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La química del paisaje

A los que somos principiantes en concatenar letra a letra de la manera más generosa posible nos pasa seguido que incursionamos en los diccionarios. Nos sumergimos en ellos para obtener respuestas científicas y precisas ante dudas íntimas y particulares. Oracularmente. Preguntas simples y allí vamos. Desde aquella noche el paisaje viene siendo una incógnita. Entonces al diccionario para traducir el Paisaje. Es decir, empezando por la palabra paisaje. Tarea con la cual, al cabo de dos minutos y de ciertos inconvenientes con los textos informativos, propio de leer salteado, y de muchas dificultades con la atención fija, voy experimentando un desconcierto creciente. Un destino miserable con límites de concentración mental patológicos padecidos por más de 30 años corridos. Traficar una definición a lo sensible: F-R-A-C-A-S-O.

Entonces abandono el diccionario y me hago nuevamente, como me sucede a menudo, de Radiografía de la pampa. El Paisaje avanzaría por terrenos con o sin vías del ferrocarril, por los modos de acuchillarse entre unitarios y federales, entre cielos de los más amplios o cerrados horizontes, en entender las fuerzas telúricas, o en esa frase en la que nos explica lo siguiente: “La selva era el dominio absoluto del vegetal; la montaña, del mineral; la llanura y la ladera, de los vivíparos”.

Mi paisaje tiene cosas extrañas: la distancia, el ojo y su dispersión. Lo que una siempre ve está dividido en dos partes gigantes: el cielo y la tierra (o el agua en su defecto). Luego en los posibles análisis morfológicos puede haber, grosso modo, variantes espaciales y distintos fenómenos que acompañan: montes, casas, molinos, animales, caminantes, sembradíos, lluvia, sol, noche, soja de primera, soja de segunda, camiones, barcos, canoas, nadantes. Equitativamente distribuido, el paisaje nuestro tiene dos grandes grupos de elementos, que atraviesan toda la tabla periódica de Mendeléiev en fifty-fifty, la fórmula es: 50% gaseoso (el cielo) 50% sólido (la tierra) o 50% gaseoso (cielo) 50% líquido (el río). Los estados de la materia de mi paisaje pueden ser todos, pero esos todos están en máxima pureza. No hay ambiente físico construido invadiendo la perspectiva y puede vislumbrarse un panorama estratificado de sedimentos por capas organizando un espesor en el horizonte azul, verde, tierra, la mayoría del tiempo los días naranjas de sol. Posible que haya alguna tapera perdida por ahí, pero en general todo es extensión matérica rústica. Pero sigo sin encontrar una definición aguda de la palabra paisaje. Traducirlo en un breve relato, acotado y certero: hablar del asfalto, de los autos, de mis vecinos, del virapitá aparasolado y denso que avanza sobre mi ventana, de los cables, de los balcones, de los peluqueros de calle Salta, de los planes urbanísticos de alto standing, de las rotondas extrañas clavadas en Puerto Norte, del Mercadito Retro, de la plaza Lucio Fontana, de la plaza José Hernández rodeada de edificios que construyó Perón, de las toallas chillonas volando sobre las sandías en avenida Godoy, de los livings comunitarios de los gitanos de Oroño, de la fuente de Vanzo en Junín y avenida Alberdi, de la esquina del colegio San José, de mi escritorio, de los objetos y rincones de una casa repleta de paisajes instalados topo-específicos para la felicidad. Igual es raro que me alegre ubicar la mirada en el contorno de todos estos objetos construidos en nuestra ciudad; el espectáculo me conmueve de manera ruin. Este perfil, de un extremo a otro de la ciudad, y en casi todas las calles, es un desgarramiento,/ línea quebrada, brutal, golpeada, erizada de obstáculos. Además, nuestra alegría, nuestro entusiasmo no son atraídos por la incoherencia que tal línea denuncia. Otra cosa sería nuestra emoción, si ella, que perfila la ciudad contra el cielo, fuera pura y experimentáramos así la presencia de una fuerza ordenadora: llana.

Pero no. Ahora debo hablar del paisaje más allá de los límites circunvalares y de nuestras orillas. De aquel paisaje al que hay que llegar. Cuando una lo cruza, lo atraviesa, o ve al otro lado lo mismo, y concibe qué es el paisaje extendido. Cuando una se baña en él más todavía, entonces deja de entenderlo para vivirlo, y cuando una duerme sobre su tierra, no sólo que lo entiende y lo vive, sino que pasa a ser parte de él. Cómo si una fuerza mutua que entre el suelo y la epidermis se contagiara allí mediante ósmosis amorosa, para ser una sola pieza vital: el lomo de una y el paisaje. En definitiva, todo aquel que quiera saber si ha conocido un paisaje (un lugar), lo que debe hacer es dormir sobre su tierra, en su geografía más inmediata. O tiene que ver morir a allí, a todos a la edad de seis años. Afortunadamente, descubrí el paisaje desde adentro: levitar en un potrero, elevarme al borde del arroyo del Sauce, ser una nube plácida en cada monte húmedo y así. Supongamos que ahora elegimos un paisaje urbano amable y un momento de la historia bastante singular. Cuando el siglo pasado ya acumulaba 96 años de vida, me pasaba las tardecitas brillantes de primavera en el bar Tomate, ubicado en calle Córdoba al 1600, amparada por el aroma de los tilos. Supongamos, también, que en las próximas páginas tendremos frente a nosotros un relato lozano e inconducente, combinado con cucuruchos de crema del cielo de Bajo Cero, para lo cual se avanza diciendo: eran tardes soleadas que caían sobre el final de calle Córdoba. Esa calle es la calle que ve marchar al sol a contramano, a lo ancho de la ciudad. Es la calle que corre de oeste a este con una sensibilidad tal que su facultad de percibir luz nunca es imprecisa. Calle Córdoba es mercantil y ampulosa, también es trascendental a los orígenes de la ciudad. Honorable, diversa, despareja y larga, no tiene un solo codo. Su tráfico tiene todas las tracciones: a motor, a sangre y a pie. La superficie de su trazado urbano no tiene posibilidad de incertidumbre ni error. Calle Córdoba, su asfaltado, sus refracciones y sus sombras son el espejo del devenir luminoso en fuego, aun cuando la ciudad está encapotada. Esta calle tiene todos los colores de la ciudad, sus insignias e insanias, sus memorias, la voz grabada de los militantes, los gestos solemnes de la rosca, las paletas de la moda y la pobreza, los actos políticos y los cierres de campaña, los líderes, los conciertos, los artistas urbanos, el mercado, la arquitectura multiestilo y la sinusoide de la ciudad fenicia. Calle Córdoba no tiene ese paisaje nocturno que desde los 80 se configura en el centro en calle Tucumán: Tucumán y Balcarce: Arrow o más tarde Bar del Mar; o en Tucumán y San Martín: el boliche Luna, el Barcelona o Salamanca. Calle Córdoba es la piel desnuda como un hecho civil, es una fantasía en la que los vagos en cuero se pasean durante el verano como si Rosario fuese una ciudad atlántica y balnearia. Para adorarnos te ofrezco otra ciudad

Este texto forma parte de la novela Destrucción total (Blatt&Ríos, 2014)

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