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Barullo en papel La entrevista

La cultura y el jazz, lo líquido y lo efímero

“Sigo grabando porque vengo de una cultura de discos, de escucharlos. Sigo creyendo que es una manera de terminar algo”, reflexiona el pianista Ernesto Jodos.

Ernesto Jodos nació en Buenos Aires hace 49 años. Es pianista, compositor, docente y figura destacadísima de los últimos años del jazz en Argentina. Su currículum y su discografía son tan jugosos y abundantes que merecerían una nota en sí mismos y están a la mano en cualquier buscador. Pero para arrancar digamos que recientemente grabó, publicó y presentó su disco Donde el mundo ocurre, en el contexto de una serie de ediciones propias, rescatadas del pasado o realizadas hace poco. Con ese tema como excusa, la charla pasó por el jazz, la improvisación, la formación de los músicos y los debates sobre la industria cultural.

-¿Por qué grabás tanto y por qué creés que se graba tanta música justamente en tiempos de una cultura líquida en que todo es a la vez efímero, descartable, circunstancial?

-En mi caso sigo grabando porque vengo de una cultura de discos, de escucharlos. Sigo creyendo que es una manera de terminar algo. Pero a la vez veo que ahora se graba mucho: es un delirio. Quizá la liquidez está en la cantidad y eso lo hace líquido. El otro día escuchaba a la directora de cine Lucrecia Martel hacer una reflexión respecto de que cuando va a distintos lugares del país ve que ya no hay fotos en las casas, de los familiares o los antepasados. Ahora todo está en los celulares; y los celulares se pierden, se roban o se rompen. Es muy poca ya la gente que tiene acceso a una computadora y que después, desde esa computadora, lo pasa a un disco rígido; como si eso fuera a durar además. En realidad, se está borrando la memoria. Creo que con los discos es lo mismo. Es lo que es, nadie compra discos, es lo que hay que hacer, pero eso no existe, se va a borrar todo. El día que se corte la luz no hay más discos.

-El punto de partida de esta charla es la aparición de un nuevo álbum tuyo, virtual en este caso, que, dicho sea de paso, grabaste con Inti Sabev en clarinetes, Juan Pablo Hernández en guitarra, Diana Arias en contrabajo y Sergio Verdinelli en batería. ¿Cómo explicarías este disco para quien no lo escuchó o no tiene idea de qué se trata?

 -A veces a los músicos nos parece que hablar de música es un poquito al pedo, pero no lo es. Por eso, te diré que siento que este disco es una continuidad de lo que hago desde el principio, con la música original y con la improvisación, con mezclar las dos cosas; buscar que se fundan, que se separen, que dialoguen, que interactúen. Después, los sonidos pueden ser quizá, en algunos casos, menos convencionales dentro de lo jazzístico más clásico y parecerse un poquito a lo que algunos llamarían música contemporánea. En verdad, no creo tanto eso porque no soy un gran escucha de esa música, aunque si lo soy, y estoy muy influenciado, del jazz de los 60 y 70 y de la improvisación libre, que genera, por cierto, algunas sonoridades que se asocian con la música contemporánea. -De todas maneras, nunca te enrolaste tampoco claramente en eso que llamamos free jazz. -Practico y practiqué la improvisación libre y he tocado con grandes improvisadores; conciertos enteramente improvisados. Es algo que me gusta y me da mucho placer hacer. Pero también siento que lo que más me gusta es mezclar las dos cosas. Composiciones que pueden ser muy simples y ser solo un disparador para improvisar. Eso es lo que más me gusta. Pero me gusta hacerlo con gente determinada. Por eso, cuando hago los distintos proyectos, la gente con la que los armo son específicamente esas personas y no otras. A veces tiene que ver con el instrumento pero a veces no, sino con la personalidad que tienen al tocar. Por eso he tenido grupos con instrumentaciones no del todo convencionales como esta del álbum nuevo: clarinete, guitarra eléctrica, batería y piano dentro de un contexto de jazz contemporáneo. O he tenido tríos con cello y batería. A mí lo que me interesa mucho más que la instrumentación es quiénes van a tocar. Por eso es difícil tener sustitutos en los grupos.

-¿Los convocás pensando en la música que vas a hacer?

-Sí, definitivamente. Es la gran tradición de Ellington también, o de Miles. Como hay tanto improvisado y tan poco escrito en lo mío, tan poco está fijado de antemano, que es muy importante para mí tener en cuenta quiénes van a tocar.

-¿Cómo componés?

-Puede ir cambiando con las épocas. Pero ya que hablamos de este disco, te puedo contar que empecé a componerlo sentado en un sofá, mientras escuchaba otra música. Fue un experimento, tratando de imaginármelo. El siguiente paso fue apagar la otra música e ir al piano para corregir cosas que no me gustaba del todo cómo sonaban. Este pequeño experimento me permitió liberarme de una pequeña traba que sentía en cuanto a que estaba escribiendo siempre lo mismo. Me acordé de algunos grandes maestros que hacían algo parecido, como Julius Hemphill o Wayne Shorter. Así que arranqué de esa manera, con pentagrama y lápiz y sin computadora. El piano, que es mi instrumento, es “naturalmente” el más cómodo para componer, pero a la vez puede ser el más tramposo porque la mano te lleva o te limita. Me gusta el acto físico de componer, pero cuando empecé a escribir esta música estaba un poco cansado de cosas que sentía que estaba repitiendo y de las que no podía salir. Algunas decisiones, al escribir en el instrumento, son tomadas bastante por la mano; o al menos eso está en juego. La otra opción me sirvió para escribir cosas. Después saqué, puse, acomodé. Pero fue un buen punto de partida de liberación.

-El jazz en Argentina tuvo un período de gloria en los 50 y 60 y luego decayó en su popularidad. Y la retomó con la generación a la que pertenecés. Hoy tenemos la ciudad de Buenos Aires llena de clubes de jazz, de discos, de conciertos. Hay varias carreras que permiten formarse oficialmente. ¿A qué creés que se debió y se debe todo ese proceso?

-Pienso bastante en eso. Vos hablás en principio de la generación de Hugo Pierre, Jorge González, el Chivo Borraro, Jorge López Ruiz, el Gato Barbieri, Walter Malosetti, etcétera. Toda una generación que tocaba muy bien. Yo empecé tocando con varios de ellos y también con una generación que es intermedia y que no fue tan considerada, no sé bien por qué razón, que es la de Carlos Lastra, Pepi Taveira, Hernán Merlo, que están en el medio. Esta es en verdad la primera generación con la que yo tuve contacto. Después vino esa especie de renacimiento del jazz argentino que, creo, fue la coincidencia de muchas cosas. Y entre ello, mucho les debemos obviamente a músicos como Rodrigo Domínguez, Oscar Giunta, Sergio Verdinelli, etcétera. Quizá lo que pasó es que esa movida se mezcló con cierto interés en los medios, o en ciertos periodistas, que estaban dispuestos a darle bola a algo que no era lo que se veía en la tele. Sumemos la aparición de los clubes y un poquito también lo que pasó después de 2001, con esa necesidad de divertirse en medio de la crisis (quizá también lo que está pasando ahora con la pospandemia y la crisis económica actual) y con la gente que salió de la casa a ver y a escuchar música. Quien tiene un poco de plata se la gasta en ver un espectáculo.

-Pero en tal caso, ¿por qué el jazz acapara ese entusiasmo?

-Hay una tradición del público argentino de escuchar jazz desde los 50 o antes. Yo soy comprador de vinilos. Y ahora me pasa que buscando vinilos viejos –o también lo recuerdo de chico cuando escuchaba discos–, de ver ediciones de jazz hechas en Argentina, de figuras de acá y extranjeras. Eso no pasa en otros países de Latinoamérica. No vas a Chile y encontrás una edición de los años 70 de un disco de Tete Montoliu. Esto está dando vueltas en Argentina desde hace mucho tiempo. ¿Por qué el jazz? No lo sé en realidad. Porque a la vez es una música muy combatida por algunos por ser extranjera, mucho más que el rock nacional. Es algo que siento definitivamente, aún hoy. O quizá hoy más que en otros momentos.

-Profundizá en ese concepto…

-Creo que hay una falta de espacios oficiales para esta música, lo que es un poco ofensivo para los músicos que venimos trabajando desde hace años y también para las generaciones anteriores. Realmente no hay espacios oficiales para el jazz. El festival de la ciudad quedó chiquito. Hay festivales en el interior, pero todo re a pulmón. Es una relación rara que hay con el jazz. El rock nacional me parece que logró traspasar eso.

 -Es verdad que tampoco parece haber “próceres” del jazz argentino como los hay del rock.

-El rock tiene letra y está en español. Eso creo que hace una diferencia con esa identificación, pero bueno… Sin quejas, la cosa sigue. Como decía el Chivo Borraro: “El jazz no paga”.

-Como contraparte, el Conservatorio Manuel de Falla creó una carrera de tango y folklore y otra de jazz, de la que fuiste su primer director, y no creó una de rock argentino. Y existe la posibilidad de estudiar jazz institucionalmente, algo que no ocurre con el rock.

-Sí. Eso está bueno. También está la carrera de la Escuela de Música de Avellaneda. A lo mejor porque el rock se aprende a tocar en el garaje, y lo digo con todo respeto. Un músico de rock que no aprendió a tocar en un garaje capaz que no es muy rockero.

-Si tuvieras que ponerte de un lado, ¿estás más a favor de los improvisadores o de los intérpretes de músicas originales?

-Planteás un tema que siempre está en la mesa; y esa discusión, aunque tiene sus años, no está zanjada. Aunque a lo mejor es más una tensión que una discusión; y entonces me parece que es bueno. No para ponerse de un lado o del otro sino porque esa misma tensión es la que genera buena música. Especialmente cuando alguien como yo transita en los dos lugares. Para mí es una tensión interna: estudiar y tocar el repertorio más jazzístico y estudiar y tocar la música mía. Se alimentan mutuamente y siento que es el camino.

-¿Y cómo es para el público que, en el caso de las obras originales, no tiene la referencia de la melodía conocida para saber sobre qué se está improvisando?

-Se tienen que acordar la melodía nueva (risas). Pero hablando en serio, creo que no es necesario saber cómo funciona una música para poder escucharla. Capaz que hacer hincapié en que tal es la melodía original y que después vienen los solos y que los solos funcionan de determinada manera, no sea tan importante. Creo que es, en todo caso, en otro nivel o en otro plano que puede ayudar saber eso. Es medio un cliché pero la música está para ser escuchada y no tenés por qué saber cómo está hecha. Parafraseando a un gran pianista llamado Paul Bley: “si yo sé cómo está hecho ya no me interesa”. Estoy a favor de la sorpresa digamos; al menos en el momento. Pienso entonces que está bueno, al enfrentarse a escuchar música original, quedarse con eso y listo.

-Difícil esa inocencia para quien tiene entrenamiento musical.

-Sí, muy difícil. Pero es un ejercicio escuchar música tratando de sentir que te tiene que gustar. -¿Se puede enseñar a improvisar?

-Sí. Aunque está bueno aclarar que enseñar a improvisar jazz es una cosa y enseñar a improvisar en música en general es otra. Porque el jazz tiene una tradición, una manera de abordarlo en distintas épocas. No es tan extraño enseñarlo. Enseñar una improvisación más libre es un poquito más complejo. Las referencias son menos claras. Por supuesto, se puede hablar mucho de eso y yo mismo lo he enseñado bastante en seminarios. Es difícil, es raro, pero se puede; al menos hablar del tema. -¿Con esa idea armaste la carrera de jazz en el Conservatorio Manuel de Falla hace años? ¿Y con ese espíritu das sus clases particulares? -Con esa carrera no hay nada novedoso. El jazz entró a la academia en los 60 y teníamos esa referencia, y con eso hicimos el mejor programa a que se nos podía ocurrir (porque no lo hice solo) en ese momento. Ahora probablemente cambiemos cosas en uno o dos años. El alumno particular es distinto porque es más personalizado. Lo más difícil estando solo es que estás enseñándole a alguien a improvisar solo. En una institución, al haber un grupo de gente, también te podés poner a hablar con más gente y con lo que tiene que ver con lo grupal.

-¿Las jam sessions existen aún? ¿Te gustan?

-En Buenos Aires debe haber dos o tres por semana seguro. Y en otras ciudades del interior también. No soy un fanático de la jam session acá en Argentina porque muchísimas veces la música es lo menos importante. Como si lo más importante fuera la idea de salir de joda, tomar mucho y tocar sin tratar de generar música en el momento, que es el espíritu original de ese modo de hacer jazz. Debería ser que todo suene bien, que también suene bien el otro, que te importe la música y no siento que haya muchas jam sessions acá que tengan esa impronta.

(*) Esta entrevista es una edición sobre la realizada en vivo, en el transcurso del programa “Así de simple” emitido por Radio Nacional Clásica el 31 de agosto de 2022.

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