Diarios (rosarinos) de bicicleta

Foto: Jorge Salum

El semáforo de Oroño y Pellegrini se pone en rojo. Alguien con una caja mediana en un brazo y tres turrones en la mano del otro se acerca al primer auto detenido en la fila.

-¿Me comprás? Tres por treinta.

El conductor no le compra.

El siguiente tampoco.

Ni el tercero.

El semáforo cambia a verde y el vendedor se toma un recreo. Deja la caja en el suelo, se tira sobre el pasto de la rotonda, mete la mano en el bolsillo y saca algo. Es un auto de juguete. Un autito verde.

El vendedor de turrones, que debe tener siete u ocho años, se pone a jugar acostado de espaldas al Museo Castagnino e imitando el sonido de un motor.

***

Contemplo la escena mientras voy en bicicleta. Día por medio, haga frío o calor, pedaleo por la ciudad y sus alrededores, incluso algunos caminos rurales. No soy el único: en la calle cada vez somos más los que vamos en bici, por necesidad o porque simplemente nos gusta, aunque pedalear por Rosario tenga una buena dosis de riesgo y aventura. Es que la ciudad es un lugar hostil para los ciclistas. Cualquier ciudad, y Rosario en especial, plantea desafíos para quienes pedaleamos. La culpa es de quienes la habitamos. La falta de espacio, el apuro, el individualismo extremo, la intolerancia, la ansiedad colectiva, la anomia, la inseguridad (y también la sensación de inseguridad), los conductores de vehículos a motor, el mal estado de la mayoría de las calles, la invasión de motos en las ciclovías: todo eso y mucho más conspira contra el placer de recorrer en bicicleta los mismos lugares por los que andamos en auto, en colectivo o a pie. Se me ocurre un silogismo: “Rosario no es una ciudad amigable para los ciclistas”.

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Hay olores que se huelen siempre al pasar en bicicleta por ciertos lugares de la ciudad. En la avenida Arturo Frondizi y Nansen el aire apesta a los restos de pescado que los trabajadores de una cooperativa arrojan a un contenedor de basura. Es un olor denso que parece flotar en diez metros cuadrados a la redonda. Cuando estoy a punto de pasar por allí contengo la respiración para atenuar el mal momento. Por fortuna pasa rápido.

Durante el verano, en la amplia curva del Gigante de Arroyito y el club Regatas Rosario el aroma almendrado de las pantallas solares transporta los pensamientos a una imaginaria playa marítima. Me agrada ese olor, que a veces también se percibe en la rambla Catalunya o cuando uno pedalea por el tramo que pasa por detrás del balneario La Florida. Se siente olor a pan frente a las panaderías, a humedad frente a los edificios en construcción y a monóxido de carbono en todos lados, sobre todo en el túnel Arturo Illia, debajo del Parque España, y en el Celedonio Escalada. Un cartógrafo que se desplazara en bicicleta podría hacer un mapa de los olores de Rosario. El que se percibe en las proximidades del Paraná podría ser la síntesis de todos ellos.

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