El dinero

Hace años, a finales de los ochenta, en el cruce de la calle Sarmiento con la Peatonal, tiempos en los que allí había una tienda, Chemea, que vendía camisas muy baratas fabricadas en Corea, en esa esquina, al cruzarla, se debía sortear un bosque de “arbolitos”, nombre con el que se comenzó a llamar a quienes se dedican a comprar o vender dólares al margen del mercado oficial. Aún queda alguno. Hay, eso sí, en la ciudad, una curiosa cantidad de “cuevas” que la corrección denomina “mesas de dinero” y que cumplen, entre otras más complejas, la función de ofrecer o adquirir dólares, euros o pesos. Dinero.

De un tiempo a esta parte, en Europa, el número de libros de autoayuda referidos a la relación que mantenemos con el dinero se ha multiplicado. Algunos dan consejos para obtenerlo. Otros para conciliar una dinámica de difícil solución, ya que, a fin de cuentas, es un intangible, un fetiche de culto traumático: hasta el Banco Central Europeo lo admite al establecer la existencia física de solo un euro de cada cien.

Un analfabeto financiero, según estos textos, sería aquel que, debido a una mala educación, comete errores e incurre en tropiezos que le llevan a la ruina. Estas terapias monetaristas inducen a llevarse bien con el dinero y sugieren que, como en todas las relaciones humanas, si se parte del odio o el rechazo, lo único que cabe esperar es un destino con bolsillos vacíos. Ese relato didáctico nos enseña que cada peso que poseemos responde a una creencia, un hábito, una emoción o un talento. La posesión de un capital, según ese discurso, se debe al devoto seguimiento de los vaivenes del mercado, de lo cual se deduce que una praxis adecuada llevaría al logro de una buena fortuna. El camino del hábito, por su parte, equivale al ahorro constante. Pero en este caso, se omite el misterio de la fe: dónde conseguir primero el sujeto de acumulación, es decir, ¿de dónde sacar la plata? La manera emocional de relacionarse con el dinero puede que sea la más sana: es la que lleva a robarlo para después gastarlo. Ya decía Brecht que veía más delito en la creación de un banco que en su saqueo.

Una variante de los contenidos de autoayuda directos es aquella que se construye sobre relatos preexistentes, como pueden ser una película o serie exitosas, a partir de los cuales se crea un modelo de negocio o, lo que es lo mismo, un modo indirecto para alcanzar la fortuna. En la red social LinkedIn, el directivo de una empresa estadounidense publicó una suerte de manual para conseguir el éxito empresarial a partir de la película Moneyball de Bennett Miller. En el film, Brad Pitt interpreta al manager de un equipo de baseball que aplica un método inusual para ganar, basado en la estadística y no en la inversión millonaria en jugadores. La página cuenta ya con más de cincuenta mil seguidores que intercambian sus experiencias en la aplicación del sistema. El modelo de negocio de Los Soprano, o lo que se deduce como tal de las prácticas comerciales de su protagonista, Tony Soprano, también ha generado más de un manual de marketing.

La inteligencia financiera maneja un campo semántico que excluye las palabras relacionadas con la pobreza y consolida aquellas relacionadas con la prosperidad. Entre las primeras se encuentran: fácil, crisis, miedo, subvención, problema. Entre las segundas, más importantes: compromiso, crear, confianza, talento, solución. La idea que se transmite, entonces, es que si pensamos que algo puede ser fácil, caemos en un error garrafal: hay que subir la cuesta para alcanzarse a uno mismo o, mejor aún, conseguir un puñado de pesos.

Siendo pragmáticos, puede que la mayoría de los autores de estos textos hagan un esfuerzo de imaginación al producirlos con el único fin de pagar los gastos y las facturas mensuales. No es, sin duda el camino directo al éxito, sino, como nos pasa a casi todos, el atajo para obtener algo de plata y solventar lo básico. Porque el dinero, como la vida, está en otra parte. La prueba es tangible: el bosque de “arbolitos” de Sarmiento y la Peatonal fue talado hace tiempo. Las camisas coreanas, también: ahora se fabrican en La Salada. Quedan las “cuevas”, pero sus visitantes nunca pierden la fe en el dinero por el simple hecho de poseerlo.

Publicado en la ed. impresa #04

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