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Un día en...

La memoria de las mujeres

Nuestro cronista participa de una visita guiada al cementerio El Salvador. En este caso, el espacio público está reservado al recuerdo y la memoria de ciertas mujeres rosarinas.

Como un espejo mudo, detrás de los muros del cementerio El Salvador se erige una ciudad duplicada. Una ciudad silenciosa donde, sin embargo, la memoria habla a través de una imponente mezcla de panteones fastuosos y destacadas obras escultóricas que enmarcan un recorrido de asombro. Ahora, que es de mañana y el sol tibio se abre paso entre las nubes que cruzan el cielo, en la escalera que baja del propileo hacia las calles internas del cementerio se amontona un grupo de personas en actitud de espera. El guardia pide por favor que dejemos libre el paso y nos entrega un folleto informativo. Al principio somos poco más de una veintena; yo, uno de los pocos varones entre un montón de mujeres. En las muñecas o en torno a las correas de sus mochilas muchas, sobre todo las más jóvenes, exhiben el pañuelo verde como bandera del corazón. Son los primeros indicios que demuestran que la de hoy no es una visita guiada más.

La convocatoria es toda una sorpresa. Para cuando llega Lilian Diodati, del Instituto Municipal de la Mujer, que oficiará de guía a lo largo del recorrido, ya nos acercamos al centenar de personas. La clara preeminencia de mujeres entre la concurrencia se sostiene sin mayores cambios: los varones somos apenas un puñado de figuras repartidas en la marea femenina que se desparrama, ahora sí, al pie de la escalera. Mientras esperamos leo algunos datos sobre el cementerio en el folleto que me entregó el guardia: que se fundó en 1856, por ejemplo, y que ocupa 11 hectáreas donde se emplazan más de 32 mil tumbas. Pero esas cifras recién me van a llamar la atención después, cuando lo escriba y descubra que la página de la Municipalidad habla de 5 hectáreas con 50 mil tumbas. Entre ambos datos se perdieron 6 hectáreas con casi veinte mil muertos. Un ejército zombi que no sé dónde andará: los white walkers rosarinos. Después nos sacamos una foto multitudinaria con la avenida central de fondo, que se abre entremedio de esa ciudad de silencio, granito y mármol.

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Lilian —blusa azul suelta sobre una camiseta blanca, bolso en bandolera, anteojos opacos— se sirve de un micrófono vincha para que su voz nos llegue a todos. Habla rápido y con seguridad. El recorrido, dice, busca poner en valor la vida y las prácticas de diferentes mujeres que formaron parte de la historia de la ciudad entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX. Anticipa que más allá de los nombres propios el objetivo es pensar cómo, en una sociedad que tutelaba la vida de las mujeres —porque normativizaba su vida, su cuerpo, su desarrollo, delimitando lo que era el espacio público y el privado—, esos nombres propios formaron parte de un colectivo que fue encontrando determinados espacios de participación en la comunidad. Para romper el hielo se anima al chiste:

—Podría hacer una broma de muy mal gusto —dice— y decir que las mujeres encuentran, así, sus nichos de participación.

La broma surte efecto y todos nos reímos. Entonces sí, arrancamos.

La primera parada tiene lugar frente a un panteón de la avenida central. Es un panteón revestido en granito negro pulido, donde la estatua en mármol de una mujer sufriente se abate sobre los escalones. Hacemos foco en las representaciones de la muerte y las manifestaciones artísticas que empiezan a tener un lugar cada vez más frecuente durante la segunda mitad del siglo XIX. La muerte, dice Lilian, empieza a ser domesticada. Me cuelgo pensando en la idea de la domesticidad de la muerte. Por algún motivo, en lugar de pensarlo como el intento de otorgarle familiaridad a algo, que se incorpore a la cotidianidad para restarle ajenidad, lo pienso en contraposición con algo que nació salvaje, libre: la domesticidad como el intento (vano) de educación de eso que, por esencia, escapa a nuestro gobierno. Como un animal salvaje y feroz que nunca pierde su instinto.

En algún momento, tarde o temprano, nos atacará irremediablemente, a pesar de todos nuestros esfuerzos o convicciones.

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Jésica nos guía a través del cementerio. Trabaja en el Área de Preservación de Patrimonio en Cementerios Municipales y es la que conoce la disposición de nichos y panteones. Usa jeans y una remera negra como los anteojos de aviador que no se saca ni siquiera para manipular la cámara de fotos. «Las guío», le dice —nos dice— al grupo. Entonces me ve y siente que el plural no basta, no abarca. Se corrige: los guío. Una chica joven, con el mate en la mano, acude en su ayuda creyendo apelar al lenguaje inclusivo aunque, en realidad, usa un pronombre aceptado hasta por la reticente Real Academia.

Les guío —dice.

Y vamos.

Nos detenemos en las tumbas de Josefina Prats —quien tuvo activa participación en las comisiones de Sociedad de Beneficencia y el Hogar del Huérfano, entre otras instituciones— y el panteón de la familia Echesortu. El espacio público, nos recuerda Lilian, estaba reservado para la actuación de los varones: primaba la razón, que era lo propio, lo esencial de los varones. Y agrega: “Siendo la biología —los sentimientos, los afectos— lo esencial de las mujeres, lo lógico era que se desarrollaran dentro del espacio privado. Por ese motivo, cuando algunas mujeres de los sectores burgueses encuentren su forma de participación en el espacio público a través de la beneficencia, será también de la mano de lo doméstico, del cuidado. Es decir: de las características del espacio privado llevado al público”. “También las damas de la familia Echesortu, a través de la promoción de actividades relacionadas con el arte y su enseñanza, encontraron sus modos de participación, porque el arte también formaba parte de la educación de estas mujeres: una niña bien educada —explica— tocaba el piano, sabía dibujar, escribía poesía, pero fundamentalmente tenía un conocimiento artístico que le servía para entretener a la familia o a las visitas”. Las enseñanzas particulares, dice al fin, sirven de ariete para abrirse camino en el espacio público.

—Cuando vean alguno de estos apellidos piensen que no sólo fueron damas burguesas, acomodadas, que iban a la ópera, sino también señoras que desarrollaban estrategias para tener participación y que su participación fuera legitimada dentro del espacio público.

Cada intervención de Lilian es seguida con atención y cierta solemnidad. El silencio, como no puede ser de otra manera hoy, acá, es sepulcral. En cambio durante los traslados que nos llevan de un punto a otro la muchedumbre se relaja: hay chicos que corren, gente que habla entre sí, comentarios sobre algún panteón de paso, alguna broma. Una chica le señala a su pareja un panteón pequeño, estrecho, que contrasta con los amplios y opulentos panteones familiares. Mirá, dice, un monoambiente.

Avanzamos con bullicio por las calles del eterno silencio.

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Las siguientes paradas nos llevan por el lado de la docencia. Primero la tumba de Dolores Dabat, que fuera directora del Normal 2 y del primer profesorado de dibujo de Rosario; más tarde por la tumba de Josefina Prelli, que fundara la Escuela de Música del Normal 2. Desde la creación del normalismo la profesión estuvo absolutamente identificada con las mujeres, como una directa derivación de su rol maternal, ya que se le otorgaban características y aspectos derivados de la crianza. Nos hace prestar especial atención a las representaciones que aparecen en las tumbas. La de Dabat es elocuente: en una mano sostiene a un chico, en la otra una escuela.

Antes del final nos detenemos también en un panteón fastuoso que, voy a leer después, es el de mayores dimensiones de todo el cementerio. (En claro contraste, enfrente se alza el panteón social de una mutual, con sus ladrillos huecos y formas austeras: una especie de Fonavi de la última morada como reflejo distorsionado de la opulencia individual. Otra duplicidad que la ciudad intramuros repite de la externa). Se trata del sepulcro de Artemisa Bett de Ortiz. Es, además, uno de los pocos que lleva el nombre de una mujer. Hija de un francés que tomó parte en la batalla de Waterloo y heredera de una gran extensión de campos en la provincia de Buenos Aires, la vida de Artemisa está rodeada de mitos e historias que se cimentan en el poderío económico de su figura y destacan características que, de algún modo, buscan la masculinización —su bravura se narra en sus salidas a la noche, escopeta en mano, para descubrir el origen de los ruidos; su determinación se cifra en la anécdota del pie que le amputó a su propio nieto para salvarle la vida— como si el costo de haber ocupado el espacio del control económico, habitualmente reservado a los hombres, tuviera que ser pagado con la memoria de su feminidad.

La última parada rescata la figura de Juana Elena Blanco, educadora y fundadora en 1905 de la Sociedad de la Infancia Desvalida. El monumento que la recuerda, realizado en bronce fundido por Lucio Fontana en 1927, la evoca a través de una figura maternal que ampara a dos niños. Lilian  invita a todos a pensar cómo estas representaciones que aparecen en un mausoleo contribuyen a cimentar todas las otras representaciones en las cuales nos vamos apoyando todos los días.

—La cuestión está en cuáles de esas representaciones significan un obstáculo en el desarrollo de nuestras vidas como mujeres actuales —le dice a la manada de mujeres que la rodean—. Y sobre aquellas conductas, normas, representaciones que signifiquen un obstáculo para un desarrollo igualitario, la clave es cómo podemos ir, de a poco, aprendiendo a desarmarlas y desarticularlas. Ese es el objetivo de todo este recorrido: pensar cómo la vida de estas mujeres cimentó las nuestras. Y cómo a partir de conocer sus vidas o las representaciones en sus muertes, podemos ir aprendiendo a deconstruir nuestro propio presente para forjar un futuro mucho más igualitario, mucho más justo, para las generaciones más jóvenes.

El aplauso que acompaña el cierre rompe el silencio de esa ciudad duplicada que se alza al otro lado de los muros del cementerio. Una ciudad acostumbrada a la ausencia de sonidos pero que, sin embargo, no permanece callada.

La memoria también habla.

Y a veces, como hoy, lo hace con voz de mujer.

Fotos: Carla Scolari

Publicado en la ed. impresa #03

Javier Núñez

Por Javier Núñez

Escritor y coordinador de talleres literarios. Soy hincha de Newell’s y padre de tres hijos. Lector compulsivo de libros e historietas, crecí tratando de contar mis propias historias. Con La doble ausencia gané en México el premio Sergio Galindo a primera novela. Mi último libro es La feroz belleza del mundo. Tengo algunas cuentas pendientes, viajes que ya no podré hacer y sueños a los que no renuncié. No creo mucho en Dios ni Dios cree mucho en mí, y así quedamos a mano.

2 respuestas a «La memoria de las mujeres»

Los invito a interiorizarse de la absoluta desaparición de las dieciseis Teachers of Sarmiento, que educaron a futuras maestras, desde el Normal 1 de Rosario. Nos quedan seis de ellas, inhumadas en el Cementerio de Disidentes. Hasta el siglo 21, se las había hecho desaparecer del quehacer e ideario cultural rosarino.

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