La locura es contagiosa

Rafa ciudadano ilustre de Buenos Aires. ¿Entrevista? No, lo mejor sería el lenguaje escrito, el suyo, la fábula, la poesía. Yo conozco su gran relato de autoficción, la novela Arqueología de un amor sofocado, su mejor libro, como todos los inéditos, y podría señalar, como enseña Coetzee, un paso de la infancia de Rafa, otro de la juventud y otro de la edad de hierro.

Entro en el comedor -el de las ventanas hacia el este, que se parecía al del paquebote Normandie, decorado con muebles Ruhlmann y paneles figurativos de Jean Dunard-, la mesa tendida y no había nadie: me acerqué hasta el plato de la cabecera, donde se sentaba mi abuelo y deslicé un dedo sobre la porcelana. No hacía mucho que había aprendido a leer, aquel domingo había sido Aulo Gelio, las Noches áticas. Yo había estado leyendo una historia sobre Favorino y tenía la cabeza llena de vientos, de las cuatro regiones en que se divide el cielo (“como todo el mundo sabe”, escribió el cronista, para mi bochorno), de proas de barcos y curvaturas de la madera. Saciada esa necesidad, bajé la escalera que llevaba a un largo corredor a cuyo fin se erigía el comedor y allí estaba, parado al lado de la cubertería, cuando irrumpió en mi memoria la voz de mi abuelo, arenosa, aflictiva: “…oiga, eh, Gorito” (así me llamaba), “mire, usted tiene un exagerado instinto de conservación; en cambio, su hermano Pela, ése es temerario…”. Creo que, en ese preciso instante, los objetos, las texturas, la mirada furtiva, las voces episcopales, la curiosidad, el pudor, todo lo que me atropellaba por dentro, corrió a refugiarse en los dos volúmenes con tapas de vitela que contenían los diecinueve libros de Aulo Gelio. Un círculo cerrado de ojos facetados, capaces de distinguir ángulos sólidos, movimientos rápidos, de percibir la polarización de la luz: la literatura. Ahora me pregunto qué quiere decir pertenecer a un lugar. Qué significa partir. Recordar, ¿no es buscar el comienzo? ¿Un principio? “Como todo el mundo sabe”, la otra vida siempre está tras la puerta de una habitación. Esa puerta está cerrada y del lado opuesto hay misterio. Un misterio renovado, cada vez que la abrimos. La literatura.

A los 13, me pregunto quién es el inválido. Mi padre. Siempre fuimos distantes, mi padre y yo. Me refiero al uno respecto del otro. Hay una película en la que Russell Crowe come tempura con Al Pacino, en un restaurante japonés. “Mi padre fue ingeniero mecánico”, dice Crowe; “… el hombre más ingenioso que he conocido”. “Mi padre me dejó cuando tenía cinco años -contesta con impaciencia Pacino- y no fue el hombre más ingenioso que he conocido”. En ese diálogo, dice Rafa,  yo soy Pacino. A mi padre le hubiese encantado ser ingeniero mecánico, pero también es cierto que no me abandonó. No en el sentido que Pacino parece darle a su frase. El peso de mi abuelo, su propio padre, lo llevó por otro camino, cuyo costado laboral desatendió durante toda su vida. Lo que sí hizo fue ir internándose en una fronda cada vez más intrincada, una red hermética de helechos, desde que tengo uso de razón, haya sido a mis cinco o a mis trece años. Podría decir que lo central consiste en que decidió asignar a su existencia un lugar adyacente en la vida de los otros, tan aledaño como imperturbable. Cuando llegaba a un sitio no parecía venir, sino ir a encontrarse consigo en otro lugar.

En los almuerzos dominicales era litúrgico escuchar las largas parrafadas de mi abuelo contra el “régimen depuesto”. Tenía un antiperonismo cuantioso, ornamental y conservador de burgués solícito, apoyado en el derecho, la democracia y la república, a los que el “tirano prófugo” había mancillado con sus “charlatanerías”.

Una vez mi padre, que pasaba socialmente por antiperonista y había participado de algunas refriegas durante la Revolución de septiembre del 55, le hizo notar a mi abuelo que él mismo había sido funcionario político en los albores de los años 30 de Agustín Justo, quien fue elegido mediante fraude electoral y luego de suscrito el ruinoso pacto Roca-Runciman. Mi abuelo le descerrajó una mirada insalubre, giró la cabeza hasta pasar revista de todos los comensales, y se rió sonoramente: “… pecados de juventud”, dice Rafa que dijo el abuelo, “…era otro país”. Enseguida pasó a otro tema, escurriéndose como un cangrejo.

En una ocasión, mi madre fue a consultar a un relevante facultativo rosarino si la locura era hereditaria. “No es congénita”, recibió por respuesta, “pero sí muy contagiosa”. No estoy seguro de lo primero, pero con lo segundo no se equivocó.

La ausencia a los 25 años son cosas que sólo pude haber hecho porque estaba confinado, porque tenía el alma cerrada con veinte llaves. Había comenzado el verano del 79 y vivía en Barcelona. Iba al aeropuerto a buscar a gente imposible sólo para escucharla hablar del país mientras los llevaba hasta la ciudad, para pedirles un diario argentino, para preguntarles (con vergüenza) si por casualidad no habían envuelto los zapatos con papel de periódico, no importaba si era de una fecha muy anterior.

Diana y yo vivíamos en una casa de la calle Rocafort. Diana sabía que mi pareja estaba en Israel, y que yo me iba a reencontrar con ella más temprano que tarde. Mi pareja se llamaba Lya, y vivía en un villorrio fronterizo, Kiriat Schmona. Lya no sabía nada de Diana, pero tanto Diana como Lya sabían que yo había tenido un amor juvenil, que aquella mujer me había dejado, y que nunca había podido olvidarla.

Hasta que llegó, como no podía no llegar, la fecha. Íbamos a encontrarnos con Lya en Atenas, algún día del mes de agosto. Diana se empeñó en acompañarme en aquel viaje en tren, hasta Brindisi, luego se vería. Más kilómetros equivalían a más tiempo, y ella tenía su certeza. No sé por qué acepté, tal vez porque era así como vivía, pero lo hice sabiendo que las cosas no podían terminar bien. Cuando volvíamos a la frescura de la habitación del hotel, se desataban las recriminaciones. Yo me sentía culpable, claro que sí, pero de nada de lo que me reprochaba Diana. De estar vivo, seguro, no de otra cosa. Las lágrimas le corrían los trazos de lápiz, y me fui contemplando un incendio helado en la distancia, bajo sus insultos. Luego el puerto de Brindisi, el mar Jónico, el momento en que sentí que atravesaba una pared detrás de la cual estaba el sortilegio, Pátrai, Atenas, Mikonos (donde esperé solo como un eremita el tiempo que faltaba para reunirnos con Lya), y otra vez Atenas, la ciudad del reencuentro.

En su momento, pude abrazarme a Diana como si fuese a mi patria, pero no lo era. Lya tampoco era la judía que me había dejado. Estuvimos juntos hasta que volvimos a Argentina, y luego alguna que otra vez. Pero cuando uno hace a otro culpable de no ser lo que jamás fue, lo más sensato es que cada quien siga por su lado. Supe que hay que saber jugar, ganar y perder, retirarse a tiempo y reaparecer, pero esas son cosas que siempre se saben luego, y que nunca se aprenden desde la desesperación, sino más bien desde alguna de las formas de la supervivencia. En adelante podría tenerlo todo pero era seguro que me faltaría todo. No hay otro país que el que se añora, ni otro amor que el que falta.

Y la edad de hierro, la función pública. A los 51 años era  noviembre de 2005 y si no había acuerdo sobre incluir en la declaración final de la IV Cumbre de las Américas un dato inequívoco sobre la reanudación de las negociaciones acerca del Alca, el presidente George W. Bush no vendría a Argentina. “El hombre más poderoso del mundo”, no vendría y sería un fracaso argentino. Discutíamos con la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, lo que en diplomacia se llama wording, esto es, el texto consensuado de un acuerdo.

En mi habitación del Hermitage, la clara instrucción política de Néstor Kirchner, de no conceder lo perjudicial para nuestro país y la región, y la imaginación, convivían con las sonrisas socarronas que imaginábamos dibujarse en quienes deseaban que Bush no viniera, lo que iban a presentar como un ridículo de la diplomacia argentina y del país. Redondeamos un texto y se lo leímos a Rice. “No es eso lo que necesitamos”, nos respondió. No era lo que necesitaban los EEUU, tradujimos, antes de volver a las vocales y las consonantes.

Murió Néstor Kirchner. Pero soy capaz de releer lo que el presidente argentino dijo en aquella ocasión. El viernes 4 de noviembre de 2005, promediando la tarde, Kirchner no hablaba sólo de trabajo decente. Aquella uniformidad pretendida por lo que dio en llamarse el “Consenso de Washington”, decía a sus huéspedes, dejó evidencia empírica respecto del fracaso de dichas teorías. “Nuestro continente, en general, y nuestro país, en particular, es prueba trágica del fracaso de la teoría del derrame”. Le pareció poco y añadió: “…en nuestro país, con mucho esfuerzo compartido, pero sin ayuda alguna del Fondo Monetario Internacional, tras reducir en términos netos más de 14.900 millones de dólares nuestra deuda con organismos multilaterales de crédito, y obtener una exitosa reestructuración de la deuda, superando el default, hemos logrado  importantísimos avances en (la) lucha por la equidad”.

De pronto sonó el teléfono en mi habitación: era la secretaria de Estado al habla. Cuando atendí, escuché por detrás de la voz de mi colega un ruido uniforme como de marea que subía. Le leí el párrafo en el que estábamos y le pregunté su opinión. “Es horrendo”, escuché que decía. También escuché el rumor de la marea. No era un fenómeno marítimo, sino las turbinas del Air Force One, el avión presidencial estadounidense. Supe que habían embarcado y estaban volando hacia Mar del Plata, donde los esperaba un operativo de seguridad con más de 7.500 agentes. La tormenta comenzó a poco de andar: presidida por el anfitrión Néstor Kirchner, la sesión exhortó a los mandatarios a referirse a la necesidad de promover el desarrollo a través de la generación de empleo. Ya se sabe que no son ni siquiera parecidos los empleos en Canadá o en Paraguay. Rápidamente el primer ministro canadiense, Martin, y Bush, lo pusieron en blanco sobre negro, considerando que las condiciones laborales en sus países eran un derecho constitucional y que pretender idénticos términos en nuestros países era una tentativa de extorsión.

Cuando regresábamos para hundirnos en el pandemónium, Samuel Lewis Navarro (vicepresidente panameño) interceptó a Kirchner, que hablaba conmigo. “Presidente, presidente y amigo: una pequeña concesión, se lo pido, un esfuerzo más. Le ponemos una fecha, fíjese, sólo la fecha de reiniciación de las negociaciones por el Alca a la declaración final, y esto termina de fiesta”. Kirchner se detuvo como poseído por un relámpago interior: “Panamá, ¿no?, Panamá… Si lo pudiera escuchar el general Omar Torrijos se revolvería de asco en su tumba”.El panameño se escurrió como el agua de lluvia por un desagüe.

Caminamos dos pasos más y sentí la mano de Kirchner sobre mi espalda: “Ahora, Rafael, presidís vos”. Mejor me hubiera hecho cargo de cortarle las cabezas a la hidra de Lerna. Tengo muchos recuerdos de aquellos momentos, pero Chávez es el excluyente. Pidió la palabra y se la di. Estaba rodeado de libros usados y tenía un portalápices con muchos de ellos de punta afilada. Como su retórica. A los diez minutos pretendí dar paso al próximo expositor. “Bielsa”, me dijo, “pero Bielsa, si no me dejas hablar me ahogo”. Allí vino lo mejor.  “El Alca”, desgranó volcánico, “el proyecto del Alca, “es un tratado de adhesión y una herramienta más del imperialismo para la explotación de Latinoamérica”.

Faltando segundos para las 18, las deliberaciones se cerraron con toda felicidad. En el lenguaje de la OEA, “…otros miembros (posición Mercosur y Venezuela) sostienen que todavía no están dadas las condiciones necesarias para lograr un acuerdo de libre comercio”. Las condiciones no estaban dadas ni lo volvieron a estar. Como por entonces subrayó Néstor Kirchner, los subsidios y medidas paraarancelarias de los países desarrollados impiden que nuestros países crezcan genuinamente. Todo ejercicio de memoria escrito al correr de la pluma corre el riego de la inexactitud. Pero aun inexacta, la justicia sigue siendo justa.

Y ahora soy yo el que habla o escribe. Yo que veo llegar a Rafa a Tablada en una Gilera. Es 1972. Es Rafa. En Tablada tener una moto entonces, y ser rubio, alto y poeta, estudiante de abogacía, vivir en un palacio del parque, era como una fantasía, algo que se podía ver en películas o en revistas. Rafa en la moto es Busco mi destino. Es el hijo de Henry Fonda. El hijo, el nieto. Rafa tiene una camisa de bambula, escocesa, pelo largo y rubio. Rafa tiene una guitarra cruzada en el pecho, escribe canciones, y trae en el asiento trasero a una chica rubia más linda que Marianne Faithfull. Rafa milita, escribe poesías, trae a mi casa, a mi hermano mayor, Oscar, y a Marcelo, su hermano menor, libros de Walt Whitman, de Sartre, de Cooke, discos de Ricardo Cocciante, de Paco Ibáñez, de Joan Baez. Rafa canta y llega a Tablada con su doble linaje. Rafa es como Dahlmann, mitad Borges y mitad Negro Tomaso o Turco Sapeta. Rafa tiene un abuelo que inventó el derecho público pero a él le gusta el barrio, salir de las avenidas, ser de Ñuls, pero tener un padre canaya. Rafa se prueba en las inferiores de Ñuls, lo quiere convencer a Griffa de que él puede ser el portón del mediocampo leproso, el cinco, pero ya está el Tolo Gallego. Es inútil. Es 1974.

Treinta años después, Rafa, como canciller de Néstor, cumplirá su sueño y será el patrón del mediocampo latinoamericano que detendrá el ataque del Alca, el de Bush, en la cumbre de Mar del Plata. Rafa trae libros de Derecho Romano, me los presta y al poco tiempo los necesita para venderlos. De urgencia. Los de Whitman no, esos no se venden. Esos aún están ahí. Rafa es Walt Whitman para los chicos de Tablada. Rafa milita, trae panfletos, le pide a mi vieja carne al horno pero lo que más le gusta son las papas, las que queman. Rafa come como un náufrago, como un artista, como un soldado, escribe canciones, las canta en el living de Ayolas, la bambula escocesa y el pelo largo y rubio de hippie, con la resolana, refuerzan el doble linaje, un vagabundo como Whitman que deja el palacio familiar del parque y entra en el sur profundo de Rosario.

Rafa no es un flaneur, no pasea por Villa Manuelita ni por el lado pintoresco de los 70, Rafa pasa a la clandestinidad, agarra el fierro, va preso. Rafa tiene que irse. Ya mismo. Vende todos los libros menos el de Whitman, que sabe o no sabe o no recuerda, se lo deja al hermano menor de un amigo de su hermano más chico. Rafa es Whitman, lo salva sobre la hora Ralph Waldo Emerson, pero debe irse. Debe callarse, debe bajarse de la moto, cortarse el pelo, olvidarse de la bambula y de Marianne Faithfull. Rafa cumple la pena del exilio y regresa. Vuelve y con Alfonsín informatiza todo el Poder Judicial argentino. Rafa limpia el Pami Rosario, audita la Nación. Rafa es el canciller del default argentino, el ministro de exteriores de Néstor y de la Argentina año verde que pagó toda la deuda externa. Rafa escribe los poemas de Wintergarten y las pesadillas de Tucho Valenzuela y Raquel Negro. Rafa y el doble linaje, compila todo el derecho público del abuelo y ficciona como nadie la crónica sangrienta de Los Monos. Rafa cena con Lisandro en la parrillita. Rafa tiene más poemas que Lugones en la antología de poesía del bicentenario, la de Monteleone. Rafa es un niño azul en Morteros, corre cuando Toti lo llama a tomar la leche y deja en el jardín de los abuelos el libro de Verne y el de Salgari. El doble linaje, Rafa, el marxista salgariano. Rafa salva a Ñuls, viene a votar la mañana en que hay que parar las balas de Eduardo J. López. Rafa… Rafa a partir de mañana ciudadano ilustre de Buenos Aires. Rafa tiene un libro inédito, un amor sofocado con el mejor lenguaje literario argentino y quizá no lo publique, porque los mejores libros están en el futuro. Rafa huele limón cuando duerme y sueña con la casa de Lezama Lima en La Habana. Rafa siempre velando por mi escritura. Rafa no te deja nunca en la puerta del cementerio. Rafa se mete en tu tumba y te pregunta si vos todavía tenés sus libros de Walt Whitman. Vos le decís que sí, pero él no te los pide, porque sabe que hay un límite. Whitman (Rafa) no se vende.

Publicado en la ed. impresa #03

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