Categorías
Barullo en papel Historias de acá

El recital que derrotó al olvido

A cuarenta años de la mítica presentación de Queen en la cancha de Central, tres miradas diversas rescatan recuerdos de una jornada que se convirtió en leyenda.

Mágico verano del 81

Por Fabián G. del Pozo

I

Viernes 6 de marzo de 1981. Una luna plena en toda su  faz brilla sobre la costa del Paraná. Ese disco plateado parece replicarse en escala dentro del bombo de la batería aunque luego –tal como si estuviéramos disfrutando de una noche en la Ópera– el detallismo de unos prismáticos que pasábamos de mano en mano nos revela, a la distancia, que en realidad la imagen simboliza un sombreado en claroscuro, como un negativo, del rostro del baterista. Montada sobre tres pedestales de luces apagadas pero que ya se percibían potentes, sobre el escenario armado en paralelo a avenida Génova; a diferencia de nosotros, la Ludwig espera paciente. Detrás de ella asoma el disco dorado de un gong también expectante de ser convocado por su intérprete, pero para emitir una sola y mágica nota en la culminación de los 5:08 minutos más esperados por muchos de nosotros en aquel concierto. A los lados dos enormes torres laterales nunca antes vistas, estructuras preparadas para sostener la amplificación de altos decibeles nunca antes oídos, con esa fidelidad, a ese volumen. No mucho más, aparte de una multitud circundante, se divisa desde lo alto de la tribuna lindera con Regatas.

Sólo el Autotrol emite ciertos mensajes y publicidades; prototecnología de una era en la que el mundo actual estaba por inventarse, mientras que el equipo básico para asistir a tu primer recital lo componían, fuera de la vestimenta, un encendedor –fumaras o no–,  si estaba a su alcance alguien llevaba binocular, que si bien sonaba a llevar celular –lejos aún de convertirse en la compañía-no-humana infaltable en cualquier evento actual–, los celulares de entonces eran camionetas en las que, por simple averiguación de antecedentes, la policía podía llevarnos presos a partir de operativos: las razzias. Por lo que invariablemente, seguíamos el consejo cauteloso de nuestros mayores: “No salgas sin documento”.

Munidos de ese kit, ya ubicados con los amigos del secundario que, canallas todos ellos, “jugaban de local”: Semilla Barbieri, Cacho De Lorenzi, Gonza Serrano –ahora creo que el turco Jaraj también estaba, lo que no recuerdo es si le gustaba el fútbol–, nos miramos azorados mientras la mirada quiere insinuar el efecto de un pellizco que demuestre que es real lo que estamos por vivir. La hora de comienzo debe ser la anunciada, cerca de las 22.30, esperamos la salida a escena de un grupo superprofesional que debiera hacer gala de su puntualidad inglesa para comenzar a horario el espectáculo, aunque mentiría si recordara con exactitud haber mirado el reloj, en medio de la excitación.

El nerviosismo se acrecienta cuando sale la figura del conductor designado anunciando que en unos minutos se apagarán las luces y luego comenzará la fiesta. Una voz confiable e inconfundible que nos había acercado el legado de los Beatles, noche a noche, al sintonizar Del Plata; la misma figura que después, por la tele, nos incentivaba a pensar musicalmente desde “Implosión”, un programa de música en imágenes, cuando aún no existía la todopoderosa MTV; compitiendo en la emisión de los primeros videoclips con otro programa de ATC en el que, como mueca irónica en medio de una dictadura feroz, desde la TV pública, preferían incentivar la grieta con la consigna: “Votá: ¿Kiss o…? Los ganadores de aquella compulsa popular tocaban para nosotros esa noche. Juan Alberto Badía aseguraba “¡Queen está en Rosario!”. Las primeras explosiones y sonidos atronadores invaden el espacio, una parrilla de luces multicolores se enciende y, más allá de sorprender, como nave extraterrestre de aquel film de Spielberg posándose a la vera del río, nos remite a la magnitud en pantalla grande de Encuentros cercanos del tercer tipo. Los efectos se difuminan por un humo cada vez más denso que invade el lugar, preludiando los primeros acordes eléctricos desde aquel mítico instrumento  que el guitarrista construyera artesanalmente junto a su padre y que con el tiempo conoceríamos que hasta tenía un nombre propio: The Red Special Guitar. Se agregan las cuatro cuerdas que sostienen el compás, amplificado por una ingeniería diseñada por el propio bajista. Ya suena en vivo una rotunda versión acelerada de We will rock you. El frontman, vestido desafiante de furioso cuero rojinegro en pantalón y campera, empina el micrófono apretado en su puño como presentador de box, saluda en español entre el griterío de la audiencia y anuncia que comienza el rocanrol, mientras que a mí, un  outsider en los pagos de Arroyito, se me infla el pecho de la emoción leprosa, también por ver esos colores moviéndose frenética a la vez que armónicamente por toda la escena.

Al instante, miles de personas cantábamos al unísono al aire libre, respondiendo las consignas de un showman de garganta y carisma privilegiados. Por un par de horas se respiraba un poco de libertad. ¿Por qué la superbanda del momento se había dignado a semejante gesto, inolvidable para sus fans? La pregunta podría responderse prácticamente sola: googleando. Probablemente arroje tendencias como #Gira Mundial #Presentación de The Game,  nombres como #Capalbo. También citas a las simpatías musicales del hijo adolescente de un General de turno…

Queen en Rosario. Gentileza de Héctor «Turco» Mansur

II

¿Cómo es que llegamos algunos de nosotros allí?

Siempre hubo una radio encendida en casa. Encendida por las manos de mi madre, las mismas bellas y laboriosas manos que esa mañana del 8 de diciembre de 1980 estaban ultimando el planchado de la camisa blanca para el infalible uniforme del Dante Alighieri. Era lunes y por LT2 pasaban (Just like) starting over. Me acerqué a la puerta mientras en mi cabeza resonaba la poesía de aquel muchacho nacido unos 40 años antes en Liverpool “…it’s time to spread your wings and fly…”, pensando también que debía creerme esa frase y compenetrarme con la empresa que me esperaba, dividida entre los últimos días de aquel año y lo que quedara de un verano por comenzar pero que ya se anticipaba, percibiéndose claramente en el caluroso aire rosarino. Una temporada que, finalmente, sería inolvidable para muchos de nosotros.

Para pasar a quinto año debía aprobar, rindiendo, las doce materias reglamentarias; unas semanas antes había llegado al límite de faltas (o medias faltas, porque en realidad eran tardanzas, por lo tanto injustificables). Esta vez ni el ángel guardián que era mi tío Toto, con todo su carisma, don de gentes y contactos de mutuo respeto con la comunidad italiana toda, podía salvarme, aunque lo intentó en su momento de todas maneras. Además la exigencia del colegio privado no admitía repetir, tampoco era posible rendir previas. En el umbral de terminar el secundario me preparaba para un maratón que largaba en ese momento: salía para rendir Geografía con la tan temida Landriel –la misma profesora más adelante me esperaba también para Matemáticas–. Estaba en modo “Como empezando de nuevo” despidiéndome de Nelly, mi vieja, y mi hermano Leo (que tendría por entonces la misma edad que hoy su hijo Santiago, mi sobrino que me llena de orgullo cuando se pone esa remera con la Q coronada que le regalé el día que disfrutamos juntos de Dios Salve a la Reina recreando a Queen en El Círculo) cuando, de repente, la voz del locutor pisó el tema para que todos compartiéramos mudos de asombro la peor noticia radial que había escuchado en mi vida: en Nueva York un tipo había asesinado a balazos a John Lennon.

Prefigurando aquel mal comienzo, a las pocas horas volví derrotado a casa con un aplazo anotado en la libreta. Unas semanas después el estratégico incentivo de Rodolfo no se hizo esperar:

–Hijo, ¿vos querés ir a ver a Queen, no?

Y ante la respuesta que iluminó mi cara, me señaló: “Si sacás todas las materias te ganás la entrada, con mamá pensamos regalártela”.

El triunfo llegó, la postergada Geografía quedó aprobada (junto con Matemáticas) ni bien comenzar el tercer mes del año 81. Para cumplir con lo prometido, ese exacto primer viernes de marzo, mi viejo nada más tuvo que desandar la cuadra peatonal que separaba su trabajo en el bazar del subsuelo de La Favorita para, doblando por calle Mitre, pararse frente a un cartel con una sigla que le era cotidianamente indiferente y ajena a su preferencia futbolera, aunque ese día tenía un significado especial: C.A.R.C. SEDE SOCIAL. En apariencia sólo tuvo que esperar desde el final de una moderada fila al sol y llegar a la sombra de la ventanilla para abonar 35 mil pesos en efectivo (sí, efectivo: entonces ni siquiera se vislumbraban tiempos ulteriores de preventa online, tarjetas de crédito; muy lejos se estaba aún de internet y su globalización tan cómoda como alienante).

Mientras cambiaba manualmente canales entre los escasos disponibles: 3, 5 u 8, buscando información sobre el gran evento, en la impaciencia porque las horas se consumieran, ese mediodía sólo encontré una curiosa referencia cuando el Mono Villegas, invitado a la mesa de El Clan de Alberto Granados, se refería socarronamente a sus colegas músicos como “un grupo de varones que se hacen llamar Reina”. En medio del asombro y la desazón escucho “Te la ganaste”, mientras veo aparecer a mi padre abrazándome orgulloso, sobre de papel en alto, conteniendo el ansiado boleto a la felicidad (mucho después lo supe: ese premio le costó un sueldo. Si bien un empleado promedio ganaría en aquel momento unas veinte veces ese valor, él por descuentos de adelantos en vales ese día “malgastó” casi todo lo cobrado… en una entrada).

III

Bajando a pie por el viaducto Avellaneda –creo recordar que antes se habilitaban las dos manos hacia el río para la ida, inversamente para la vuelta; no estaría seguro hoy de afirmar que lo convirtieran en cruce peatonal o bien que caminarámos por la vereda mientras los autos pasaban a nuestros lados–, casi nada importaba realmente; de todas maneras un viento soplaba…repicaban en mis oídos como campanas las notas del piano de Rapsodia bohemia a la vez que escuchaba de fondo a los muchachos bromear imitando el spanglish de Freddie Mercury.

Lo demás fue llegar a casa donde me esperaba la sorpresa de otras manos femeninas pero más pequeñas: Vero, mi hermana con sus ocho añitos había sido capaz de grabar dedicadamente la transmisión de radio en vivo, conducida por Claudio Corvalán, desde ese mismo aparato JVC que meses antes nos había traído malas nuevas y por el resto de aquel verano serviría principalmente para reproducir en loop infinito, desde un cassette TDK, la vivencia inigualable del primer recital de nuestras vidas.

La noche eterna

Por Pedro Squillaci

Entrada del concierto en el Gigante de Arroyito

En medio de la neblina del recuerdo difuso asoma un pibe de 19 años yendo con su novia a ver a Queen al Gigante de Arroyito. Cuesta pensar que ese pibe, que a la salida del recital se peleó con esa novia, sea el mismo que está garabateando palabras detrás de esta notebook. Si como asegura el tango, “20 años no es nada”, como diría Memphis 40 años son “un montón de nada”.

La entrada la había comprado mucho tiempo antes del show, meses creo, y esperaba ese día con cierta ansiedad. No solo iba a ver a uno de mis grupos preferidos, sino que lo iba a mirar desde la platea donde alentaba a mi club de toda la vida. Muchas emociones juntas. Lo único que se oponía (tengo que reconocerlo), es que no era para mi gusto el mejor momento de Queen. A mí me fascinaba el Queen sinfónico, el de los tipos con los pelos largos que hicieron Una noche en la ópera y Un día en las carreras. Incluso con Jazz me sorprendieron gratamente, pero había un tufillo pop que se respiraba en ese disco que ya me hacía ruido. Ese tufillo se volvió tufo mal en The Game, que se convirtió en un golazo para la industria discográfica con Cosita loca llamada amor y Otro muerde el polvo. Y justo venían a presentar ese disco, el de la tapa con camperas de cuero y pelos cortos, otra estética, otro pulso, pero claro, era Queen. Los rockeros que seguíamos a la banda desde los tiempos desde sus dos primeros discos, Queen y Queen II, fuimos al recital mirando de reojo a los nuevos fans de la Reina, que morían coreando Another One Bites the Dust y miraban para otro lado cuando sonaba Rapsodia bohemia, que luego se convertiría oficialmente en la canción más escuchada y reproducida del siglo XX, según reveló Universal Music Group.

Es extraño pensar que uno fue testigo de un hecho histórico casi sin darse cuenta. No solo porque vi en vivo tocar aquella canción sin tiempo, sino porque aún hoy muchos se sorprenden cuando cuento que  estuve  allí aquel 6 de marzo de 1981. “Con puntualidad inglesa, ¡Queen!”, dijo el presentador, palabras más, palabras menos,  ante una multitud que deliraba. Eran las 22.30 como marcaba el programita de mano que acompaña este texto y Freddie Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor pisaban el escenario instalado en el Gigante de Arroyito. No tengo en la cabeza el detalle de la lista de temas ni me interesa tanto saberlo, pero hay algo que es más fuerte que recordar si tocaron tal canción o no , o si Somebody to love Freddie la hizo en cueros o con la remera de Flash Gordon. Lo que queda  latiendo es que aquella noche la viví con un disfrute único y con sabor a revancha. Porque era la primera vez que a un grupo de rock inglés, que venía escuchando y atesorando  en los viejos vinilos, podía verlo en vivo y en directo, sin la necesidad de viajar a Buenos Aires, sino apenas con un colectivo que me llevaba desde mi casa natal de calle Iriondo 1851 hasta Génova y Cordiviola.

Solo sé que canté, me reí, me emocioné, me sorprendí, lloré y grité al final el “ooooooo oooooooo oooo”, ese canto de la lluvia que desde Woodstock en el 69 quedó marcado a fuego para siempre en los cierres de los shows, en los tiempos en que se los llamaba recitales. Gracias, Queen, por esa noche eterna. Y también por traerme de nuevo a aquel pibe de 19 que hoy, 40 años después, sigue vibrando con los temas de la Reina.

“I don’t like Queen”

Por Gustavo Postiglione

Queen en el Aeropuerto de Fisherton

Había un teléfono público en la plaza Pringles, casi en la esquina de Paraguay, tengo una imagen, pero como todo recuerdo no sé cuánto habrá de cierto o cuánto habrá quedado reducido a la memoria real o ficcional. Disco varios números. Nadie contesta del otro lado o si contestan me dicen que ya salió hacia el recital. Fueron varios llamados. Yo tenía 17 años y estaba en quinto año de la secundaria. Era marzo de 1981, pocos meses atrás, en octubre del 80, había llorado por la muerte de Lennon. En 1980 compré Double Fantasy de John pero también Dirty Mind de Prince, que todavía era un perfecto desconocido, Flush the Fashion de Alice Cooper y Bicicleta de Serú Giran. Todavía conservo esos vinilos y es sorprendente lo actuales que suenan.

La plaza estaba desierta y yo creí que esa noche todos estaban en el show al que decidí no ir a pesar de la insistencia de amigos y amigas. Mi primer recital fue en el Estadio Cubierto de Newell’s: Vox Dei ante un grupo muy reducido, calculo que tendría 14 años. Un año después me gané una entrada para ver a Billy Preston en el teatro La Comedia, donde a los pocos meses volví para ver a Serú presentando La grasa de las capitales. También éramos pocos ese día, la platea no estaba llena y entre el público recuerdo a un flaco de camisa blanca que me cruzaba en los pasillos de la Dante Alighieri y que con el tiempo se transformó en uno de los grandes músicos populares de este país.

“I don’t like Queen” le dije a mi profesora de inglés luego que me preguntara si había estado presente en el recital en la cancha de Central. Mis compañeros me miraron, no entendían por qué no me gustaba esa banda británica que le volaba los pelos a todo el curso. Recuerdo haber pasado una tarde entera en la casa de una amiga que tenía todos los discos, con el ánimo de buscar un tema que me gustara. Tenían varias canciones pegadizas, como un catálogo de hits que se escuchaban en los bailes de los clubes en mi adolescencia. Queen se bailaba, como los Bee Gees o Donna Summer. En la gira argentina presentaron The Game, un disco que los tiene en la tapa vestidos como Los Ramones pero un lustro después. En ese disco -como siempre- hay más de un hit, uno de ellos es Another One Bites the Dust, un acercamiento hacia la música disco, con un riff a lo Nile Rodgers y una batería que marca un ritmo típico del dance. Hay otro tema que tal vez sea el que más se despega de su estética y que es Need Your Loving Tonight, que tiene un dejo a lo que Paul McCartney hacía en esa época con Wings, y después está Crazy Little Thing Called Love, una especie de rockabilly pero recargado con esas capas insoportables de voces de Mercury grabadas unas sobre otras. El tipo cantaba bien, pero su voz era para acompañar a Pavarotti y no para una banda de rock. Esa desmesurada prolijidad no me gustó nunca, porque detrás de eso no había una música compleja o elegante como la que podían tener en aquel entonces Steely Dan o Peter Gabriel, para mencionar dos estilos muy diferentes pero abismalmente superiores. La potencia rockera de Queen quedaba pequeña ante la avalancha del punk rock. Los monárquicos eran una banda conservadora para escuchar en las FM que recién aparecían en la vida del éter, o para musicalizar películas olvidables como Highlander II o el fiasco de Flash Gordon. Pero no sé por qué me imagino que podrían haber puesto la música en alguna de esas escenas de los 80 con un Tom Cruise muy joven corriendo quien sabe detrás de qué. Queen no llegaba a ser rock pesado porque tenía enfrente bestias como Led Zeppelin o AC/DC. Tampoco competía en la carrera del glam rock al lado de Roxy Music, los New York Dolls o el propio Bowie que compuso la mejor canción de Queen: Under Pressure. Creo que fue una de las bandas que abrieron el camino para el rock blando popero que llenó la música radial amable de los 80, sumado a tipos como Phil Collins, Bryan Adams o Bon Jovi.

Pero, ¿qué importa mi opinión? Freddy y los suyos tienen un espacio indiscutible dentro de la música popular y universal. Para mí siempre representarán la idea monárquica y conservadora inglesa, de la que entiendo nunca renegaron. De hecho cuando vinieron al país, antes de tocar, fueron a cenar con Roberto Viola, el dictador de turno. Unos meses antes, sin mucha prensa, The Police tocaba en Obras y Andy Summers le pegó una patada en la cabeza a un policía que intentó agredir a una chica que se acercó demasiado al escenario. Matices y diferencias.

Esa noche del 6 de marzo de 1981 volví a mi casa en el 4, el colectivo que iba hacia el oeste donde nos habíamos mudado con mi familia. El viaje era largo y por calles poco transitadas, en un país cubierto por la represión. Algunos cargábamos con cierta ignorancia pero abriríamos los ojos poco tiempo después. Caminé las tres cuadras que me separaban de la parada del ómnibus de mi casa y fui hacia mi equipo de música. Puse Zenyatta Mondatta y disfruté de ese disco inoxidable.

Publicado en la ed. impresa #11

Por Redacción Barullo

Proponemos construir un espacio plural donde se mezclen los géneros y las generaciones, con la calidad de los textos como única bandera.

Dejá un comentario