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José Moset: “La fragilidad es algo congénito del teatro rosarino”

El periodista, dramaturgo y crítico de teatro desanda los entretelones de “Protagonistas y antagonistas del teatro de Rosario”, libro recientemente publicado por Ramos Generales, donde acerca una veintena de ensayos breves sobre grandes referentes de la escena de la ciudad de todos los tiempos.

Dar cuenta de la historia del teatro rosarino es dar cuenta de sus fragilidades, de sus hallazgos y contradicciones que aparecen como rasgos fundantes, pero sobre todo es pertinente dar cuenta de su anecdotario, de eso que estuvo por detrás de lo escénico, que siempre es efímero, porque allí se cristaliza el sentido y porque cada vez más, como sentenció alguna vez el dramaturgo y escritor italiano Luigi Pirandello, el teatro buscará hablar solo de sí mismo.

Es en el recuerdo de la vida cotidiana detrás de los hombres y mujeres que en distintas épocas, lugares y con poéticas diferentes edificaron la escena rosarina y la dotaron de instancias devenidas en recuerdos posibles, donde posa su mirada inquieta el periodista, dramaturgo y ensayista de teatro José Moset (Gödeken, Santa Fe, 1948), a partir de una veintena de textos que aparecen en Protagonistas y antagonistas del teatro de Rosario, reciente libro editado a través de Ramos Generales, una nueva editorial rosarina que dirige nada menos que Walter Operto, otro de los grandes referentes del teatro local de proyección nacional.

Libro José Moset, Protagonistas y antagonistas del teatro de Rosario

Moset, quien habitó y compartió muchos de los pasajes y espacios de creación que relata en su libro, desanda veintidós ensayos o “semblanzas biográficas” como los define en el prólogo, cada uno elegido por un motivo en particular que en ningún caso reniegan de lo azaroso, una idea que retoma el dramaturgo y director Mauricio Kartun en el tentador texto breve de la contratapa: “Preciosa la palabra semblanza. En la deriva desde semblante, su origen, guarda una llamativa condición plástica, es retrato pero va más allá que la pura imagen, toma del rostro su carácter, su estado, y como suele hacer la dramaturgia: mete la máquina poética a una persona y la saca personaje”.

A partir de esa “máquina” de dramaturgista que tan bien conduce Moset, autor entre otras de Rebelión en la playa de estacionamiento, obra que a comienzos de los años 80 formó parte de Teatro Abierto Rosario en plena dictadura, la historia del Tano Eugenio Filippelli, gran maestro y director local de proyección nacional que por un momento pareciera habitar en Rápido nocturno del referido Kartun, da paso a la de la bailarina y coreógrafa Cristina Prates desde un comienzo poco conocido, donde el quiebre entre lo clásico y lo contemporáneo se vuelve todo un signo, para seguir con Luis Machín, el gran actor local que triunfó en Buenos Aires pero que antes recorrió los escenarios rosarinos donde edificó los cimientos de su hoy elogiada carrera artística. 

La historia de la prolífica Patricia Suárez, una dramaturga a la que no le interesa dirigir, da paso a la del destacado maestro, director y docente Aldo Pricco, un verdadero estudioso del fenómeno teatral desde sus lenguajes y significados, para seguir con los comienzos de la actriz María Fiorentino y su desembarco en la gran ciudad del Obelisco, momentos de la vida del director Carlos Mathus, que montó una obra por una sola función y estuvo en cartel treinta y seis años seguidos, o Raúl Saggini, otro director con vuelo propio. También, momentos poco conocidos de los actores Daniel Querol y Arnaldo Colombaroli, los comienzos y el talento desbordante del escenógrafo y diseñador Hugo Salguero, los entretelones de la vida de uno de los más destacados maestros de la escena local en el sentido más amplio, Néstor Zapata, uno de los creadores del histórico grupo Arteón; la elección de volver a Rosario de la actriz Liliana Gioia –que empezaba una carrera en Buenos Aires–, o el portentoso anecdotario de los actores David Edery y Miguel Franchi.

Le siguen el relato en primera persona de la actriz y escritora Ana María Rozzi de Bergel, jugosos pasajes de las carreras de los actores Carlos Segura y Omar Tiberti, como también del ya mencionado Operto, dramaturgo, director y periodista con los entretelones de su emblemática obra La bicicleta, que lo pintan como un remador de todas las aguas. También tiene su momento el gran defensor del entretenimiento, el actor y director José Alberto Berlén, como la destacada investigadora y docente Clide Tello, otra de las grandes conocedoras de la historia de la escena rosarina, para cerrar con una singular semblanza del escritor e historietista Roberto Fontanarrosa, un “colado” con una obra desbordante de la que el teatro se ha valido no sólo en estas tierras sino en otros destinos del mundo.  

Con un procedimiento que el autor tomó de la dramaturgia, partiendo de las imágenes, y unidos a través del genérico amplio “teatristas”, la reconstrucción de cada una de esas veintidós historias pone en diálogo un recorrido artístico con su tiempo histórico y el inicio, con sus idas y vueltas, de grupos emblemáticos del teatro rosarino desde la génesis del Movimiento Independiente en 1943 hasta más o menos el presente, buscando echar luz y memoria a una historia teñida por la falta de registros y su irremediable y al mismo tiempo inefable fugacidad.

Los que están

“Me acuerdo de un libro con obras de quince dramaturgos argentinos contemporáneos que publicó hace años una editorial española. En el prólogo, el gran crítico rioplatense Gerardo Fernández, responsable también de la selección, decía que el acto de elegir a unos y no a otros «es siempre antojadizo, siempre discutible, siempre caprichoso»”, dijo Moset de antemano para responder a la inquietud de un recorte azaroso en la elección de sus biografías, porque como estas también hay otras.

“Efectivamente, en Protagonistas y antagonistas del teatro de Rosario hay un número considerable de teatristas rosarinos que podrían haber sido incluidos y cuyos méritos artísticos e intelectuales podrían ser equivalentes a los que sí lo integran. Cuando firmé el convenio con el Instituto Nacional del Teatro (INT) para la beca de investigación que dio origen a este proyecto –la investigación y escritura del libro–, debí precisar los términos: serían entre veintidós y veinticinco semblanzas biográficas de mujeres y hombres de la actuación, la dirección, la escenografía, el vestuario, la iluminación, la dramaturgia y la investigación, nacidos o formados en Rosario. Ese número correspondía al máximo disponible para un libro de estas características. A lo largo de un año ininterrumpido de trabajo, siempre tuve a mano una lista provisional de al menos cuarenta candidatos, la mayoría perteneciente a un corte generacional que abarca a los grupos independientes más importantes de una probable época de oro, con la condición de que siguieran hoy en actividad. Pero el tiempo se acotaba hasta que tuve que tomar la decisión y cerrar la nómina. Ahora, con el libro publicado por Ramos Generales, parafraseando al mismo Fernández, puedo decir finalmente: «Asumo por lo tanto toda la responsabilidad y cargaré sin queja, hasta el mismísimo infierno, con la ira de los damnificados»”, amplió el autor con humor, dejando la puerta abierta para un segundo número con la misma impronta y nuevas semblanzas.

La figura del emblemático e inmanente maestro porteño Norberto Campos que en 1974 recaló en Rosario –donde desarrolló la mayor parte de su carrera hasta su temprana muerte en 2003–, sobrevuela algunas de esas historias, muchas de ellas concatenadas. El nombre de Campos se mete, irrumpe, aparece en varias e incluso modifica momentos de la vida de algunos artistas locales, pero sin embargo no tiene una semblanza propia.

“Coincido con lo de Campos, su ausencia y presencia al mismo tiempo, sobre quien publiqué hace algunos años una larga nota en uno de los suplementos de La Capital. El título original de esa nota era «El Maradona del teatro rosarino», lo cual define mi opinión sobre él. Pero, aunque en una época vi y admiré sus espectáculos y charlé bastante con él, me faltaba más información biográfica. Entonces lo vi claro: Norberto sería el «gran personaje ausente» del libro. Como en algunas de las grandes obras de la dramaturgia universal, es un personaje que jamás aparece en escena pero que condiciona la conducta y la vida de todos. El ejemplo más ilustre sería Esperando a Godot de Samuel Beckett; otro caso es Raíces de Arnold Wesker. Y así sucedió, ya que Cristina Prates, Hugo Salguero, Quico Saggini y Miguel Franchi lo mencionan in extenso como un referente insoslayable”, destacó el autor acerca de uno de los más influyentes teatristas locales, creador de los grupos Litoral y De la Acción.

Más allá del conmovedor inicio con un momento de la vida del recordado Tano Filippelli, que dispara el clima de una novela de suspenso, otras dos semblanzas están también dedicadas a creadores que ya no están en este plano, pero que dejaron una huella profunda en sus generaciones y en la que vinieron después. Se trata de Mathus, el padre intelectual de la emblemática y siempre polémica obra teatral La lección de anatomía, con más de tres décadas en cartel, y la de Fontanarrosa. “Esa semblanza, la del Negro, se titula «Un dramaturgo a pesar suyo», porque nunca escribió para el teatro aunque son innumerables las adaptaciones de sus cuentos e historietas que se estrenaron en todo el país y en el exterior”, destacó Moset.

“En este conjunto de ensayos breves, tres están dedicados a creadores fallecidos: Filippelli, Mathus y Fontanarrosa. Tanto la actriz María Fiorentino como Machín nacieron y se iniciaron en el teatro en Rosario pero están radicados desde hace muchos años en Buenos Aires, donde ambos desarrollan una sostenida y sólida actividad profesional en los escenarios, en el cine y la televisión. También están radicados en la Ciudad Autónoma la dramaturga Patricia Suárez, que lleva estrenadas varias obras en salas oficiales e independientes, y Ana María Rozzi y Arnaldo Colombaroli, dos intérpretes de la primera hora del TIM (Teatro Independiente del Magisterio), que emigraron junto con Mathus a Buenos Aires a mediados de la década del 60”, detalló Moset.

Y a modo de racconto, evocó: “Siguen viviendo y trabajando  en Rosario el escenógrafo y ocasional actor Salguero, la actriz, autora y directora Gioia, la actriz y bailarina Prates, la investigadora Clide Tello, el director, autor y cineasta Néstor Zapata, otro ex integrante del TIM; el autor y director Operto, los actores y directores David Edery, Pricco, Saggini, l Franchi, Berlén, el actor Omar Tiberti, además de Querol y Segura, este último radicado en la provincia de Córdoba, que juntos fundaron el grupo Escena 75”.

La memoria de lo efímero

“Es cierto que la fragilidad es un rasgo. A mí me parece que la fragilidad es algo congénito del teatro rosarino. El primer grupo que trascendió por su importancia y por el legado que dejó fue el Centro Dramático del Litoral (CDL), que estrenó su espectáculo inicial en febrero de 1956 y que luego de otros seis espectáculos, algunos de gran repercusión, se disolvió a mediados de 1959; es decir que solo duró tres años y medio, cuando todo indicaba que su continuidad iba a seguir creciendo en calidad y en la cantidad de espectadores”, sostuvo el autor sobre un rasgo cuya presencia confirma a lo largo de todo el libro.

“Contra lo que muchas veces se supone –cuestionó–, la prensa de la época le dio amplia difusión al CDL. Tanto La Capital como los cuatro diarios vespertinos de la época (La Tribuna, Crónica, Rosario, Democracia) publicaban críticas, entrevistas, gacetillas con fotos los días que había funciones. Hay que tener en cuenta que los diarios eran los medios por antonomasia, cuando faltaban muchos años para la aparición de los canales de televisión locales, mientras la radio no se ocupaba de esos temas a excepción de algún programa marginal de alguna de las emisoras. El teatro independiente era una novedad cultural y esa atención del periodismo escrito influía en la asistencia de público que, entre paréntesis, pagaba las entradas, ya que nada era gratis o «a la gorra». Junto con eso también gravitaba la difusión del boca a boca. A pesar de todo eso, el CDL se dejó captar por la rivalidad de sus dos directores, lo que determinó la división de los integrantes entre una u otra opción”.

Territorios y pertenencias

“En mi libro anterior, Centro Dramático del Litoral; historia abierta, revisamos con Omar Tiberti, quien colaboró conmigo en la investigación, la colección de los diarios y en el primer mes de vida del CDL descubrimos que la tensión dentro del grupo existió desde un principio, algo que fue confirmado en las entrevistas con quienes participaron de aquella experiencia”, expresó sobre los factores que de un momento a otro determinaron que algunos de aquellos grupos iniciáticos del teatro local bajaran el telón, una variable que se repite a lo largo de todas las semblanzas y que, sin embargo, aparece más como una virtud que como un defecto.

“Coincido en que esa fragilidad no es necesariamente negativa porque genera una dinámica propia que a veces, paradójicamente, da óptimos resultados –destacó–. Yo le agregaría una duda que tengo y que creo que nos compete como periodistas de teatro: el escaso conocimiento de las nuevas generaciones surgidas de las escuelas provinciales de teatro y de los cursos privados sobre la historia del teatro independiente de la ciudad. Desconocer la propia historia puede ser visto también como un rasgo de fragilidad”.

Dramaturgia desde el anecdotario

“Está buena la referencia a la obra teatral Rápido y nocturno y su microcosmos de trenes que pasan. Me gusta que la lectura genere esas imágenes porque yo escribo con un procedimiento que tomé de la dramaturgia, el hecho de partir de las imágenes antes que de las ideas. Porque las ideas aparecerán inexorablemente después encarnadas en los personajes”, destacó Moset sobre una especie de clima de ficción que de manera transversal recorre todo el libro.

“En ese sentido –profundizó–, las anécdotas son para mí como una cantera de imágenes y el libro tiene muchas que a mí me conmovieron al conocerlas; en algunos casos, como el que mencionás, la semblanza de Filippelli, me acompañaron durante décadas, más de cuarenta años, cuando me la contó el actor Gustavo Borelli poco después de que ocurriera. Prácticamente todas las semblanzas tienen algunas imágenes muy fuertes. Además de allanar la lectura, si están bien elegidas y, por supuesto, bien redactadas, esas anécdotas iluminan la vida y la obra de una persona y su entorno. Yo aspiro a que el libro sea leído con interés tanto por la gente de teatro como por el lector que no tiene especial interés en las artes escénicas pero al que le interesan los temas culturales. Aspiro también a que estas mujeres y estos hombres del teatro rosarino sean un poco más conocidos y reconocidos en un contexto que tiende más al olvido o a la indiferencia”.

Un escritor deslumbrado

Moset deja en claro con su escritura que en esos encuentros con sus entrevistados, muchos en bares, muchos con registros previos e incunable material de archivo como posteriores refuerzos a través de un correo y llamadas telefónicas, no pocas veces se descubrió deslumbrado o particularmente conmovido ante algunas de esas confesiones que son la matriz y esencia de un libro que se redimensiona como una gran obra teatral en la que estos “protagonistas y antagonistas” asumen el personaje más complejo de sus vidas porque implica hacer de sí mismos.    

“Dejo para el final la inquietud  de qué fue lo que más me sorprendió en las entrevistas para el armado del libro. Estoy tentado a decir «todo», porque yo sentía un gran placer y un gran agradecimiento hacia estas personas que me contaban en confianza sus vidas. Pensándolo bien, creo que me interesan especialmente los momentos cruciales en la vida de una persona, cuando un giro imprevisto de los acontecimientos la coloca frente a una decisión y sí o sí debe elegir. Lo que supone no elegir otras opciones. Algo así como dicen que Sócrates le respondió a un discípulo que estaba dudando si seguir con su pareja o terminar la relación: «Hagas lo que hagas te vas a arrepentir», le contestó el maestro griego. Me parece que en el libro hay relatos de algunos de esos momentos cruciales. Por lo demás, salvo Fiorentino, Machín y Patricia Suárez, que suelen ser entrevistados en grandes medios nacionales (y en Barullo, de este número), el resto no se siente reconocido y tiene la amargura del final, sobre todo si se tiene en cuenta que algunos superan los ochenta años. Eso también me conmueve”.

Publicado en la ed. impresa #13

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