Otro día

El río turbulento de la ciudad se aquieta en la librería de viejo. Allí los derrotados, los desechos que la corriente feroz dejó atrás esperan el final del recorrido entre páginas amarillentas. Buscan, sin decirlo, el antiguo fulgor que iluminó sus vidas. Creen que acaso un resto de aquel remoto sol esté allí, sobre los estantes vencidos, bajo capas de polvo, entre cientos de libros olvidados.

Hoscos, desconfiados, vencidos para siempre, rezan por un milagro que no se producirá. Sin embargo, aunque no lo sepan y menos aún puedan sospechar que sea cierto, su presencia es el verdadero milagro en la ciudad sin alma. Mientras más allá el mundo compra, vende, mata y se adueña de cada mínimo rastro de pureza para convertirlo en cinismo y en derrota, ellos conversan en la luz módica de la tarde y alimentan la verdad con sus palabras cansadas. En esa charla late, inadvertido, el brillo indivisible del universo.

La librería cerrará al llegar la noche. Ellos partirán rumbo a la cena lenta, hacia la copa sola. Se acostarán con el libro que compraron por pocos pesos. En ese último gesto de su día habrá, aunque también lo ignoren, esperanza y rebeldía: suavemente, los dedos de una mano se deslizarán sobre el borde gastado de las páginas. En ese segundo, el mundo entero será reconstruido. Y lo mejor de los hombres habrá vuelto a decirle a la noche: “No. Todavía no. Aún no es tiempo de rendirse ni de morir. Aún no es tiempo”.

El libro quedará sobre la mesa de luz. La luz se apagará.

Y habrá otro día.

Publicado en la ed. impresa #04

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