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Barullo en papel Cultura

La biblioteca personal de Olga y Leticia Cossettini

Los 245 libros agrupados en un armario en la casa de la zona norte donde ambas vivieron hasta su muerte están siendo ordenados y catalogados por un grupo de trabajo coordinado por la docente Amanda Pacotti.

Amanda saca la foto como puede porque el entusiasmo que nace del pecho irradia hacia las extremidades. Las tres mujeres que están delante de la cámara empiezan un trabajo que ella considera trascendental, fundamental, como un legado colectivo. Irma y Susana son las especialistas de los archivos, las profesionales. Se ponen los guantes de látex con naturalidad pero Teresa, que tiene una relación más bien afectiva con el objeto de estudio, pelea sin éxito en esa misión inaugural. Detrás de ellas, el tesoro a descubrir: los 245 libros de las hermanas Olga y Leticia Cossettini agrupados en un armario cerrado con candado. La colección de las hermanas que revolucionaron la educación entre 1935 y 1950 en Rosario. No los textos pedagógicos que los analistas diseccionan en otras partes; su literatura, sus pasiones, aquello que las constituía como personas.

¿Por dónde empezar? ¿Qué esconde ese material? ¿Cuántas anotaciones, marcaciones y subrayados contienen esas páginas? ¿Habrá ahí una ventana hacia la profundidad de esas mujeres que inventaron la Escuela Serena o Nueva en la escuela doctor Gabriel Carrasco del barrio Alberdi de Rosario?

El camino de los libros

Amanda es Amanda Pacotti: ex alumna de las Cossettini, maestra normal y secretaria de la Biblioteca Popular Juan Bautista Alberdi. Ella conoce el recorrido de esa bibliografía. Antes de descansar juntos en un armario de madera y vidrio de la institución barrial de Zelaya 2079, los ejemplares de las hermanas Cossettini estuvieron divididos. Cuando Leticia murió, en 2004, Chela, su sobrina, no sabía qué hacer con esos paquetes sueltos en la casa de Chiclana 345.

Todo el material pedagógico de Olga, directora de la Escuela Pública Experimental N° 69 en sus quince años de existencia, y de Leticia, maestra y alma de los talleres, fue derivado al Instituto Rosario de Investigaciones en Ciencias de la Educación (Irice) del Conicet. Los libros vinculados al teatro y los títeres fueron llevados a la Escuela Provincial de Teatro.

Pero los libros personales de las hermanas quedaron dispersos en la casa de la zona norte, donde vivieron desde 1935 hasta su muerte. “Muchos los regalaron. Leticia venía caminando a la biblioteca (unas quince cuadras desde su casa) hasta 2002 por lo menos, con 98 años, supongo que se escapaba, y traía alguno como donación. Pero esos ejemplares quedaron mezclados con el resto de los sesenta mil de la colección propia”, se lamenta Amanda.

La generosidad de Leticia parecía no diferenciar entre la expresión oral y la escrita. Ofrendaba sus charlas sin tiempo, con su forma de hablar suave y amorosa, consciente del peso de cada palabra, de las frases que solía envolver con su vaivén de manos de pianista. Pero también replicaba esa nobleza con lo escrito: regalaba libros. “A mí me dio varios. Te decía: «Este es para vos». Incluso tengo uno con una dedicatoria que era para ella”, sigue Amanda.

“Yo también tengo uno que me regaló: Retrato del artista adolescente, de James Joyce. Estaba en su biblioteca y era para ella”, suma Teresa Urízar, profesora de letras, ex coordinadora de talleres de creatividad, vecina de Leticia y cofundadora del Complejo Educativo de Alberdi (CEA).

“Una próxima etapa de este trabajo es recolectar todos esos libros prestados y regalados a sus amigos y gente que la visitaba para agruparlos en esta biblioteca personal”, dice Amanda y descubre la lógica del proyecto: se construye a cada paso, con ideas que surgen a medida que se comparte.

Lo cierto es que en 2004 una parte de la colección personal de las Cossettini fue hacia la biblioteca Alberdi y otra para la Pocho Lepratti (por consejo de Rubén Naranjo). Esas mitades se reunieron en 2019 cuando Carlos Núñez, titular de la Lepratti, le sugirió a Amanda unificarlas. “Fue un gesto de mucha generosidad de él y entonces hicimos un trueque”, destaca Amanda y sigue: “Juntamos todos los libros en un armario aparte. «Ponele un candado que esto es un lujo», me dijeron. Lo hice y quedaron en una sala de lectura aislada. Recién entonces los miré todos juntos y pensé: «¿Qué habrán leído estas mujeres maravillosas?». Revisé y entre sus lecturas ya había un primer feminismo (por ejemplo en La mujer y su expresión, de Victoria Ocampo, 1936), también sobre indigenismo en México. Qué increíble su cultura y su amplitud”.

El equipo de trabajo dice que la idea de la investigación fue de Amanda pero ella afirma que “fueron ellas tres, con su buena estrella”. Asegura que Irma Montalván –profesora de letras, conservadora de museo y ex directora del Museo Histórico Provincial Julio Marc– aportó su visión como especialista en el manejo de archivos. Le dijo: “Si encontramos hilos entre esas lecturas, marcas, y lo estudiamos puede ser un aporte importante”. Susana Fandiño, licenciada en Museología y ex coordinadora cultural del Distrito Norte Villa Hortensia, se detuvo en los cuidados necesarios para la preservación de los ejemplares. Amanda resume: “Yo a uno le puse cinta scotch y ella me retó: «¡No!, que lo arruinás para siempre»”.

Primero fueron los comentarios aislados, después hubo una primera reunión en un bar para coordinar objetivos y en marzo se concretó un primer encuentro, en la biblioteca y frente al armario guardián. Ese fue el día de la foto de los guantes que tomó Amanda. Ninguna de ellas sospechó que no habría una segunda reunión en lo inmediato. Que el material precioso de las Cossettini, como un cofre misterioso y esquivo, se alejaría de sus manos o, para ser más claro y no abusar de la metáfora, ellas tendrían que aislarse en sus casas como consecuencia de un extraño virus.

Teresa, Susana e Irma revisan los libros de las hermanas
Teresa, Susana e Irma revisan los libros de las hermanas

El enigma de las primeras marcas

El jueves 5 de marzo, a las 9, el deseo, la ansiedad, las dudas y la necesidad de conocerse un poco más entre ellas se mezcló con un primer relevamiento de los libros en la biblioteca Alberdi. Anotaron y ordenaron los 245 títulos con sus autores y editoriales. Pero sólo llegaron a abrir y revisar el interior de trece de ellos. Cuando veían párrafos señalados al costado, una anotación en lápiz o una página marcada con un boleto antiguo y trozos de papel, se detenían.

En Gente conmigo, de Syria Poletti, (Losada, 1964), les llamó la atención la dedicatoria de la autora “a las hermanas Cossettini”. Esa profesora y escritora nacida en Italia les estampó el 28 de mayo de 1968: “¡Gracias por haberme leído; gracias por la emoción de encontrar mi libro en su cálida casa; gracias por el aliento que me dieron por ser ustedes como son…”. También constataron una firma ilegible en la primera página de El viejo vizcacha de José Hernández (Centro Editor, 1962) y una marca en la tercera hoja que deben volver a revisar.

Dedicatoria de Syria Poletti
Dedicatoria de Syria Poletti

Notaron dos escritos juntos sobre cine, una de las pasiones de Leticia: Breve historia del cine argentino (José Agustín Mahieu, Eudeba, 1966) y El cine neorrealista italiano (Giulio Cesare Castello, Eudeba, 1962). El ejemplar sin abrir de Las cuestiones fundamentales del marxismo de Jorge Plejanov (Problemas, 1940) les disparó un dilema de cara a la investigación: ¿cuántas de esas obras fueron buscadas o compradas por las hermanas por un interés genuino y cuántas fueron regaladas o atenciones de los propios autores?

En el manuscrito número seis de la lista, Francia a través de las alambradas (Bruno Weil, Claridad, 1941), registraron la firma de Cossettini junto al título interior y tres marcaciones en el texto sobre la vida en los campos de concentración: una en la página 121, otra en la 136 (la frase “jóvenes hábitos cotidianos”) y una más en la 155 (la palabra “homosexualidad”).

“Eso estaba subrayado en lápiz. Por ahora yo dejaría entre signos de preguntas esas palabras señaladas. Se trata de una primera aproximación que observamos de un posible interés por un tema”, analiza Irma y agrega: “Nos queda un largo trabajo porque algunos libros nos llevarán a consultar con expertos para tener más datos”. “Creo que solo una primera etapa de relevamiento completo y clasificación nos puede demandar un año de trabajo. Recién después veremos cuáles son esos caminos abiertos para profundizar”, aclara Irma.

La ex directora del Julio Marc viene de documentar la historia del Club Remeros a través de las primeras actas y balances de principios del siglo pasado (en el trabajo La obra señalada). Apuesta ahora a construir una prehistoria de la colección de las Cossettini, rastrear los orígenes de esos archivos. Tiene muchos interrogantes sobre ese trabajo pero parte de una certeza sólida: “Una biblioteca personal dice mucho de una persona”.

Cada hermana cumplió un rol con sus características. Amanda recuerda hoy: “Leticia te invitaba a tomar el té, charlaba mucho, era generosa. Olga era más seria: pasaba y te saludaba con dos palabras. Si a ella le contabas una idea, te decía: «Eso está muy bien pero escribilo». Nos enseñó que lo escrito es la responsabilidad del pensamiento”.

Teresa conoció a Leticia de grande, cuando Olga ya había fallecido, a fines de los ochenta. Vivían a pocas cuadras de distancia en Alberdi y veía pasar a esa mujer de andar liviano, con un ritmo y una luz distinta. Si una grulla de papel caminara sería como ella. Se saludaban. Un día Teresa le contó de los talleres de creatividad que daba a chicos en su casa y la invitó a pasar. Al tiempo, ella fue a Chiclana al 300 a tomar el té característico de la Cossettini menor.

“Leticia fue madrina de esos talleres. En una de esas charlas le dije que tenía la idea de hacer una nueva escuela, el CEA, y ella me respondió: «Por supuesto, eso ya está acá», por lo que veía en los talleres”, cuenta Teresa y define: “Ella creía que a través de la palabra, de la poesía y la literatura, se podía llegar a la epifanía, el momento de gracia en donde se descubre el alma profunda de las cosas. Era tan lindo escucharla, con sus relatos o cuando me mostraba esculturas o las fotos con el titiritero Javier Villafañe, que nunca me detuve en la biblioteca que estaba ahí atrás. Ahora puedo descubrir esos libros. De ahí nace mi curiosidad por este trabajo”.

El proyecto de la Carrasco que encendió a varias generaciones de chicos y chicas de Alberdi, de familias acomodadas y de pescadores, de futuros artistas y de laburantes del día a día, se truncó de forma abrupta en agosto de 1950.

El encierro y el moto eterno de la infancia

La segunda reunión física de las mujeres con los ejemplares en la biblioteca Alberdi quedó en suspenso. En abril, después de unas semanas de desconcierto por la pandemia del coronavirus y las medidas de aislamiento obligatorio, reanudaron el contacto desde un grupo de Whatsapp y pensaron en acciones concretas para avanzar.

Todas coincidieron que el listado actual de los manuscritos era defectuoso, apenas una simple enumeración, sin ningún tipo de clasificación. Teresa inició esa tarea para catalogar la muestra por categorías: Arte, Antropología, Arqueología, Barrio Alberdi, Cultura, Cine, Cuba, Economía, Filosofía, Historia, Literatura (Argentina, Latinoamericana, Española, Universal y Propia), Mujer, Política, entre otras.

A poco de andar, en la cuarentena hogareña, detectó huecos en su nueva misión. “Empecé a ver autores y títulos desconocidos. Entonces me puse a buscar material de cada uno de ellos para conocerlos”, relata la ex compañera de té de Leticia. En su celular tenía las fotos de la fotocopia con el listado de todos los libros. Y con la otra mano buscaba información en la notebook. Se sorprendió arqueada, incómoda, ridículamente enroscada; y entonces la memoria corporal hizo lo suyo.

Teresa compartió sus sensaciones en el grupo de Whatsapp “LibreTías” (por las iniciales de las cuatro integrantes) y describió que esa “torsión” la hizo rememorar: “Cuando era chica y mis padres no estaban en casa, me trepaba a la biblioteca enorme y buscaba en la parte de los libros prohibidos. Los leía arriba, ahí torcida, y después me dolía el cuello”.

El trabajo artesanal y paciente, quizás también el efecto del encierro, habilitó –además del interés por las Cossettini en particular– un eco primitivo de la relación con ese objeto de papel y con las bibliotecas en general. Una motivación más profunda. “He tenido un entrenamiento interesante y arduo con la curiosidad por las bibliotecas gracias a la gran colección que dejó mi marido, Guido”, dice Susana y explica que le dedicó mucho tiempo a revisar esos miles de volúmenes de humanística, historia y cine “para tratar de entender que había ahí”.

Ese mismo motor se le encendió con “estas dos mujeres curiosas por el conocimiento y por transmitirlo; esto me ocurre con la gente que tiene una visión de hombre nuevo”, declara Susana.

Irma, en cambio, evoca a un “tío solterón y poeta que viajaba y caminaba y caminaba” que vivía en su casa de la infancia y que la inició en el mundo de la palabra impresa. Los relatos de ese hombre libre, con sus aventuras en faros perdidos y ciudades lejanas, animaban los almuerzos de sus fines de semana.

“Era un lector enloquecido, como trabajaba y no tenía familia para mantener, compraba y compraba libros. Tenía paquetes enteros en su habitación. Era apasionante entrar, abrir esos paquetes y descubrirlos envueltos en diarios y atados con piolín”, confiesa al grupo.

Amanda agrega: “Tengo una experiencia muy personal y poco profunda, quizás, porque vengo de una familia que no tuvo biblioteca y de chiquitita veía al Pato Donald o algo de la colección Robin Hood. A mí me abrió al mundo la biblioteca de la escuela Carrasco y una popular que estaba en la calle Freyre. Ahí fue el impacto de tener esa cantidad de libros y esa maravilla. Y ahora me encuentro con la raíz de mi infancia sumado a que alguien puede verla con ojos de especialista. Este trabajo puede ser un documento muy valioso para bucear en los mundos que soñaron estas dos mujeres”.

Irma cierra el intercambio interno y fantasea con el fin de la pandemia y sus muros: “¡Nos perderemos en ese bosque que es esa biblioteca!”.

La tarea de preservar

Mientras Amanda sacaba las únicas dos fotos que existen del inicio de la experiencia aquel jueves de marzo y Teresa era derrotada por unos guantes de látex, Irma y Susana iniciaban la charla para ordenar los pasos a dar. Ellas dos son “las profesionales” del grupo. Se conocieron cuando cursaban en la hoy Escuela de Museología.

“Lo primero a concretar es la catalogación del material. Después veremos la preservación, con diversas tareas de mantenimiento, que no son de conservación, que es otra cosa”, introduce Irma. La preservación consiste en fijar una temperatura, humedad y condiciones de ambiente adecuadas. Mientras que la conservación avanza sobre alguna intervención de los objetos, si fueron atacados por insectos o están desencuadernados, por ejemplo.

Susana afirma que el material de trabajo está en buen estado general. Salvo aquel ejemplar que Amanda intentó enmendar con cinta scotch y ella reprobó. “Con la cinta podés resolver un problema inmediato del objeto pero con el tiempo eso se desprende y la goma no sale. Entonces el libro queda marcado”, describe.

“Los de papel orgánico sufren mucho el deterioro y el ataque de bichos”, continúa y agrega que contra la humedad utilizarán silica gel: esas piedritas azules que absorben la humedad y se ponen rosas. “Nos falta revisar todo el material pero no hay incunables y no vi ejemplares tan antiguos; hay algunos de principios de siglo pasado. A primera vista están bien, veremos que sigan manteniendo esas condiciones”, señala.

Tan pequeña que casi no la ve

El primer testimonio del documental La escuela de la señorita Olga (ver aparte) es el de Amanda Pacotti. Ella aclara, a casi tres décadas del estreno, que aquel fue un raro privilegio: “Yo no era del riñón”. El “riñón”, define Amanda, son los ex alumnos que hicieron toda la escuela primaria con las hermanas Cossettini, entre 1935 y 1950. “Yo solo hice hasta segundo grado porque ese año la exoneraron a Olga. La escuela siguió por ese camino unos años más pero sin ellas”, recuerda.

La directora de la Carrasco fue cesanteada por razones “políticas e ideológicas” en agosto de 1950, bajo el gobierno de Juan Perón. Recién en diciembre de 2019, casi 70 años después, la gestión provincial socialista saliente dejó sin efecto esa norma y selló “un acto de justicia y reparación histórica al desagravio de la señora Cossettini, reconociendo su labor pedagógica, a través del desarrollo de una educación innovadora, de calidad, plural, democrática e igualitaria”. A principios del año pasado, además, la provincia expropió la casa de Chiclana 345 para proyectos educativos y talleres culturales (“Casa Cossettini”).

Amanda Pacotti junto a Leticia
Amanda Pacotti junto a Leticia

Olga creía que educar era también enseñar “la realidad cotidiana, desnuda de ilusiones, ayudando a preparar al ciudadano a que sepa luchar para vivir y convivir”, como escribió en 1964. “Cossettini no era solo el arte y el coro de pájaros. Hay una reducción de aquel proyecto a un manojo de anécdotas. Esos fueron sus instrumentos pero lo que ellas transmitían eran los valores de lo cooperativo y la solidaridad. Ellas buscaban despertar un compromiso cívico”, dice Amanda. Y sigue: “Cuando era maestra, en 1921, Olga participó de una huelga para exigir por el escalafón docente. Como en su escuela no les permitieron parar, cortó la campana y la enterró en el patio. Y por eso no hubo clases. Eso está documentado en artículos de diario que encontró el maestro rural e investigador Álvaro Escobar”.

En una entrevista de 1986 que recoge el documental de Piazza, meses antes de morir, Olga se emociona con su propio legado: “Cuando estos niños (sus ex alumnos) fueron hombres crearon una cooperativa para ellos, una cooperativa de adultos, y cuándo se les preguntó cómo habían tenido esa idea, dijeron: «Lo aprendimos en la escuela de la señorita Olga»”.

Amanda se pone seria: “Ellas eran mucho más que maestras, fueron mujeres comprometidas que trabajaban de maestras. Al revisar la biblioteca personal de ellas, ir sumergiéndonos en la literatura de estas grandes mujeres, va a surgir ese otro lado menos conocido y estudiado. Documentar esto será un paso importante”.

“Si esta historia, tan pequeña que casi no se la ve, pero cuyo hálito se siente, consigue dar el mismo tono de gracia que fluye de las creaciones, de las impresiones, de las imágenes fotográficas y de los claros dibujos de los niños, sabremos que nuestros brazos tendidos haca la luz se encontrarán con los vuestros”.

Lo escribió Leticia en 1947 para su libro Teatro de niños.

La escuela de las señoritas Olga y Leticia

Olga Cossettini nació el 18 de agosto de 1898 en San Jorge. Hizo la escuela primaria en Rafaela, donde la familia se había trasladado. Después se fue a Coronda para estudiar en la Escuela Normal. Según la investigación de la Red Cossettini, le dijo a su padre que su futuro iba “para maestra, como vos pá!”.  Y Don Antonio, que la llevó en sulky a su nuevo destino, le respondió: “Elegiste un camino nada fácil. Lo primero: los niños. Se es maestro para transformar”.

Se recibió el 1º de diciembre de 1914. Su primera escuela de trabajo fue en Sunchales. En 1935 fue designada directora de la escuela Gabriel Carrasco de Rosario. Ahí pudo, junto a su hermana Leticia, también maestra, desarrollar una nueva pedagogía, de puertas abiertas, imaginativa, en donde los chicos y chicas participaran de forma activa y no como víctimas de un programa rígido, marcial por momentos. Un aula (no jaula) vital y sin fronteras.

Leticia se convirtió en el rostro creativo de esa escuela experimental. Encabezó los talleres, sembró poesía y cuentos, la pintura salió de una clase estanca y lo artístico desbordó hacia todos los contenidos. Los alumnos conquistaron las calles, las barrancas, el río. Imitaron el sonido de las aves y crearon un coro de pájaros; un taller de títeres; y así.

“Era una escuela sin filas y sin campanas o timbres, cuando escuchábamos música sabíamos que era hora de salir al patio”; “me dio cosas que mi casa jamás habrían podido darme, una satisfacción de poder aprender y descubrir”; sintetizaron algunos de los ex alumnos, ya adultos, entrevistados en el documental La escuela de la señorita Olga.

Con su estreno en 1991, el audiovisual de Mario Piazza extendió el reconocimiento que aquella experiencia ya tenía en ámbitos pedagógicos. En ese material, Leticia, pelo blanco en rodete y una camisa clara, definió: “Trabajamos con los planes de enseñanza del Estado pero vivificados de forma permanente por una experiencia con la vida circundante: con la gente y las circunstancias; de manera que barrio, paisaje y escuela convivían en una armoniosa fraternidad”.

Publicado en la ed. impresa #07

Ricardo Robins

Por Ricardo Robins

Nací en Rosario en 1980, bajo dictadura cívico militar, y escribo esto en tiempos de pandemia. En el medio me hice periodista (TEA y Licenciatura en la UNR) y trabajé en Cablehogar (Semanario NE), Diario Crítica y Rosario3, además de colaborar en Revista Anfibia, entre otros. Fui coautor del libro “Crónicas primarias” editado por el periodista y escritor Cristian Alarcón. Participé en la producción, investigación y guión de documentales como “La arquitectura del crimen” y “Buscando al huemul”. Vivo en Echesortu con mi compañera y dos hijos aunque me críe en Alberdi, junto al río. Mate, siempre; cerveza con picada; vino con asado. Mi primera entrevista con grabador fue a Leticia Cossettini pero no encuentro el caset. Creo en la crónica y en el documental como los géneros más completos y complejos en donde puede convivir una investigación rigurosa con narrativas creativas y diversas. Todo esto para decir que me gusta contar (y leer y escuchar y mirar) buenas historias.

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