Mañana invadiremos la ciudad

Foto: El gran pianista Claudio Cardone (Virginia Benedetto)

La noche se detiene
sobre la mesa de un bar
sobre dos vasos
de vino viejo.
En la calle hay prostitutas
que no ríen jamás.
Es que su risa ya
no tiene precio.

1984. En el café del hotel Savoy, en la esquina de San Lorenzo y San Martín, se dan cita los militantes políticos, los poetas, los intelectuales, los periodistas, los actores de teatro, los músicos. Se toma café y sobre todo ginebra, mucha ginebra. Es una época ginebrera.

En una mesa, un grupo de jóvenes músicos se reúne todas las nochecitas, a eso de las ocho. Yo soy el único escritor que viene a alterar la paz de las charlas, signadas por la erudición en materia de rock. Claudio Cardone y el Pájaro Gómez llegan de los ensayos del recientemente formado grupo En el Andén, Germán Risemberg no para de leer a Sartre ni de elogiar a Yes y Carlos Rossi, el legendario Carletto, desenfunda sus vastos conocimientos de cine. Así nos conocimos una noche brumosa, hablando de Wajda, Zanussi, Zulawski, Skolimowski, polacos geniales. Far away and long ago.

Nunca llega nada en la ciudad.
Nunca llega nada y vuelan los días.
Nunca llega nada y vuela la vida.
Nunca llega nada y de pronto sos viejo.
Nadie llegó y de pronto estás muerto.

Entre debate y debate, entre ginebras, cortados y algún que otro Martini, con el humo de incontables cigarrillos irritándonos los ojos, las afinidades quedan establecidas y también los odios. La risa suele presidir los diálogos livianos, aunque a veces la melancolía gana la partida. Todos somos de izquierda, unos se afilian al PC y otros al PI, otros permanecen fieles a la actitud individualista y no se embanderan con nadie. Otros, sólo aman la música.

La noche tiene el nombre
de una mujer que se ha ido.
La soledad nos llama
en cada esquina.
Ya no nos conoce
nadie más que el olvido
sólo hay alcohol donde ayer
hubo alegría.

Fue en otoño, un otoño lluvioso como nunca, cuando con Claudio decidimos empezar a escribir temas en dupla. Hacía falta un letrista y yo, claro, no tuve ningún pudor para ofrecerme. Y una noche caí con el primer intento, un papel donde estaban, escritos en la vieja Olivetti de mi padre, los versos del Pequeño tango escrito en invierno. Claudio leyó atentamente, levantó la mirada y me dijo, con esa media sonrisa tan típica en él: “Dejámelo”.

Algún día me iré de la ciudad.
Y ese día surgirán los pájaros del cemento,
el río se beberá el asfalto.
Ese día las violetas crecerán en el hierro,
la lluvia destruirá nuestros zapatos.

El viejo Savoy, donde en los ´80 pasaban cosas

2010. Llego tarde del diario, me había tocado el cierre. Tengo hambre y, sobre todo, necesidad de una copa. Cuando en la oscuridad de la casa silenciosa dejo la riñonera sobre la mesa del living, me tropiezo con un librito de tapas azules. ¡Es de poesía! Movido por la curiosidad, lo abro. Mi mujer y mi hija duermen y yo, guiado por el misterio, elijo la página donde está, como epígrafe del último texto, este verso: “Y si queda en nuestros ojos/ una huella de sangre/ ya la lavarán las madrugadas”. Firmado, Lalo de los Santos. Se me humedecen los ojos. Las manos me empiezan a temblar.

Si es que llega la muerte
quiero morir de mi vida
y no de la que quiera algún tirano.
Rendirse antes de la lucha
es un camino sin el día,
el suicidio es absurdo
si antes no hemos amado.

Lalo de los Santos

Lalo se murió de un cáncer hijo de puta en el ya lejano 2001. Fue él quien, cuando Claudio dejó En el Andén, empezó a cantar el tema cuya letra le pasé a mi amigo pianista en el antiguo Savoy. El tema circula, aún anda por ahí a pesar de los años que pasaron. El disco en el que está incluido es de 1986. Se llama “Hay otro cielo”.

Mi mujer me contó al día siguiente que el librito de tapas azules estaba olvidado sobre un banco frente al río, en el parque Scalabrini Ortiz. Y que ella sintió que allí había algo importante. Un mensaje.

Mañana invadiremos la ciudad.
Ya no habrá mendigos que duerman en las calles,
ya no habrá borrachos en la niebla del alba.
Y si queda en nuestros ojos una huella de sangre
ya la lavarán las madrugadas.

Los poetas anónimos que escribieron a dos manos un texto dedicado a las Madres de Plaza de Mayo para cerrar el libro y pusieron mis palabras como epígrafe me hicieron sentir que aquella remota canción de mis veinte años aún tiene sentido. Y que la poesía, como es bien sabido, no necesita de su creador. Ella es libre y sopla donde quiere.

Como ambos se esconden detrás de sendos seudónimos (“El Indio, poeta ambulante”, “El vagabundo Markitos”), no puedo buscarlos para darles un abrazo y decirles que las palabras que los conmovieron no son de Lalo (aunque bien podrían haberlo sido), sino mías.

Y como pequeña devolución de gentilezas, cito parte de un poema extraído del libro: “Los sueños,/ como las sombras chinescas,/ se hacen con las manos”. Es cierto. Pucha si es cierto.

Ya nos encontraremos alguna madrugada.

Publicado en la ed. impresa #02

3 respuestas en “ Mañana invadiremos la ciudad ”
  1. Los 80 aun nos arrastra a jirones por estas calles. Extraño esos encuentros, las discusiones, por supuesto el ardor de los cigarrillos en los ojos y aquellas largas partidas de ajedrez ( donde el escritor jugaba de memoria mientras se bañaba). Cada dia escribe mejor, el.escritor…

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