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Barullo en papel La entrevista

Baglietto: “El lugar donde nos formamos artísticamente incidió mucho en lo que somos”

Extraña la liturgia de los conciertos y el perfume de los teatros, acepta el streaming que llegó para ampliar audiencias y confiesa que no tiene una respuesta “científica” cuando le preguntan por qué desde Rosario salieron tantos músicos. Pero arriesga una interpretación: “Creo que en algún momento tuvo que ver con la indiferencia del medio. Esto hizo que nos juntáramos: si no nos juntábamos, desaparecíamos”.

“Si hay algo que extraño de esta situación es el contacto directo con la gente”. Una vez más, el virus se torna tema inevitable. Juan Carlos Baglietto responde desde su casa en Buenos Aires atravesado por la falta de aquello que marca su pulso artístico. “Extraño todo, desde la liturgia del show en vivo hasta los olores de los sitios, de los teatros, ese olor a madera, humedad. Extraño las giras también, porque no es solo subirse al escenario, es toda una experiencia global”, apunta, dando pie a la descripción de algunas costumbres. Variables según el caso, pero costumbres al fin: “Las giras tienen que ver con cosas que van desde la charla hasta las siestas. Jamás en mi vida duermo siesta, pero cuando voy de gira sí. Es la comida, el vino, la conversación. Extraño profundamente toda esa experiencia en su conjunto. De todos modos, existen algunos recursos como el streaming que acortan un poco la distancia”.

Otra vez, la coyuntura: las condiciones de prevención y aislamiento que harán de 2020 el año Covid-19, aceleraron la búsqueda de posibilidades. “El streaming es una experiencia fundamentalmente distinta, yo me quedo con el vivo más que con el streaming, de la misma manera que me quedo más con el escenario que con el estudio. Lo que me parece es que no solo es lo posible, sino que en alguna medida podría llegar a quedarse para ampliar la oferta. Agregándole algunos condimentos, cosas que el vivo no puede tener (¡aunque tiene muchísimas otras ventajas!). El hecho de poder meterse en la casa de la gente: de rebote tocás a otra gente que a lo mejor no te eligió. Eso posibilita llegar a personas que no te irían a ver, que tiene otras inquietudes y gustos, otra idiosincrasia. No deja de ser bueno eso. Por otro lado, el hecho de que vos estás en un solo sitio y con el streaming podés estar en un montón de lugares al mismo tiempo. Podés aumentar el espectro, y puede ser un complemento del vivo”.

-Entra a jugar allí la noción de espectáculo, más allá del repertorio (que, sin duda, es la clave): cómo pensar en un concepto que debe atravesarlo todo, más allá del formato…

-Ese es el concepto. Lo podría partir en varias situaciones. Una es que la gente no sólo viva la experiencia de escuchar sino de ver. La otra cosa tiene que ver con que lo que estás tratando de transmitir llegue en forma más intensa. Y creo que las puestas, en la música básicamente, son las luces (cosa que me apasiona), las pantallas, herramientas que necesariamente tienen que estar en sintonía con lo que estás tratando de transmitir. Por suerte yo tengo un equipo de gente con el que laburo hace años y entiende que la luz no es psicodelia. Que entiende que la luz funciona como el cuerpo de una voz, que es la escenografía del músico, de la obra que está interpretando el músico, y que no puede conspirar contra lo que está tratando de decir el que está parado ahí arriba. Por suerte estamos retornando el concepto de la iluminación puesta al servicio del artista. Para mí siempre fue una preocupación que la luz tuviera una intervención casi dramática dentro de lo que estoy tratando de decir.

La afinidad de Baglietto por los equipamientos, por las puestas en escena, tuvo su correlato en una faceta empresarial también trascendente. Y aunque Baglietto ya se asume fuera “de la carrera armamentista”, el pandémico septiembre de 2020 lo encuentra en pleno proceso de reconversión: “Hoy tengo una empresa más chica, me he dedicado más a la generación de ideas. Pero claro, tengo una estructura que tengo que seguir manteniendo sin ingresos, y se está haciendo cuesta arriba. De todos modos creo que hay que ponerse lo más creativo posible, son momentos en los cuales uno tiene que mostrar que, además de objetos, puede tener ideas. Estoy en un proceso que, por ahora, deja muy poco resultado económico. En alguna medida estoy tratando de reinventar cosas que permitan un mínimo ingreso para mantener la estructura. Y reconozco que no soy el que más complicado está, sé que estoy en un grupo de privilegio, donde tengo opciones, tengo energía. En los momentos que tengo menos ganas me impongo cosas, me impongo tocar, grabar, fabricar cosas en madera, hacer tareas manuales, cuidar la huerta”.

Entre los placeres que Baglietto encuentra en medio del distanciamiento de los escenarios, sucede una conexión temporal: además de concretar nuevas grabaciones junto a sus hijos, el rosarino avanzó en la recuperación de registros que “estaban en manos de gente que no le prestaba atención”, a los que luego sube a sus redes. Un universo que, hasta ahora, no había captado su atención: “Nunca les di bola a las redes, pero entendí que son superimportantes, que te conectan con un espectro que desconocía. Como con el tema de la cocina: yo cocino de toda la vida, fui gestado en una familia maravillosa de clase media popular donde nunca faltó ni sobró nada, fui educado en el concepto de no desperdiciar, menos aún la comida. Entonces se me ocurrió hacer micros de cocina reciclada, revalorizar las sobras, pensar qué hacer a partir de lo que queda. Esto surgió en la cuarentena, con la idea de salir menos, de quedarse en casa, de no tirar y de ahorrar. Estoy haciendo esos micros que me encanta hacer y en los que tengo una bocha de seguidores. ¡Tengo más seguidores como cocinero que como músico!

Baglietto no es un artista afín a las entrevistas. Pero respeta sus compromisos. La escasez de conciertos torna implícita la liberación de una agenda y el resultado es directo: el músico se presta entonces a intercambios poco frecuentes. El plan de reinvención, además, lo descubre en un imprevisto cambio de roles: “Estoy trabajando para hacer un programa de cocina y música, donde uno dos pasiones. Me parece que es un camino poco recorrido, sobre todo porque no soy entrevistador: soy un tipo que canta, aficionado a la cocina. Me parece que muchas veces surgen charlas más interesantes con gente que no tiene el vicio de la entrevista. Y ahora que no puedo decir que no tengo tiempo para hacer notas, estoy haciendo más notas que en toda mi vida. Con medios o periodistas a los que, a lo mejor, en otro momento no les hubiera prestado atención. Y descubro que atrás del vicio del gran reportaje hay un montón de gente preguntando cosas bastante más interesantes que la pregunta a la cual uno está acostumbrado. Se dan cosas más fluidas que en reportajes donde tu misión es tirar el chivo de lo que estás haciendo. Creo que si para algo nos tiene que servir esta situación, es para revalorizar lo que todos los días entendemos como normal. Esta cosa de las relaciones. Seguramente ahora estás hablando mucho más con gente que te interesa, que te interesó durante años, pero que no sé por qué no te animabas. Yo, con mis hermanos: tenemos una relación bárbara, nos amamos, amo estar con mis sobrinos, pero de pronto ellos viven en Rosario, yo en Buenos Aires, y pasaban tres meses que ni hablábamos por teléfono. ¿Es falta de cariño? No, porque nos adoramos. Pero es una costumbre, es así y sabés que está ahí. Como el abrazo. Yo creo que nunca tuve tantas ganas de abrazar a mis hijos como ahora, que no puedo hacerlo. Y hay otra cosa: soy un precursor de resguardar selectivamente las demostraciones de cariño. El beso entre hombres: ¡terminás besando a cualquiera! El beso debería revalorizarse, demostrarle amor o cariño a alguien al que querés, con quien te sentís identificado, no a cualquiera. Me ha pasado muchas veces que se me acerca gente que no conozco, a darme un beso, y yo me retiro y extiendo la mano… Me estoy poniendo viejo choto, ¿entendés?

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Algo de este Baglietto que resguarda las manifestaciones de cariño seguramente conecta con la timidez del Juan joven que encontró en la música vías de conexión pero, también, de selección. El Baglietto adolescente que a fines de los años sesenta y principios de los setenta terminó por transformar la imposición maternal del estudio de guitarra en un canal de goce y descubrimiento. “En ese período dejé de escuchar lo que me llegaba para empezar a buscar cosas que me gustaba escuchar. Me traspasaron algunas músicas, estaba todo el día pensando en eso, mientras comía, mientras estaba en el colegio (donde me ponían amonestaciones por tocar temas de Los Gatos). Me dejé arrollar por la música, empecé a tomarle el sentido. Me di cuenta de que, además, me permitía comunicarme. Yo era bastante tímido y la música me permitía relacionarme, pero también me empezó a ser muy necesaria. Me permitió generar nuevas relaciones, me dio una visión de lo que quería vivir y de lo que no. Con quién quería juntarme y con quién me daba lo mismo. Fue en ese período, entre los doce y los dieciséis años, con el rock nacional pero también con los Beatles, Zeppelin, Purple. Todo esto mezclado con la carga cultural de la infancia, del medio”.

El medio: un trasfondo social y cultural marcado indudablemente por las revoluciones de los sesenta y el terror de la dictadura. También por las características propias de una ciudad que, aún hoy, se jacta de sus consagrados con la misma intensidad con que desoye a nuevos talentos. Para Baglietto, una Rosario que lo nutrió con su diversidad distintiva. “En esas juntadas te encontrabas con artistas de otros géneros, eso empieza a alimentarte –analiza–. Me daba material todo el tiempo. Creo que la música, en Rosario en particular, atravesó eso con mucha inteligencia, porque nosotros (y muchos otros) hacíamos rock, pero el rock atravesado por el folklore, el tango. Un rock que tenía que ver con el río. Creo que el ámbito, el lugar donde nos formamos artísticamente, incidió mucho en lo que somos. No tengo una respuesta científica, pero muchas veces me preguntan por qué de Rosario salieron tantos músicos, por qué es una usina. Lo desconozco, pero creo que tiene que ver con la indiferencia del medio. O que, en algún momento, tuvo que ver con la indiferencia del medio. Esto hizo, por ejemplo, que nos juntáramos: si no nos juntábamos, desaparecíamos. Eso generó como una sinergia, que se transfirió a la música”.

Más allá del grupo de artistas con los que en mayo de 1982 llegaron al estadio de Obras, en Buenos Aires, y que tuvieron luego sus propios recorridos, ¿recordás personas que te marcaran pero que no llegaron a tener esa trascendencia?

–Sí, absolutamente. Tengo cosas muy vívidas, sensaciones. Corchos y Corcheas lo tengo muy presente. El Sótano en la calle Mitre. Tengo presente esa mezcla de Canto Popular Rosario, de (Rafael) Bielsa, Acalanto, de Pichi (De Benedictis), de (Alberto) Callaci, de muchos otros músicos. O Amader. Los grupos: El Ángulo. Tengo sensaciones muy presentes. Gente que, muchas veces, siguió generando hechos artísticos y otra que no, pero que fueron importantes para mí en ese momento, para lo que soy o generé como artista. Pienso y se me cruzan cosas: Madrigal, el Turco Antún, El Banquete, la casa de la calle Ayacucho, donde circulaba mucha gente a la que le perdí el rastro, pero que fueron parte fundamental de mi formación. Crecí en una mélange. Éramos una mélange. Que fue absolutamente formativa, con gente muy bien informada.

Baglietto en NOB (circa 1983)

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Hace ya algunos años, en una entrevista con Lalo Mir para el ciclo “Encuentro en el estudio”, Baglietto recordó que luego de aquel Obras (el del 14 de mayo del 82, el sustancial, el que derivó en el rótulo eterno de Trova Rosarina) continuó animando algunas fiestas infantiles. ¿Había entonces incertidumbre sobre la posibilidad real de vivir de la música? ¿Era un modo de despedir al personaje que, durante años, significó su principal sustento económico? “No, no tenía que ver con ninguna de las dos cosas –aclara–. Si algo entendí después de ese Obras es que estaba pasando algo muy importante, que me excedía en mis aspiraciones. No sabía muy bien adónde terminaba, pero me estaba pasando algo muy importante. Y no tenía que ver con tener nostalgia de despedir al personaje, sino con cumplir con los chicos, que me llamaban y yo generaba compromisos de un año a otro. Me decían: «Te espero en mi cumpleaños de seis». Viví toda esa época como una aventura, probablemente con la falta de conciencia plena que dan las aventuras. Fue una etapa hermosa de mi vida. Además estudiaba Arquitectura, trabajé con Chacho Muller como ayudante de carpintería, trabajé soldando parlantes en los boliches con Néstor Raschia, hacía otras cosas. Pero los cumpleaños eran mi mayor fuente de ingreso, hacía entre seis y ocho por semana”.

Volcado definitivamente a la labor musical profesional, el recorrido de Baglietto desde aquel Obras emblemático es ya enciclopédico, con discos que marcaron récords de ventas y el particular magnetismo logrado con sus dúos: ya no solo junto a Silvina Garré y Lito Vitale, cada cual a su tiempo, sino también el más reciente con Jairo. ¿Qué debe suceder para que esos dúos funcionen? “Indiscutiblemente lo que tiene que aparecer es el respeto y la valoración de lo que hace el otro –responde–. Y el hecho de entendernos más allá de lo musical, de comprendernos en lo conceptual, en muchas cosas que tienen que ver con ver la vida de manera similar. Eso nos ha permitido que fuera placentero reunirnos, trabajar, hacer shows, pero también posibilitó que los proyectos fueran exitosos. Porque, sin duda alguna, si uno no está disfrutando profundamente de algo, y está convencido de eso que está haciendo, difícilmente pueda convencer a los demás de que eso es un proyecto potente, interesante, que puede en alguna medida transformar, aunque sea momentáneamente, las vidas de las personas (y las propias, desde ya)”.

En otras ocasiones has dicho que no cantás canciones que no te representan. ¿Qué tipo de canciones te conmueven hoy? ¿Qué tiene que tener una canción para que la pienses dentro de tu repertorio?

–No canto cosas que me sean ajenas, que no me sean posibles, no solo desde el aspecto técnico, sino desde el emocional. Para poder ponerle lo que le tengo que poner, necesito saber que esas letras hablan de situaciones que me son posibles, sensibles. Las letras que me representan son aquellas que han escrito otros pero que hablan sobre cuestiones que tenemos en común. No solo entre los compositores e intérpretes, sino cosas que tiene en común la gente que pisa este suelo. Para estar en mi repertorio una canción tiene que tener, en principio, la posibilidad de intervenirla, de agregarle una visión personal que sume. No creo en repetir o amplificar versiones de canciones ya muy bien hechas por otros intérpretes, creo que tengo que agregar mi visión particular. Eso tiene que ver con creérmelo. Y que no solo logre emocionar a la gente, sino que también me emocione a mí.

Chacho Muller

En la edición anterior de Barullo, Liliana Herrero recordó distintos momentos de su paso por Rosario. Entre ellos, recordó cómo te conoció en casa de Chacho Muller…

–¡Chacho! Yo le tenía como miedo a Chacho.

Todo el mundo parecía tenerle miedo a Chacho.

–¡Sí! Durante un par de años fui novio de su hija, Marisa, entonces lo veía con muchísima frecuencia. Chacho era una persona talentosísima, que tuvo para conmigo (aunque me costó ganármelo) actitudes y palabras de mucho aliento. Para mí era un referente, pero la verdad me asustaba, porque era un tipo muy crítico. Creo que termina uno de valorarlo luego. A lo mejor ese respeto excesivo que tenía me impedía tener una relación superfluida. Sobre todo porque él tenía muchos comentarios muy críticos para el tipo de música que me gustaba. Pero tuvimos la oportunidad de que me pase la mano por el lomo y me diga: “Lo que estás haciendo vos está bien, pibe”. Para mí fue sacarme una mochila de encima, porque esperaba eso. Uno siempre espera, de la gente que admira, tener algún nivel de acercamiento. Como cuando me pasó con Spinetta, con Charly. O con León, que de pronto había una relación más cercana, más amigable, pero sentís que sos una persona a tomar en cuenta. Por supuesto que es muy gratificante.

Chacho Muller es un compositor fundamental pero continúa sin tener el reconocimiento a la medida de lo que su obra significa.

–Es probable, sí. Él también era su peor agente de prensa. Creo que en el corazón de muchos músicos, y de mucha gente, está recontrapresente. Pero sí, tendría que tener un reconocimiento más masivo, por decirlo de alguna manera.

La Trova

“El rótulo de Trova Rosarina no fue un título que autoproclamáramos. No lo hicimos y mucho menos fue un comparativo con la Nueva Trova Cubana. Fue un título periodístico. Creo que la intención era tratar de entender de qué estaban hablando. Éramos como un grupo de individualidades, donde cada uno tenía una impronta particular. En conjunto éramos un bloque de músicos que hacíamos música popular. Con distintas características de cualquiera de las expresiones culturales que se estuvieran dando en ese momento (tanto de la música popular como en lo que se dio llamar rock nacional). Pero, para definirnos de alguna manera, nos llamaron así. Después de muchos años, con la Trova volvimos a encontrarnos formalmente en acciones que tenían que ver con la solidaridad, pero también nos reunió el gusto que nos dio volver a juntarnos. En esa juntada solidaria descubrimos que seguíamos teniendo cosas en común, la misma pasión, y que teníamos en nuestras manos algo con un alto significado emocional y artístico. A partir de la convocatoria de Cultura de Santa Fe para representar a la provincia en el festival de Cosquín, retomamos esta relación a partir de la cual hicimos unos cuantos conciertos. Y descubrimos que nuestra relación estaba mejor que antes, lo cual nos permitió disfrutar mucho de lo que hicimos pero, también, saber que si en algún futuro existe alguna opción, seguramente vamos a terminar haciendo algo juntos”.

Publicado en la ed. impresa #09

Por Edgardo Pérez Castillo

Periodista, guionista y trompetista criado en Rosario. Dediqué mi camino periodístico a la difusión de la cultura de esta ciudad durante 18 años como redactor y editor de Cultura en Rosario/12. Desde 2008 como productor y guionista en Señal Santa Fe. Y ahora, también, haciendo Barullo.

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