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La entrevista

D’Anna: “Necesito defender a los demás para defenderme a mí mismo”

Eduardo D’Anna es autor de una vasta obra poética, narrativa y ensayística. La UNR acaba de editarle, en su lujosa colección Confingere, dos intensas novelas policiales, que interpelan al lector no solo desde el argumento sino desde el lenguaje. En diálogo con Barullo contó cómo las gestó, rechazó toda forma de individualismo literario y dio su visión de la ciudad, ajena a la complacencia: “Los rosarinos aplauden cualquier cagada, sobre todo si viene de Buenos Aires o Europa”.

Poeta, ensayista, dramaturgo y traductor, entre otros oficios, Eduardo D’Anna acaba de publicar a los 71 años dos novelas policiales en un solo tomo a través de UNR Editora. Se trata de una saga titulada Los libros de Homero, donde a la primera historia –La jueza muerta, escrita y situada en la infame década del noventa del siglo pasado– le sigue su continuación, hasta ahora inédita, El pobre delicioso. Las escenas se desarrollan en el lugar que el autor más conoce y desde el que ha producido toda su obra: Rosario.

En cinco décadas de ininterrumpida e intensa actividad, D’Anna ha firmado más de veinte libros de poemas, cuentos para niños, piezas teatrales y ensayos que indagan en la identidad literaria rosarina y santafesina. Es dueño de una voz que les pone el oído y la pluma a la lengua popular, a la oralidad, a las perspectivas de los llamados “ciudadanos de a pie”, más allá del género que esa voz elija para plasmarse. En sus textos no pretende un decir grandilocuente o erudito, aunque aborde dilemas profundos, sino más bien coloquial y hasta familiar. Esa impronta atraviesa el devenir del protagonista –Homero, un abogado de clase media en apuros– y el de los personajes con los que se cruza en su periplo. Mejor dicho, en su odisea.

La reciente producción, reunida en un volumen de casi cuatrocientas páginas, se ubicó en la colección Confingere del sello universitario, que también integran entre otros las obras de Jorge Riestra y Mirko Buchin. Fue presentada a fines de diciembre pasado y ahora D’Anna espera que vaya al encuentro de sus lectores, mientras corrige tres libros de poesía que cerró en 2019. En esta extensa conversación, revela las condiciones disímiles en las que alumbró cada novela, repasa algunas claves y habla de su presente con palabras sencillas, una pizca de humor y otra de ironía, sobre la borra del café y envuelto en el humo de múltiples cigarrillos rubios. Es decir, en su mejor estilo.

los libros de homero eduardo danna

¿Por qué decidiste incursionar en la novela?

–Es una fantasía de casi todos los poetas, porque la novela tiene otra difusión y suele tener más éxito de público. Así que siempre está latente esa posibilidad, algunos la realizan y otros no. Yo desde chiquito quería escribir una novela porque leía las de la colección Robin Hood, las de Salgari. Me frustré porque empecé una y la terminé en ocho páginas.

¿Habrá sido un cuento?

A los ocho años no tenés noción del tiempo, de cómo funciona, qué es lo que se necesita para escribir una novela. Me decía: “¿Cómo puede ser que haya gente que escribe 200 páginas y yo no paso de ocho, además con una letra grande?”. Y lo abandoné. Pero en los años noventa reapareció: se armó un concurso provincial, el jurado parecía interesante… Yo tenía un capítulo escrito para una novela policial que nunca había continuado, ahí me apareció el final y dije: “Bueno, la escribo. Me falta meter lo del medio” (risas). Y en un par de meses salió La jueza muerta.

Al final con el concurso no pasó nada pero tuve suerte porque el Negro Fontanarrosa de casualidad se la llevó a (Daniel) Divinsky, el dueño de Ediciones de la Flor. Divinsky estaba aburrido en la Feria del Libro de Buenos Aires, la leyó y le gustó. Salió en 2001 durante el gobierno de Rodríguez Saa, cuando la gente por la crisis no compraba ni una cajita de fósforos. Después se fue vendiendo paulatinamente al punto de que se agotó la edición de dos mil ejemplares. La segunda parte la escribí como una continuación cuando supe que publicarían la primera, pero nunca apareció porque cambiaron las condiciones económicas: a De la Flor le convenía editar autores clásicos argentinos a los que no debía pagarles derechos –por ejemplo Martín Fierro o Una excursión a los indios ranqueles– y vender los libros afuera, porque el precio del dólar había subido. Los autores locales no le interesaban tanto así que nunca más tuve la oportunidad, hasta que la UNR me ofreció publicar las dos juntas.

¿Cómo fue el proceso de escritura de La jueza muerta?

–La escribí en ómnibus, en hoteles, donde podía. Seguí un plan muy riguroso porque era la primera novela y debía cuidar la extensión, el desenvolvimiento.

Ya habías adquirido noción del tiempo…

–Sí, tenía cerca de cincuenta años (risas).

¿De dónde surgió el argumento?

–Lo inventé. Aunque me pareció prudente escribir sobre un ámbito que conocía bien, por eso el protagonista es abogado y muchas circunstancias transcurren en los Tribunales, donde yo ejercía la profesión.

¿Compartiste el material después de escribirlo?

–Con amigos, escritores y de otras profesiones. No me sentía seguro y además siempre muestro lo que hago –no es que vaya a dar bola estricta pero me gusta escuchar las opiniones. Me di cuenta de que la novela funcionaba, que los enganchaba, y eso me dio cierta tranquilidad. La leyó entre otros Hugo Diz, un tipo muy bestia, así que me interesaba su opinión. Y me interesaba ver cómo funcionaba el personaje con las mujeres. Porque es un poco cínico respecto de la mujer, no sé cómo lo ves vos…

Y… es muy patriarcal.

–Sí, bastante machirulo. Y bien burgués. Un tipo que se quiere salvar pero no a través de la transformación de la sociedad sino de la amante, se encuentra con la situación con la que se encuentra y no sabe más que desesperarse. Entre paréntesis el organizador del concurso me dio bajo cuerda el dictamen de uno de los prejurados sobre mi novela, que era sumamente negativo y de muy mala leche. Era una mina, no me quiso decir quién. Había dos o tres observaciones que me parecieron correctas y las incorporé, corregí bastante. Es que se habían deslizado algunos errores, cosas cursis; siempre pasa porque es muy complejo el proceso, dura varios meses. No es como el poema que mantenés el estado de ánimo hasta terminarlo, acá un día te puede doler el estómago. Son procedimientos diferentes, tenés que ir manteniendo una atmósfera narrativa. Me han pasado cosas graciosas como a todos los novelistas, a tipos mucho mejores que yo. Por ejemplo la casa del protagonista en un momento estaba en el primer piso y de repente en planta baja. Me lo señaló un amigo arquitecto y lo corregí, fue fácil porque en vez de decir “subió la escalera” puse “atravesó el pasillo” y ya está.

La historia tiene rasgos autobiográficos que no tuviste prurito en incorporar.

–No quería apartarme demasiado de lo que sabía. Si invento un personaje que es colla y vive en el cerro voy a tener un montón de problemas, en cambio así no soy yo pero a muchas de las actividades las realizaba todos los días. Me resultó más fácil describirlas.

Y tuvo buena repercusión…

–Sí. Ahora no sé qué pasara, lo importante para mí es haber podido publicar las novelas.

¿Cómo llegaste a la UNR?

Le había mandado al editor (Nicolás Manzi) un trabajo crítico que no le interesó pero escuchó hablar de las novelas y me las pidió. Tomó la decisión de incluirlas en una colección donde hay autores jóvenes pero también está la obra de Riestra, la de (Rodolfo) Vinacua. Salieron las dos juntas, la primera sin ningún cambio. Así que me pareció interesante, estoy contento.

Esperando las repercusiones… ¿o no te importan?

–No como me importaban cuando saqué La jueza muerta. Por mi experiencia en obras del pasado rosarino, creo que Los libros de Homero va a quedar, se seguirá leyendo. Pero vos viste, nuestra literatura es periférica; cualquier pelotudo vende mucho más en Buenos Aires y esbest seller. Son cosas que uno conoce pero no puede cambiar individualmente.

¿De dónde viene el título El pobre delicioso?

–De Las Delicias, porque transcurre en ese barrio (de la zona sur). Es un título raro que me gustó, como parte de mi fantasía: la primera novela se vendía un montón, Divinsky me pedía otra y yo debía tener una lista. Cosas que se piensan cuando sos joven.

Estabas entusiasmado…

–Sí, también lo estoy ahora. Lo que pasa es que ahora me centro en que lea el libro la gente que yo quiero que lo lea. He visto tantos best sellers horribles que no creo que una gran venta signifique gran cosa. Me interesa más que las novelas tengan repercusiones en Rosario. He estudiado el fenómeno y no creo que ir a la conquista de Buenos Aires sirva de mucho, aun cuando triunfes entre comillas. Es mejor triunfar acá.

Dicen que los rosarinos son exigentes.

–No te creas. Aplauden cualquier cagada, sobre todo si viene de Buenos Aires o Europa. Con respecto a lo que se produce acá, no saben muy bien cómo deben juzgar las obras, no tienen valores propios. Puede que eso dé la impresión de que son exigentes pero no es así.

Es extraño y grato que una ficción se desenvuelva en nuestra ciudad.

–De todos modos no soy el primero que lo hace. Hay antecedentes ilustres como (Rosa) Wernicke y Riestra, que han abierto el camino.

Tampoco hace tanto.

–Claro, nuestra literatura –salvo algunas obras excepcionales– si tiene cien años es mucho.

¿Tenés referentes locales en novela?

–Mis referentes están afuera y adentro. Conozco bien la obra de los novelistas de Rosario como Wernicke, Riestra y (Angélica) Gorodischer, por supuesto lo que me gustaba de ellos lo usé un poco de modelo. No quiero decir con esto que han sido copias sino que los tuve presentes y ayudaron a la escritura. Se va creando una tradición narrativa que ayuda.

Es bueno sentirse parte de algo, no estar en el aire.

–Totalmente. También me interesan otras narrativas. Creo que (Juan José) Saer puede haber influido bastante en cuanto a eso de lo local porque si bien no es rosarino, da cuenta de una atmósfera de la provincia que en Rosario también se da.

Obras bajo la lupa

Con prólogo de Roberto Fontanarrosa, La jueza muerta es una parodia de novela policial negra que se desenvuelve en un solo día en algún momento del primer menemismo. Se respira el clima de la época y no solo porque aparezca mencionada la vigencia del uno a uno y otros elementos entonces de actualidad, hoy históricos, sino por el juego con las alusiones, al punto de que por momentos el lector se queda pensando: “¿Esto fue real?”. D’Anna eligió precisar algunas cosas y difuminar otras, pero ya no es tan importante determinar esos datos: más o menos explícitos, tienen la virtud de adentrar en el relato, sobre todo a los rosarinos y, en un sentido amplio, a los argentinos.

Los personajes tienen un habla muy natural y entablan diálogos fluidos, no impostados, lo cual genera plasticidad, acercamiento e identificación. “Hablan como hablamos nosotros porque son novelas contemporáneas”, advierte D’Anna. El humor ayuda, sobre todo en la primera parte, en cambio la secuela es más sórdida. “La escritura de El pobre delicioso fue muy distinta a la anterior. Yo había trabajado políticamente cerca del barrio Las Delicias pero no conozco la vida de los villeros y los cartoneros más de lo que la podés conocer vos”, advierte D’Anna. “La casa donde vive Arístides (en la calle Ombú) la saqué de una de Rincón en Santa Fe, me moví con más libertad. Los personajes y la acción me fueron llevando y era muy placentero”, recuerda. La diferencia radica en que no había un plan prefijado.

Los libros de Homero albergan cuestiones metafóricas que pueden entenderse no solo como dilemas personales sino colectivos. De hecho Arístides es un ex policía que actuó durante la última dictadura cívico-militar “y mira a la Argentina desde una perspectiva muy estereotipada. A su vez odia porque lo dejaron de lado. En esa contradicción está la vida del personaje”, aporta D’Anna, quien se basó en el tristemente célebre represor rosarino Telémaco Ojeda para armar esta figura tan bizarra.

“Una vez fui por una medida judicial a una casa muy humilde, cosa que me rompía las bolas pero la tenía que hacer, y me topé con un ex cana que había sido del grupo de Telémaco Ojeda, un torturador de fines de los sesenta, y antes también a cargo de la sección Robos y Hurtos. Ahí la tortura a los choritos era permanente, no la que vino durante el Proceso contra los presos políticos pero de todas maneras la picana y esas cosas se admitían, por eso después terminamos como terminamos”, rememora. “Ya en democracia a los miembros del grupo los mandaron a la mierda. Muchos de ellos quedaron en una situación de gran pobreza como este tipo al que yo le fui a embargar un televisor manchado con helado; eso fue muchos años antes de escribir la novela y me impactó. Un tipo que tuvo tanto poder, el de destruir el ser físico de otro en la tortura, y después vive una vida miserable, no llegando a fin de mes; eso siempre me fascinó”, admite el autor sobre esas imágenes de la vida cotidiana que irrumpen para impregnar y pueden convertirse en el germen de algo, incluso a largo plazo.

La jueza muerta es una historia relatada por Homero, una especie de antihéroe, tras descubrir la muerte de su amante. Aunque en algunos pocos capítulos aparece otra voz, ésta habla en primera persona también. El punto de vista cambiará en El pobre delicioso. “Sabía desde el primer momento que lo que iba a pasarle a Homero no podía contarse en primera persona porque él mismo no lo entendía”, explica D’Anna. “Hay una necesidad de verlo desde afuera, cosas que no se pueden decir y no se dicen. El narrador en un momento afirma: «No nos imaginamos lo que puede haber pensado Homero». Es un narrador omnisciente pero no tanto como para saber lo que el personaje está pensando y esas cosas”, agrega, y confiesa que “no quería hacer un narrador a lo Balzac, que viene un tipo por la calle y sabe todo sobre su familia, por ejemplo. Eso es de otra época”.

Una infidencia: el nombre del personaje no es Homero, sino el apodo que le pusieron sus hijos en honor al famoso padre de la serie Los Simpson. Tampoco corresponde “al inmortal poeta muerto, como diría el Negro Fontanarrosa. El verdadero nombre es secreto, algo que los lectores no deben saber y el autor tampoco”, desliza D’Anna, aunque la connotación es directa con el creador de La Odisea. Y en ambas novelas hay algo de la odisea, del retorno al hogar.

Hoy y mañana

Además de la abogacía, D’Anna ejerció la docencia en el nivel secundario y terciario (se jubiló respectivmaente en 2012 y 2016), pero sobre todo es un escritor que no cesó de producir desde que comenzó a publicar. Su primer libro de poesía, Muy muy que digamos, salió a la cancha en 1967 y desde entonces ha escrito más de dos mil poemas. Sin embargo dice que por ahora suspende las aventuras de Homero. “La tercera parte no me sale y tampoco la quiero hacer porque ya hay suficiente misterio”, dispara.

“No creo que una novela deba develar todo sino que debe haber un espacio para que el lector se rompa un poco el mate por su cuenta. Intenté con otro tema pero me aburrió y no seguí, imaginate si me aburrió a mí qué pasará con los demás. El año pasado escribí tres libros de poesía y ahora los corrijo un poco. Estoy tratando de ver si alguien me los publica”, comenta, seguro de su oficio, que incluye también el dictado de talleres.

“Durante el gobierno de Macri tuve que interrumpir como dos años porque la gente no tenía dinero, era un desastre, pero en 2019 y a un precio más bajo funcionó mejor. Ya había empezado a salir el sol”, detalla D’Anna, y describe características de su pedagogía. “No digo lo que hay que hacer ni dirijo ni propongo ejercicios, es más un pretexto para desarrollar un discurso sobre la literatura. Trabajamos sobre materiales, a veces de los propios talleristas. Me encargo de transmitir pero también hay que prestar aliento para que la gente se desacartone y hable”.

Sos un militante de la literatura rosarina.

–Como escribo acá me preocupo por lo que pasa acá, por la cultura en general. No preocuparse podría ser el pasaporte más claro al olvido, estamos en el mismo barco. Necesito defender a los demás para defenderme a mí mismo, lo que yo hago, porque es todos o ninguno. Cuando digo todos no quiere decir un boludo que escribe mal, pero hay cuarenta o cincuenta tipos que escriben bien. Y no se va a salvar uno solo.

Decís que no te desvela Buenos Aires, ¿y el resto del país?

–Lo que no me interesa es esa trascendencia que anula las otras posibilidades, por eso me interesa el interior. Yo tengo muy buena acogida en Córdoba, siempre la tuve con la poesía, al punto de que muchos de mis libros de poesía se editaron en Córdoba. En general me dan más bola que acá. Ahora estoy intentando un acercamiento con los escritores de Santa Fe para saldar esa grieta que es mucho más difícil que la otra de la que se habla siempre y mucho más vieja: la diferencia entre Rosario y Santa Fe, que nos caga totalmente. Hay que superarla.

Una grieta que abarca muchos aspectos.

–Sí, yo me ocupo de la literatura que es el ámbito en el que estoy, porque noto que la gente de la ciudad de Córdoba sabe lo que se hace en Río Cuarto, en Villa María, pero entre Santa Fe y Rosario hay un abismo de indiferencia que nos perjudica por completo.

Córdoba está más integrada.

–Sí, igual creo que nosotros estamos en mejores condiciones porque esa integración que por un lado es buena también perjudica: hay un sector reaccionario que los cordobeses llaman los beaaaatos, es decir los chupacirios, y tiene mucha influencia en toda la provincia; en cambio los beatos de Santa Fe no influyen mucho en Rosario.

¿Vas a las presentaciones de libros, a las lecturas? ¿Te invitan a leer?

–Me invitan poco porque generalmente los organizadores son de otras generaciones. Estoy activo en el campo literario, pasa que la gente joven hace las presentaciones a las nueve de la noche en vez de a las siete, comen una porquería en el restobar donde se hace la presentación y toman vodka con kerosén. Mis viejos amigos, con los cuales yo iba y después salíamos a comer, o se han muerto o están de baja. Entonces a veces me siento un poco solo a pesar de que tengo amigos jóvenes. Me ha tocado irme calladamente de las presentaciones en vez de seguir la joda que antes me gustaba tanto. Era un momento de intercambio de ideas.

Todo eso que también hace a la escena.

–Claro, generalmente me encuentro con mucho respeto pero somos de mundos un poco distintos. Eso hay que aceptarlo y bueno, por eso uno escribe, para saltar generaciones.

Publicado en la ed. impresa #07

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