Elvio Gandolfo: “El público siempre te presiona hacia atrás”

Foto: Elvio Gandolfo (Luis Andrade)

Elvio Gandolfo habla con la naturalidad y la gracia de un tipo de calle. Lejos de amoldarse a los títulos que lo ungen como un escritor de culto, pese a haber formado parte de la creación de  proyectos míticos, el escritor y crítico rosarino puede hacer del insulto un arte, puede reír con auténtico gozo, sin jactancias autocelebratorias. Aun cuando sus producciones literarias y periodísticas lo han convertido en un escritor referencial, celebrado y premiado. Y lo sabe Gandolfo, que no se esconde en falsas modestias, pero cuya sencillez lo corre inmediatamente de la pedantería. Porque podría hablar desde el pedestal y sin embargo lanza sus sensaciones desde el llano, haciendo de las anécdotas el envoltorio ideal para sus reflexiones. Gandolfo piensa, ejerce su visión crítica y habla sin florituras. Se lanza al diálogo dejando correr las muletillas rioplatenses que fue incorporando en sus años repartidos por Rosario, Montevideo y Buenos Aires. Habla con el bagaje y la solvencia de un hombre informado, de lector constante, de crítico prolífico, pero lo hace siempre atravesado por eso que él define como identidad rosarina, esa que caracterizó a quienes, junto a él, crearon la todavía influyente el lagrimal trifurca: “Los de la revista éramos peleadores, rompepelotas”.

Identidad, oficio, mercado, literatura, cine, convicciones, periodismo cultural: el camino que toman las respuestas de Elvio Gandolfo puede resultar impredecible. Ya sea por el peso de las anécdotas que se filtran en sus reflexiones o porque es ese su modo de anclar los pensamientos. O, bien, porque se trata de una natural estrategia para esquivar los halagos. Así, cuando el diálogo se abre con la mención a su presencia en la nueva edición de la Feria del Libro de Rosario, echará mano a su franqueza y, obviando el carácter de reconocimiento que tendrá su aparición en la misma, simplemente dirá: “En general las ferias son desparejas. He ido bastante a la de Buenos Aires y a veces te aburre la repetición de errores, que ya son como ínsitos, corresponden a cómo es la feria. Sobre todo el subrayado muy intenso de la venta, por encima de todo. Por ejemplo, en Buenos Aires, las charlas donde vas a ver a los visitantes suelen estar en lugares a los que hay que llegar, que hay que buscar, no tienen la menor relación de importancia. Fui dos veces a una cosa piola que hacen, que son varios días con los escritores del interior. Aunque ha crecido mucho, la siguen haciendo en una sala que queda estrecha. No me estoy quejando, porque además las ferias, cuando salen bien (y aprovechando el nombre de esta revista) son de un barullo monumental. A mí me agobian. Está muy bien que existan, pero no es un tipo de evento que me emocione”.

Directo, frontal, el rosarino Gandolfo no se ata a los intereses del halago. Porque en su crítica hay siempre un trasfondo: “En general ha habido un desplazamiento de las reuniones que tienen que ver con la cultura. Casi todas giran en torno a lo comercial. Hasta el Congreso de la Lengua que se hizo en Córdoba, donde la propuesta que había, por lo que dijo el rey, era la ansiedad por lograr que España entrara al mercado de la inteligencia artificial. Son cosas que no tienen mucho que ver. Es la época, todo va para ese lado. Manda el dinero. Pasa lo mismo en el cine, que no es ni la sombra que hace veinte, treinta años. No hay guiones, pero hay mucha plata. Yo mismo lo disfruto, ahora estoy invitado al cumpleaños de mi nieto en el cine para ver Los vengadores, que nos las vimos todas. Mucha gente no las puede ver ni en pedo, pero yo las disfruto. Ahora, que el cine sea eso y nada más, es bravo”.

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