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Barullo en papel Columnas

Nostalgia del piano

* Con la colaboración de Norma Pellegrini.

Texto escrito por una sobreviviente y su sobrina en homenaje a los muertos y afectados por la Tragedia de calle Salta 2141 el 6 de agosto de 2013 en Rosario.

En la vereda de calle Salta 2141de la ciudad de Rosario hay un jacarandá que sobrevivió a la explosión, al gas, a la demolición.

El  piano me lo regalaron mis padres cuando cumplí los quince años, hicieron un sacrificio bárbaro pero yo iba a una profesora a aprender y tener el instrumento era un paso muy importante.

Unos días antes de la explosión fue la última vez que lo toqué. Vino Teresita Babini, una amiga muy querida,  que vivía en el piso sexto, y ella me contó que siempre me escuchaba pero que quería que tocara un tema que había oído hacía poco, para mi cumpleaños. “Matrimonio de amor” de Richard Clayderman, le dije y lo toqué para Teresita, cuando la miré ella tenía dos lagrimones. A los dos días a ella y a su marido se los llevó la  explosión. Ellos vivían en el bloque de departamentos que se desplomó y yo no escuché ni el ruido. Sus hijas todavía se preguntan si habrán sufrido y yo imagino que a esa hora (la de la explosión) estarían tomando mates en la cama. Eran muy compañeros.

Cuando me dijiste que querías escribir algo sobre el desastre de calle Salta y me preguntaste si emocionalmente no me afectaba conversar estas cositas juntas te dije muy segura que lo tengo totalmente asumido y ya es parte de mi pasado, fue algo muy fuerte, muy terrible pero ya pasó y sobre todo me enseñó a valorar la vida, a reconocer y darle importancia verdadera a lo que realmente tiene importancia, sin fantasías, a las cosas como son.

En tono de confesión me cuenta que cuando tenía 19 años se hizo leer las manos por una eminencia. La atendió en el Hotel Italia y le costó un ojo de la cara, le cantó la posta pero que luego no había ido nunca más por miedo a sugestionarse. En una sola cosa se equivocó, me dijo que iba a ser muy rica. Nos reímos y me contó que seguía jugando al quini seis, por las dudas.

Tengo un recuerdo muy vivo de mi tía Norma manejando su Ami 8 verde, yendo y viniendo desde Fisherton con sus cuatro hijos, mis primos: Federico, Mariela, Silvina y Luciano; en la fiestas se dormían juntando las sillas y esperaban pacientemente que mi tía Norma los cargara en el auto y los trasladara hasta su casa.

Salta 2141 tras la explosión
Foto: Sebastián Vargas

Hace unos meses festejé mi cumple número 77, después que despedí a mi familia y respetando el silencio de Luciano, mi hijo menor que ya se había acostado, acomodando el bochinche, se me cayó una bandeja con quince copas, por supuesto no quedó una sana y yo misma me dije en ese momento, se te cayó una casa, un edificio y ¿vas a preocuparte por la ruptura de las copas? Después de la explosión, por lo que he vivido y he visto, por lo que he sentido, por lo que he llorado, por mis miedos, por los que se fueron, por los que quedamos, por mis pensamientos, trato de vivir el Hoy.

Las cosas se movían solas, los objetos tomaban vida, todo brillaba, las paredes se agrietaban en sus cuatro lados y caían hacia fuera o hacia dentro. Era la fuerza del gas, como unas cataratas, que no se veían, que me mareaba y yo no hacía otra cosa que preguntarme: ¿Y esto?

Es una mujer fuerte, la miro, conserva su sonrisa infantil, permanece en su alegría a pesar de la tragedia, en otra de nuestras charlas prende el fuego y pone a calentar la pava, la miro maniobrar y me hace temblar. Estamos en su nuevo departamento, ya ha pasado un tiempo para que podamos conversar sin lagrimear. Tomamos unos mates y me cuenta de su ángel de la guarda (así le llama ella a su vecino Franco), él se acordó de ella, la buscó, la encontró debajo de una pared.  Yo me salvé porque estaba acostada. Ya tuve todo el tiempo para hacerme estas preguntas.

Cuando ella se separó de Emiliano (esto se lo había vaticinado el vidente) era muy joven y tenía cuatro hijos. Cuatro hijos en cinco años tuvieron. “Nunca me voy a olvidar que la Memé Fontanorrosa me dijo: Norma, vos te tenés que buscar un trabajo” y mi tía Norma  pensó: “¿de qué voy a trabajar con cuatro hijos? Y fue ahí que me salvó nuevamente el piano, me puse a estudiar el profesorado y con el título de maestra de música salí adelante.”

Veintidós años viví en el sétimo piso E de la calle Salta. Yo conocía a casi todos ahí. Había muchos jóvenes estudiantes. Apenas me mudé, el piano no sabíamos cómo lo íbamos a subir. Eran siete pisos. Al Diego, el esposo de Mariela, se le ocurrió subirlo de costado parado en el ascensor. Yo pensé que se iba a destartalar todo, lo inclinaron, lo metieron, el Diego marcó el piso siete y arriba había otros muchachos esperando. Y salió todo bien.

Ahora lo puedo contar, yo guardaba unos ahorros en el piano, unos verdes, en el espacio que queda entre las cuerdas, de todo eso no quedó nada. Pero hablando de pesitos, ese día, el día del rescate, me acostaron en una camilla y me bajaron los siete pisos por afuera del edificio, aterricé en el Estacionamiento del supermercado La Gallega, antes de salir le indiqué a uno de los rescatistas si podía alcanzarme un dinero que tenía en una camperita, él la buscó, la encontró y como yo estaba atada a la camilla para no caerme, me la puso apretada al pecho y eso me sirvió para vivir unos días. Es horrible quedarse sin nada. Yo sabía que no podría regresar nunca más a mi departamento.

Agarraba el Ami ocho, a los cuatro pibes y hasta el Napo (el perro de mi tío Aldo) y se iba a pasar las vacaciones a la casita de La Quebrada, pegada a Río Ceballos, que tenían mis abuelos. Una casita modesta en las sierras con una parra de uva chinche. Los varones de la familia se burlaban de Norma porque iba en su Ami 8 detrás de un camión, no se animaba a pasarlo o no tenía la suficiente potencia para adelantarlos en la Ruta 9 pero ella iba igual con sus cuatro hijos y se bañaban en el arroyito, donde además lavaba la ropa y recogían berro para hacer deliciosas ensaladas. Era amiga de todos los vecinos de allá: de la Romelia, los Vacca, los Scurti, los Arguello.

Mis abuelos iban con el Dodge hasta esa casita de las sierras y tenían seis hijos y llevaban hasta las gallinas, pero esa es otra historia. Y hablando de otras historias cuando mi hija Lucía tenía un año decidimos con Luis, su papá, irnos unos días a esa casita. Mis abuelos todavía la conservaban y solo había que ponerse de acuerdo con mis tíos y mis primos para ir. Ese año coincidimos unos días con mi tía Norma que estaba sola porque sus hijos ya habían crecido, recuerdo que amasamos unos ñoquis y que íbamos a jugar a un Bingo de Río Ceballos, unos días de turismo familiar pero nosotros ya no estábamos bien, cuando volvimos resolvimos separarnos y así me tocó criar a mi hija sin padre porque él como  Emiliano eligieron irse a vivir a Buenos Aires.

Ella me cuenta, en un tramo de la conversación, que es de las personas que ven el vaso medio lleno, a continuación nos servimos hasta el tope dos vasos de cerveza y brindamos por nosotras y por la vida.

En todas las casas que tuve me he sentado a tocar el piano, un ratito, cada tanto, sin horarios ni obligación, puro placer. En la casa de Fisherton el piano estaba en el living, cerca de una ventana que daba al jardín de adelante, yo me sentaba tocaba y se llenaba de pájaros y cantaban y me acompañaban. Yo, en otra vida debo haber sido un pájaro, por la música.

Ella tiene los mejores recuerdos de la casa de La Quebrada, de hecho todavía, aunque la casa la vendieron, visita a alguno de sus vecinos, el año pasado, sin ir más lejos, se fueron en tren con mi madre a visitar a los Scurti y cierra los ojos y se acuerda de un cumpleaños que pasó allá, hace mucho, cuando los chicos eran chicos, donde Magui, una señora que conoció en el arroyo, la invitó a comer a su casa, el marido les hizo un asado delicioso y Magui le entregó un regalo  inolvidable: en un momento invitó a sus hijos a cortar un gran ramo de margaritas (las flores preferidas de mi tía norma) y así coronaron la noche de su cumpleaños: asado y margaritas en las Sierras.

A todos nos llevaban al Heca, que es un Hospital que está preparado para las emergencias y luego nos iban derivando. La Silvi me preguntó si quería ir al Sanatorio Parque o al Hospital Italiano y yo elegí el italiano porque en el Parque estaba internada la Memé, la había ido a visitar hacía poco y estaba muy mal y yo no quería enterarme de muerte en el mismo sitio. No quería más muerte en mi vida.

La Memé Fontanarrosa, ella sí que veía el vaso lleno y quería ayudarme, era mi vecina más cercana en Fisherton, ella me entendía, tenía cinco hijos. Mientras yo estudiaba el profesorado, a los chicos me los cuidaban los abuelos: Lola y Alberto, yo salía a las 10 de la noche y ellos estaban todos durmiendo, parecían gatitos, dormían debajo de la mesa redonda del comedor. Los subía de a uno al auto y cuando llegaba al barrio también los bajaba de a uno  y nunca tenía miedo, ahora sería impensable eso. La Memé me consiguió el primer trabajo que tuve y es de no creer pero ella estaba muy grave, internada en el Sanatorio Parque cuando ocurrió lo de la explosión. O sea que muchísimos años más tarde, luego de criar a nuestros hijos, estábamos las dos internadas una en el Sanatorio Parque y la otra en el Hospital Italiano y esa semana ella se murió de cáncer y yo no pude ir al velatorio a despedirme.

Tenemos una vida armada de cosas queridas: recuerdos, fotos  y otras cosas más concretas. Es fácil decir que las cosas no importan porque seguís viva pero todo se complicó. El día de la explosión perdí un puente con las muelas, que yo dejaba en la mesita de luz, antes de irme a dormir porque me molestaba durante la noche, te imaginarás que no podía andar mucho tiempo sin muelas pero al quedarme sin casa tuve que ir a vivir a la casa de Mariela, en Funes. También había perdido el teléfono de mi dentista. Casi voy a otro, conocido de la Maru, pero ya no quería perder más afectos, entonces ubiqué a mi dentista, nos encontramos, lloramos juntos y él me dio un presupuesto, me hizo el puente en un santiamén y cuando fui a pagarle me dijo que no me iba a cobrar, que ese dinero lo utilizara para algo que me hiciera falta y ahora cuando voy me pregunta ¿Qué tal funciona mi heladera? Y nos reímos. Así, como ese gesto, tengo millones para contar, la gente conocida y los desconocidos también fueron muy solidarios con todas las víctimas. También puedo contarte cosas de gente fea pero eso dejémoslo para otro momento.

En estos días se casa mi ángel de la guarda, Franco, con Florencia que vivía ahí en calle Salta, dos sobrevivientes, ella se salvó porque se había ido a trabajar y él, un milagro, como yo gracias a él. Florencia cuando escuchó la explosión volvió y pudo llegar corriendo hasta Oroño y de ahí lo veía a Franco porque había quedado solo la estructura del edificio pero estábamos sin paredes así fue que supo que estábamos vivos. Me invitaron al casamiento y me da mucha alegría ir. Él ese día, además de ayudarme a sacar las cosas que tenía encima de mi cuerpo y de llamar a los rescatistas encontró un teléfono y ahí le pudimos hablar a su papá y a la Silvi, mi hija, que como es médica pudo pasar y ayudar.

A veces las historias que nos guardamos se fermentan en nuestro cuerpo y se terminan convirtiendo en enfermedades. Norma lo sabe por eso no se queda con eso adentro y le cuenta su relato al taxista, a la peluquera, a los nuevos vecinos, a la psicóloga.

Salta 2141 tras la explosión
Foto: Sebastián Vargas

Siempre me gustaron las historias que se cruzan, las pequeñas coincidencias de la vida y en un llamado telefónico Norma me cuenta que la Maru cumple 50 años, igual que yo que los cumplo en noviembre. La llamo para saludarla y me dice que ella se siente de 35 y ahí veo que el optimismo es hereditario, que la Maru también ve el vaso medio lleno ya que yo me siento a veces de 75 años. Hasta mi madre que siempre vio el vaso medio vacío me dijo el otro día que estoy viejita. “Vero, vos te olvidás de todo lo que te pido, me parece que te estás poniendo viejita” El pesimismo también se hereda. Pero la coincidencia era otra: el Javi, el esposo de la Silvi, su otra hija, también cumple 50 años, el mismo día que la Maru, nacieron en el mismo Sanatorio, con dos horas de diferencia y con el mismo médico. Luego la vida se encargaría de juntarlos en forma de cuñados. Son muy parecidos, refuerza Norma, siempre se sientan juntos. El día de la explosión el Javi pensó que Norma no estaba nunca en su casa porque salía mucho y justo el día que no tenía que estar, estaba.

El Fede, su hijo mayor vive en Chile, al enterarse de la noticia se tomó un avión y se vino. El Lucho, su hijo menor vive en Buenos Aires y trabajaba en radio nacional y tuvo que dar esa noticia y luego un compañero se ofreció a viajar y sobre todo a manejar el auto. Y las chicas: Mariela y Silvina estuvieron desde el primer momento. Todos mis hijos me ayudaron, me apoyaron y respaldaron siempre.

Con Mario, la historia fue así: él estaba manejando su taxi por calle Alvear cuando escuchó la explosión y se acercó como empujado por Dios. En una nota que les hizo Santiago Baraldi y que salió publicada en el diario El ciudadano del 6 de setiembre de 2013 cuenta que a Norma el 6 de agosto la despertaron los golpes a la puerta de Pedro, el portero, diciéndole que necesitaba cerrar las llaves de paso del calefón, de la cocina y de la estufa. La retó porque estaba descalza cuando se levantó a abrirle la puerta. Pedro hizo su trabajo y se fue del departamento. Norma se volvió a acostar. Como todas las mañanas, la pequeña radio Sony estaba clavada en el dial de Radio 2. La voz de Caferra primero y Lotuf después la acompañaron entre sueños hasta que a las 9.43 entró el monstruo (así lo llama Norma). Un viento feroz que traía y traía cosas… no terminaba nunca, un viento oscuro, un sonido indescriptible, malo, un monstruo. Una biblioteca que cayó sobre su cama la salvó de quedar sepultada por los escombros, estuvo mucho tiempo pidiendo ayuda hasta que la escuchó Franco su vecino de piso, a quien también le volaron las paredes de su departamento. Después de un rato de incertidumbre y confusión, un hombre la sacó del infierno. Era Mario Paiva, el taxista, uno de los primeros que llegó al lugar de la explosión y se puso a ayudar”  Luego cuenta que se reencontraron Norma y Mario en el Bar del Hotel Savoy y ¨Mario le devolvió aquella pequeña radio, un rosario y unas pulseras que él tomó por pedido de Norma. En medio de la charla, las lágrimas, las anécdotas, el pianista ameniza la tarde y en un momento, como si supiera, ejecuta la canción Volver a empezar, de Alejandro Lerner y Norma se sumó cantando el tema. La vida está llena de sorpresas y durante los años posteriores a la explosión Mario y Norma volvieron a encontrarse, ellos dirán que es por obra de Dios porque ambos son muy creyentes, cada vez que Norma levanta la mano para parar un taxi aparece mágicamente Mario que se ofrece a llevarla y nunca le quiere cobrar.

En la vereda de calle Salta 2141 hay un jacarandá que sobrevivió a la explosión, al gas, a la demolición. Los familiares de las víctimas colocaron una  un cartel que dice “Sigo en pie esperando Justicia”.

Publicado en la ed. impresa #17

Una respuesta a «Nostalgia del piano»

Excelente una vivencia pura del dolor de todos!!!!!Norma la vida hizo que nos conociéramos hacen muuuchos años Te admiro….Real relato y has sido dolorosa protagonista Gracias Vero por darlo conocer…aún está todo a flor de piel

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