¿Qué determina una búsqueda? ¿De qué se alimenta la intuición? Aproximarse a las múltiples formas en las que Rocío Giménez López aborda su música (o la de otros), y las maneras en que reflexiona en torno a ella, permite encontrar respuestas a esas preguntas. Y también abrir nuevas inquietudes e interrogantes: la obra de la pianista rosarina tiene la suficiente magnitud para alumbrar paisajes e imaginarios vastos, en un recorrido artístico prolífico, en calidad y cantidad.
Desde los discos de espíritu experimental publicados con Pez Blob (el trío que conformó junto al baterista y percusionista Gerónimo Mangini y la guitarrista y artista sonora Luciana Bass, con quien también le dio forma al dúo Chancho a Rayas) hasta su reciente Primeros auxilios, en los últimos diez años la pianista alternó formaciones, instrumentaciones y estilos, encuadrándose siempre dentro del universo jazzístico pero con la suficiente inquietud para esquivar rótulos taxativos.

En el acervo discográfico de Giménez López hay experimentación, pasajes free, bop, hard bop y, también, una línea de canción jazzera que la vincula fuertemente con algunos de sus grandes maestros. Esos con los que se formó (en Rosario, Buenos Aires y Estados Unidos), y también con los que compartió proyectos, en un recorrido que la encuentra como nexo con las nuevas generaciones, ubicándose como un eslabón sustancial en la tradición jazzística rosarina. Y todo, siempre, frente al piano, el instrumento que la cautivó, también, por herencia.
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Pero antes de la formación académica estuvo, sobre todo, su preparación como oyente, como público, como parte de una familia que tenía también otra referencia de peso en una de sus tías, Ana Fumagallo, del Conjunto Pro Musica de Rosario. “Además de mi mamá y mi papá, del núcleo familiar y de la presencia del piano y la música en casa, la presencia de mi tía Ana fue muy importante para mí”, apunta Rocío, que recuerda con nitidez las presentaciones en vivo del Pro Musica para Niños, agrupación fundamental en la historia musical rosarina: “Mi tía me acercó a mucha música, fue muy importante para mí, también por ver que era posible estar en un escenario, tocar y cantar. Ni hablar que esos eran conciertos pensados para chicos y eran redivertidos. Eso tuvo también mucha influencia en el amor a la música”.
La oferta sonora se ampliaba además con otras salidas familiares: funciones de la Orquesta Sinfónica Provincial y del Mozarteum en el Teatro El Círculo, festivales de zarzuela, de tango y, por supuesto, el emblemático Festival de Jazz “Santiago Grande Castelli”, que tuvo su primera edición en 1996. “De muy chiquitos nos llevaban a ver música en vivo. Mi viejo era muy curioso, entonces ya en nuestra primera infancia nos llevaban a todos lados a ver cualquier género. Además cada vez que íbamos a ver algo, mis viejos compraban el disco, entonces en casa había más discos de músicos locales que, por ejemplo, de Miles Davis”, apunta la pianista que reconoce que, entre tanta oferta, había un género que tenía preponderancia: “El jazz estaba más presente”.
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La formación académica de Rocío Giménez López comenzó en la Escuela Municipal de Música, como paso previo a su llegada a la Escuela Provincial de Música. Y allí, en sus estudios clásicos, sumó el acompañamiento familiar: “Mi mamá toca piano y guitarra. Ella es de la generación de músicos que se formaron leyendo bien. Entonces si yo quería aprender un preludio le pedía a ella que lo fuera tocando y ella lo leía a primera vista, con un gran talento para leer y tocar partituras”.
-¿Cómo influyó eso en vos?
-A mí me resultaba más fácil la oreja, leía un poco y después tocaba de oído. ¡Le cambiaba las melodías! Entonces encontré en el jazz este espacio que tiene que ver con la libertad. El jazz tiene muchas cosas lindas, primero el ritmo, que es lo más lindo, esa sensación de floating, la improvisación y el desafío, porque es una música que no tiene techo, tenés para aprender de todos lados, podés agarrar cosas de muchas músicas. Entré al jazz por ahí. No fue una decisión consciente, me encantaba cómo sonaba. Y tenía esos recuerdos del Festival “Santiago Grande Castelli”, con la marching band que iba tocando por la peatonal, eso me parecía alucinante. Yo había querido estudiar clarinete, pero como era muy chiquita arranqué con el piano, pero siempre tuve esa imagen de los vientos, el contrabajo, la batería…
Precisamente, al lado del piano familiar había también una batería, instrumento que tocaba uno de sus hermanos, con quien le dio forma a su primer grupo, que se completó con el guitarrista Esteban Petrocelli y el contrabajista Sebastián Aparicio. “Esteban estudiaba con Carlos Casazza, y tocábamos algunos temas de Ralph Towner que él estudiaba con Carlos, más algunos standards de jazz. Tocamos y ensayamos mucho tiempo juntos y a raíz de la amistad con Esteban él me pasó el dato de que se abría la Cátedra de Jazz en la Escuela Municipal de Música, algo de lo que si no no me hubiera enterado. De alguna manera esa amistad y ese grupo me cambiaron por completo la vida musical”.
Aunque la joven pianista solía sumarse a las jams del Hot Club que lideraba Gregorio Tisera López, la Cátedra de Jazz (creada en 2007) significó la posibilidad de establecer vínculos con nuevas músicas y, fundamentalmente, con pares: “Ahí se abrió también una puerta al repertorio, a la clasificación del repertorio, a más discos. Ahí explotó. Empezamos a armar grupos que venían de ese lugar común”.

-Al hacer ahora un repaso por tu música, por tus discos, es evidente que hay una mirada amplia dentro del propio espectro del jazz, no sos una compositora posible de clasificar en un único subgénero. Resulta evidente que la amplitud y la libertad es la forma en que entendés al jazz.
-Sí, creo que la diversidad y la amplitud son buenas. Cuanto más escuchás, cuanto más tocás, mejor es. En mi caso si lo tuviera que pensar hacia atrás, en el ovillo, con los subgéneros, empecé a tirar de todas las puntas. Después una se va quedando con lo que mejor te hace sentir, con lo que te gusta tocar, con lo que la imaginación va generando.
-¿Qué es lo que va determinando el rumbo, qué va guiando hacia dónde ir musicalmente?
-En general pienso mucho en los músicos con los que toco. Y viceversa. Si tengo un material trato de imaginarme con quiénes lo tocaría, con quiénes funcionaría mejor. Es una música que depende mucho de las personas con las que tocás. En realidad eso pasa con todas las músicas, pero acá la improvisación se transforma en formas, en timbres, en material. Quién toca va a decir mucho sobre cómo esa música suena, qué pasa, para dónde va. Entonces tengo un grupo y escribo para esas personas, para las individualidades que lo conforman, con nombre y apellido. A veces también puede pasar que tengo una composición guardada y creo que puede funcionar para esa formación. Por ahí son composiciones que no grabé con otros grupos, que quedaron fuera de los discos. Pero también está lo que sucede en los discos y es distinto a lo que sucede en los conciertos… Muchas veces probé cosas que son efímeras, de una noche, que no están en ningún disco y podrían haber estado. Todo el tiempo sucede eso, hay cosas de las que no queda registro y están buenísimas. Es como estar dispuesto a perder (aunque en realidad no estás perdiendo nada). Después los discos lo que hacen es generar como una antología de uno mismo.
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La antología de Rocío Giménez López encuentra un primer capítulo con Deseos múltiples, notable debut grabado en 2017 junto a Emilio Madeo en contrabajo, Francisco Martí en batería y Milton Méndez en trombón, y publicado en 2018 por el sello rosarino Blue Art. Luego llegarían las dos obras junto a Pez Blob (Océano Pez de 2018 y Enero bajo el árbol, de 2020), que convivieron con un único registro del dúo Chancho a Rayas (grabado en el Centro Cultural Parque de España en 2018, y publicado al año siguiente). La faceta más experimental de la pianista tuvo otra etapa de sociedad con Luciana Bass para Reunión en la granja, en una formación de cuarteto junto a Fermín Suárez (contrabajo) y Rosina Scampino (batería) publicada en 2021 por ICM.
Alternando su faceta autoral con el abordaje a un amplio espectro de firmas (donde conviven Ornette Coleman, Albert Ayler, Paul Motian, Milton Nascimento, Chico Buarque, Sonny Rollins, John Coltrane, Thelonious Monk, Charlie Parker, Duke Ellington, Gary Peacock y Marilyn Crispell), la pianista viene sosteniendo un ritmo intenso de publicaciones junto a BlueArt, camino que consolidó con la aparición en 2022 de Un caos lúcido (donde vuelve a combinar piano y sintetizadores, sobre la base sólida que construyen el contrabajista Fermín Suárez y el baterista Francisco Marti), del tándem de 2025 La forma del sueño y La palabra repetida (con un nuevo trío, esta vez junto a Franco Di Renzo en contrabajo y Luciano Ruggieri en batería) y del diálogo magistral de Una casa con dos pianos junto a Ernesto Jodos, su compañero de vida y padre de Sara, su pequeña hija. El recorrido se completó, en este 2026, con Primeros auxilios, donde explota las posibilidades sonoras del quinteto que conforma junto a Mariano Moreira (batería), Luis Nacht (saxo), Camilo Salvatierra (saxo, flauta y clarinete) y Fermín Suárez (contrabajo).
En constante movimiento, los vínculos musicales de la pianista se guían por la intuición y, sin duda, el disfrute. “Me gustan todas las formaciones –admite–. Disfruto un montón cuando toco en grupos grandes, como en la big band de Pipo (Piantino). Pero los grupos grandes son difíciles de sostener. Además cuando uno hace un proyecto, en mi caso trato de tomarlo con responsabilidad, porque los músicos se brindan de manera completa a tu proyecto personal. Ahora con el quinteto, ellos cuatro vienen a ensayar, ponen todo de sí, entonces a mí me gusta tener la responsabilidad de poder generar trabajo, que el tiempo puesto tenga una retribución. Y cuanto más grande el grupo más difícil es moverlo, llevarlo a un festival, conseguir un buen cachet. Igualmente es la historia de esta música. Es algo que hago con naturalidad. No soy una gran gestora, pero lo intento, trato de estar en movimiento, que si grabamos un disco se mueva y que podamos tocar en vivo, que es lo que más nos gusta. Para eso lo hacemos”.
-¿Volvés a escuchar tus discos?
-A veces a raíz de una conversación, por algo que surge hablando con alguien, pero lo hago poco. Prefiero escuchar a otros. ¡Hay tanto para escuchar!
-¿Definís qué escuchar en función de lo que estás componiendo o de lo que van a grabar?
-No, no es que si pienso grabar con un quinteto me pongo a escuchar quintetos. Porque creo que eso te condiciona. Para bien y para mal. Prefiero dejar que venga algún recuerdo, una noción más global, más amplia. Porque a veces lo que te inspira para componer para un quinteto lo escuchaste en un solo piano.
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Si en su infancia el piano era parte central de la casa familiar, en la infancia de su hija Sara la historia se duplica: en casa, ahora, conviven el piano de Rocío y el de Ernesto, con quien van logrando diagramar una dinámica familiar que debe alternar clases, ensayos y conciertos, tanto en Rosario como en Buenos Aires. A ese esquema le suma además su otra faceta profesional: Rocío Giménez López es también médica, y tres días de su agenda semanal están reservados para el consultorio. ¿Qué aporta la medicina a una artista que es referente de la escena del jazz nacional? “Me da experiencia humana –sintetiza–. La medicina implica mucho estar con el otro, en un contexto que tiene que ver con la salud, con el diálogo”.
En esa línea, la maternidad, en tanto, resalta como estímulo, aun con las dificultades del caso. “En casa, Sara va con el monopatín esquivando los pianos… ¡Ahora me doy cuenta cuánto tiempo tenía antes! Hay que encontrar la manera, no es fácil: como mujer, si me programan en algún lugar fuera de la ciudad, es un tema lo que sucede, sobre todo ahora que mi hija es chiquita. El otro día Ernesto y yo teníamos conciertos, y Ernesto hizo su prueba de sonido con Sara encima. Son etapas… Pero es lo más lindo del mundo. A nivel de inspiración es lo más lindo que me puede pasar”.
Al esquema de maternidad, consultorio, composición, gestión, ensayos y conciertos, la pianista suma además una faceta docente que tiene momentos en Rosario y Buenos Aires. Formada ella misma por grandes maestros, la artista rosarina no duda sobre sus objetivos como tutora: “Espero poder transmitir un poco de lo que recibí, apertura, curiosidad, que les despierte más ganas de hacer. Ya sea en alguien que recién arranca en el jazz como el que ya toca y quiere aprender un poco más. Que tenga ganas de sentarse a estudiar lo que está aprendiendo. A veces no tiene que ver con el docente, pero desde mi lado, mi responsabilidad es esa”.

En paralelo, la vocación de aprendizaje es permanente y no hay allí punto de llegada. Además de su paso por instituciones académicas, Rocío Giménez López estudió, entre otros, con Elisa Botteri, Alexander Panizza, Leonel Lúquez, Carlos Casazza, Luciano Ruggieri y la pianista estadounidense Marilyn Crispell. Para la pianista la búsqueda es esencial. Y el desafío, una constante: “A veces hay momentos como artista en los que estoy como con la hoja en blanco, en los que pienso por dónde seguir. Que puede ser seguir con el mismo grupo con el que grabé y toqué un disco, o puede ir por otro lado. En este momento estoy muy contenta con el quinteto, tiene mucho potencial. El grupo humano es bueno y siento que la música se acerca mucho a un ideal”.
-¿Sentís que tenés una voz propia?
-Ojalá vaya sucediendo, porque es algo que yo valoro cuando escucho en otro esa identidad artística definida.
-¿En quiénes la encontrás?
-Si pienso en personas cercanas, es algo que escucho en Carlos Casazza, en Lucho Ruggieri, en Ernesto obviamente lo escucho. Como también en otros amigos y colegas.
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Los amigos y colegas de Rocío Giménez López pertenecen al amplio espectro generacional que le da vida a la escena jazzera rosarina. Una escena a la que la pianista reconoce viva, “siempre en movimiento”. “Yo formo parte de una generación que está como en el medio, y veo que la gente más joven, los músicos de jazz, empujan –distingue–. En las nuevas generaciones siempre está la pulsión por hacer cosas. Y hay que pelear por los espacios. Parte de la responsabilidad que tenemos con esta música es pelear, mostrar que esto vale, que merece ser hecho en determinadas condiciones. Tiene que haber un motor, pelear por los espacios, por sostenerlos en un mundo que tiene una infinidad de oferta, de muchos géneros. Y donde también hay tanto online, el streaming, entonces hay que pelear por defender el show en vivo, que no sea mejor para vos quedarte en tu casa mirando una serie que ir a escuchar a un grupo. Porque es energía humana en movimiento”.
-En una época cada vez más mediada por las pantallas, esa es una resistencia no sólo artística sino también social.
-Sí. Estar en una misma habitación, como músico o como público, tiene que ver con lo humano más primitivo. Y hay que pelear por eso.
En ese contexto, la recuperación del Festival de Jazz de Rosario, en la reapertura de espacios pospandemia, continúa traccionando difusión y posibilitando el acercamiento a nuevos públicos. Para Giménez López, sin embargo, no hay festival posible sin cimientos: “Creo que hay una retroalimentación, no puede haber festivales si no existe un movimiento previo, y a la vez el festival genera un movimiento anual que convoca a mucha gente que llega por curiosidad, porque en general la difusión de un festival es más potente. Pero eso no puede existir si el río no está en movimiento”.
-El jazz siempre se ve apuntado como un género de nicho. Sin embargo, sobrevive a las modas y los cambios de época. Y en esa línea se evidencia en Rosario la existencia de un arco generacional amplio, con una historia que perdura.
-Sí, hay una línea. Pero es una línea que teje redes. Hay algo muy importante en este género y es que los jóvenes toquen con gente más grande, y que los grandes toquen con chicos más jóvenes. Eso está en permanente suceder. No sé cómo funciona en otros géneros, pero acá sin duda es importante que, siendo joven, puedas tocar con músicos más grandes, porque si vos no viviste eso, si no lo transitaste, esas otras personas te van a transmitir algo musicalmente, por cómo tocan, por sus vivencias. Es una música que depende mucho de eso, de qué sonó antes y qué va a cambiar. Es una música en permanente renovación, entonces ese vínculo entre los músicos más grandes y los más jóvenes es fundamental. Por eso no lo pienso tanto como una línea, sino como una red que se teje con un mismo hilo.


