Por Hagar Blau Makaroff
Fotos: Gentileza Museo Castagnino
En un mensaje enigmático, la comunicadora del museo, Mariana Lafuente, avisa que el museo Castagnino había recibido una donación importante. Fue impactante para esta cronista el momento en que supo que la principal obra transferida se llamaba de manera similar: el óleo sobre tela “Agar” pintado por Il Guercino. “Alcoyana, alcoyana”, dijo la vocera ante la sorpresa, recordando una forma humorística de señalar una coincidencia. Era indicio de un eco de la historia de este museo municipal de bellas artes que renació del deseo de Juan B. Castagnino, artífice de su magnificencia, ya que el último deseo en vida fue darle un edificio propio al museo que deambulaba de espacio en espacio desde su creación en 1920. Ahora, sus sobrinos nietos María Magdalena, Manuel Delfo y Juan Bautista Castagnino Recagno formalizaron la donación de tres old masters (la obra de Il Guercino más dos bocetos de dos pintores italianos consagrados), y un valioso fondo documental de 377 documentos -decenas de fotos, fichas, catálogos, inventarios, recortes de prensa y cartas- completando su acervo de origen.

El acontecimiento se dio de cara al 90º aniversario del edificio histórico que se conmemorará en 2027. En diciembre de 2026, en tanto, se prevé un corte de cintas simbólico, en paralelo a las obras de ampliación edilicia del museo ante la necesidad de espacio para la reserva de las obras. La donación se decidió por decantación luego de la exposición “Juan B. Castagnino, el coleccionista ejemplar”, que se pudo ver entre agosto de 2025 y febrero de este año, con Pablo Montini como curador invitado (director del museo Julio Marc y especialista en la figura de Castagnino) y María de la Paz López Carvajal en la asistencia.
Una mañana de invierno, frente al cruce de las dos avenidas principales de Rosario, el museo se encontraba con su personal a toda máquina. Un sonido de aspiradoras en los pasillos, personal que entraba y salía de salas, y las máquinas de construcción en el exterior vallado por la obra circular que llamaron “la huella”. Los movimientos se dan a la par que se celebra la ampliación de la colección del museo, el cual será de gran valor para la investigación histórica y artística a la posteridad.
Barullo entrevistó a la curadora del museo, María de la Paz López Carvajal y a Castagnino Recagno, el sobrino nieto (y tocayo de Juan B.) que promovió la donación junto a sus hermanos. El hombre cordial recordó que llevar el nombre de su tío abuelo para él es una emoción muy grande. Y destacó la escena inaugural sobre su tarea legada: “De chiquito, las amigas de mi madre me decían ‘Museo’”. La risa fue mayúscula en aquella sala.
Subrayó que la decisión junto a sus hermanos de donar las obras fue tomada en memoria de sus padres, el agrimensor Juan Manuel Castagnino (sobrino y continuador del trabajo de Juan Bautista), y María Magdalena «Malenita» Recagno. Y ante la inevitable pregunta sobre cómo fue decidir entre los tres hermanos la donación, recapituló el asunto en la historia reciente familiar: “Mi papá falleció en 1994, y comenzó el proceso lógico de división de bienes, platería, obras de arte. Lo accesible se dividió rápido, y no sabíamos qué hacer con las obras. Y a veces en la vida se alinean los planetas. El año pasado me llamó María de la Paz para la muestra que estaban armando sobre los 100 años de mi tío abuelo Juan B, fallecido en 1925. Ella me pidió documentos y fotos, y cuando me puse a buscar, recordé estas obras que habían pertenecido a él y se las ofrecí para la muestra”.
El sobrino nieto de Juan B. recordó el instante decisivo, cuando recorrió la muestra con Montini y María de la Paz. “Ellos me mostraban y yo sentía la alegría con la que transmitían la muestra -dijo-. Me iban contando cosas cuando Pablo se paró frente a una obra anónima y expresó ‘qué lindo sería que estuviese en el museo Marc’. Mientras María caminaba hacia otra sala y respondió casual ‘y qué bueno sería que el Agar de Il Guercino esté en el Castagnino’. Yo guardé silencio y me sonreí. Me encantó ver esa expresión espontánea en ellos, que valoraron que esas obras estén exhibidas por primera vez. Fue entonces que coincidimos con mis hermanos Manuel Delfo y María Magdalena que el mejor lugar para las obras, donde más las van a proteger, es el museo. Nos dimos cuenta que valía la pena que estos últimos cuadros de Juan B. vuelvan a su casa”.

Sobre las tres obras pictóricas donadas al museo, se destacan dos valiosos dibujos a la sanguina en pequeño formato: uno atribuido a Agnolo Tori «El Bronzino» (uno de los máximos referentes del manierismo florentino), y otro dibujado por Salvatore Rosa, figura cumbre del barroco italiano. Ambas piezas fueron compradas por Juan B. en 1910 al Barón Zezza, y en origen pertenecían a la célebre pinacoteca del Duque Cassano de Nápoles.
La pieza central de la donación pictórica es “Agar”, un óleo sobre tela de Giovanni Francesco Barbieri, mundialmente conocido como «Il Guercino», uno de los pintores cumbres del barroco italiano, de los favoritos del Papa Gregorio XV, y la pieza responde al estilo clásico barroco, con los claroscuros en el retrato de una imaginada Agar bíblica. Comprada en 1911 por Castagnino con 27 años a través del anticuario Luigi De Servi, la obra proviene de la histórica quadrería del marqués de Mansi Santa María Bianca, integrante de una de las casas nobiliarias más antiguas de la ciudad de Lucca, en la Toscana, Italia. En torno al concepto de la obra y el contexto histórico, la curadora López Carvajal destacó que “durante la Contrarreforma, Il Guercino y otros pintores tenían la tarea de divulgar el dogma a las masas a través de las pinturas sobre la fe, la obediencia, el sufrimiento y la confianza en la Providencia divina, en algunos casos a través de la imagen de ciertas heroínas bíblicas, profundizando en el tono dramático y emocional”. Destacó además la vigencia del valor de aquella obra hoy, ya que “en este momento hay una exposición en el Museo Nacional de España Thyssen-Bornemisza sobre las heroínas bíblicas del Guercino. Allí hay otro ejemplar con el personaje de Agar y hay otra obra de Jesús con la samaritana, y sus rasgos son muy similares. Son modelos estéticos ideales de esa época que utilizaban para llevar al pueblo sus ideas”.
La obra de Il Guercino y las dos sanguinas fueron conservadas en el ámbito privado por más de cien años, y ahora enriquece el conjunto de la pintura barroca del museo, pero especialmente a la colección de old masters donada en 1942 por los herederos de Castagnino.
De alguna manera con esta última donación de la familia Castagnino se cierra un círculo, ya que la propia curadora explicó que “la del museo es una colección publica que está viva, inició en 1917 con la compra de la obra ‘La vida en un día’ de Fernando Fader -que el joven Castagnino adquirió cuando participaba de la Comisión Municipal de Bellas Artes- y la última donación fue el Agar y los dos bocetos con sanguina donados por Juan y sus hermanos en junio de este año”.
La colección de Juan B. fue enorme, y gran parte estaba dispersa (no solo había cuadros, sino también cristalería, esculturas, platería, dibujos). En la muestra realizada recientemente se reunieron obras que se habían vendido a coleccionistas privados fuera del país, y otras de otros varios primos herederos. La donación de la familia vino a robustecer la colección del museo, y “ahora todo el acervo de Juan B. está en su edificio”, aseguró satisfecha López Carvajal.
Las relaciones epistolares de Juan B.
En torno al fondo documental privado de la familia Castagnino, también donado, estaba en manos de Castagnino Recagno, quien continuó el legado de preservación desde su abuelo Manuel Alberto (hermano de Juan B. y uno de los que más continuó su camino de coleccionista), y su padre, Juan Manuel, “un gran preservador que clasificaba cada fotografía”.
En el archivo se destaca la avidez del gran coleccionista, a través de cartas, telegramas y subastas, que “se decidían con rapidez a pesar de que en esa época las comunicaciones eran tanto más lentas a la inmediatez actual”, valoró la curadora, conocedora de los códigos de aquellos tiempos. Y rescató así la figura de Juan B. Castagnino no solo como coleccionista sino también como gestor, mecenas y promotor de exposiciones importantísimas en una carrera de menos de 20 años ante su temprana muerte.
En el formulario de donación del fondo documental se destacan cartas y telegramas entre Juan B. y artistas como Manuel Musto, Gustavo Cochet, Fernando Fader y Alfredo Guido. “Es que Juan B. asesoraba con entusiasmo a todos, artistas y coleccionistas”, aseguró Carvajal.
Entre decenas de invaluables registros, esta cronista vio un intercambio epistolar entre Juan B. y el también reconocido coleccionista local Odilo Estévez en torno a la compra de varias obras valiosas de Francisco de Goya, que “hoy son de las más destacadas colecciones del museo: tres series: Los desastres de la guerra, Los caprichos y Los disparates. Suele ser muy solicitado y se presta muy poco”, apuntó la curadora.
Sobre ese intercambio en torno al destacado pintor español, el sobrino nieto recordó: “Cuando murió mi abuelo Manuel, tuve en mis manos un bibliorato que era la correspondencia de ellos dos, y leí algunas cartas. No sé qué pasó con eso, pero para mí fue una pérdida irreparable. Quizás mi abuela lo prestó después, una pena”.
El fondo documental es un tesoro de 377 documentos inéditos hasta ahora, que permitirán reconstruir «la cocina» del coleccionismo de principios del siglo XX en la ciudad y la región. El archivo incluye 25 fotografías históricas, fichas manuscritas por el propio Castagnino, catálogos de época, un libro contable del inventario de platería y el valioso cuaderno original de enero de 1916 con el inventario completo de su colección de pintura.


