Estoy en mi terraza viendo llegar la noche. Oscurece y la noche comienza a encenderse mientras pienso que esta es la terraza en que más tiempo he vivido. Hubo otras. La de la infancia, aquella a la que subíamos para disfrutar de la oscuridad y del silencio del barrio en las noches de verano.
–Pasará a las 21.15 –decía mi padre y allí estábamos todos mirando el cielo estrellado esperando que pase el satélite.
–Ahí va –gritaba mi madre– la perra Laika.
–Libre y gratuita –acotaba mi papá.
–Es el Sputnik –avisaba papá.
La próxima vuelta pasa con la segunda dosis diría hoy mi mamá.
Era ese lugar donde sin vernos nos comunicábamos con todos los amigos de las casas vecinas con un mágico silbido clave ultrasecreto que todos respondían. Ahora que lo analizo descubro que era un acorde mayor descendente y ascendente con un leve glissando descendente en la última nota. Claro, así es como acaba de perder la magia. El arco iris era sagrado hasta que supimos que era la descomposición de la luz del sol al refractarse en las pequeñas gotas de lluvia.
La de la adolescencia tenía luz. Un brillo propio. Era un espacio sin límites donde, bajo el sol de la siesta, podía recorrer toda la manzana por los techos y hasta podía bajar por un pasillo y salir por la calle de la vuelta. Era la terraza donde en invierno me sentaba a estudiar comiendo mandarinas o a conversar interminablemente con amigos y amigas.
Estoy ahora en mi terraza viendo llegar la noche que lentamente se va encendiendo. Una lámpara de la manzana de enfrente me dice que allí hay vida. A contraluz aparece el esqueleto de hormigón del edificio que están construyendo adelante y me cuenta que allí habrá vida. Otra luz indica que allí hay amor.
En mi techo surge una cuadrícula urbana, brillante y provocadora. Aquí he pasado más de la mitad de mi vida. He amado, he reído, he llorado.
Oscurece pero me siguen encendiendo luces que me llaman. Bajo.
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Publicado en la ed. impresa #18

