Nuestros años Aira

El 23 de febrero, César Aira cumplió 70 años. Me resulta tan raro como que yo esté por cumplir 60. Cuando nos conocimos, él tenía 42. Eso es lo más extraño de todo, que aquella tarde en el café La Paz, cuando sentí que estaba en presencia de la literatura y no sólo de un escritor, él tuviera dieciocho años menos que los que yo tengo ahora.

En verdad, Aira ya representaba para mí a la literatura antes del primer encuentro, desde que lo había empezado a leer, y fue por eso que quise conocerlo. Las cosas podrían haber salido mal. No es raro que un autor al que amamos por lo que escribió nos decepciones al escucharlo en una conversación circunstancial.  ¿Qué quiero decir aquí con “literatura”, para señalar en Aira los atributos de un representante eminente? Nada que tenga que ver con valores culturales prestigiosos. “Literatura” remite, en estos apuntes autobiográficos, a la idea de que el lenguaje –una frase o toda una historia- puede convertirse en algo que nos afecte inmediatamente, más acá de lo que significa, con la fuerza necesaria como para deslizarnos fuera del mundo, por un momento, y permitirnos entrever la presencia de otros mundos, acaso más reales o más encantadores que el que habitamos.

Aunque no hace literatura cuando conversa (sería espantoso), Aira se desplaza por la conversación como quien corteja la inminencia de lo inaudito –lo que nunca se nos hubiese ocurrido pensar de ese modo-, a través del comentario de una curiosidad o el relato de una anécdota ligeramente extravagante. Para hacerlo, cuenta con dos recursos invalorables: elegancia expositiva y memoria prodigiosa, sobre todo cuando se trata de revivir sus hallazgos de lector. Por otra parte, es una de las personas más generosas y amables que conozco. A estas virtudes, antes que a la timidez, atribuyo su decisión de casi no intervenir en la escena pública. Para ponerse a salvo de los compromisos que podría contraer por haberse mostrado bien dispuesto, practica el arte de la sustracción preventiva.

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