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Barullo en papel La entrevista

El jazz es un cognac Otard-Dupuy

El gran saxofonista de la ciudad Rubén “Chivo” González –acaba de publicar un disco– revela que la memoria es un músculo que se ejercita selectivamente. “Yo siempre escuché jazz, me metí en ese túnel, que es un túnel muy, muy ancho”, dice el Chivo.

Rubén es el Chivo por un hecho fortuito. Por la misma imprevisibilidad que evitó que se convirtiera en baterista o acordeonista. Lo inesperado, siempre, marcando un rumbo: como cuando ingresó a una oficina para trabajar por seis meses para terminar con una carrera de más de tres décadas dentro del mundo de la computación. El Chivo, Rubén González, se deleita repasando los sucesos, con una memoria prodigiosa que, entiende, es selectiva, un fenómeno que descubrió en su abuela catalana, la misma que le heredó el amor por el cine y que supo resguardar los primeros ahorros de su camino como músico. Un recorrido que se inició profesionalmente dentro de un grupo de música tropical, que incluyó su paso como clarinetista bajo en la Orquesta Sinfónica Provincial y que lo llevó a cantar con su saxo alto por géneros diversos, pero que desde hace décadas está indisolublemente asociado al jazz.

Dentro de la tradición jazzística rosarina, la de Rubén “Chivo” González es una figura sustancial. Un eslabón entre los nombres históricos y las nuevas generaciones. Los relatos que el Chivo regala (redes sociales mediante) con su escritura memoriosa, precisa y siempre enriquecida de humor, son un registro valiosísimo. Su actividad permanente, en tanto, es un faro para aquellos que se suman a las filas de un género que se sostiene pese a las inconsistencias (del mercado pero, también, del apoyo del Estado). Allí está entonces el Chivo, siempre atento a compartir con colegas, lo que representa, asegura, su mayor placer. La música es con otros y es en vivo, piensa el clarinetista y saxofonista, cuyo recorrido no tiene, sin embargo, el título de prolífico: dos discos propios (los bellísimos Fuera de Catálogo publicado en 2003 por la Editorial Municipal de Rosario y el flamante Allá lejos y hace tiempo, por BlueArt Records, con el empuje y acompañamiento de Franco Di Renzo, y los hermanos Mariano y Luciano Ruggieri) y otros tantos junto a Mundo Bizarro parecen insuficientes para un músico de su recorrido y talento. El Chivo, sin embargo, tiene su propia mirada al respecto: “Si por mí hubiera sido, no hubiera grabado nada. No me gusta escucharme grabado, siempre encuentro todos los defectos habidos y por haber”.

– ¿Son defectos de ejecución? ¿Tiene que ver con un sonido que no está a la altura de tu deseo? ¿O, al escucharte, considerás que podrías haber tomado otra decisión?

– Bueno, cómo explicarlo… En realidad estoy tan acostumbrado a escuchar tipos que tocan tan bien, que al compararlo con lo que yo toco, me parece una basura. Después, con el tiempo, mi oído se va poniendo más compasivo y pienso que no está tan mal.

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Rubén González nació en Rosario a fines de 1945, tres meses después “de las calamidades de Hiroshima y Nagasaki”. En el territorio de barrio Echesortu comenzarían los descubrimientos musicales: ya no sólo los programas radiales de tango y jazz que escuchaba en la casa familiar, sino y por sobre todo la banda de sicilianos que tocaba en las procesiones de la iglesia San Miguel Arcángel. “Para mí era como ver a la Sinfónica de Londres, que alguno me pidiera que le tuviera la partitura era como si Daniel Barenboim me pidiera que le diera vuelta la página –recuerda–. Eso me empezó a entusiasmar. Después me entusiasmé mucho con los bailes que se hacían al aire libre, en verano, en Club Echesortu. Mi mamá me dejaba ir a ver la primera entrada de los bailes, que empezaba a las nueve y media de la noche. Ahí tocaba media hora la orquesta típica, que siempre me producía una tristeza enorme (porque los tipos estaban todos vestidos de negro, tocaban todo serios, el cantante siempre cantaba drama) y no me llamaba mucho la atención. Todo ese concepto tanguístico lo entendí muchísimo más tarde. Pero a continuación de eso venían los locos del jazz, vestidos con ropas más claras, con flores, se cagaban de risa. Cuando subían los del jazz se me abría una sonrisa de oreja a oreja, y cuando terminaban de tocar me volvía corriendo a mi casa, con 10 u 11 años… una cosa impensada hoy en día, improbable”.

En el territorio de barrio Echesortu comenzarían los descubrimientos musicales: la banda de sicilianos que tocaba en las procesiones de la iglesia San Miguel Arcángel. “Para mí era como ver a la Sinfónica de Londres, que alguno me pidiera que le tuviera la partitura era como si Daniel Barenboim me pidiera que le diera vuelta la página”.  

– ¿Qué recordás de esa Rosario que empezabas a transitar?

– Había cosas que ocurrían periódicamente. Una era que mi abuela catalana, Isabel Casas  Garriga, me llevaba en tranvía al cine Heraldo, que daba funciones de una hora, con el mismo programa: había cortos cómicos como Los Tres Chiflados, Chaplin, El Gordo y el Flaco (que me volaba la cabeza), noticieros europeos y Sucesos Argentinos. Con mi abuela nos quedábamos a ver ese programa dos o tres veces, y ahí nació mi amor por el cine. Sobre todo la ceremonia de tomar el tranvía en calle Mendoza, bajar en San Martín, caminar las cuadras que hacían falta para el Heraldo, y después nos íbamos a tomar la leche al bar Retiro, o a La Cosechera, en San Martín y Rioja, donde comíamos una ensaimada que era un manjar (que proveía la panadería La Europea).

El mapa territorial incluía además a la Escuela Juan Pestalozzi, epicentro de la propagación del “Chivo” que dejó a Rubén a un costado. El sobrenombre, sin embargo, no nació en esas aulas: “Un compañero de la escuela, Juan Goldman, cuyo padre tenía la casa de fotografía Plus Ultra, y que continuó siendo mi compañero en la Escuela Industrial (ahora Politécnico), también jugaba al basket conmigo en el Club Echesortu, que quedaba a media cuadra de mi casa. Un día, luego de una práctica, creo que fui a mangarle un mango para una Bidú (vieja y popular bebida cola que suplantaba la Coca Cola prohibida en esa época en la Provincia) a mi viejo, en la cancha de bochas donde jugaba. En el momento de mi aparición mi viejo estaba discutiendo en su partido con el ‘Chivo’ Fernández por alguna cuestión del deporte no olímpico. Cuando el ‘Chivo’ Fernández me vio, le dice a mi viejo: ‘Al final vos sos mucho más chivo que yo… fijate, ahí viene el chivito’. Juan, mi compañero, estaba al lado y escuchó nítidamente eso. A mi viejo jamás le dijeron ‘Chivo’ por ese episodio, el ‘Chivo’ Fernández siempre siguió con su apodo y también muy simpático conmigo hasta que dejé de ir al club. Pero Juan llevó ese episodio a la Pestalozzi, ese apodo se trasladó al Industrial y de allí se esparció for ever”.

Por entonces, el Chivito ya había comenzado su acercamiento a la música. Aunque allí tampoco las cosas se dieron de la manera prevista.

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Un cuartito al fondo de la casa de barrio Echesortu funcionó como espacio de experimentación para el joven Rubén, que se las rebuscó para armarse una batería casera. Don González, entonces, buscó referencias para poder brindarle herramientas al chico, y así llegaron hasta la puerta de René Maenza, el hombre recomendado. “Cuando llegamos y mi viejo le dijo que quería aprender a tocar la batería él nos respondió: ‘Por favor, aléjelo de la música, ¡es la peor porquería!´ (risas). Maenza tenía esas cosas, y mi viejo huyó despavorido”. Cerrado el capítulo de la batería (aunque no así el vínculo del Chivo con el talentoso Maenza, con quien años más tarde compartiría el grupo Resurgimiento), la búsqueda fue por el lado de uno de los instrumentos del momento, el acordeón a piano. Esta vez fue el también reconocido Atilio Cavestri el que sugirió ir por otros rumbos. “Cavestri vivía en Vera Mujica frente de la Facultad de Medicina y el Hospital Centenario –apunta el Chivo–. En esa época había un playón donde iban a descargar los lecheros, y los lecheros minoristas iban a cargar sus carros. Una noche fuimos con mi viejo a verlo a Cavestri y nos atendió muy bien, nos explicó que yo era muy chico para andar yendo a tomar clases a la tarde noche con el acordeón, entonces nos sugirió que empezara estudiando solfeo con Juan Grisiglione, que vivía en Cafferatta 1490, cerca de casa. Ahí empecé a estudiar y vi chicos de mi edad que tocaban el clarinete y el saxofón, el maestro Grisiglione era un tipo divino y le sugirió a mi viejo que me comprara un clarinete. Siempre fueron caros los instrumentos, pero en ese momento tuvo que hacer un sacrificio bastante grande para poder comprarlo. Era un instrumento usado, checoslovaco, que no era malo pero tampoco era top. Y lo tuve desde el año 57 hasta el 67 o 68, que fue cuando pude conseguir un Selmer, que compré usado en Buenos Aires. Y es el que todavía tengo”.

– ¿Nunca probaste otros clarinetes?

– No soy mucho de probar. Si estoy conforme con lo que hago y veo que el problema no es el instrumento, sino que soy yo, no pruebo más nada. Lo mismo con las boquillas y con las cañas. Hay gente que se vuelve loca probando. Yo he probado por algún consejo especial, y tengo que verificar que realmente vale la pena, entonces sí veo de cambiar una caña o una boquilla. Pero siempre soy de echarme primero la culpa a mí antes que a la herramienta.

– ¿Eso es bueno o malo?

– Mirá, por un lado es bueno porque es tomar conciencia de cuál es la facilidad que uno tiene para hacer las cosas, o el poco entrenamiento que tiene y que hay que esforzarse para que algo salga. Pero por otro lado es cierto: uno podría experimentar más con otras cosas. Tengo amigos que experimentaron toda la vida. Personajes de mucha edad me han dicho: “Ahora, recién ahora, estoy tocando bien”. Y por ahí el tipo es un capo. Me acuerdo siempre de mi amigo Hugo Pierre, que tocaba como la gran puta y decía cosas así. Sí, definitivamente no me hubiera venido mal estudiar un poco más, pero nunca pude dedicarme cien por ciento a la música, sino que tuve otra actividad (sin la cual me hubiera sido muy difícil arrancar una familia y hacer las cosas que hago). Afortunadamente encontré otro trabajo que aprovechó la otra parte de mi entrenamiento, las matemáticas y ese tipo de cosas, y de casualidad terminé en la computación.

– ¿De alguna manera tu conocimiento de matemáticas, de los cómputos, te dio herramientas para la música? Aún entendiendo que el jazz es precisamente el género que rompe normas y patrones…

– Paradójicamente todos dicen que las matemáticas y la música tienen muchos aspectos análogos. Pero en mi caso jamás los asocié en el momento de tocar, momento al que siempre consideré «el producto del momento», azaroso y espontáneo. Tal vez me haya ayudado para algunas cosas off line del instrumento, partituras, secuencias, transportes… pero nunca para el momento de tocar. No soy muy amigo (lamentablemente) de la notación y de la lectura musical.

– Respecto a ese toque producto del momento, de la espontaneidad, ¿se alimenta sólo de música o en esa instancia de inspiración, de lo espontáneo, pueden haber otros elementos que aparecen (por supuesto traducidos en música), como lecturas, películas, cuadros…?

– No, es exclusivamente de lo que suena alrededor: los otros. O si estoy solo o quedo solo, algún reflejo repentino que produce haber elegido azarosamente dos o tres notas. Rara vez una imagen o un recuerdo.

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Ya con su clarinete checoslovaco, y por sugerencia del maestro Grisiglione, el Chivo preadolescente comenzó a compartir toques con otros congéneres que gustaban del jazz. El paso al Industrial puso un impass en la faceta musical de un joven González que se veía abrumado por la exigencia y las rutinas de una escuela a la que ingresó con el más alto puntaje de su promoción. Hasta que un compañero del secundario, en una visita para cumplir con tareas escolares, vio el estuche del clarinete, le pidió que tocara algo y lanzó una pregunta sencilla, pero contundente: “¿Por qué no seguís tocando?”.

La reconexión siguió teniendo al jazz como horizonte, aunque ya sobre el final de su paso por el Industrial el primer trabajo musical rentado llegó de la mano del mundo tropical: “Vino una posibilidad de comenzar a trabajar comercialmente, a ganarse unos mangos con la música. Armamos un grupo tropical con Leo Cristal, yo tocaba clarinete y había bajo eléctrico, piano, timbaletas y tumbadora. Básicamente hacíamos las cumbias que hacían Los Wawancó, Los 5 del Ritmo y otro grupo que se llamaba La Charanga del Caribe. Estuvimos un tiempo con eso, empezamos a ganar plata y me encantó. Los fines de semana hacíamos dos o tres laburos y empecé a ahorrar dinero que me guardaba mi abuela catalana. Después del servicio militar entré en otro grupo, La Charanga Colombiana, que armó Dino Ramos, el tipo que llevó a la fama a Palito Ortega, muy hábil y conocido, pero que después se esfumó. A principios de los 60, Ramos vino a buscar músicos para ir a tocar al Hermitage en Mar del Plata… ¡disfrazados de colombianos! Fuimos cuatro días antes a Buenos Aires y el tipo nos dijo todo lo que teníamos que hacer, además iba a haber una colombiana de verdad, La India Colombiana… era como una película de comedia italiana. Pero en el Hermitage (que junto con el Provincial era una de las joyas de Mar del Plata) compartíamos escenario con Sylvie Vartan y Johnny Hallyday, que eran artistas de Francia de la súper onda. Seguí un tiempo con La Charanga de Colombia hasta que el negocio empezó a enflaquecer, porque en esa época aparecieron los Beatles, entonces empezaron a florecer los grupos de dos guitarras, bajo y batería: con el clarinete yo había quedado en la época cuaternaria, en la prehistoria total”.

Fue entonces, otra vez, cuando el jazz volvió a guiar los pasos del Chivo, que ya se había provisto de un saxofón chino para ampliar el espectro. “Empecé a armar grupos que intentaban tocar jazz. En esa época se habían puesto de moda los café concerts. Corchos y Corcheas estaba en un sótano enfrente de la Fundación Astengo, después estaba El Boliche de la Luna, que estaba en los altos de un edificio contiguo a Corchos y Corcheas. Y La Casa de la Abuela era una casa antiquísima que estaba en la esquina de Buenos Aires y Santa Fe, donde hoy hay una plaza frente a la Municipalidad, en diagonal a la Plaza 25 de Mayo. Ahí tocamos mucho con un grupo con amigos míos como Alfredo Pérez (tocaba saxo tenor), Luis Pratti (tocaba el vibráfono), el Bagre Báez (que tocaba la guitarra), Polo Benítez (que tocaba la batería), yo tocaba el saxo alto y hacíamos bossa y jazz”.

Nombres, formaciones, repertorios, lugares. El Chivo se remonta a su currícula musical y va desgranando la sucesión de artistas que forjaron la tradición jazzística rosarina. Para el Chivo, la memoria es un músculo que se ejercita selectivamente: “Cuando uno llega a esta etapa etárea tiene tendencia a acordarse más de lo que pasó hace 45 años que de lo que pasó la semana pasada. Cosa que también aprendí de mi abuela catalana. Yo era muy niño y dormía en la cama contigua a la de mi abuela. Ella se acostaba a las 8 y yo a las 9.30, pero ella siempre estaba despierta. Yo le preguntaba qué hacía y ella me decía: ‘Estoy pensando allá en Terrazas, en mi padre, en las cosas que hacía cuando era joven´. Eso me quedó grabado a muerte. Vos imaginate que en aquella época los que migraban de España le daban un beso a sus padres, se subían a un barco y jamás volvían a sentir ni siquiera su voz. Siempre me mató eso. Afortunadamente pude conocer la ciudad donde nació mi abuela materna, Terrassa, donde casualmente hay un festival de jazz. Está a 20 minutos en tren de Barcelona, pude ir varias veces. Y después pude conocer el pueblo de mi abuelo, Santa Cruz de Campezo, en la provincia de Álava. Yo vengo de una mezcla de vascos y catalanes, más independentista imposible. Y la capital de Álava es Vitoria, donde está el festival de jazz más antiguo de España. Tanto en Terrassa como en Vitoria, el jazz ha prendido hace rato, y tengo ancestros ahí. No creo en lo astral, pero algo debe haber”.

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Durante casi seis años, Rubén González alternó su tiempo en el área de cómputos de la empresa para la que trabajó por más de tres décadas con su labor como clarinetista bajo en la Orquesta Sinfónica Provincial. Entre medio, por invitación de Julio César Ortiz se sumó al Quinteto Argentino de Jazz (que, desde su formación de sexteto, resultó una propuesta de alta convocatoria y reconocimiento). Aunque ya con dos hijas pequeñas (luego llegaría su tercera niña), el Chivo debió seguir la sugerencia de un médico y, con lágrimas en los ojos, priorizó la salud dejando a un lado a la Sinfónica. El jazz, en cambio, lo acompañaría siempre.

“El Quinteto Argentino de Jazz duró hasta el 89, y ahí me sumé al Noneto Rosarino de Jazz de Santiago Grande Castelli (estaban Helio Gallo en piano, Salvador Saccomanno en saxo barítono, Eugenio Midi en trompeta, Alberto Manera en saxo soprano, Gato Gómez en bajo, Santiago Grande Castelli en guitarra). Hacíamos standards y originales de Tito Grande Castelli. Después en un momento vi que el grupo no arrancaba bien para algunas cosas, le dije a Tito que no seguía, y vino Pau Ansaldi proponiendo armar un nuevo grupo, que fue Jazzmanía, con Cuqui Polichiso en guitarra, Pau en batería, Rodolfo Fernández en bajo y yo en saxo alto; después Rodolfo se fue y vino Fernando de la Riestra, con quien después hicimos Mundo Bizarro, que fue otra experiencia muy linda”.

– Donde si bien el jazz estaba presente, también aparecían muchos otros componentes.

– Totalmente. Y, como siempre, en mi caso tuve que tratar de meterme en ese mundo que francamente no había frecuentado nunca. No tengo discos de los Beatles, ninguno. Escuché discos de ellos que me gustaron muchísimo, pero nunca fui fan. Es más, siempre chichoneaba yo con el Gordo de la Riestra porque él era un fanático número uno de los Beatles y toda esa onda. Yo siempre escuché jazz, me metí en ese túnel, que es un túnel muy, muy ancho. Ocupó cada hora de mi vida, tengo más de cien libros de jazz, leo constantemente. Y ahora con la computadora no me alcanza el día para escuchar todas las cosas, ni para escuchar a los tipos nuevos. Que me resulta muy dificultoso, porque siento que todavía me falta escuchar mucho de los que yo admiré durante toda mi vida, y que en su momento no pude escuchar porque no se conseguían los discos.

Si de nuevas generaciones se trata, el Chivo tiene en claro que, en Rosario, el talento abunda. “Siempre aparecen músicos jóvenes muy talentosos, es más, podría decir que probablemente sea el momento donde más gente mejor preparada hay en la ciudad”, reconoce, aunque advierte: “Ante esa mayor cantidad de oferta, la demanda se mantuvo constante. Si tenés mucha oferta, y la demanda se mantuvo, esa oferta sobra. Cuando empezamos a tocar con el Quinteto Argentino de Jazz, al poco tiempo tocábamos en El Círculo, en el Auditorio Fundación. Y cuando tocábamos en otros lugares iban entre 100 y 250 personas. Después hubo un festival en 1980, que organizó Gary Vila Ortiz, donde tocamos todas las noches y vinieron el Mono Villegas, Rubén López Furst, tipos muy grossos. Eso fue una explosión rápida, como un fósforo”.

– ¿Por qué se da esa situación espasmódica? Es cierto que, al tratarse del jazz, es posible hacer una lectura prolongada en el tiempo, algo que no podría realizarse con géneros más nuevos, y se da esa situación cíclica de explosiones, reapariciones. ¿Hoy el fósforo del jazz está encendido o no?

– Está apenas prendido, sostenido por jóvenes que hacen cosas: los hermanos Luciano y Mariano Ruggieri, Leonardo Piantino, el Ruso (Julio) Kobryn, Bruno Lazzarini. Muchachos que tocan muy bien. Pero no hay muchos incentivos. La pregunta es la siguiente: si alguien piensa que va a vivir del jazz, diría que es muy difícil. Entonces estos chicos empiezan a enseñar, a tomar alumnos. Con eso se mantienen. Y ponele que toman 15 alumnos, de los cuales tres andan muy bien, que se suman como bocas de oferta, entonces hay que ver cómo hacer para darle lugar a toda esa oferta y que la gente vaya a verlos. Aparte, esta música que tocamos es el nicho-de un nicho-de un nicho. Este fenómeno de Nicki Nicole, que es totalmente distinta a lo que hacemos y por más talento que tenga esta chica no se acerca a nada de todo lo que estudiaron estos muchachos que te nombro. Es una estética que no sé si va a perdurar o no en el tiempo, pero es una estética que probablemente preocupe a los músicos de rock, que también están en una encrucijada. Es una situación difícil, porque la otra que te queda es salir a tocar solo en una plaza a ver si la gente quiere escuchar un rato. El entusiasmo, la pasión que mantiene a un músico de jazz es la posibilidad de tocar con otro, con o sin público. Algunos entienden perfectamente esa situación, mientras que otros no quieren ensayar si no se puede tocar en vivo. Esa es la línea que divide a los que tienen la pasión de quienes no la tienen. Porque, en general, el público al que le gusta el jazz, acá y en muchas otras partes, se mantiene constante, no aumenta.

“El entusiasmo, la pasión que mantiene a un músico de jazz es la posibilidad de tocar con otro, con o sin público”.

– ¿No puede suceder que estos músicos que mencionás encuentren la pasión al ver la reacción de la gente?

– Sí, es posible eso. Y ahí surge otro problema: si pretendo tocar las últimas corrientes del jazz y pretendo que los nuevos posibles oyentes que van a ver esa nueva tendencia se enganchen… En general te dicen que no entienden, y es un problema, porque no les gusta. Hoy estaba mirando un recital del quinteto de Miles Davis, en Milán, en 1964. Con unos músicos del carajo. Arrancan con “Autumm leaves” y “My funny Valentine”, los tipos están tocando lo que se les ocurre, alejados de lo tradicional, y si no tenés una formación previa, si no escuchaste antes a Miles, probablemente no te vaya a gustar. Para estas cosas siempre digo lo siguiente: yo veía que mis viejos se tomaban un cognac, el Otard Dupuy. Yo lo único que afanaba de la licorera era un licor de huevo que hacía mi viejo, muy rico, dulzón. Un día, a escondidas, probé el Otard-Dupuy, y me pareció un asco. Pero me quedé con la espina, otro día tomé otro sorbito, otro día otro más, hasta que en un momento me di cuenta de que era rico. Con el jazz pasa más o menos lo mismo. El Otard-Dupuy serían las últimas tendencias frente a un tipo que por primera vez se acerca a escucharlas. Si yo no tengo una preparación anterior, va a ser muy difícil que me guste. Y hay gente que va a tener la paciencia o la perseverancia para ir a ver si le gusta lo que hacen esos tipos, y les va a gustar el cognac. Pero otros no, otros siguen con la Coca Cola”.

“Un día, a escondidas, probé el Otard-Dupuy, y me pareció un asco. Pero me quedé con la espina, otro día tomé otro sorbito, otro día otro más, hasta que en un momento me di cuenta de que era rico. Con el jazz pasa más o menos lo mismo”.

– ¿El hecho de que a vos te cueste escuchar a los nuevos músicos tiene que ver con estructurarte alrededor de la idea de que primero tenés que terminar con los clásicos o es directamente porque los nuevos no te terminan de convencer?

– No, tiene que ver con que no me termina de convencer. Escucho mucha fórmula últimamente. Sin dar nombres, te cuento esto: hace unos años vinieron dos grupos de Estados Unidos, en los dos estaba el mismo saxo tenor. Cuando lo escuché con el primer grupo, tocó dos o tres solos y me voló el mate. A los dos años apareció con un quinteto, un grupo más reducido: estábamos con Fernando de la Riestra y al segundo o tercer solo la sensación que me dio era que estaba tocando lo mismo siempre. Tenía una estructura en la cabeza que obviamente funcionaba, pero que a mí no me conmovía. Escucho mucho de eso últimamente, y le escapo a ese cognac.

– ¿Y qué te conmueve?

– Muchas cosas. Sobre todo Art Pepper, Miles Davis, la orquesta de Ellington, Milt Jackson, Toots Thielemans, Bill Evans… Un montón de tipos a los que vuelvo a escuchar y son increíbles. Sonny Rollins, Dexter Gordon, Coltrane, Charlie Parker… son tantos….

– Más allá de los nombres y del gusto, ¿qué tiene que suceder para que te conmuevas? Para algunas personas puede ser el virtuosismo o la técnica, para otras la búsqueda melódica…

– Bueno, en general cuando sos joven lo que primero te marca es la técnica y el virtuosismo. Conforme te vas haciendo más viejo es lo que menos te interesa, lo que esperás es una especie de relato. Puede ser un solo o el propio tema, que puede ser simplísimo, pero que te llega hasta el fondo del corazón, con suspenso, con muchos silencios. Eso tenía de espectacular Miles Davis, que con un silencio decía diez veces más cosas que tocando mil notas. Esos espacios, el suspenso, eso que hace que parezca que te están leyendo una poesía bien leída. Me conmueve que me cuenten una historia. Y sobre todo no abandonar las raíces de esta música, que es la raza afroamericana encontrándose con migraciones judías, italianas, irlandesas que dio origen a esta música que sigue siendo el nicho-de un nicho-de un nicho, pero que se expandió por todo el mundo.

Publicado en la ed. impresa #15

Por Edgardo Pérez Castillo

Periodista, guionista y trompetista criado en Rosario. Dediqué mi camino periodístico a la difusión de la cultura de esta ciudad durante 18 años como redactor y editor de Cultura en Rosario/12. Desde 2008 como productor y guionista en Señal Santa Fe. Y ahora, también, haciendo Barullo.

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