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Osa Mayor

Esta mañana la casa se llenó de voces, como en los mejores tiempos. Hasta quedaron algunas marcas en el recibidor, porque los hombres que forzaron la puerta eran rudos, estaban demasiado absortos y no reparaban en sus huellas pringosas o en el semicírculo que dibujó la madera descalzada al deslizarse sobre las baldosas. Vinieron a dejar tres volquetes justo enfrente de los lapachos y despejaron toda duda hablando sin señal de pena sobre la demolición. El más joven parecía bastante osado, bien dispuesto a curiosear. Se acercó a la puerta del dormitorio grande y a través del quicio vio el maniquí, o lo que queda de él, iluminado por el paso del sol a través de la persiana. El temblor que lo recorrió delató sus reservas, pero la curiosidad lo venció y entró al cuarto para examinarlo con cuidado. Por un momento creí que iba a llevarse ese poco que queda de nosotros, pero solo estuvo mirándolo un rato. Al final lanzó un grito, hizo una broma y sus compañeros, ya en la vereda, se rieron de su ocurrencia.

Cuando se fueron comprendí que a partir de mañana solo me quedará el jardín para recordar, y con el tiempo quizás hasta las calas y las hortensias serán reemplazadas por otras flores más arregladas. Mis hermanos y yo nunca fuimos demasiado prolijos con las plantas, nos gustaban así, medio salvajes, con sus ramas secas perdiéndose en el follaje. Al césped lo cortó Eliseo mientras pudo caminar, luego venía el muchacho de enfrente de vez en cuando a darnos una mano con eso, y lo hizo con verdadera constancia hasta que nos fuimos yendo los tres. Primero Cayetana, que se extinguió despacio mientras el cáncer le comía los huesos, con el maniquí como testigo mudo. Luego él, el hermoso, el rey de la casa. Una mala tarde bastó para llevárselo. Cuando me quedé sola supe que no soportaría mucho más.

Lo que más me gustaba del jardín era la noche. En el verano, después del rato obligado en la vereda, traíamos las hamacas a la galería y nos quedábamos contemplando el cielo y las luciérnagas en la más completa oscuridad. Eliseo fumaba y recordaba a Clara, mientras nosotras pensábamos en esas, nuestras vidas, las que podrían haber sido. Era el momento para soñar, con tantas estrellas delante, inspirados por el perfume de los jazmines y el silencio de la llanura que solo quiebran los grillos. Hasta podíamos vernos jóvenes otra vez, precipitándonos por el recibidor hacia la puerta donde alguien había aferrado la aldaba con firmeza, deteniéndonos justo delante de la hoja de madera, conteniendo la respiración para que no se nos note la agitación o el deseo. Y luego, abriéndola con una controlada amabilidad y un “buenas tardes, qué se le ofrece”, escoltando al recién venido por el pasillo hasta la entrada de la sastrería, cuchicheando en la cocina sobre lo que sería adecuado servirle y lo que no. Los grillos son sólo un velo de tul y detrás se cae en la inmensidad de la noche.

Había venido por un traje. Mi hermano lo hizo pasar al cuarto de recepción de clientes y buscó el centímetro para tomar esas medidas que quedaron estampadas en la última página del libro de tapas duras. Guardé el recorte de la carilla durante años, disimulado entre mis partituras. Solía pensar cómo esos contornos irían cambiando fatalmente, para permanecer inalterados solo en mi memoria. Eliseo era, sin dudas, el más hábil de nosotros, al punto que esa primera confección le quedó tan perfecta como un espejismo: abrazaba los hombros, se ajustaba al pecho con firmeza, las solapas delgadas descendían elegantes y la cadera sobresalía ligera a la altura de los bolsillos, justo donde se veía el botón desabrochado. A él le encantó el resultado y encargó otro conjunto de chaqueta y pantalón, luego un abrigo y dos camisas.

Cayetana y yo habíamos vuelto al pueblo después de pasar dos años en Buenos Aires, aprendiendo el oficio de costureras en la casa de mis tíos. Ya en ese entonces estaba convencida de que nunca me destacaría como modista. Cuando alguien ama un arte no abomina a los que sobresalen en él. Yo, en cambio, no hacía más que celar a mis eximias primas porteñas, seguras en la ejecución de cada puntada. Sentía un profundo deseo de ignorarlas, de desconocer su industria del hilván, de repudiar a esa familia donde las mañanas y las tardes se componían con un amor que jamás tuve el gusto de experimentar. Sin dudas deseaba triunfar, pero aborrecía la faena.  El mandato a comprometerme con los secretos de la costura disponía tanto la seguridad de la inclusión como la condena forzosa. Nunca resolví ese dilema. Así crecí y maduré en tardes aburridas frente al maniquí, esperando un rescate.

(Tengo que aprovechar esta última noche. A partir de mañana, sólo me quedará el jardín)

Sus visitas se repitieron durante varios meses. Esa tarde, cuando la aldaba repiqueteó a la hora esperada controlé mi marcha por el corredor y abrí la puerta. Le ofrecí un té, como siempre, pero antes de partir a prepararlo la secuencia de sucesos tomó un rumbo inesperado: el broche del collar que me había colocado pensando en él se abrió por voluntad propia. Las perlas se precipitaron en una fría hilera que sentí pasar en orden entre mis senos hacia mi vientre para derramarse en el piso recién encerado, que también lo estaba esperando. Los dos nos inclinamos para recogerlas y en ese instante de extrema proximidad creí que por fin iba a llevarse lo poco que quedaba de mí. Pero no hizo otra cosa que mirarme algo turbado y colocar una de sus manos seguras sobre la mía. —Yo me ocupo— dijo. Nos levantamos apresurados, dejó la gargantilla sobre la mesita del recibidor y avanzó hacia el gabinete de costura donde lo esperaba, como siempre, mi hermano. Salí al jardín, contenida y compuesta, para llorar tranquila. Una hora después, cuando dejó la casa, me vio desde el portón de la entrada lateral, de pie entre las hortensias y con expresión arrebatada. Saltó la reja y me besó.

Es cierto eso de que el tiempo es una gran ficción. Una vez yo creí tener todas las respuestas a sus interrogantes. Esa ilusión me duró algunos meses que, como la primavera de Rilke, transfiguraron mi existencia y me regalaron una sucesión perpetua de recuerdos en el jardín de esta casa de pueblo. No sé si Cayetana supo alguna vez de mis episodios nocturnos entre las madreselvas, ni de mis esperanzas, pero en todo caso el asunto jamás se mencionó entre nosotras. Cuando en el almacén le contaron que Alberto se casaba el verano próximo, lo comentó en la mesa familiar sin ninguna muestra de preocupación o de congoja, y yo me sentí morir. Sin embargo, no, no morí esa vez, ni tampoco cuando nuestro hermano nos dejó solas en esta casa enorme, ni cuando regresó viudo a llorar a su Clara, ni aun cuando tuve que vender el violín. Ya nadie hace trajes por encargo, y uno no se muere cuando quiere, sino cuando puede. Hubo que esperar a que se ausenten todos. Ni siquiera ahora puedo alejarme de estos cuartos, ahora, cuando es la casa la que parte. No creo que vaya a quedar nada del portón ni de la madreselva, los hombres dijeron que tirarían el muro también, qué se puede hacer. Aunque todavía voy a tenderme sobre el pasto a reconocer las constelaciones, como hacíamos con papá. —No busques la Osa Mayor­—me decía—Esa aparece sólo en el Norte.

Nunca se debería confiar del todo en las primeras impresiones. O, para ser más exactos, nunca se debería confiar en el juicio que uno se forma después de considerarlas. Para hacerse una idea cabal sobre un asunto se requiere la operación del tiempo, con sus desplazamientos, sus oportunidades, sus recodos. La mente humana gusta de la regularidad y no asocia la nobleza de una espalda inclinada, una cuenta bancaria en la que jamás hubo un rojo o unas manos que amasan trenzas de azúcar con las tribulaciones del padecimiento o de la muerte. No conviene renegar de la subestimación pública, de ella surgen verdaderas oportunidades. Eso lo aprendí muy bien en esos años tempranos en Buenos Aires, cuando ya nadie esperaba nada de mí o de mi arte. El temor y la envidia del mundo se levantarán contra todo aquel que sobresalga, pero cuando se vive en los márgenes, inadvertido, uno se vuelve capaz de actuar sin que puedan anticiparse las consecuencias. Se trata de una habilidad extraordinaria, que requiere resguardar grandes secretos y, sobre todo, eliminar todo rastro de dolor. El dolor delata, la cólera también.

Ahora que estoy limitada a este espacio que va desde la reja a la madreselva (pronto será desde la vereda a la noche, luego vendrán otras formas) sé que mi última sanción consiste en este infinito combate a solas contra la verdad. Aunque francamente, de llegarse a algún resultado a nadie le importaría, porque ya están todos muertos, Clara y Eliseo, Cayetana, Alberto y su familia, incluso Juan José, mi propio hijo, que finalmente cavó las tumbas de todos. Qué paradoja ridícula. Si existe un orden superior (ahora estoy segura de eso) debe estar divirtiéndose con esa ocurrencia suya consumada únicamente para mí: Juan José, el enterrador. Un hermoso concierto con los instrumentos de la naturaleza y el tiempo, ejecutado para un solo oyente.

La última vez que Alberto adelantó su paso clandestino en las profundidades de mi jardín, antes de proseguir hacia ese trabajo en la cooperativa que comenzaba con toda intención de madrugada, le exigí que dejara a su mujer. Cuántas veces repasé esa conversación mutilada (a cada afirmación le seguía un silencio, a cada pregunta, otra) buscando la fatalidad que lo había alejado de mí. En algún momento pensé que mi reclamo había sido apresurado, que había dejado traslucir una expectativa inoportuna, considerando lo precario de nuestra relación. Me sorprendió su reacción defensiva, a esa altura creía ingenuamente que la pasión había crecido para convertirse en el único signo sustancial de nuestra vida pueblerina. Exceso de confianza, le dicen. Su frialdad me hizo saber que estaba equivocada. Me arranqué el anillo que me había regalado, ese que solo usaba para nuestros encuentros, y se lo arrojé en la cara esperando un repliegue. Cuando salió decidido por la puerta trasera tuve que inclinarme a recogerlo, y estuve horas tanteando en la oscuridad para que Eliseo no lo encontrase más tarde.  Regresé a mi cama aturdida, cometiendo el error de no contar los pasos y tropezando con la mesa de lectura. Cayetana se despertó sobresaltada y encendió la lámpara. Por única vez tuve que inventar una excusa.

Es notable cómo el plazo del infortunio se reduce en el recuerdo hasta quedar limitado a unos pocos núcleos brillantes, una serie de eventos que caben en una estrecha sucesión, como la retahíla de rubíes del anillo de Alberto, ese que adornaba nuestras noches ignoradas por todos, ese que nunca volví a llevar. Después vinieron la espera y la angustia, que fue creciendo junto con la certeza del embarazo. Los últimos encargos que le había hecho a Eliseo, su excusa inapelable para visitar la casa y alimentar el vértigo que encendía nuestros encuentros nocturnos, fueron retirados por un cadete. El largo silencio mutuo vio crecer mi vientre oculto entre fajas y pliegues, para que ni mi amante ni mis hermanos supieran del niño. Por modista y por ofendida, oficié magistralmente ese disimulo en una mezcla de amargura, temor y falsas esperanzas. Pensé en salir definitivamente del pueblo, para no tener que soportar las caras maliciosas de los vecinos que nos conocían a todos desde nuestros nacimientos. Huir para escapar de los que vivían de la emoción del chisme, a los que presentía agazapados tras las persianas o murmurando con entusiasmo mal reprimido en el salón parroquial. Yo sabía muy bien que nadie iba a protegerme, que allí no valía más que por el recuerdo de un padre trabajador y sociable, que había sabido ganarse unos cuantos amigos en el club.

La solución llegó a los pocos meses, de la mano de una de mis primas, que viajó especialmente desde Buenos Aires para traernos un dinero inesperado. Nos comunicó que, según el modo de ver de la familia, era injusto que nuestra madre no lo hubiese retenido en su momento y que correspondía considerarlo nuestra propiedad indiscutida. Agradecimos el gesto y pretendimos retribuirlo con una oferta que consistía principalmente en largas tardes pasadas en la vereda y almuerzos bajo la parra. Pero no fue necesario. Mi pariente estaba ansiosa por regresar a su casa citadina en el próximo tren. Dejó traslucir sin ninguna vergüenza su desprecio por la casa familiar, esa esquina insólita en el marco de la hilera de lapachos, la avenida despoblada y un vergel salvaje inundado por la lluvia. La acompañamos a la estación (ni siquiera se cambió el vestido con el que llegó) y la despedimos sin esfuerzo, agitando la mano hasta que ella y su sombrero estrambótico se perdieron en el perfil voraz de la llanura. En el camino de regreso a casa, Eliseo festejó por convención su visita, mientras mi hermana y yo mantuvimos silencio.

Esa noche encontré al fin una vía de escape, que maduré en un par de semanas de callada investigación: viajaríamos los tres a Italia. Sería el mejor homenaje a nuestra madre, la indiscutible señora del dinero heredado. Escribiríamos a los tíos de Torino para que nos esperasen con la emoción de ese descubrimiento ansiado. Cuánto se alegraría ella al vernos caminar las calles de su infancia, Cayetana, tenemos que hacerlo ahora, cuando los tíos todavía viven, ahora que somos jóvenes y no hay otros asuntos que atender. Eliseo dudaba, mi hermana me miraba extasiada y yo sabía que mi mentira iría creciendo como mi vientre, sabía que en la semana previa al viaje me enfermaría, que los mareos no serían difíciles de fingir, tenía la certeza de que no me subiría a ese barco, que tendríamos que invitar a una amiga para ocupar mi lugar, Clara, Clara se llamaba, por favor Amelia, escribí, cuidate mucho, si te pasa algo me muero, no, no podemos irnos sin vos, sí, sí, van, desde ya, si empeoro vendrán las primas, quiero que viajen, mamá estaría contenta.

Cuando dejaron la casa, con dos baúles llenos de regalos para los italianos, me quedé todo el día en la cama, llorando de alivio. Compré algunas provisiones en el almacén, lo necesario para alimentar a una mujer sola durante unos pocos meses y me dispuse a esperar la llegada del hijo sin ayuda. Elegí no pensar que podía pasarme una desgracia, porque prefería morir a saber que Alberto o alguien más se enteraría de mi situación desdichada. Ahora comprendo que el orgullo y la humillación hicieron ascender en mí un instinto de preservación que me arrastró más allá de cualquier conducta racional. Fingí normalidad. Escribí cartas tranquilizadoras, con promesas de otros viajes futuros. No salí de la casa, pero me cuidaba muy bien de abrir las ventanas y asomarme apenas, para no despertar sospechas.  Esa madrugada, cuando supe que llegaba el momento, me preparé lo mejor que pude para atravesarlo, acostada sobre unas mantas. Fue más fácil de lo que pensé. Para soportar el dolor me bastaba ganar fuerzas recordando su apatía y considerando la forma en la que el parto cambiaría la suerte del juego perverso en el que me había enredado. Ahora sí se medirían nuestras mentiras. Cuando todo terminó, dormí unas horas con el niño a mi lado, hasta que me despertó su llanto. Tuve que alimentarlo durante varios días y esperar a que sanen mis heridas. Entonces, la noche se apagó con la luna nueva. Pude salir sin temor desde el parque trasero hacia el camino de campo, protegida por la más completa cerrazón. Lo llevé, saciado y arropado, rumbo al cruce de las quintas y lo dejé en el suelo, al lado del arroyo. De regreso en mi cuarto, por alguna razón sentí necesidad de abrazar al maniquí para dormirme aferrada a él mientras lloraba y agradecía.

Es claro que ya tenía entonces, antes de mis treinta años, sobrado potencial para convertirme en lo que después fui. Pero necesité del largo tiempo de espera en la vereda o en la galería, de las tardes consumidas al pie de la máquina de coser, para esculpir a conciencia mi carácter. Al niño lo encontraron el mismo día del abandono. Como nadie me había visto, mi rutina no se alteró en lo más mínimo con preguntas o sospechas. Por supuesto, el caso fue tratado como el escándalo que era, y yo me mantuve discreta y silenciosa, fingiendo horror ante los relatos indignados sobre el estado de la criatura. El juez de paz actuó de oficio y lo entregó al mismo quintero que había tropezado con él, que lo llamó Juan José y lo crio junto a sus hijos. A los quince años empezó a trabajar en el cementerio, como encargado de cavar las tumbas. Mientras estábamos sentados afuera al atardecer, llegó a pasar cientos de veces frente a mi casa, por lo que supe que no se parecía en nada a Alberto, aunque sí logré percibir en su rostro alguna huella de mi padre. Pero claro, eso sólo podía verlo yo.

(Todavía están cantando los grillos. Me quedan algunas horas)

Ah, la llanura, esa invitación a la repetición. Después de la boda rápida de Clara y Eliseo, y de su instalación en la pequeña casa detrás de la estación, ya nada se interpuso en la sucesión de días iguales, tan irreales como el horizonte que nos rodeaba. Podía apreciar con claridad cómo se marchitaba mi hermana, en un proceso tan parsimonioso que no permitía distinguir cada día del anterior. Esas pequeñas diferencias quedaban fuera del límite de la percepción cotidiana, para entender la vejez hacía falta el trabajo riguroso de la memoria. Cayetana y yo entreteníamos nuestras sombras buscando moldes nuevos en las Burda que nos traían mensualmente desde la ciudad y elaborando proyectos por demás osados para la sombría simplicidad del pueblo. Planes que se concretarían sólo en nuestros sueños, porque no había clientes para nosotras, como tampoco amigas (nos teníamos la una a la otra, para qué más), ni visitas o pretendientes. Los gastos de la casa se pagaban con lo que nos pasaba Eliseo y con la exigua renta de lo que nos quedaba del campo. La llanura es engañosa, te hace creer que todo sigue igual, pero un día uno comprende que la larga línea blanca se enrosca en un espiral de paso largo, una hélice que te proyecta hacia el vórtice por el cual la vida se marcha definitivamente, sin que hayamos sido capaces de retener lo único que tal vez hubiese valido la pena. Ese día comienza el odio.

En este pueblo, como en todos los demás, nacemos y morimos indivisibles. Hablamos de la vida de los otros santificando esa uniformidad obligatoria, esa necesidad de aplanar cualquier reborde que asome por fuera del rígido molde de hierro en el que se fundieron nuestras infancias. Me bastó hacerme clienta asidua de la peluquería para enterarme de los pormenores de la vida de Alberto y su mujer, que, según las comadres, parecían (nunca mejor usado el verbo) cumplir con todos los requisitos que una vida decorosa impone. No necesité preguntar por ellos ni mostrar ningún interés especial, las mismas señoras sacaban el tema cada sábado y repasaban los detalles de sus vidas aburridas, para avanzar luego por la misma cuadra hacia el siguiente vecino y así con todos los demás. En una época temí que no los criticasen porque sospecharan algo de nuestra antigua relación, pero no tardé en comprender que, dentro de la candidez de sus vidas, ellos representaban una especie de ideal a seguir.

Tenía su lógica. Tampoco es que hubiese muchas parejas jóvenes y educadas entre nosotros. No se podía culpar a las parlanchinas del barrio por los sueños que el fulgor de esos cuerpos prepotentes despertaba. En las noches, la espesura de esas imágenes las haría seguramente imaginar un futuro donde la llanura pudiese plegarse por fin en accidentes más interesantes que la monotonía de sus vidas. Yo misma conocía esa sensación, porque había fantaseado largamente al contemplar sus hombros, y su talla compacta había animado en mí una suerte de alucinación que me distrajo de la naturaleza del paisaje donde estaba inmersa, hasta que su rechazo me devolvió a la vida plana de todos los días. Nadie dudaba que eran especiales, él lo era y ella le hacía justicia, y en esa topología del matrimonio pretendidamente perfecto se destacaba también la belleza morena de su única hija.

Así como las chismosas no eran responsables de sus fantasías, tampoco deberían imputarme a mí el hecho de haber buscado la venganza. Tengo que admitir que, en esas noches en la galería, de frente a las estrellas, no sólo pensaba en mi vida cercenada. También pergeñaba cómo quitarles eso que me habían arrebatado, esa alegría que habían construido sobre los fragmentos de la mía. El bálsamo de la justicia era mi coartada predilecta cuando un dejo de flojedad retenía el vuelo afiebrado de mis pensamientos, pero yo sabía tan bien entonces como ahora que no se trataba de eso. Estuve varios años urdiendo un plan, un tiempo por lejos más largo que el requerido para la salida precipitada del peligro del embarazo y su vergüenza pública. Hasta que di al fin con la maquinación final, la trama perfecta con la que jugué a ser Dios por un instante, una divagación que evidentemente no se me perdona, porque pocos en este mundo o en el otro pueden entender todavía la dimensión del dolor de una mujer vacía.

(Ya está amaneciendo. Pronto aparecerán los obreros caminando en silencio desde la esquina del molino. Aquí todos respetan la noche)

¿Cuánto cuesta una muerte por encargo? ¿Qué probabilidades hay de que el asesino termine en manos de la policía, confesando la identidad del autor intelectual?  ¿Qué chance tenía yo, una mujer sin otra formación que el oficio de la aguja, el violín y las largas lecturas, de usar con pericia un arma, o administrar una pócima que terminara con esa felicidad repugnante que exhibían cada día delante de mis ojos? Con prudencia juzgué que ninguna. Clara ya había muerto y Eliseo estaba nuevamente en casa. Un par de veces durante la cena le pregunté, como quien no quiere la cosa, sobre la vieja pistola de papá, pero mi hermano tenía tanta experiencia como yo en el uso de un revólver, y no quise insistir ante el temor de despertar algún recelo. Hasta que una tarde gris de otoño, mientras una cuadrilla pintaba de rosa el recibidor de nuestra casa, me topé con el recurso que estaba buscando.

La comuna organizaba talleres de oficios y ante la falta de docentes me habían solicitado unas clases que nunca había aceptado dictar. Una visita al secretario general bastó para revertir mi decisión y proponer como sede de los encuentros el salón trasero del club Brown. Sabía que la hija de mi antiguo amante era la encargada de suscribir a los socios y que pasaba sus tardes trabajando en ese lugar. Invertí más de dos años en estudiar sus movimientos y las operaciones del círculo de hombres que se reunían a jugar. Pronto averigüé que colgaba su abrigo en el pasillo que comunicaba la sala de naipes con el taller de costura. Tampoco tardé en atisbar los hilos del mecanismo menos obvio que la envolvía sin que lo supiese, conectando el juego clandestino con el despacho de bebidas. Recién entonces llamé a los Centello para que se ocuparan de arreglar el frente de mi casa. Gente complicada, con antecedentes, un verdadero riesgo traerlos a trabajar con nosotros, pero un peligro que el cura nos había pedido expresamente que corramos por amor a los descarriados que habían cumplido condenas. Su niñez pobre se había cruzado con las de los demás en el patio de la única escuela, hasta que el ángulo de nuestras trayectorias se desplegó y se los llevó a la cárcel. Robo en poblado y en banda, asesinato, huida, golpizas, un destino que quizás podría haberse evitado, de no ser por el mutismo de ese paisaje llano frente a sus vidas desesperadas. Bastó acercarme a ellos mientras se ocupaban con desgano de reparar las molduras, fingir confianza y hablar más de la cuenta. Les comenté una sola vez que los Hernández no deberían permitir que su hija regresase sola a casa por las noches después de salir del club, y menos el próximo jueves, cuando llevaría la recaudación del concesionario para depositarla en el banco. El día señalado, crucé el pasillo y deslicé en el bolsillo interior de su abrigo todos mis ahorros, más lo que conseguí por la venta del anillo de rubíes y el violín. Ya nadie le encargaba trajes a Eliseo, y los Centello necesitarían dinero para mantenerse lejos de la policía. Sabía que la atacarían y que no la dejarían con vida, porque en un lugar como éste, donde nos conocemos todos, la delación es un lujo que no nos podemos permitir.

Ellos tuvieron su dolor. Yo mi triunfo pasajero. Sé que no fui imparcial, pero no se puede juzgar ignorando el contexto. Es que la llanura ejerce sobre nosotros una violencia invisible, que de tanto revelar lo corrompe todo.

(Ya llegan los hombres a demoler la casa. Este lugar se integrará al paisaje. Será una vez más grillos y horquetas horadando el espacio y alguna que otra comadreja traspasará el predio en busca de un ratón)

Una vez lo volví a ver, cuando fui a Echeverría a comprar zapatos. Caminaba por la vereda de la sombra. Creo que no me reconoció, en todo caso nunca levantó la mirada del suelo. Comprobé que su figura estaba declinando bien, en un atardecer tranquilo, incluso los hombros todavía llevaban su carga con cierta gracia. No me detuve, lo dejé ir, como ahora dejaré que se marchen esas habitaciones donde pasé mi vida aprendiendo a revivir a perpetuidad algunas noches silenciosas.

Silvina Pessino (1/11/2021)

Publicado en la ed. impresa #20

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Barullo 21 ya está en la calle

Jorge Isaías es una de las leyendas vivas de la poesía de Rosario, su obra gira en torno a los espacios rurales y a su pueblo, Los Quirquinchos. Marcado a fondo por el gran José Pedroni, también incurre con éxito en la prosa narrativa. Sencillo y campechano, dice: “No puedo escribir de lo que no conozco”.