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Barullo en papel La entrevista

Coki: “La identidad te la vas formando a los golpes”

Coki Debernardi es uno de los compositores más interesantes que dio la música hecha desde Rosario. En este reportaje repasa los días en Cañada de Gómez, donde todo empezó, la formación de la mítica banda Punto G, de sus Killer Burritos acompañando a su amigo Fito Páez por Latinoamérica, del padre grande de dos hijas chicas y la posibilidad, aun en pandemia, de seguir componiendo.

En las canchas de Cañada de Gómez, al niño Debernardi le cayeron los primeros apodos: Chirola y Agonía. “Jugaba mal al básquet, era extremadamente flaco y me cansaba. Jugaba sin pasión, era como una agonía”, explica César, recordando al pibe que, por efecto de la indiferencia, pudo despegarse de esos títulos. La situación derivó en el efecto herencia: comenzaron a llamarlo Coki, como a su padre. El César de nacimiento quedó entonces reservado para los afectos cercanos, pariendo así una llamativa dualidad. “Una vez tuve que firmar para una tarjeta de débito del banco y puse Coki, entonces el tipo me dice: «Pero no es la misma firma que tenés en el documento». Se armó un quilombo bárbaro, me preguntaba si sabía cuál era mi firma. Entonces le tuve que explicar, con mucha vergüenza: «Mirá, cuando firmo yo pongo Coki», «¿Cuando firmás qué? », me preguntó. Con razón, me miraba como diciendo «¡quién sos flaco! ». Entonces, muy despacito, le dije: «Autógrafos, porque soy músico»”.

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En la casa de la familia Debernardi sonaban músicas diversas. Una de las abuelas tocaba el piano, el padre de familia se autodefinía saxofonista (César pudo luego comprobar que aquello fue más un anhelo que un talento cierto). Sin embargo, la fascinación llegó, primero, por los colores: “Cuando era chico, hace más de cuarenta años, la vida en general era bastante en blanco y negro: la tele, las revistas de historietas (Patoruzú, Isidoro, El Tony, las cosas que leía). Pero los discos eran en colores. El vinilo de La Pantera Rosa era rosa. Los de Alta Tensión eran de colores. En casa había discos, magazines, cassettes de colores. Lo visual te entra muchísimo, a veces antes que lo sonoro. Al menos en mi caso, porque la música que se escuchaba no me interesaba. O yo creía que no me interesaba”.

El interés se nutría entonces de discos que compartía con amigos, hasta que una de sus incursiones a las disquerías de Cañada derivó en la primera adquisición propia: Los rubios se divierten más, de Rod Stewart. “Supongo que la iniciación musical viene por ahí, por ir mucho a la disquería, a ver tapas, a ver lo que pasaba. Cuando decidí comprarme el disco de Stewart fue mucho por la tapa. Lo habré escuchado mil veces, conocía de memoria quién tocaba los temas, el técnico de grabación, lo leía sin parar”.

De aquellos pasos iniciáticos, César recuerda también el peso de la dictadura. Con imágenes, claro: “Un día vimos al padre de un amigo enterrando libros y discos de Quilapayún, de Parra, en el patio donde nosotros jugábamos. Eso nos flasheó: ¿por qué hacía eso? Fui a mi casa y les conté a mis viejos. En Cañada se hacían operativos rastrillo: paraban en una punta una tanqueta y arrasaban con las casas, buscando. Si cierro los ojos, puedo ver el patio, perfecto, y donde están enterrados los discos”.

Pese al agobio, había en Cañada de Gómez un movimiento musical que cautivaba al pequeño Debernardi: “Empecé a ver que había una manera de poder insertarse, aunque era un mundo muy lejano, porque yo no tenía las condiciones. Tenía el deseo al ver que otras personas estaban tocando, que se organizaban algunos recitales en Cañada, enfrente de mi casa había un flaco que tocaba la batería, ensayaban en su garage y yo iba a tratar de ver cómo era la música real. Yo empecé tocando la guitarra acústica porque era la única que había, era como una cosa más folky el movimiento de Cañada. Y había unos amigos que habían empezado a formar un grupo con un chico que tocaba muy bien la guitarra clásica. Yo era un poco más grande, y los iba a ver al ensayo. Al tercer ensayo no aguanté y les dije que quería tocar. Pero ya había guitarrista, entonces les pedí que no lo invitaran más, pedí una guitarra eléctrica prestada para poder ensayar y arranqué”. La insolencia y convicción comenzaron a convertir a César en Coki, el músico.

Ya en los años de apertura del rock argentino (como paradójica consecuencia de Malvinas), Coki y sus secuaces empezaron a creer en algo posible. “Le pusimos huevo mucho tiempo, ensayando en condiciones muy, muy precarias –recuerda–. Conocíamos las limitaciones que teníamos, pero había una cosa fundamental en esa época, cuando arrancamos, que era el tema estético. Nosotros casi teníamos las fotos, el logo, el afiche y el look antes de las canciones. Al ser muy fuertes las ganas de empezar a hacer algo, con lo primero que contábamos era con lo estético. Eso me parece que influyó muchísimo a la hora de la música. En realidad no teníamos un repertorio, pero sí teníamos el look: ya estar vestidos de determinada manera nos diferenciaba muchísimo y nos hacía sentir músicos. Porque no había otra gente vestida así, no era una moda, no pasábamos desapercibidos en Cañada o en Rosario. Era como un traje de superhéroe que te armabas antes de tener los poderes”.

Los potenciales superhéroes echaron mano entonces a temas de Virus, Los Violadores y Los Twist y se lanzaron a escena con un nombre disruptivo, que mostraba sus pretensiones de impacto: Gamexane.

Coki Debernardi
Coki Debernardi. Foto: Maxi Conforti

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Gamexane comenzó a recorrer los escenarios de Cañada de Gómez impulsado por la convicción de sus integrantes. La misma que los llevó, poco tiempo después, a aumentar la apuesta. El ingreso del cantante, guitarrista y compositor Andrés Castellán dio ese impulso, y significó un rebautismo: nacía Punto G, el grupo que completaron Carlos Verdichio, Juan Albertengo, Rubén Carrera y Tato Fernández. Por entonces, César ya estaba radicado en Rosario, donde trabajaba como asistente de la banda de pop Identikit mientras cursaba la carrera de Bellas Artes. Fue aquí donde registraron un primer demo con dos canciones. Una de Castellán, la otra de Debernardi, que apunta: “Pensamos que estaba bueno lo que estábamos haciendo, no había gente haciendo eso. Entonces salimos a repartir los demos acá en Rosario, pero esa misma noche Andrés fallece por un ataque de asma. Al principio pensamos que se había terminado, pero eso duró poco. Fuimos a hablar con los padres y la hermana de Andrés para preguntarles si no les molestaba que siguiéramos. Porque veníamos muy para arriba con la decisión, la entrega, con los planes. Lo veíamos lindo, la banda estaba cada vez más armada. Nos dieron el okey, sentimos como un alivio y lo tomamos con más seriedad”.

–En ese momento asumís un rol, el de cantante, que no tenías pensado.

–No, yo lo tenía más pensado en Cañada. Pero en el demo que trajimos a algunas radios, la canción de Andrés, Despiértenme, empezó a sonar. Era fuerte eso. La canción mía, del lado B, era medio impasable, se llamaba Nada es nada, muy nihilista, no era radiable.

–La banda sonaba en la radio, pero con un cantante distinto. ¿Trataste de asemejarte a la forma de cantar de Andrés?

–No podía, ni aunque quisiera. No tenía ni el talento ni la destreza instrumental. Andrés sabía música y yo no.

–¿Y qué pasó ahí? Porque de algún lugar tenías que agarrarte.

–Empecé a copiar, a estudiar las estructuras de los temas de algunas bandas, fuimos a ver a The Cure a Buenos Aires, nos íbamos pasando discos, cassettes. En realidad lo único que hacíamos era estar todo el día hablando de música. Empecé a ver la posibilidad de que se podían hacer canciones de alguna otra manera. Y como cantante era muy malo, todo lo que aprendí lo tuve que aprender de golpe. Buscaba mucho la referencia del dark inglés. Y empezamos a caranchear de todos lados. La identidad te la vas formando así, a los golpes. No teníamos posibilidades de estudiar esto, porque nadie te lo enseña.

–Cuando llegaste a Rosario, ya en democracia, decidiste estudiar Bellas Artes. ¿Por qué no estudiaste música?

–Era muy difícil, porque me atraía mucho lo visual. Soy fanático de lo visual. Yo era bueno en Bellas Artes. Estudié con monstruos, tanto profesores como compañeros. Raúl Gómez, Aurelio García, Silvina Buffone… Toda gente muy capa. Lo que te permitía Bellas Artes era insertarte en un mundo de arte que en Rosario era más contemporáneo, mientras que la música era seguir enganchado con Baglietto y La Trova. Que nos gustaba, me volvía loco con eso, pero Bellas Artes era cultura pop. La cultura pop siempre me interesó más que la cultura rock, me parece mucho más interesante como género artístico que la cultura rock, que está estancada hace muchísimos años, nunca puede salir de lo mismo.

A principios de 1988, el veinteañero estudiante de Bellas Artes, reconvertido en líder de grupo, dio con la convocatoria al concurso Pre-Chateau, que tras una selección de demos pondría a quince bandas de la ciudad a competir por la única plaza para tocar en el megafestival cordobés en marzo de 1988. Punto G se impuso a grupos consolidados como Certamente Roma, Identikit y Graffiti, logrando un triunfo inesperado, que despertó la ira de parte de público presente en el Anfiteatro municipal.

Y fue un nuevo punto de quiebre para César, que se afirmó en el traje de Coki dejando de lado el periplo universitario. ¿Hay arrepentimiento por aquel abandono? “Para nada”, asegura, y aclara: “Estoy todo el tiempo con lo visual, dibujo, hago las tapas y ese tipo de cosas. A veces pienso antes las tapas que los discos”.

Estoy todo el tiempo con lo visual, dibujo, hago las tapas y ese tipo de cosas. A veces pienso antes las tapas que los discos

–¿Te ayuda con el proceso creativo? ¿Esa imagen se convierte luego en un concepto musical?

–Ayuda, claro que ayuda. Ayuda en las puestas en vivo, con los iluminadores. Todo es importante.

–Eso incluye también el trabajo fotográfico de Maxi Conforti, que le da forma al producto Coki…

–Sí, claro, es así. Siempre fue así, desde los afiches que hacíamos nosotros, que estaban muy pensados. Y bueno, lo del Chateau fue cuando nos dimos cuenta de que se podía.

–¿Y cuándo confirmaste que era posible?

–Ahí mismo, cuando nos insultaron y nos tiraron piedrazos en el Anfiteatro. A mí no me interesaba el concurso como algo para ganar, pero me di cuenta de que ahí había generado algo: amor y odio. Cuando generás algún tipo de rechazo, y sos pendejo, tenés que ser muy hijo de puta para no agarrarlo a tu favor.

–Una actitud cercana a la esencia punk de Gamexane.

–Claro, fue ahí. Vino Gloria Guerrero y en la revista Humor dijo que parecíamos los Clash rosarinos. Fue bárbaro, increíble, que una revista nacional hiciera una nota sobre eso. En ese momento decidimos ir contra ese rechazo de parte del público, sobre todo también porque habían dicho que mi viejo había pagado el concurso… Mi papá no me pagaba ni la guitarra. Pero decidimos que había que usarlo para ir hacia adelante, porque también había gente a la que le había gustado.

–¿Cómo recibieron en tu casa ese momento, en que ganaran el concurso?

–No se hablaba del tema.

–¿Les daba lo mismo que estudiaras Bellas Artes o hicieras música?

–Y… (se ríe) Era prácticamente lo mismo: de una inutilidad absoluta. Pero hay una aceptación, si ves feliz a tu hijo no te importa nada. Pero se nos pasó rápido el furor del estrellato, de hecho hicimos un show creyendo que iba a estar lleno y fue una sola persona: Pablo Granados. Habíamos perdido ya la ilusión, pero seguimos tocando. Y en eso llegó el llamado de Fito (Páez), que había escuchado los demos, le interesaba grabarlo y producirlo. Nos conocíamos de vista, nunca había tenido una charla seria, y cuando me dijo de producirlo yo no tenía idea qué quería decir la palabra producir. Le pregunté cómo era, les conté a los chicos y nos fuimos a grabar a la sala de ensayo que Fito tenía en su casa en Buenos Aires. Convivimos con él, durmiendo los cinco juntos en una pieza. Estar todo el día ahí, preparando los temas, nos sirvió mucho más que el hecho de ir a un estudio. También se daba esto porque él le propone a Sony que le pague, pero para él poder hacer un disco de Liliana Herrero. Con el nuestro financiaba el de Liliana. Es mi teoría: es suerte. Hay un talento, que casi todo el mundo que se dedica a alguna cosa lo tiene, pero es suerte.

Nos conocíamos de vista (con Fito Páez), nunca había tenido una charla seria, y cuando me dijo de producirlo (al disco de Punto G) yo no tenía idea qué quería decir la palabra producir

–También hay condiciones, tenacidad, trabajo…

–Sí, pero tengo suerte. Todo hay que acompañarlo, siempre hay que hacer cosas. Pero me considero un tipo con muchísima más suerte que talento.

–De acuerdo, pero ahora que podés mirar tu propia obra en retrospectiva, notarás que hay crecimiento, oficio, un talento que se fue nutriendo. Y, sobre todo, una voz personal, algo que la suerte no da. ¿Así y todo, creés que hay más suerte que talento?

–Sí.

¿Es humildad?

–No, lo creo absolutamente. Algunas cosas son mucha más suerte que talento. De hecho en el Pre-Chateau había gente con muchísimo más talento que nosotros, pero caímos con una especie de halo que cayó bien. Aunque podría haber caído mal.

–Ese halo lo sostuviste.

–Sí, hay que sostenerlo.

Después entra a jugar otro factor, que es cuando de alguna manera empezás a construir un personaje.

–Sí, yo tuve que hacerme de eso. Te tenés que construir un personaje, porque es irreal que alguien pague una entrada para verte cantar. Yo puedo estar tomando una cerveza con vos y mañana pagás una entrada para verme: es irreal. Ahora te estoy contando una cosa y después te tengo que conmover. Y para conmoverte tengo que crear algo, me tengo que volver loco arriba de un escenario. Yo aprendí a volverme loco arriba de un escenario, aprendí que la música para mí era sagrada. Cuando era chico los tres escalones que me separaban del escenario eran los más importantes. Aprendí eso: desde el camarín hasta que subís al escenario es el paso que tenía que dar para volverme loco, para no ser la misma persona. Entonces cada vez que subo a un escenario hago ese trayecto pensando que van a ser los últimos pasos que doy hacia un lugar donde tengo que transformarme primero yo, para luego transformar a la gente que fue a verme. Eso es muy irreal, entonces te tenés que hacer un personaje.

–¿En algún momento se te mezcló lo real con la transformación?

–No, no me puede pasar eso. Lo vivo muy intensamente, no recuerdo nunca haberme sentido arriba del escenario la misma persona que era antes de subir, así sea tocando para cuatro personas en una pizzería. No puedo tocar por tocar, hacerlo de taquito. Son dos horas que me cambian la vida.

–¿Y que el personaje de arriba del escenario se metiera en tu vida cotidiana?

–No, nunca. Salvo estando en un estudio de grabación o en una sala de ensayo. En esos lugares, como arriba del escenario, soy una persona bastante horrible, oscura, egoísta. Siento que todo tiene que estar pasando por lo que me está pasando a mí en la cabeza. Lo aprendí a resolver, por supuesto, porque he discutido a las puteadas en ensayos, me he puesto muy mal en vivo porque alguien no hizo lo que yo hacía, o porque yo estaba haciendo algo mal… pero bajé del escenario y ya no era más esa persona. Es mágico, como tener una enfermedad y curarte de repente. Es muy pasional, y no quiero que se me vaya. No lo puedo controlar, y no quiero controlarlo tampoco. No es una cosa que quiero mejorar de mí. Cuando estoy haciendo música quiero ser salvaje, pasional, sin ningún tipo de código. Lo tengo desde chico. Sé que ese personaje es odiable para mucha gente. Sé que es un personaje arrogante, pero la arrogancia es lo que tengo para defenderme. No puedo hacer un solo de guitarra que te parta la cabeza, pero tengo la arrogancia de seguir cantando media hora seguida aunque se corte la luz.

Cuando estoy haciendo música quiero ser salvaje, pasional, sin ningún tipo de código. Lo tengo desde chico

Coki Debernardi
Coki Debernardi. Foto: Maxi Conforti

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En algún momento, a César le preocupó lo que pudieran ver y decir de Coki. Ya consolidado como uno de los autores más importantes, personales y creativos de la música hecha desde Rosario, Debernardi descubrió que la paternidad ponía en duda algunas perspectivas. “Me ha dolido pensar que mis hijas pudieran escuchar a alguien diciendo algo feo de mí –admite–. Sobre todo la mayor, que va a cumplir trece años, porque la más chica que tiene cinco no me ha visto mucho (aunque ya cantó conmigo en una fiesta de su colegio). Siempre cargué con la cosa de a lo mejor ir con mis hijas de la mano y que dijeran: «¡Mirá vos! Va caminando con las hijas a la mañana…». Y sí boludo, ¿qué te pensás que soy? Las acuesto, las levanto, las baño y las cambio más que algunos que viven con ellas todos los días. No sé si soy bueno como papá, nadie nunca lo sabe. Trato de ser lo más amoroso posible. No me sale aparentar algo que no soy, prometerles algo imposible; me sale algún tipo de fantasía, de chistes, de humor y cagarme de risa con ellas. A lo mejor veo que otros padres son diferentes, pero bueno, hago lo que puedo con la educación que tuve. A mis hijas les digo que las amo desde que nacieron y yo no lo escuché en mi casa, no porque eran malos, sino porque era otra época, otra manera de querer. También fui padre de grande, con más de cuarenta y casi con cincuenta. Pero no se me nota porque llevo el ridículo como bandera. Entonces por ahora no las avergüenzo. Espero no hacerlo nunca”.

En familia, Coki es César. El abuelo Debernardi recibió de sus nietas nuevo título: Coco.

Y el Coki-padre escribe ya sin temor: “En un momento me preocupaba qué es lo que ellas podían llegar a entender de mis letras, que están plagadas de cosas horrorosas en algunas canciones. Temía que las escuchen y se den cuenta de que no escribo cosas más comuncitas sobre amor. Pero se me va al instante, porque soy esto, no podría ser otra persona para ellas. Soy el papá que les tocó, que tienen, que las trata de educar con libertad, con alguna idea de la bondad bien entendida, de justicia bien entendida”.

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Algo había probado Coki en la presentación del fantástico Chico dinamita amor en el teatro del Centro Cultural Parque España. También en el movilizante show 5.1 en el CEC, de Rosario. El regreso a escenarios en diciembre de 2020 confirmó el contacto con esa nueva adicción, que analizó junto a su amigo Páez. “Lo hablé el otro día con Rodolfo: es una droga rara esta, porque hay una energía diferente cuando la gente está sentada, que me gustó muchísimo, pero no sé si voy a poder sostenerla –explica Coki–. Falta un poco el quilombo, toda esa salvajada. Pero aunque me faltó un poco, tampoco sé si quiero tener todo tan fuera de control. A su vez, como sonaba todo tan impecable, y era tan emocionante volver a tocar después de tantos meses, era como probar otra droga. Fuimos felices porque dimos un buen show, porque la gente se emocionó. Lo que buscás es que la gente se vaya a la casa cargada de buena energía”.

–En aquellos primeros pasos con Gamexane, esa búsqueda tenía que ver con lograr un impacto (con aquel nombre, con la estética). Ahora no necesitás de ese impacto, porque tus canciones alcanzaron el punto para poder conmover.

–Sí. Y por eso terminamos un disco precioso en pandemia pero lo guardamos, porque es muy impactante. Es un disco muy emotivo, que no tiene la potencia de las guitarras, sino de la palabra y de otros instrumentos. Estos años que pasaron me centré en hacer otras cosas, tocar mucho en vivo, agarrar mucho oficio de cantante. Estuve muchos años tratando de ocupar ese rol de cantante, de emitir. Ahora agarré todo eso de saber emitir para hacer un disco muy vocal. Que es algo que me permitió la pandemia, estar solo en mi casa haciendo música. Antes de la pandemia estaba con pocas pulgas, quería entrar a un estudio con poca gente, grabar algunas cosas y ver qué pasaba. Se lo dije a Franco (NDR: Mascotti, guitarrista y productor de su fantástica y mutante banda, los Killer Burritos), y después la pandemia le ganó de mano a esa idea. El disco, Fugitivo, está buenísimo. Estoy feliz por eso, porque terminé un disco más. Nos hubiese sido fácil sacar temas sueltos, pero no quería caer en la vagancia. Quería tener un disco hasta conceptual, quería volver a tener eso de nuevo. Porque tampoco sabés cuál va a ser tu último disco.

–¿Pensás en eso?

–Sí, empecé a pensar en la muerte, en la finitud. Soy un hombre grande. Empecé a pensar que había que estar más atento a ese tipo de cosas. Y, a su vez, más relajado. No darles importancia a tantas cosas. Hay que hacer las cosas bien hasta último momento. A pesar de eso nunca me agarró miedo con la pandemia, sino por la vida misma: ya cayeron muchos compañeros, amigos, gente que estaba con nosotros al principio. Entonces pienso en hacer las cosas lindas.

–Lo cual le traslada mucha presión al hecho artístico…

–Sí, pero yo necesito una presión para hacer algo lindo. Siempre hay que hacer algo lindo. Y, por suerte, pasa.

Coki Debernardi
Coki Debernardi. Foto: Maxi Conforti

El mundo cabe en una canción

La grabación del debut de Punto G, Todo lo que acaba se vuelve insoportable, significó también el comienzo de un profundo vínculo de amistad entre  Debernardi y Páez. Una relación que se cimentó a nivel familiar, pero que tuvo además potentes instancias artísticas. ¿Cuáles distingue Coki? “Después del disco de Punto G la relación con Fito continuó de una forma bastante natural, en vacaciones sobre todo. Porque nos íbamos con Vandera y Fito y hacíamos música. Por ejemplo, en un momento empezamos a preproducir Naturaleza sangre y grabamos los demos. Después vino alguna que otra cosa e hicimos los demos de El mundo cabe en una canción, que ganó un Grammy. Yo no tengo el Grammy, por supuesto es todo mérito de Fito, pero me siento recontraorgulloso con Vandera de eso, me siento parte”.

Publicado en la ed. impresa #11

Edgardo Pérez Castillo

Por Edgardo Pérez Castillo

Periodista, guionista y trompetista criado en Rosario. Dediqué mi camino periodístico a la difusión de la cultura de esta ciudad durante 18 años como redactor y editor de Cultura en Rosario/12. Desde 2008 como productor y guionista en Señal Santa Fe. Y ahora, también, haciendo Barullo.

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