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Encerrados en el Arteón

En estos días me llegan noticias de que el Arteón de calle Sarmiento se ha salvado de la demolición. No es poca cosa. Visto desde la distancia, como no me queda otro modo de observarlo ya que estoy demasiado lejos de la ciudad, el peligro de la desaparición de la sala junto con el cierre de La Favorita, genera una extraña sensación de disolución de un espacio sentimental.

Recuerdo, cuando comencé a ir al Arteón, a finales de los setenta, con Félix Reinoso, quien me llevaba no con una frecuencia diaria pero sí más de una vez a la semana, a ver películas protagonizadas por Robert De Niro, Rod Steiger, Robert Mitchum, Dustin Hoffman, o dicho de otro modo, todos los nombres propios que descendían del método, el sistema de trabajo creado por Lee Strasberg e impartido en el Actor’s Studio y que Félix había experimentado con Carlos Gandolfo, uno de los evangelizadores nativos de Strasberg.

Sin demasiado esfuerzo aparecen imágenes de La noche del cazador, Campanadas de medianoche, Chinatown, pero había una película en particular que vimos un par de días seguidos, nada menos que El último magnate, también la última obra de Elia Kazan y la novela que dejó inconclusa Francis Scott Fitzgerald.

En la película De Niro es un implacable ejecutivo de un gran estudio de Hollywood que arma y desarma películas en busca del éxito hasta que su frenética carrera se ralentiza ante una relación amorosa que lo desarticula. Pero detrás de la trama Fitzgerald, acerado por el guion de Harold Pinter y la mirada de Kazan, expone la deriva existencial de la fábrica de los sueños y sus difíciles reglas. Félix, recuerdo, vibraba y repetía incansablemente un pasaje con Jack Nicholson, quien interpreta a un guionista que está al frente del sindicato y pierde una pulseada con De Niro al poner sobre la mesa cifras inauditas. “A los guionistas les doy dinero, todo el que pidan”, dice su personaje, “si se lo niegas te exigirán poder”. Por entonces también habíamos visto Reds de Warren Beatty recreando el testimonio de la revolución de octubre de John Reed, en la que Nicholson interpreta a Eugene O’Neill en otra cumbre de su carrera. No sé, por cierto, si teníamos más frío nosotros en la sala o los personajes en el Moscú revolucionario.

Las películas de Buñuel también llegaron a mi vida a través de Arteón en un tiempo en el que las cintas de video comenzaban a circular solo con blockbusters y los cineclubs de la ciudad eran escasos e intermitentes.

El ángel exterminador fue una de las películas que más me impresionaron ya que en su atmósfera opresiva y su singular registro surreal no solo actualizaba la lectura de aquellos días finales de la dictadura desde la pantalla del Arteón, sino que aún hoy pone en acto las fobias cotidianas. El reciente confinamiento provocado por el Covid, sin ir más lejos. El argumento de la película gira alrededor de un grupo de personas de la alta sociedad que acaban de salir del teatro y se dirigen a la casa de una de ellas para cenar y terminar la velada. Por razones que hasta los propios personajes desconocen, el personal de servicio comienza a desertar cuando llegan los invitados. Tampoco el mayordomo entiende por qué el personal que está bajo sus órdenes se da a la fuga sin importarle perder su trabajo. Mientras tanto comienza la cena entre una suerte de gags surrealistas en el más puro estilo de Buñuel y luego los invitados pasan a un salón donde una de las damas ejecutará una pieza en el piano. A partir de este momento ninguno de los personajes podrá salir del salón. No hay explicación para esto. En la calle, la gente se arremolina alrededor de la casa que bien podría ser un palacio por sus dimensiones y nadie se anima ni puede cruzar el portal de la inmensa explanada que separa la acera de la vivienda.

Buñuel dice, con respecto a esta película, que solo ve a un grupo de personas que no pueden hacer lo que quieren: salir de una habitación. Se sabe, Buñuel era un bromista, aunque la única broma que hay en esta película es la de imaginar que nos quedamos encerrados en el Arteón viendo películas.

Publicado en la ed. impresa #17

Por Miguel Roig

Escritor y periodista rosarino que reside en Madrid. Es coeditor de la Revista Socialista y socio fundador de Mongolia, revista satírica mensual española. Escribe una columna en el diario.es y en Perfil. Sus últimos libros son El marketing existencial (Península, 2014) y Conversaciones con Alberto Garzón (Turpial, 2016).

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