Cuando el tiempo se vuelve espacio

Fotos: Museo Castagnino (Andrés Macera)

La única vez que estuve en el Museo Castagnino fue para un concierto de jazz, en el marco de un festival que tuvo lugar hace poco más de un año. Esa es toda mi experiencia previa: un concierto de jazz y centenares de domingos en los que pasé por la puerta de camino a la cancha. Aunque últimamente he visitado sin falta los principales museos de las ciudades a las que viajé, nunca antes había asistido a una muestra en el museo de la ciudad donde vivo: siempre hay un motivo para justificar la postergación. Como si de algún modo asociara los museos con una práctica turística que, por alguna razón incomprensible, se encontrara reñida con mi cotidianidad de residente. No visito museos ni subí nunca al Monumento. De modo que no me hace falta impostar una mirada como si porque lo que ocurre, cuando llego hasta acá, ocurre sin necesidad de simulacros: veo el Museo Castagnino por primera vez.

Cuando el tiempo se vuelve espacio

Lo primero que veo al atravesar la puerta de ingreso es el amplio hall, con una escalera revestida en mármol travertino que conecta las dos plantas. A mano izquierda, junto a la tienda, Castagnino —frente amplia y pelo prolijo, mirada templada y clara—me mira serio desde un retrato pintado por Alfredo Guido, sosteniendo sobre la falda sus guantes y el bastón. Parece a punto de recriminarme la demora.

Lo saludo con una inclinación de cabeza imperceptible, como agradeciendo una invitación que tardé demasiado en aceptar.

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La primera impresión —no sólo por sus líneas exteriores sino, sobre todo, por los espacios de exposición y su recorrido claro—es que, a pesar de sus más de ochenta años, se trata de un edificio moderno. Sus líneas y disposiciones resultan despojadas y prácticas, con salas amplias y sucesivas que proyectan un camino muy cómodo. Esto me lo hace notar J., que me acompaña, acaso, para compensar mi falta de conocimiento del tema. Ella enseña Historia del Arte en la Universidad. Viene con Aitana, de seis, que, como yo, carga un cuadernito de tapas duras. Yo lo traje con la vaga idea de apuntar algo sobre esta visita, aunque no sé bien qué; ella planea esbozar a mano alzada sus propias reproducciones de algunas obras. Es, de los tres, quien tiene más claro el sentido de su visita al museo: viene a ver las obras, a elegir, a improvisar un catálogo sin razones.  

Hay que atravesar el pasillo y las salas sucesivas como quien remonta una línea cronológica o navega a través de los años. Un museo también es eso: el tiempo vuelto espacio transitable. La forma del tiempo, hoy, son estas salas comunicadas como vagones de un tren que persigue su propia cola. En el marco de los 100 años de la colección Castagnino + Macro, la exposición Un pasado expuesto: caminos del arte entre 1918 y 1968 curada por Adriana Armando y Guillermo Fantoni nos lleva por un recorrido a través de un arco de cincuenta años que aborda los derroteros estéticos y transformaciones de la colección patrimonial del museo. Una muestra que, a decir de sus curadores, se configura en torno a diez escenas que representan diferentes trayectos del arte argentino en el lapso aludido —con acentos en la ciudad de Rosario—y expresan algunas de sus variaciones estéticas, temáticas y de sentido. Avanzamos, así, entre escenas del tiempo.

Saco el cuadernito. No escribo nada.

Nuestro guía se llama Nahuel. Debe andar por los treinta y pico. Viste bermudas y usa unos lentes de marco grueso que le dan un aire amable a su mirada. En cada sala hace una descripción precisa del contexto, la época, el sentido. Se detiene en algunas obras y nos invita a detenernos con él y a mirarla con nuevos ojos. Me gusta Nahuel porque habla con pasión, se entusiasma con las obras como si las mostrara por primera vez. Sus observaciones, y los aportes a media voz que también me hace J., son como destellos de luz que iluminan fugazmente mi desconcierto. A veces me detengo frente a una obra por una especie de entusiasmo estético puramente intuitivo —La Chola, de Guido; un paisaje portuario de Quinquela Martín; uno de los Juanitos de Berni—. En ocasiones coincide con las obras que destacan el guía del museo o mi guía privada, a veces no. Pero cuando sucede es como si esa obra que me atrajo hubiera estado apenas vislumbrada en la oscuridad, y un relámpago repentino iluminara aspectos que, hasta entonces, había sido incapaz de ver.

A veces, entonces, saco el cuadernito. Pero no escribo nada.

Primero avanzamos a través de una serie de paisajes de Fader y el cuadro Riña de gallos, de Jorge Bermúdez, premio adquisición del salón de 1917. Recorremos sin apuro el tiempo vuelto espacio. En el pasillo que nos lleva hacia el futuro nos encontramos con el primer nombre de mujer que aparece: el de Emilia Bertolé. Su presencia irrumpe y se desprende, profética: una pequeña postal que, en lugar de estar montada en la pared, se encierra en una caja de vidrio. En la década del veinte un retrato femenino pintado por Berni me depara la sorpresa de reconocer un estilo en la forma o el tamaño de unos ojos, y otra sorpresa cuando descubro cómo llegué a ese reconocimiento: se trata del mismo que forma parte del Museo Urbano y se luce en la medianera del Hotel Majestic. Más adelante me va a pasar algo parecido ante el cuadro Con los pintores amigos de Schiavoni —“ese lo conozco, lo veo todos los días cuando vuelvo a mi casa”, voy a decir—. Así compruebo, empíricamente, que la divulgación del arte en el espacio urbano también funciona y opera en silencio para dejar su huella.

Ya no saco el cuaderno.

Aitana, mientras tanto, ajena a nuestro recorrido, hace su propia selección, su curaduría infantil, mientras traza un camino alternativo que avanza a saltos por algunos años o se detiene, atraída, en períodos o estéticas que nosotros vamos dejando atrás. Se sienta en canastita, de frente a algún cuadro escogido, y esboza con trazos seguros de una birome negra sus reproducciones que van llenando, poco a poco, las hojas del cuaderno de tapas duras.

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Después de la visita guiada nos quedamos apenas un rato más. Vemos las obras que se exponen en el auditorio y sobrevolamos la muestra que se expone en planta alta. Antes de salir hojeamos brevemente el libro de visitas, que a pesar de no tener más lugar continúa a disposición del público. Las últimas firmas encuentran su espacio en los intersticios del tapiz que forman otros mensajes o directamente fueron escritos contra el papel que forra las tapas. Los mensajes se parecen: desde tal lugar, desde tal otro, me gustó el museo, muy linda tal muestra. No escribo nada: nunca entendí muy bien cómo funciona o a qué obedece esa necesidad de registrar una visita en un libro que nadie lee. Pero asumo que uno firma los libros de visitas de aquellos espacios a los que no sabe si va a volver. Ciudades ajenas, lugares de paso. Por eso, tal vez, lo cierro sin registrar mi paso por acá: aunque me haya demorado en venir, igual lo siento un poco propio.

Salimos a la calle otra vez y a ese viento que peina palmeras en el bulevar, como dice la canción. Voy en silencio, pensativo o ausente: pienso en el pasado y los legados, en el tiempo como noción de forma y espacio, en paredes que en lugar de ocultar traslucen y ponen el arte en la calle. Pienso en tantas cosas que en ese mismo momento comprendo que acabaré por no encontrar nada. De golpe me sé irremediablemente perdido. Lo digo. Digo que estoy perdido o que me perdí ahí adentro. Y entonces Aitana me muestra el cuaderno como si fuera una guía personal de nuestra excursión. Una réplica de La Chola, de Alfredo Guido: la mujer en pose de Maja, la frutera, algunos detalles de la tela de fondo trazados en el aire en el papel en blanco de su cuaderno. Tres tejados y unos árboles para el Paisaje toscano de Olimpia Payer. El desafiante Ritmo, de Raquel Forner, sin dejar afuera el pez ni las espigas de trigo ni las uvas ni la sandía. Su propio Retrato del pintor Musto de Schiavoni, con los pinceles en la mano y la paleta al fondo. Y el 312 de Raúl Lozza —este fue fácil, dice señalando las cuatro figuras geométricas separadas—, uno de Renzi, las Magnolias, de Schiavoni otra vez. Dice que a lo mejor me ayude a recordar cuando quiera escribir sobre el museo.

Sonrío. Sonrío de verdad.

Sé, ahora, que no me queda sino aceptar ese itinerario y perseguir el hilo invisible que quedó registrado con trazo infantil en un cuaderno. A lo mejor un museo es el tiempo vuelto espacio transitable y una muestra no es más que un recorrido posible. Pero siempre hay otros recorridos íntimos, imprevisibles, que nos convocan de manera irremediable.

La cámara oscura

Las fotos para esta producción fueron realizadas por Andrés Macera, quien utilizó una “cámara oscura”. Dice Wikipedia: “Es un instrumento óptico que permite obtener una proyección plana de una imagen externa sobre la zona interior de su superficie. Constituyó uno de los dispositivos ancestrales que condujeron al desarrollo de la fotografía”. Macera, el fotógrafo, prefiere definirla como una cámara “solo para mirar, era las que usaban los renacentistas para dibujar la realidad”.

Publicado en la ed. impresa #01

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