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Míster Pan

Desde muy pequeño vengo oyendo hablar de Mr. Pan, el hacedor del pasaje que lleva su nombre, al principio pensaba que se trataba de un inglés, pero para encontrar una explicación de esta curiosa asociación de un gallego como Andrés Pan con el “Míster”, como si se tratara de un funcionario colonial británico salido de una novela de Joseph Conrad, he tenido que conocer antes a unos cuantos personajes, que vengo a proponer al lector para su propio conocimiento y efectos.

Nos interesa, en principio María Luisa Grognet de Grasso, de quien no sabemos casi nada pero sí que tuvo un hijo, J. Grasso Grognet, cuyo nombre fue eternizado en un premio de carreras de caballos.

El nombre de la legítima esposa de J. Grasso Grognet, en una época donde, el patriciado, aún creía, de veras, en la educación, en términos sarmientinos, ese nombre: Raquel Colombres de Grasso Grognet, cifra nada menos que a la Presidenta (sic) de la biblioteca del Consejo de Mujeres. Aun sin conocer detalles del personaje, sus apellidos resuenan entre juristas, políticos, criadores de caballos y no es forzado ubicarla en el patriciado criollo que a fines del siglo XIX creía que este país, tan vacío de blancos, podía llegar a explotar las tierras que los indios no trabajaban, favoreciendo la inmigración y diseminando la educación y la cultura, siempre en la idea del propio/mutuo beneficio.

Antonio Chiesa, otro de nuestros personajes, vino desde Suiza en 1870 junto con sus hermanos y compró con ellos un comercio de implementos agrícolas que había sido de la familia Máspoli; poco después, según me explican, los hermanos Chiesa se mudaron a Rosario, donde, según sostienen algunos, se dedicaron a la ferretería naval.

A la historia la resumiré así: Andrés Pan compró originalmente la parte del pasaje que accede por calle Santa Fe y, para edificio de renta, hizo construir esa parte del pasillo estrecho con patios interpuestos que iluminan y ventilan de a pares las oficinas pequeñas con piso de pinotea centenaria que aún sahúman el paso apurado o lerdo de todo pasante. El diario La Capital, sin citar fuente, dice que es de 1899; los planos señalan que las obras de salubridad fueron aprobadas en 1900 y el permiso de edificación en el año 1899.

Sin embargo, Andrés Pan compró, pero algo después, el lote lindero, sobre calle Córdoba, propiedad entonces de la familia Lejarza, para darle finalmente al pasaje su entrada triunfal y ancha sobre la calle Córdoba, la arteria principal de esta febril ciudad sin fundador.

A estar con las escrituras de compra del terreno del sur, el terreno del norte habría sido propiedad de Antonio Zubelzu. La memoria de Antonio Zubelzu está muy presente en la ciudad a causa de una compra que le hiciera al general Urquiza de una propiedad en Arroyito que poco después vendió al Banco Comercial de Santa Fe y que la Municipalidad declaró de interés municipal. Se sabe también que fue un referente importante para los comerciantes rosarinos, especialmente entre quienes ya estaban establecidos antes de Pavón. Pero volvamos a mirar a Andrés Pan, de quien se dice que era gallego, que tenía un comercio de víveres y otras mercaderías junto a un socio en San Lorenzo y San Martín y demos crédito a que, como español que era, funcionaba cooperativamente junto a otros españoles, tal la costumbre de los indianos en ese entonces.

He aquí otra pista: almaceneros al por mayor –dice en 1930 durante una entrevista el decano de los inmigrantes españoles de Rosario– eran Zubelzu, Ortiz Grognet y Cía… y agrega más adelante, “había entre nosotros compatriotas de gran fortuna, Antonio Zubelzu era riquísimo, Joaquín Lejarza ayudaba a cuantos le solicitaban algo, facilitaba dinero y medios de trabajar generosa y graciosamente”.   

Qué tan gracioso era Joaquín Lejarza, lo sabrá Dios. Según explica Norma Silvana Lanciotti, caracterizada estudiosa de la historia económica, “desde fines del siglo XIX, cuando la escasez de capital y la limitada oferta de crédito aseguraron elevadísimas ganancias a las compañías hipotecarias inglesas que operaban en la región pampeana, el préstamo hipotecario era exclusivamente un negocio asociado a la especulación”; otra mirada, acaso más materialista, sobre la costumbre de don Lejarza de facilitarles asistencia financiera a los españoles que lo necesitaran.

La cuestión es que nuestro Andrés Pan, copropietario de Pan, Bustello y Compañía, había comprado el lote de calle Santa Fe al generoso Zubelzu y al cabo de completar la parte de la obra que accede por el norte, también la propiedad que fuera del generoso y gracioso Joaquín Lejarza, “impulsor del registro civil” según dice el diario La Capital.

En un mercado incipiente como el de Rosario después de Pavón, el crédito sin embargo, estaba asegurado –desde mediados del siglo XIX–, más allá de los bancos locales, por el Banco de Londres y América del Sur; y ahora sí, hacemos la presentación de otro nuevo personaje, porque Tomás Pastor Pell parece haber sido alguien querido en su colectividad, al menos esto es lo que sugiere el hecho de que Harry Franck Boxall y su esposa Zenobim lo hayan elegido, en 1901, para padrino de su hija Dorotea Isabel Ada, según consta en los registros de la iglesia anglicana de Alberdi. Tanto Boxall cuanto Pell eran, en 1901, funcionarios del Banco de Londres, según está documentado en la fe de bautismo de Dorotea Isabel Ada Boxall y en las notas dominiales del Pasaje Pan.

Cabe conjeturar que Andrés Pan quiso aprovechar la liberalidad de los riquísimos Zubelzu y Lejarza e hipotecó uno o ambos inmuebles, simultánea o consecutivamente pero con posterioridad, la hipoteca se negoció y terminó en manos del Banco de Londres; quizás algún día alguien investigue esta conjetura sobre la cual sólo tengo indicios que no he seguido estudiando.

Boxall y Pell, funcionarios del banco, en señal de respeto y consideración nombraban, según se dice, a Mr. Pan, todas las muchas veces que tuvieron que visitarlo para negociar la deuda como “Míster”  y el Sr. Pan, de tanto ser nombrado por los piadosos funcionarios del Banco de Londres, pasó de este modo a ser “Míster Pan” y, según se dice,  a vivir con sobriedad, moderación y templanza en un local de la planta alta del pasaje, inmediatamente lindero a la vivienda del portero, ésta sí provista de una cocina económica, con seis hornallas y horno y una chimenea, heredada de los Lejarza, cuyo sombrerete aún en estos días aflora del techo de bovedilla entre cables, antenas y palomas.

En cuanto al inmueble, en 1932 pasó a manos del Banco de Londres, una parte a causa del litigio “Grognet de Grasso Maria Luisa contra Andres Pan” y la otra fracción en razón del juicio “Chiesa Antonio contra Andrés Pan”. A Mr. Pan le quedó, seguramente, a falta de otros beneficios, la satisfacción de una tarea bien hecha.

Tal vez en la oscuridad de la noche en que escribo estas líneas, estando vacíos locales y oficinas, el fantasma de míster Pan, inmigrante laborioso, siga penando sus deudas con el Banco de Londres en la planta alta del pasaje, entre reflejos, vientos y chirridos inexplicables.

Eugenio Previgliano

Por Eugenio Previgliano

Es egresado del Instituto Politécnico Superior y se recibió de Agrimensor en la Universidad Nacional de Rosario. Trabaja como agrimensor y docente investigador en Física Biológica. En las décadas de 1980 y 1990, participó en algunas obras de teatro tocando el piano y el saxo. Desde 1991 colabora en el diario Rosario/12. Además de cuentos y poemas en varias antologías, publicó los libros de narrativa Los territorios de Bibiana y otros lugares (Gauderio, Rosario, 1993), La pelea (Ciudad Gótica, Rosario, 2006), La tierra perdurable (EMR, Rosario, 2013) y los de poesía Alcohol para las heridas (Ciudad Gótica, 2003) y La cuerda (Editorial del Pasaje, Rosario, 2015).

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