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Los avatares del Puerto de la Música

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El 10 de octubre de 2008 el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, presentaba en sociedad su proyecto estrella: el Puerto de la Música. Curiosamente, centros culturales que ostentan la mayor jerarquía en el mundo y nuestro país, todos en funcionamiento y receptores de los mayores elogios, soportaron durante su desarrollo y construcción interminables listas de objeciones, críticas, olvidos y hasta largas y poco explicables interrupciones. Nos acompañarán en el análisis de esos procesos grandes gestores culturales de la historia que vendrán a traernos tranquilidad y soporte a nuestras ansiedades. Sí, con el tiempo, los avatares se convierten solo en anécdotas.

En primer lugar aparece Mariano Moreno. La Biblioteca Pública de Buenos Aires antecesora directa de la Biblioteca Nacional fue creada por decreto de la Primera Junta el 13 de septiembre de 1810. Moreno pensaba que entre sus tareas estaba la de “constituir modos públicos de acceso a la ilustración, visto esto como requisito ineludible para el cambio social profundo”. “Precisamente, el actual edificio de la Biblioteca, fue objeto de una prolongada empresa arquitectónica que abarcó desde la necesidad de un nuevo edificio en 1960, cuando la ley 12.351 destina tres hectáreas para su construcción, hasta su inauguración, recién en 1993”, se lee en la web oficial.

Más cercano es el caso del ingeniero y arquitecto Angel Guido, responsable nada más y nada menos que de la construcción del Monumento Nacional a la Bandera. Esta obra, luego de más de cuarenta años de intentos frustrados, vio la luz cuando Guido y Bustillo ganan el concurso respectivo en 1943 (Bustillo luego no continuó). Su construcción es obra de los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, tiempos durante los cuales Guido debió sortear no pocos inconvenientes. La lamentable irrupción de la Revolución Libertadora interrumpiendo el orden institucional en 1955 le impidió a Perón inaugurar el monumento. La obra fue inaugurada finalmente el 20 de Junio de 1957.

Corría el año 1959, y por decisión del Estado de Nueva Gales del Sur en Australia, el joven arquitecto danés Jørn Utzon comenzaba la construcción de la Casa de la Opera de Sydney. Actualmente Patrimonio de la Humanidad, esta construcción expresionista de diseño radical e innovador, constituyó uno de los edificios más famosos y distintivos del siglo XX. Las líneas bocetadas por Utzon no sólo implicaron enormes dificultades para la ingeniería de la época, sino que demandaron mayores tiempos y presupuestos. Aun con esas dificultades, propias de todo gran emprendimiento, el proyecto avanzó sin pausa gracias al apoyo del primer ministro Joseph Cahill. Pero desafortunadamente, cuando las dos primeras etapas de la obra estaban concluidas (podio superior y bóvedas externas), y solo restaban el diseño y la construcción de los interiores, cambió el gobierno estadual y la “nueva” política conservadora avanzó sobre Utzon, quien debió abandonar el proyecto y el destino hizo que nunca pudiera verlo consumado. En ese punto, Utzon necesitaba 18 meses y llevaba gastados 22 millones de dólares. El nuevo staff demandó siete años más y el presupuesto fue de 102 millones.

Por último, Oscar Niemeyer. Este notable arquitecto brasileño inauguró  el 29 de enero de 2010 el Auditorio Oscar Niemeyer en Ravello (Italia) luego de diez largos y duros años de trabajo, no tanto por su costo, sino por las polémicas, denuncias y recursos judiciales que debió soportar. Luego, en enero de 2011, inauguró el Centro Cultural Internacional Niemeyer en el Principado de Asturias (España). Finalmente, puso su firma al proyecto del Puerto de la Música que se construiría en Rosario, muy cerca del Monumento Nacional a la Bandera, a la vera del río Paraná (desde avenida Belgrano y avenida Pellegrini hacia el sur).

Ciertamente, ante la inexistencia de iniciativas e inversiones que apuntaran al mediano y largo plazos provenientes de políticas culturales robustas y consistentes, donde todo el esfuerzo parece estar dirigido a lo efímero e inmediato, la iniciativa del Puerto de la Música debió observarse como un bálsamo de sensatez y racionalidad. Sin embargo para algunas voces todo pareció ser producto de un gran error.

Croquis del Puerto de la Música

Según datos del Sistema de Información Cultural de la Argentina (Sinca), órgano dependiente del gobierno nacional, el PBI cultural creció en esos años al triple del promedio de la economía desde 2002 representando el 3,24 por ciento del PBI nacional, más que la minería y la pesca, y la mitad de la industria de la construcción. En esa lógica, el Puerto de la Música no sería el fin de una zona portuaria “productiva”, sino que debía implicar una sustantiva inversión pública para transformar el lugar en un Puerto “Creativo”, el  Puerto del “Futuro” por el que circularían bienes y servicios culturales, abastecedores de uno de los sectores más dinámicos de la economía: la cultura.

La idea de Puerto es harto más compleja que la del Palau de valencianos y catalanes, el Domo cordobés, el CCK, el Luna Park o los teatros y auditorios del modelo siglo XX. Puerto implica transabilidad, intercambios, mercado, circulación de bienes y servicios culturales, balanza comercial y, habiendo presencia estatal, el concepto puerto impone desarrollo local. Esta dimensión, aun por encima de la extraordinaria arquitectura, le otorgaba al proyecto relevancia y originalidad.

El Puerto de la Música venía a establecer una relación sustentable entre sonidos locales y globalización para transformar y actualizar profundamente el sensorium de lo musical, y delinear cómo lograr una balanza comercial equilibrada, si fuera posible superavitaria en términos transaccionales, pensando en el producto “cultura local” como marca constitutiva. En ese contexto, Rosario se subiría al escenario de las ciudades del mundo que creen en el progreso a partir del desarrollo de las potencialidades culturales de sus ciudadanos.

Los que creímos en ese proceso no estuvimos exentos de sufrir los mismos avatares de los casos antes mencionados pero, aún hoy, nos acompañan las musas de Mariano Moreno, Héctor Guido, Jørn Utzon, Oscar Niemeyer y muchos más. Entre ellos, Ricardo Grau, visionario concejal de la ciudad impulsor de la construcción del Anfiteatro Municipal Humberto de Nito en 1952 que también padeció largas postergaciones, la Asociación Cultural El Círculo que en 1943 salvó de su demolición al teatro La Ópera, actual teatro El Círculo…

El Puerto de la Música “no fue”, pero imprevistamente quienes pensamos la cultura de la ciudad nos enredamos en intensos debates. Ese clima debería recrearse, y convocados por Niemeyer (“ese hombre venido del mañana”, como diría la exministra de Innovación y Cultura de Santa Fe, Chiqui González) retomar las grandes agendas culturales de la ciudad. Si la historia se repite, los avatares serán un preanuncio. Todos celebraremos y presenciaremos la construcción cierta del Puerto de la Música.

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Por Hugo Vitantonio

Editor del blog El Observador Cultural y director ejecutivo de la Fundación MusiMedios

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