La revolución en el aire

Se respira otro aire en la calle, en los colectivos, en las oficinas. Se escuchan todos los días frases que antes eran una anomalía. Las más jóvenes no dejan pasar ni una violencia, son conscientes de que está en sus manos construir otro mundo. El tema son los vínculos. Donde había violencia, donde había jerarquías, hay límites, hay revisión de los estereotipos. En cada espacio compartido hay una sorda batalla cuerpo a cuerpo. Nada es para siempre, cada vez hay que volver a recordar que las violencias invisibles son aquello que sostiene al patriarcado.

Y está la calle, donde cada día son más las mujeres y las identidades disidentes que van corriendo los límites de lo que se puede pensar. Son ellas, las pibas, las adultas, las medianas y las viejas, las que fueron amasando nuevas palabras. El 8 de marzo de 2019, el mundo –sobre todo el mundo occidental pero no solo- crujió con esta revolución. Más contundente que el Paro Internacional de Mujeres de 2018, la medida de fuerza global de este año demostró que esta fuerza es irreversible. No habrá forma de lograr que triunfe esa restauración conservadora que encarnan las derechas y las iglesias pero esperan agazapados y deseantes millones de machos heridos por haber perdido –por estar en proceso de perder- sus incontables privilegios.

Hay quienes dicen que la revolución no es tal porque no conmueve los medios de producción. Son los mismos que durante años se aprovecharon de las tareas de cuidado invisibles, esas que llaman amor pero es trabajo no pago. Son los mismos que durante siglos ejercieron su poder patriarcal como un látigo contundente, y respondieron a las críticas con un banal “no te aguantás un chiste”. Son los mismos que nos dijeron locas, malcogidas, incogibles, brujas, ignorantes, vanidosas. Son los mismos que nacieron sabiendo cuál era su lugar en el mundo: el centro.

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