En busca de la casa Saer

Foto: Sebastián Vargas

Es sábado, de mañana, paso a buscar al fotógrafo de la revista para ir a Serodino, 55 kilómetros al norte de Rosario, el pueblo, el nombre del pueblo, Serodino, que no tiene nada épico ni imaginario, simplemente el apellido del dueño de las tierras, 1886, don Pedro dona (se) algunos lotes y sin saber funda una comuna o un condado que integrará la constelación de pueblos imaginados o más bien fundados en la imaginación del escritor propio, nacido en 1937, el más chico de los Saer, el Juani, el turquito reservado y olfa, cuyas composiciones literarias ya eran tan deslumbrantes a los diez años, que de la escuela 258, que quedaba a pie, a veinte metros de su casa, la Casa Saer, el almacén de ramos generales del abuelo, en Italia y Santa Fe, las mandaban al Ministerio de Educación de Perón, sexto grado, 1947, para que ya tomaran nota cómo escribía ese chico, ¿de dónde, cómo, el uso de la subordinada, el objetivismo, ese cambio de la percepción de no saber si algo es real, imaginado, recordado, desplazado o todo junto y más opaco y también más complejo?, pero ahí nomás, frente a la vía, pero al oeste, es decir, del lado de los pobres del pueblo, el mismo villorrio, igualito, parecido, al de los escritores favoritos del niño, otros chicos pálidos y graves, aunque remotos y lejanos, que hasta mintieron con sus propios nombres o los de sus casas, Faulkner, García Márquez, Onetti, Yoknapatawpha, Macondo, Santa María, Paraná, el Rosario, Montevideo y Buenos Aires.

Ni bien llegamos al cruce en la Ribera, dejamos la autopista, suspendemos el mate y empalmamos la 91, y en seguida nos llama la atención la cantidad de ceibos (la flor argentina) que hay en la banquina izquierda o derecha según se mire, si uno va o viene, los 15 kilómetros al oeste rumbo a Serodino, los mismos que hacen a pie los hermanitos Saer en “La tardecita”, en esa módica aventura que remeda el viaje de Petrarca al Monte Ventoso con su hermanito, y es un espejo en la lectura, aquella y ésta, la mía de ahora, de dos niños de 10 (Juani) y 14 (Jorge, el hermano mayor), un miércoles de Semana Santa de 1947, cuando esto era camino de tierra y había llovido, como llovía siempre en Macondo, porque llover hace funcionar la fantasía, altera el tiempo y la percepción de las cosas, vuelve más gris la derrota de la tierra baldía, del maíz seco, de la tierra siempre ajena aunque don Serodino regalara un par de lotes, y los cipreses negros detrás de la pared blanqueada del cementerio donde Juani tuvo miedo y Jorge le tocó la cabeza para tranquilizarlo, imperceptible, pero de forma tan segura y amorosa que él lo recordará 50 años después en la casa de María Teresa Gramuglio, en Caballito, cuando Barco sea el barco en tierra, que escribe, un año después de la muerte del ingeniero Jorge, su hermano, el químico, mi compañero docente cuatro años en el Colegio La Salle, 1984, donde yo era celador y él profesor de química, y todas las mañanas nos tocaba estar uno al lado del otro en el izamiento de la bandera, en el patio embaldosado y frío de calle Mendoza triple 4,  cuatro años preguntándome si aquel hombre, idéntico al escritor de Cicatrices, y aun siendo su hermano, si lo era, si era el mismo, si era Saer, si siendo otro Saer acaso no podía contarme los secretos de la que ya me parecía, aunque no estaba seguro, porque yo entonces sabía poco, casi lo mismo que ahora, pero me parecía, y estaba casi seguro, que su hermano era, el otro, el que ya vivía en Francia, el mejor escritor argentino después de Borges, porque eso sí lo sabía, que todo lo que era escribirse en este condado imaginario de Moreno, Belgrano o Dorrego, Italia y Santa Fe, era la esquina de la Casa Saer, y había sido escrito por Borges y tenía que ser desde allí o después de allí, y que así habían sido sus primeros cuentos, “En la zona”, en la de Borges, aunque en el último capítulo, “Algo se aproxima”, empezaba la bifurcada, la independencia y la pendencia, de disputarle al padre Borges o al abuelo Macedonio, el canon literario argentino, empezando por la novela, la casa grande o “La grande”, el edificio, este viejo almacén de ramos generales que es la patria, la Argentina, y que Saer supo escribir y derivar y abarcar y Borges no pudo, o no supo o no quiso, o supo y escribió, fiel a su estilo o su tono del pudor y la elipsis, insinuando en un puñado de huellas, la pulpería de Recabarren por ejemplo, tan parecida a la de los Saer Anoch, por las que empezó a caminar Juani y que nos trajo hasta aquí.

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¿Pero dónde es aquí? ¿Dónde es hoy? Es Serodino, un pueblo de cuatro mil almas, típico pueblo agrícola de la pampa argentina, en el medio del mapa nacional y de Santa Fe, a 110 km de Santa Fe, que es donde se fueron a vivir los Saer en 1947, cuando vendieron la casa familiar construida en 1889, y emigraron a la capital, donde ya estaban archivadas las composiciones literarias del “turquito”, dice Abel Moyano, su compañero de primaria que aún vive en el pueblo, y que dice que Juani era olfa, y que incluso él y otros, los más traviesos, se burlaban o lo acosaban por ese encierro extraño en que vivía el niño escritor que ya rumiaba la soledad y la lucidez del mundo narrado, imaginado, recordado, en la epifanía de un poema aunque fuera un día de lluvia o después de haber llovido, igualito que Proust, aunque “La Mayor” de las veces Saer quisiera contradecirlo. Entonces me cruzo a la esquina de enfrente de la Casa Saer y hablo con Aníbal, el mecánico, que al buen día franco de la gente verdadera, agrega el mate y convida. Su propiedad es idéntica, gemela a la de los Saer. Le digo que vaya pensando en cambiar de rubro, que allí estará el Centro Cultural Casa Saer, y que él deberá poner un bar y confitería para atender o recibir a los turistas literarios, alumnos, profesores, incluso hasta los críticos que se arriesgaran a tomar una cerveza algún día, y que vendrán a conocer a partir del año próximo o el otro, este lugar de archivo y divulgación de la cultura argentina que harán el pueblo y el gobierno de la provincia de Santa Fe, gestión Miguel Lifschitz, que acaba de adquirir la casa natal de Saer  para construir allí una casa de cultura y de archivo y puesta en valor de una de las obras literarias más importantes del siglo XX y de América. Le digo a Aníbal que yo puedo ayudarlo con el nombre del bar, entonces,  con Marcia Bredice, que nos acompaña y nos guía, profe de letras del pueblo, integrante del grupo Zona Saer, que tanto empujó el proyecto, hacemos un pequeño multiple choice con los nombres o marcas saerianas: un bar Cicatrices, decimos, un bar Adelina, una confitería Glosa, aunque Tomatis, siempre Tomatis, termina llevándose todos los premios de aparición, discurso, incluso como una sombra detrás de un vidrio esmerilado que seguramente tendrán los baños de la confitería.

Ya pasado el mediodía, hay un solo lugar abierto en el pueblo para tomar algo, un bolichón que no es el Tokyo y que más bien podría ser el despacho de bebidas del abuelo de Nula, donde solamente hay porrón Brahma, pero eso sí, congelado, como se debe, y dos mellizos haciendo la tarea escolar en repuestos Mis Apuntes y carpetas con forro nidos de araña. La pátina de vejez o envejecimiento que a menudo tiene la prosa barroca y florida de Saer, la busca del tiempo perdido, de Santa Fe, de Serodino o de Rincón, y ya volviendo por la 91, ahora los ceibos están a la derecha, como el país, donde recurrentemente todo vuelve a la derecha y no puedo precisar con exactitud y a tantos años si el Negro Ielpi me lo contó ayer o el mes pasado o en 2017, pero estábamos en una mesa de El Cairo (parecido a como será el Bar Tomatis de Serodino), cuando Rafael dijo: “Conocí a Saer en Rosario, a finales de los 50, en que yo iba a las aulas de la facultad de Filosofía y Letras y él empezó a viajar algunos días por mes para concurrir a la facultad, y conoció a su mujer Bibi Castellaro, que estudiaba Letras como yo y éramos compañeros de las grandes críticas argentinas, Josefina Ludmer y Gramuglio”.

En esos interregnos de sus viajes o el relato de Ielpi, yo (¿yo?) viajo a Santa Fe para encontrarme con Saer, con Hugo Gola y con Mario Medina, en la casa de la madre de Mario, aledaña a un hotel alojamiento también propiedad de doña Natividad. Allí, en un amplio espacio poblado por una gran biblioteca y escuchando música los veo un fin de semana charlando y hablando de literatura. Un par de veces, la reunión tiene algún contertulio famoso, Roa Bastos y el viejo Juanele, que llega en la balsa desde Paraná, con sus pelos al viento y el cachimbo y su silencio y su aura fantasmal de velos diáfanos en un mediodía inexistente, y una visita inesperada, la de un joven escritor llamado Néstor Sánchez, que había publicado su primera novela, Nosotros dos, y me parece que es 1970, porque yo tendría nueve años y ninguno supo cómo aparecí allí en Colastiné, pero me dejaron estar porque era un crío que ya escribía callado y melancólico y alguna de mis composiciones también eran enviadas al ministerio de papeles, metáforas y adjetivos.

No escribimos sobre lo que sabemos ni sobre lo que no sabemos, sino sobre lo vislumbrado y todos son recuerdos falsos para una memoria verdadera y sospecho que uno cambia para seguir siendo el mismo, premisas literarias de Juan José Saer, el escritor argentino más importante después de Borges. Después discutiremos en el bar Tomatis, enfrente de la Casa Saer, en Serodino, si el después de Borges es sólo cronológico o esencial o canónico.

Los ceibos no estaban en la banquina aquel día, la tardecita de 1947, porque si  hubieran estado, hoy, ahora que los veo regresando a Rosario, esos árboles tendrían una forma más real que la del mundo, los ceibos estarían desde aquel miércoles de Semana Santa en la espesa selva de lo real del lenguaje y estaríamos hablando, o estaremos hablando o estuvimos hablando, siempre, del ceibo real de Saer.

Publicado en la ed. impresa #01

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