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Barullo en papel Columnas

Patria

HBO no solo hace algunas series, pocas, que van más allá del entretenimiento (The Young Pope, El visitante o la iniciática Los Soprano), sino que las sabe vender muy bien. En una esquina de la Gran Vía en Madrid se erige un enorme anuncio que envuelve el andamio de un edificio en obras. Sobre la Gran Vía se ve a una mujer, desesperada, tirada en el pavimento y bajo una copiosa lluvia, abrazando el cuerpo de alguien que ha sido asesinado. En la calle lateral, el anuncio continúa con otra imagen de la serie: el cuerpo desnudo, encogido de dolor, de un torturado en el suelo y tres policías conversando en una esquina de la sala. No hace falta explicar nada. Todos sabemos que la escena, desgarradora, del cuerpo bajo la lluvia es de una víctima de ETA y, a su vez, que el hombre desnudo es el de una víctima del Estado. Saber eso a simple vista, esa sincronía con los hechos, es lo que impide tomar distancia. Esto es lo que sabe HBO que, más allá del valor de la producción, conoce el vector emocional del marketing y durante días y días se habló, en todas partes, más de la publicidad que del producto.

Horacio Vargas me llamó para preguntarme por esa serie, por Patria, basada en el bestseller de Fernando Aramburu. Me obligó a improvisar una reflexión, bajo la presión del contexto, con los hechos todavía sin enfriar, y esos argumentos siguen, también a pedido suyo, prolongándose aquí.

Cuando tenía pocos años aún, mi madre me llevaba a diario a la farmacia del barrio, en el Cruce Alberdi, para que me inyectaran vitaminas. Estábamos bajo una dictadura y la palabra Perón no se decía fácilmente. El farmacéutico, peronista, tenía una foto del general en la sala donde me aplicaba las malditas inyecciones todos los días. Mi cara, que imagino con espanto, chocaba con aquella sonrisa enmarcada en la pared. Una mañana, mientras esperábamos en la cola, alguien desde la calle se asomó y le gritó al farmacéutico: “¡Hoy es un día peronista!”. Después supe que habían matado a Pedro Aramburu.

Años después, un día que había faltado a clase, ya en la secundaria, con otro compañero, estábamos sentados en un banco de la terminal Mariano Moreno, debatiendo dónde ir a pasar la tarde. De repente, empezaron a cruzar por la calle Cafferata camiones cargados con trabajadores que subían hacia el sur. ¿Qué había ocurrido? En Buenos Aires habían asesinado a José Rucci. Esta vez, estábamos en democracia.

Esto no explica a Montoneros. Las dos imágenes del aviso de Patria tampoco explican a ETA.

No leí el libro de Fernando Aramburu, valorado y criticado fuera del campo literario por tratarse, precisamente, de una obra sobre el problema vasco, en un momento en el que la rendición de ETA no ha sido aún metabolizada por el cuerpo social. Al igual que en el final del Sinn Féin irlandés, aunque en ese caso fue mucho más traumático, no se puede pasar página de un día para otro. Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso y No habrá más penas ni olvido de Osvaldo Soriano pasaron por esa instancia de lectura en caliente que, en el caso de Bonasso, demoró la mirada serena sobre una gran novela y en el de Soriano, que llegó a continuación de la derrota en Malvinas, hizo que muchos omitieran el encendido elogio de Italo Calvino en su contratapa.

Todos los sucesos que se acumulan en este breve texto que sigo improvisando bajo el pedido de Vargas giran alrededor de la patria. ¿Qué es la patria? Hay quienes piensan que es la bandera argentina más larga del mundo que llevó tres lustros construir. ¿Es una metáfora de la patria? El presidente Carlos Menem fue el que restituyó las banderas por todas partes, todos los frentes, incluso en espacios privatizados como las Galerías Pacífico donde Pino Solanas quería construir un centro cultural latinoamericano. La patria está en la Marsellesa (Allons enfants de la Patrie…) y más allá de la vocación jacobina reconozco que a pesar de su valor republicano tiene excesos. La batalla de Argelia de Pontecorvo los recuerda. Y cuando se piensa que el sustantivo tiene raíz patriarcal, vale la pena recordar a la “madre patria”, una creación de James Stephen, abuelo paterno de Virginia Woolf, quien como secretario de Estado de las Colonias británicas utilizó la metáfora en 1837, año en que comienza el reinado de Victoria en el Reino Unido, ante el avance independentista en los territorios conquistados.

Saer sostenía que la patria es la lengua materna y para ilustrarlo recordaba que el poeta irlandés W. B. Yeats elogiaba de manera encendida el gaélico, pero escribió su obra en inglés. “Si bien el gaélico es mi lengua nacional, el inglés es mi lengua materna”, recordaba Yeats.

No es una definición de patria, pero es una aproximación. Un acercamiento a lo que uno es, la identidad y no a la esencia, que es lo que uno cree ser.

Publicado en la ed. impresa #10

Miguel Roig

Por Miguel Roig

Escritor y periodista rosarino que reside en Madrid. Es coeditor de la Revista Socialista y socio fundador de Mongolia, revista satírica mensual española. Escribe una columna en el diario.es y en Perfil. Sus últimos libros son El marketing existencial (Península, 2014) y Conversaciones con Alberto Garzón (Turpial, 2016).

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