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El Rosarino: un bar para viajar en el tiempo

Fundado en 1923 por dos asturianos y reconvertido en 2019 por dos hermanos rosarinos, es una tradición viva que continúa de pie en el Cruce Alberdi. El secreto de su permanencia es la combinación de su originalidad con un look moderno que supo captar un público de todas las edades

Roberto Castaño está sentado en el centro del salón. Sus ojos son chiquitos, los brazos delgados y habla con tono pausado. Pide un agua tónica y bebe con sorbos lentos. Son las siete de una tarde de verano. Por los ventanales que dan a las vías del tren se filtra, entre las cortinas metálicas, la luz tenue de un sol que agoniza y barre el piso cuadriculado de granito blanco. Dos o tres moscas revolotean alrededor de la mesa. Roberto habla con voz cascada, entrecierra los ojos, rebusca en la memoria y espanta con la mano uno de los bichos que insiste, una y otra vez, en aterrizar sobre su frente. Sus palabras siembran el aire de recuerdos, emociones y ecos de un pasado que habita en cada rincón de este bar centenario. Sobre una longeva heladera Siam, un retrato en sepia de 1943 se preserva como una imagen religiosa. Allí, con la mirada enjuta y porte altivo, posan detrás del mostrador los tres hermanos Castaño. Más arriba cuelgan mapas que trazan las coordenadas del periplo fundacional: de Asturias a y Rosario. En los estantes se amontonan botellas con etiquetas desteñidas que rondan los cien años. A la entrada una pizarra ofrece las bondades de la casa: aperitivos, sándwiches, cervezas, sidra, pizzas, postres. Y, en la fachada, brillan las letras chispeantes de neón que anuncian “Café y bar El Rosarino” e invitan a cruzar la puerta a un mundo de antaño.           

El padre de Roberto, Manuel Antonio Castaño, llegó a la ciudad en la década del 20 en un barco de inmigrantes que soñaban con hacer la América. Las cicatrices de la guerra en Europa eran recientes, las penurias económicas inmensas y el horizonte de una tierra fértil y próspera se imponía como un destino de salvación. Aquí un tío, también asturiano, regenteaba un almacén de ramos generales y despacho de bebidas en el Cruce Alberdi, un enclave de paso ferroviario situado en la zona norte de la ciudad. Recién llegado, en 1923, Manuel le compró el negocio con los ahorros que traía y se hizo cargo del emprendimiento junto con sus hermanos que, a los pocos meses, también cruzaron desde el otro lado del océano.

FOTO: SEBASTIAN vARGAS

Roberto señala a Barullo un rincón de la pared. Allí una foto enmarcada en blanco y negro muestra la fachada del primitivo bar detrás de las barreras del paso a nivel. La construcción fue demolida en los 60 y el bar se mudó de sitio a su actual ubicación en San Nicolás al 200. Así rememora Néstor Capa en el libro Cielo de carbón. Recuerdos de un ferroviario de Talleres Pérez  (impreso y editado por el autor, noviembre 1998, Rosario): “En el verano del año 1962, siendo intendente de la ciudad de Rosario Cándido Carballo, las topadoras de la Municipalidad arremetieron contra esta edificación, para posibilitar la apertura al tránsito de la zona. En pocas horas fue reducida a escombros”. Fue por entonces el ensanche del Cruce Alberdi y la apertura urbanística de una ciudad que se expandía en un ramillete de calles, pasajes y bulevares, como un hormiguero inquieto, al calor de la actividad febril e incesante que generaban el puerto y el ferrocarril.

Desde los orígenes, El Rosarino forjó una identidad que lo ha distinguido a lo largo de su rica historia: la clientela proletaria. Relata Capa en el libro: “El Tren Obrero fue el tradicional vehículo que trasladaba los trabajadores hasta los talleres de Pérez. En los tiempos de su inauguración, allá por 1915 –se llamaban Talleres Gorton–, el Tren Obrero era el único medio con el cual se podía llegar hasta el desolado paraje. Sólo los talleres emergían en aquellas soledades, como un signo de progreso. Partía de madrugada desde la estación Rosario Central, con paradas en Rosario Norte, Cruce Alberdi, Ludueña, Barrio Vila y Pérez… Los que esperaban en el Cruce Alberdi se refugiaban en el café y bar El Rosarino, lugar tradicional de los ferroviarios. Sus dueños, los hermanos Castaño, más conocidos como los gallegos, formaron parte de la historia del ferrocarril. Era el lugar casi obligado de los ferroviarios que merodeaban por esa zona. Concurrir a las asambleas de la Unión Ferroviaria era hacer la necesaria antesala en el bar de los gallegos…”.

Roberto Castaño, anterior dueño, junto a los hermanos Miguel y Carlos Avalle.

El bar abría a las tres de la madrugada y los hermanos asturianos servían generosas medidas de caña, aguardiente, vino y ginebra para entibiar los cuerpos de obreros que rumbeaban al taller ferroviario. Además, la casa ofrecía facturas, cafetería, cigarrillos y sándwiches. A pocas cuadras, en Salta e Iriondo, funcionaba el silo de la harinera Minetti con el playón de descarga de camiones sobre la línea del ferrocarril. También era frecuente la presencia de deportistas y jugadores de futbol que tomaban una copa en el bar. El primer campo de juego que tuvo el Central Argentine Railway Athletic Club –como se conoció en sus comienzos al Club Atlético Rosario Central– estaba ubicado en un predio aledaño que pertenecía a la empresa ferroviaria de capitales británicos (Ferrocarril Central Argentino). La primigenia “cancha del cruce” se encontraba entre las calles Catamarca, Constitución y Castellanos. Otro de sus habitués fue el boxeador rosarino José Ríos, el reconocido campeón sin corona e ídolo pugilístico en los 40, junto con Gatica, quien vivía a tan sólo dos cuadras y solía sentarse en sus mesas.

Fue a fines de los 60 que Roberto comenzó a trabajar en el bar mientras cursaba el colegio secundario. Su padre, Manuel, trabajó hasta que murió en 1977. “Nunca se fue del bar. Del mostrador al cementerio”, suelta el Gallego, tal como lo conocen en el barrio. A partir de entonces y siguiendo con el mandato familiar, Roberto se convirtió en el piloto de tormentas del negocio. Vecinos, taxistas, choferes de colectivos y empleados telefónicos de Entel (ubicada en el edificio de enfrente, hoy Telecom) conformaron una nueva generación de clientes que reemplazaron a los trabajadores del tren obrero. “Llegué a tener las llaves de la alcancía de los colectivos 35/9 cuando iban a moneda. Guardaba el manojo cuando hacían el cambio de chofer que paraba acá. Me pedían el llavero y hacían el cambio de la bolsa, llevándose las monedas”, recuerda. La magia del local se prolongó por otras cinco décadas al mando de Roberto, el anfitrión de la esquina por la que todos pasaban con la excusa de compartir un café o aperitivo antes de volver a casa.

En 2018 los largos años al frente del bar comenzaron a pesar en el cuerpo y Roberto contrajo una enfermedad que lo alejó del mostrador. Hubo algunos meses de zozobra con el bar cerrado: una herida abierta en ese confín entre Pichincha y Agote (y Refinería) al costado de las vías del tren. Por un breve intervalo reabrió las puertas gracias al amor del barrio y el impulso de la familia de Nair Cordero –su padre era un taxista devoto del bar–, que asumió el desafío de rescatar el emprendimiento. “Con mi pareja le alquilamos el bar a Roberto en septiembre de 2018. Antes había sido moza. No teníamos un presupuesto de inversión y nos hicimos cargo de todo. Tenía experiencia en atención, pero no en la gestión gastronómica”, relata Nair. Pronto el proyecto chocó con un enemigo recurrente de las causas nobles y sinceras: la crisis económica. Los gastos se hicieron insostenibles y el bar nuevamente entró en declive. “Económicamente –retoma Nair– no daba la situación en general y en particular con el bar, sumado a que quedé embarazada por lo que no podía continuar poniendo mi fuerza de trabajo. No teníamos recursos para invertir, ni contratar empleados. En marzo de 2019, por cuestiones económicas y personales, decidimos no renovar el contrato. Me sorprendió cómo se viralizó por las redes la noticia del cierre y fue un alivio enterarme del interés de los chicos de Refinería para continuar con el bar”.   

Como un búmeran de la historia, otros hermanos aparecieron para resucitar el negocio y darle una nueva vida al bar en el siglo XXI: Miguel y Carlos Avalle. Todo volvió a suceder tal como un siglo atrás, con un viaje transoceánico de por medio y con raíces españolas. El arte culinario es una actividad arraigada en la familia Avalle. El bisabuelo José Vicente tuvo un almacén español. Carlos, el bisnieto, heredó el oficio y la pasión por la cocina. Empezó la carrera de chef en Rosario y, luego de una larga temporada en el Hotel Hyatt de Buenos Aires, continuó su formación en Europa. Allí estuvo ocho años radicado en el Reino Unido, más precisamente en Cardiff, capital de Gales, donde trabajó en restaurantes de prestigio. Pero su rosarinidad fue más fuerte. El desarraigo de la ciudad bañada por el Paraná pesaba mucho más que vivir en aquella otra de ensueño rodeada de colinas verdes, estuarios cristalinos y castillos medievales. Fue así que decidió emprender el viaje de regreso con un proyecto gastronómico propio ideado junto con su hermano Carlos. Ambos compraron y restauraron una casa de 1850 con patio y galería en el barrio Las Malvinas –más conocido como Refinería– donde Antonio Berni pintó Manifestación (1934), la famosa obra que ilustra los rostros angustiados de trabajadores por el cierre de la refinería de azúcar. En ese barrio obrero de casas bajas y arboladas, alejado del centro de la ciudad, los hermanos Avalle fueron los primeros en visualizar un polo gastronómico que nació con la inauguración de su restaurant Refinería en 2008. Luego de 15 años de funcionamiento ininterrumpido hoy es un restaurant insignia de la ciudad, cuya fama de buen comer y beber atrae visitantes que llegan de todos los rincones del país.

A pocas cuadras de allí, se emplaza un bar antiguo que los Avalle solían frecuentar seguido: El Rosarino. “A Roberto Castaño lo conocía porque íbamos periódicamente a tomar café al bar. Luego, cuando él se va nos enteramos de que una chica asume el gerenciamiento y entonces nos quedamos en el molde. Hasta cuando vemos que unos meses después sale en los medios la noticia del cierre del bar. Entonces, esa misma mañana me comunico con Roberto y empezamos las tratativas para hacernos cargo y reflotarlo”, cuenta Carlos. Las obras de remodelación se iniciaron de inmediato con el desembarco de los Avalle en abril del 2019. Con su expertise y amplia experiencia en el rubro gastronómico, encararon la reforma con un horizonte claro e innegociable: respetar la esencia del bar y su valor cultural sostenido en un siglo de vida. No hubo modificaciones estructurales que cambiaran la fisonomía original, con la salvedad del derribo de una pared para anexar la cocina al salón. Todo el mobiliario de época fue sometido a una minuciosa restauración: las mesas y sillas de madera, los impecables mostradores que cruzan la sala en ele, el neón que ilumina el frente, las persianas americanas, el histórico cartel de publicidad Crush que cuelga en la fachada, y, a modo de homenaje, conserva el nombre de los hermanos asturianos fundadores: “EL ROSARINO de Castaño hnos”.

“Me gustan mucho estas expresiones culturales tan marcadas en la ciudad. Lamentablemente han ido desapareciendo en su mayoría o fueron trituradas en lo comercial. Nuestra idea fue siempre la de sostener un conjunto y le agregamos la cocina, que es lo que nosotros sabemos hacer. Respetamos todo lo original que marca la identidad del bar. El diseño de la barra lo hizo el padre de Roberto y así se mantuvo. Después tiene una vereda amplia que nos da la posibilidad de poner mesas, a lo que se suma el encanto del tren. Antes había un apeadero acá enfrente. El bar nace muy relacionado con proletarios, taxistas, colectiveros. Y hoy tiene un ambiente más familiar y de reuniones de amigos de todos los rangos etarios”, explica Carlos, que reparte su trabajo entre la cocina de Refinería por las noches y la diagramación del menú en el bar.

Luego de los meses que demandó la puesta a punto, a fines del 2019 el bar reabrió sus puertas en la versión remozada con que brilla en la ochava de San Nicolás y Salta. Revivir un lugar de estas características y asegurar su continuidad implica una necesaria adaptación a los tiempos que corren. “Acá el que entra piensa que siempre fue así. Pero el bar no tenía el menú que hoy tiene. Antes sólo se servía café, facturas, sándwiches, cerveza y maní. Y por eso se fue achicando”, aporta Miguel. Hoy el menú ofrece una variedad de platos que van de la pizza, empanadas, minutas y sándwiches con panificación artesanal a un clásico tapeo español (jamón serrano, pinchos de tortilla, croquetas de jamón con alioli) y diversas opciones de postres, bebidas y aperitivos (tragos de autor, vermú, cerveza y la típica sidra tirada). También, el bar reforzó su comunicación en redes sociales donde lanzan tentadoras promociones y el personal de servicio está compuesto por jóvenes sumamente capacitados (Esteban, Ismael, Juan, María, Milagros, Geraldine, Miguel, Lucía, Ailen) que cuidan el legado histórico con una sonrisa que bien vale para volver.

El renovado impulso de los hermanos Avalle ha logrado que la marca del bar se expanda hacia el centro de la ciudad con la apertura de un nuevo local en noviembre del año pasado. Con una estética similar a la casa madre, pero un concepto distinto en el servicio, el flamante espacio (Tucumán 1159) sólo cuenta con barras y banquetas, lo cual sugiere una propuesta más informal y descontracturada. “Ese proyecto fue una idea de poner en valor lo que significa una barra que sea dinámica y activa, que permita a la gente interactuar. Es una cosa infaltable en una ciudad que quiera tener una vida social”, apunta Carlos.

Mientras tanto, en la esquina del Cruce Alberdi se oye el traqueteo de una locomotora solitaria que atraviesa la vía rumbo al norte. Una luna redondísima y radiante asoma desde el lado del río. Dos perros callejeros, uno blanco y otro negro, le ladran a una moto que pasa a toda velocidad. Un colectivo frena en la parada. Una carcajada sale de una mesa de la ventana. Una nena canta mientras sus padres cenan en silencio. Una pareja feliz brinda con sidra. Un bullicio constante flota como una nube. Las agujas del enorme reloj ubicado enfrente del bar están detenidas. En El Rosarino el tiempo parece transcurrir en otra frecuencia.  

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