laboral, nunca me había pasado de llegar a fin de mes con plata mía, o que los colegas me traten como par. Pero no sé si tengo que seguir, cómo se sigue, no quiero ser solamente personaje. A veces asocio la idea de persona a Rosario, como si acá fuese el único lugar donde se construye un hogar. Después estoy en Buenos Aires y me encanta. Pero Palermo es como una locación de “Friends”, una escenografía de Sony.

Tomás Quintín Palma
Tomás Quintín Palma. Foto: Sebastián Vargas

– De todos modos, la disconformidad aparece como un motor.

– Sí, hay algo ahí. Cuando yo era chico mi viejo me decía: “El único mérito es la desobediencia”. No es común que un papá te diga éso, pero él siempre me habló de la desobediencia. Hay algo ahí con las cosas que me molestan.

– Al menos, la salida tiene que ver con buscar algo creativo, donde el humor está siempre presente.

– Sí, para mí es como un estado de aventura. Veo que la gente se va de vacaciones diez días para tomar cerveza, estar con amigos, reírse y jugar. Mi vida es siempre así. Lo que me gusta mucho son las personas que inventan algo donde no hay nada. Eso en Canal 7 nos pasó mucho, me hice amigo de gente espectacular: Charo López, Señorita Bimbo, Julián Lucero, Mariano Saborido… A veces en “Checho y Batista” no sabíamos qué hacer, o no nos gustaban los guiones. Fue un programa muy cansador, en un programa de tele hay variables que no manejás, entonces por ahí alguien salía con un chiste y se generaba algo re bueno donde no había nada. Nos llamaron para hacer algo que no era nuestra idea. A mí me pusieron una máscara de viejo para hacer un personaje, algo que nunca había hecho, me encontré sin saber bien qué hacía ahí. Todas las personas que estaban eran espectaculares, pero no sabíamos si era un talk show, una sitcom o qué. Todos con miradas distintas, opinando, con tensión. Tuvo lo bueno de entender que trabajar es entregarse a otros, que no es tener el capricho que uno quiere. Ahora hay un montón de cosas sueltas, propuestas para hacer, pero quiero apagar un poco el cerebro. Nunca había trabajado tanto en mi vida.

– Hay allí una situación: trabajar bajo sueldo te libera de la obligación de tener que crear tus propios contenidos para generar recursos. Pero, a la vez, cierra ciertas cuestiones creativas.

– Es raro, porque a veces un medio te convoca por lo que hacés en redes, pero quieren que hagas otra cosa. Entonces decís: ¿a vos te gusta lo que hago pero me ponés a hacer otra cosa? Después pasa que la gente se queda en las redes y no va a los canales, porque ahí te sacan la esencia de lo que querés hacer. Pero también remarla siempre solo te pone en un lugar donde no estás con otros. Trabajar con un equipo es espectacular. Ser un youtuber contando anécdotas lo veo como algo individualista y narcisista.

– En tu caso, desde las redes y durante los primeros meses de pandemia, empezaste a desplegar un rol de entrevistador que te puso en contacto con otros. Y que permitió que se generaran nuevos vínculos también.

– Sí, entrevistar estuvo re bueno. Porque a veces preparás un montón de cosas y tenés que dejar que entren en el inconsciente, no podés leer las preguntas, tenés que escuchar al otro. Y esas cosas después salen. A veces uno va con un método y te perdés lo que está diciendo el otro. Estuvo re bueno escuchar, recibir, confiar en uno. Hay algo en no estar consciente que es súper interesante para la creación. Muchas cosas que me salen no son conscientes. Es algo que veía mucho en los talleres de clown y que tiene que ver con el error: a veces se intenta ocultar el error, pero el clown lo lleva adelante. Primero, porque ya se dio, y es un arma: es como el “bancate ese defecto” de Charly García. Los errores son un arma, para hacer humor, para reír, para jugar. El furcio se festeja.

– Es un recurso que utilizás mucho.

– Sí, a veces me trabo para hablar por ejemplo, y es ganancia, porque te pone en un lugar humano. El error da empatía.

– ¿Sentís que tenés oficio periodístico? Entrevistás desde un lugar que no tiene que ver con la formalidad tradicional, pero sí se evidencia un oficio que has logrado como entrevistador, que se ve claramente en el ciclo que hicieron con La Usina Tv.

– Yo tengo un déficit de atención galopante. Con Señorita Bimbo nunca nos mirábamos al hablar, pero decíamos: “Escuchamos con la oreja, no con los ojos”. Porque siempre mirábamos para cualquier lado. Pero en las entrevistas me pasa que no puedo mirar para otro lado, tengo que mirar a los ojos. Eso hace que esté ahí en un 80 o 90 por ciento. En lo otro, sí, es verdad que te escucho, pero es más intuitivo, medio chanta. En la entrevista estoy mucho más de lo que estoy en mi cotidianeidad. Voy a la verdulería, a la carnicería, con mis amigos, y estoy mirando para otro lado. Como entrevistador estoy ahí. Si estoy hablando con Pepe Mujica, no puedo mirar al techo. Y ahí aparece un personaje mejor que persona. ¡Qué pena que una persona no pueda mirar a los ojos a los amigos y sí a Pepe Mujica! Hay una conexión que hace que quiera llegar a lo más profundo de esa persona, que me cuente sus miedos, sus inseguridades. Cuando una chica me gusta en un bar hago lo mismo, hay una seducción de querer gustarle al otro, que salga bien la noche, que sea buena la cita, del goce de una conversación con el otro. El Pepe me contó algo que después me dijeron que nunca había contado en su vida: en un momento le pregunté sobre su muerte y me dijo que cuando se muriera quería que a la noche hicieran una fogata y que las cenizas estén donde enterraron a su perra, porque la extraña mucho. Con Jack Black también traté de tocar una fibra. Hay también una manipulación medio rara, saber dónde golpear, hay tácticas emocionales. Hay que mostrarse interesante. Y es agotador, porque trabajás con tu corazón y con tus emociones.

– Sí, por un lado está el riesgo de la exposición, porque no sabés qué puede pasar con éso y con tus propias emociones, pero al mismo tiempo es un plus. Además, ¿qué lugar más seguro, honesto, que el de apelar a vos mismo y lo que te sucede?

– Sí, es cierto. Y otra cosa que me pasa es esto de no saber cómo se hace algo, pero ir a hacerlo igual. Me pasó en radio, en tele, que me preguntaran si sabía y decir que sí a pesar de no saber. Me han invitado a poner música en fiestas re copadas y yo no tenía ni una mezcladora, pero fui igual. O ir a hacer un personaje a Canal 7, cuando nunca había hecho personajes. Hay algo que tiene que ver con el prestigio: gente que no hace cosas porque no les da prestigio. Calculan los movimientos, pero después terminan contando cualquier cosa en Youtube. O terminan haciendo un video de mierda con una marca de autos. Siempre terminás haciendo algo que te hace quedar mal, o arruina la imagen que querías proyectar. No podés escapar de éso con el control de tu mente. Entonces más vale arruinar rápido la imagen. En ese sentido no me importa hacer cosas que no sé hacer.

– Antes mencionabas esto de ser el “hijo de” en Rosario. Allá en Buenos Aires eras solamente un rosarino: ¿eso facilitó la construcción del personaje?

– Creo que hay una historia de rosarinos en Buenos Aires que me sirvió. Gracias a los otros, los que hicieron cosas, allá ven que los rosarinos son buenos. Además el rosarino es el del interior que ellos pueden permitir. Y no somos una amenaza, porque no somos porteños. Entre ellos hay una competencia total. Yo entré a la casa de un montón de gente, algo que no sé si le permiten a otro porteño: entré a sus casas, me senté en sus sillones, abrí botellas, boludié en las casas de “peces gordos”. Eso es porque no soy una amenaza, porque son superiores a mí. Eso lo uso como estrategia.

– Ahí está Tomás. En tu caso la línea es muy fina. Porque, en definitiva, cuando trabajás el personaje y Tomás están cerca, aun cuando en ocasiones tenés que fogonear algunas características, o tenés que hacer chistes cuando quizás no tenés tantas ganas de hacerlos.

– Sí, está bueno éso. Me ha pasado esto de no tener ganas de hacer chistes todo el tiempo. Por eso me gustó escribir algunas cosas para Cosecha Roja, para Anfibia, me gustan también los lugares serios. En el caso de la obra “La violencia de la ternura”, en la que hablo de mi infancia como parte de una familia de payasos, hay momentos serios, pero que yo no asumo: corro la cara y me río. Entonces el director, Toto Castiñeiras, me dice que aproveche esos momentos serios, que no me ría. Pero me río como un mecanismo de defensa, para no asumir la seriedad del momento.

– Esa obra, que está atravesada por el humor, tiene un alto grado de exposición. Supongo, también, de catarsis.

– Sí, pero es un juego también. Alguien puede pensar que es real, pero desde que está llevada al teatro, con luces, personajes, con un piano, ya no es la realidad.

– ¿Cómo vio tu familia a la obra?

– Y… pasa de todo. Cuando hagamos la obra en Rosario vamos a tener que tocarla, hay cosas que no podemos decir. Apareció otra vez la idea de la libertad en Buenos Aires. Una vez dije que mi viejo estaba viendo la obra y el teatro hizo “uuhhhh”. Y a mi mamá, que volvió a Argentina después de estar dos años en Egipto, hay algo que no le conté y que voy a tener que hablar en algún momento… Es como un biodrama. El momento muy fuerte es cuando mi hermano hace de Piripincho. Héctor (Ansaldi) es el padrino de mi hermano, y le dio el vestuario original. Para los porteños es lo de menos, de hecho me dicen que está muy largo ese momento, pero los rosarinos que lo vieron se largan a llorar, explotan, porque hace 30 años que no ves a Piripincho, y cuando aparece mi hermano lo volvés a ver. En Buenos Aires es un elemento kitsch, que después guglean y ven que es verdad, entonces es re flashero. Pero en Rosario se resignifica todo, hay cosas fuertes que tengo que ver cómo acomodo, o si charlo con ellos previamente.

– ¿Te preocupa hacer la obra en Rosario?

– Pero no es sólo éso. Lo que me pasa, de verdad, es que hay una parte en la que no pensaron que yo era artista hasta que me fui. Y siento que voy a volver artista. Por una cuestión de cultura, de historia, cuesta en Rosario ver que el que vive enfrente tuyo es artista. O que su trabajo es serio. Siento que me pasó mucho esta idea de que estaba boludeando. Y Buenos Aires me dio legitimidad: los amigos del barrio me tomaron en serio. Después creo que los tiempos cambiaron, pero hay toda una cosa en Rosario. Ahora voy a ciertos lugares y me invitan a comer o a tomar porque hago radio con Malena o porque entrevisté al Presidente. No sé si eso me pasaba si seguía haciendo radio en Rosario, y es algo que tenemos que revisar. Después, la verdad, siento que en un punto abandoné la lucha, siento que los que están acá son más valientes que yo.

– ¿Qué lucha abandonaste?

– La de hacer cosas en tu lugar. Es muy noble. Pero son distintas variables y son muchas las cosas por las que estoy en Buenos Aires. Me hubiera gustado poder quedarme acá haciendo cosas artísticas, pero en un momento necesitaba plata, o legitimidad. Y allá me encontré con grandes jugadores. Y pude hacer la obra allá para que acá me vieran como nunca me vieron. Nunca lo pensé del todo, pero hay algo ahí del que se fue y vuelve. Tengo que reflexionar más sobre esto. Estar viviendo de lo que te gusta, venir a tu ciudad a hacer la obra que cuenta tu historia… Esa historia, de mi familia de payasos, yo la conté en Buenos Aires, no la contaba acá.

– Que, por otro lado, tiene que ver con romper aquello de ser el “hijo de”.

– Mi viejo tenía un grupo, Chemiguitos, fueron a hacer su obra a Buenos Aires y había más personas en el escenario que abajo. En mi obra, mi hermano hace una rutina con Piripincho y su mejor amigo Pipistrilo (que hacía mi papá), y en el último show le agregué un susurro, serio, donde digo: “Papi, ¿te acordás que una vez viniste a hacer tu obra a Buenos Aires y había más gente arriba que abajo? Esa noche dijiste que fue porque Charly García tocaba en Ferro, y yo por tu culpa odié a Charly toda mi vida. Pero ahora tenía ganas de que actuaras en Buenos Aires en un teatro lleno”. Hay algo también ahí: yo hago esto porque mis viejos no triunfaron como artistas. Hay algo de reivindicación. Cuando yo nací, tuvieron que ponerse a laburar de otras cosas, a ser docentes. Mi viejo tiene la cosa colectiva, dirige la Escuela de Arte Urbano. Pero cuando nací ellos tuvieron que cortar con sus obras de teatro, de danza, no se desarrollaron tanto. Eso inconscientemente está en mí, hay algo de mi historia que hace que haga esto. Lo cual me pone nervioso: que los deseos estén tan contaminados de la historia familiar es deprimente. Ahora tengo una crisis como persona, quiero tener el perro, el árbol, que es lo que tuvo mi viejo cuando tenía 24 años. Y yo salí corriendo a buscar lo otro.

– ¿Hablaste con tu papá y tu mamá sobre esa situación de personaje-persona? Aun cuando en sus casos se trataba de personajes más característicos, de los que puede ser más fácil salir…

– No, pero aparte porque están siempre paveando, son personajes todo el tiempo, están todo el tiempo haciendo chistes, ¡son agotadores! Me pasó con amigos que venían a casa y no entendían nada de mi familia. Es una familia clown, hacen caras, boludeces, es como comer con Los Tres Chiflados. Yo salí a buscar la seriedad afuera de mi casa. Mi primera novia era abogada. Me pongo con gente que pone límites. Después confundo el carácter con tenerla clara, que es un error. “Mirá cómo grita, qué carácter, la amo”. En casa no me marcaban cosas, terminábamos de comer y jugábamos, nos íbamos a acostar y aparecía mi papá con un títere. Yo quería faltar a la escuela y no tenían problema. Poníamos “Todo por dos pesos” en el televisor y era como el lenguaje de casa. Yo pensaba: “Son como nosotros”. Eso me generaba un diálogo empático, me aliviaba. Después, en el mundo, veía que los de casa eran los menos. Ahora es distinto, porque todos están entreteniendo, ahora el juego cambió: un médico, un ingeniero, meten un baile en TikTok, todos están pelando payasadas. Por éso no sé cuánto valor tiene hacer chistes, por éso quiero buscar otros recursos.

– Entre los contenidos que generás, si bien puede aparecer el absurdo, muchas veces hay un basamento que tiene que ver con lo reflexivo, el sentimiento, lo filosófico.

– Sí, y en algún momento quiero escribir otras cosas. En todo lo que hago escribo: tele, radio, teatro. Ahora estoy mejor, pero cuando tartamudeaba yo iba a la radio y leía todo, en pose de no estar leyendo, pero escribía todo y no sacaba la vista de ahí. Escribir es algo que hice siempre, por eso aparecen las notas para Anfibia o para Cosecha Roja.

– ¿De dónde te nutrís?

– La verdad que no estoy viendo nada de humor. Trabajando con Charo, con Julia, con Malena, veo que hacen cosas y descubro que ahí hacen humor. Yo tengo tan incorporado al humor que no lo registro. A veces digo cosas, la gente se ríe y yo no quería hacer un chiste. Muchas veces no tengo control, no manejo la intención de lo que digo. Es tremendo, me ha pasado de estar en situaciones serias y que se rían, es una confusión terrible. Es algo que tengo sin quererlo. Después consumo cosas que no son graciosas: ensayos de Zizek, cosas de Byung-Chul Han, miro a gente hablando en serio de la realidad. Me gustan también las curiosidades (cuánto duermen los animales, el oficio que menos años vive). Pero no consumo gente haciendo humor. Después me pasa que robo ideas de pensadores, de filósofos, pero no me gusta la solemnidad, entonces el humor aparece. Hay una cosa payasesca que tengo intrínseca, es lo que hablaba de mi familia: nos sale la cara de clown. Tiene una ganancia en lo laboral. Pero ahí también: estoy en conflicto con la idea capitalista de que el éxito en la vida es trabajar. La gente te dice: “Qué bien que te está yendo, qué bueno que la remaste, ¿ahora vas a aflojar?”. No sé si pasa que la gente festeja la generosidad de tu mamá, que tenés buen diálogo con tu tío o que tenés un limonero bárbaro. Todo se enfoca en el triunfo laboral. Aparece el status, el poder, si tenés buen trabajo tenés más sexo… Son cosas que pasan, reales.

– Ahí también aparece lo que mostrás, cómo te exponés. En tu caso, al tener que ser un generador de contenidos, la exposición tiene que ver también con el trabajo.

– Sí, se mezcla todo. Yo dejé de estar en pareja y teníamos a nuestro perro, Julio, que se lo quedó ella. Y no puedo dejar de pensar que, más allá del amor que le tengo, Julio era un recurso narrativo espectacular para hacer contenidos. Es muy loco cómo lo performático de vida de mentira se toca con lo real. Por eso la gente se va de viaje para generar contenido para las redes. Pero después saca la foto del cuadro de Emilio Pettoruti, la sube a Instagram y no se detiene a mirar la obra. La experiencia pasa por la foto. Es un trabajo en lo cognitivo, se mete adentro tuyo, empieza a operar adentro tuyo. Algo no llega a desarrollarse en la experiencia, porque ya lo subís. Estás en esa experiencia sólo por el soporte del celular. Todo se vuelve descartable, menos erótico, más pornográfico, menos misterio.

– Para el que crea contenidos, si sólo estás en ese universo de las redes podés quedar fuera muy rápidamente. Entran entonces a jugar allí los medios tradicionales, como los canales de televisión, que quizás tienen menos impacto a nivel audiencia, pero siguen siendo medios que legitiman. En tu caso, se abre esta posibilidad de poner menos de lo personal en un medio tradicional o sostener la creación libre de contenidos en las redes.

– Yo quedé en el medio, porque nací a fines de los 80. Un pibe de 20 hoy no hace tele ni loco, agarra una tira de led, ilumina y hace streaming. Yo no soy analógico ni digital. No sé qué haré con éso, lo tengo que pensar. Todo parece indicar que hay que ir al contenido on demand. Mi idea es que no dependa todo de mí, me interesa mucho trabajar con otros. Lo que me dan la radio y los canales es que soy parte de lo colectivo, y eso es muy importante. Quiero seguir haciendo teatro, llevar la obra a otros lugares, seguir haciendo radio. Me parece también que esta idea de la historia, de lo que uno cuenta, pasa por el formato. No sé si la radio o la tele van a perder peso, pero lo de contar historias va a estar siempre. Y mi idea es tener siempre algo para contar.

Publicado en la ed. impresa #19

Por Edgardo Pérez Castillo

Periodista, guionista y trompetista criado en Rosario. Dediqué mi camino periodístico a la difusión de la cultura de esta ciudad durante 18 años como redactor y editor de Cultura en Rosario/12. Desde 2008 como productor y guionista en Señal Santa Fe. Y ahora, también, haciendo Barullo.

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