El encierro que vivimos desde marzo para evitar la propagación del coronavirus implicó restricciones, distancias y quebrantos, pero también produjo pequeños milagros. Así lo sintió Lautaro Kaller –-encuestador, historiador y coleccionista de tango– cuando en el intento de digitalizar uno de los 500 casetes que heredó de su papá (quien atesoraba en total cinco mil grabaciones caseras de sus tres hijos) comenzó a escuchar la inconfundible voz del escritor Jorge Riestra. A principios de 1986, con trece años, Kaller había viajado a Rosario desde Bouquet junto a su hermano de quince; entre los eventos que registraron los chicos durante aquella jornada figura la presentación de la novela El opus, celebrada en la librería Ross y de la que no se tenía hasta ahora ningún archivo o documento.
Acaso como una jugada del destino, un regalo de su padre melómano –fallecido en 2003– o un giro estilístico propio de la obra que le permitió a Riestra ganar el Premio Nacional de Literatura, irrumpieron en plena cuarentena, sin atenuantes, las voces del autor y de los presentadores de El opus: la escritora Alma Maritano, el poeta Hugo Diz y el editor Carlos Kolodziej, del sello Coquena. Entre los pliegues que proponen la memoria y sus contracaras, Kaller se sorprendió porque si bien recordaba que siendo un adolescente inquieto y aficionado a la radio había estado aquella tarde en la librería, olvidó por completo que los discursos estaban grabados. Nunca llegó a decírselo al propio Riestra, de quien se hizo entrañable amigo desde que vino a Rosario para estudiar en la UNR. Fue una amistad que floreció y se consolidó en las brumas de la noche, en los cafés, en el gusto común por el tango, a pesar de la diferencia de edad (se llevaban casi medio siglo).
Riestra había nacido en 1926 y murió en 2016, a poco de cumplir 90 años. Desarrolló y situó su vida y su obra en Rosario. Fue el único rosarino en recibir el premio que desde 1913 otorga un jurado convocado por la Secretaría de Cultura de la Nación, hoy Ministerio, y con el que fueron galardonados entre otros Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Andrés Rivera. Paradójicamente, El opus, cuya hechura le demandó siete intensos años (entre 1972 y 1979), es su libro menos leído.
“Después de haber escrito tantas páginas durante tantos años, yo querría llamarme a silencio absoluto, que la gente las lea y sean ellos quienes hablen”, advierte Riestra a través del tiempo. Dispara cada idea con calma, sin apuro. De fondo se escucha a un bebé que balbucea. “Hay obras tan intensas que van creciendo como lo hace un árbol, por ahí parece que se seca el proyecto, por ahí llueve nuevamente, uno se siente fértil y vuelve al trabajo. Son momentos de angustia cuando uno siente que la obra para, parecería que la tarea no puede continuar. En años muy difíciles políticamente, con mucho miedo por las calles, muy triste el país, yo tuve la suerte de poder dialogar con algunos amigos sobre la novela que estaba escribiendo: fueron noches de desahogo, porque la obra se hace en una pieza a lo largo de muchos días y silencios, de mucho apartamiento más que de soledad. Uno está muy contenido trabajando: la ventana, el escritorio, la silla, la máquina de escribir, los libros, y uno puesto allí durante cientos y cientos de mañanas”. La voz del escritor se hamaca, suave y profunda. “El silencio es fundamental para escribir. La literatura participa del silencio, por suerte, en un mundo frenético, vertiginoso y ruidoso. Escribir y leer son actos del silencio, yo lo quiero mucho al silencio. Cuando uno escribe les da voz y sonidos a las palabras y ese sonido de alguna manera entabla un diálogo entre uno y las cosas, uno y la página, uno y los personajes; pero eso no alcanza. No podría explicar hoy cómo fue hecha esta obra, el procedimiento que llevó a que de tres palabras nacieran como ciento ochenta mil”, admite desde una silla de la librería de peatonal Córdoba. Aquella frase iniciática sobre la que se erigió esta monumental summa de lenguajes, géneros y códigos data del 10 de noviembre de 1972 y reza simplemente: “Conozco a Cora”. A partir de allí, el aluvión.
“Jorge decía que El opus se le disparó y se le fue de las manos, que él iba…”, rememora Kaller, llamando por su nombre de pila y no por el apellido a su compinche (“si hasta nos hemos jugado juntos una quiniela…”). “A Jorge lo atravesaba lo poético, hablaba de la obra como que tenía cuerpo y espíritu. Decía que la obra lo llamaba para que la escribiera, eso era muy propio de él. Al final de su vida no le daba más el cuerpo pero igual planteaba que la obra le requería cosas; escribir era una motivación de vida muy grande. De El opus hablaba con mucho respeto porque le dio un alivio económico”, aporta. Es que el premio nacional, además del reconocimiento que supone, funcionaba en tanto estímulo material y artístico al garantizar una pensión vitalicia.
“Hace algunos años comenzó a contarme en el (bar) Savoy sobre lo que él llama el mamotreto, una cosa muy especial, una obra fundamental dentro de la literatura argentina”, deslizó en la presentación el poeta Hugo Diz, amigo desde la década del sesenta. Su intervención fue breve, Riestra había pedido que los comentarios no rozaran la apología. Maritano por su parte expuso con firmeza y emoción sobre un texto al que consideró “la historia de una voluntad. (…) El autor compromete su vida entera, su yo esencial, su entorno espacial y su ámbito histórico. Hay novelas que no de un modo casual se inscriben históricamente en circunstancias límite de una sociedad en plena fase de descomposición y recomposición”. El país acababa de emerger de la noche negra de la dictadura y ensayaba los primeros pasos de la recuperación democrática.

A pesar de que Riestra era muy reconocido en el campo literario, sobre todo a partir de la aparición de Salón de billares (novela, 1960) y El taco de ébano (relatos, 1962), no le resultó fácil encontrar editorial para El opus, protagonizada por un escritor rosarino llamado Miguel Ángel y de trama difusa. Pasaron por lo menos seis años desde que pusiera el punto final en la página 426 hasta el acuerdo con Coquena. Fue a través del sello local, que ya se había unido a la cordobesa Alción para reeditarle algunos cuentos, que esta obra magnífica, polifónica, laberíntica y por momentos exasperante vio la luz en febrero de 1986. Sin embargo, la mayoría de los dos mil ejemplares no se vendieron. Así lo confirma Kolodziej desde la librería de usados – “y nuevos y raros” – que atiende en Entre Ríos al 1200, La Maga.
“Fue el último libro que hice, no me fue bien económicamente y eso me frenó para seguir editando”, reconoce, aunque en perspectiva no culpa a la novela sino a múltiples factores en el marco de aquella sociedad en recomposición que mencionara Maritano, con turbulencias varias que terminarían incluso en un proceso hiperinflacionario. “Yo venía de publicar una antología poética de Juan L. Ortiz, en base a los tres tomos de la Vigil”, rememora Kolodziej. En efecto, la Biblioteca Vigil, en la que trabajó el propio Riestra, había reunido en 1970 la obra del entrerriano bajo el título En el aura del sauce pero el ataque del terrorismo de Estado al proyecto cultural del barrio Tablada también afectó ese libro. De allí que la antología que acuñó Coquena a principios de los ochenta, Juanele ya fallecido, se vendió “como pan caliente”. Con la estrella de ese antecedente auspicioso y tras seis meses de trabajo de composición, nació El opus bajo el cuidado de Pedro Cantini, con cubierta de Omar Núñez. “Habría que mencionar a Joyce y a Pavese, así, contradictoriamente, para suscitar el eco que irradia la obra de Riestra; y hablar del arco que va, en nuestra narrativa, de Adán Buenosayres a Rayuela, para aludir a la monumentalidad expresiva y a la audacia creadora de El opus”, se lee en la contratapa a cargo del crítico y periodista porteño Luis Gregorich.
“El impulso que yo tenía por los temas que la novela incluye debió estar dentro de mí durante mucho tiempo sin que lo advirtiera, porque debo confesar que desembocó en ideas que tienen que ver con mi formación como escritor, pero de ahí parte a un mundo que no estaba en mis cálculos”, retoma Riestra. “Para este vasto proyecto no parto de un planteo apriorístico, por ejemplo el de escribir una novela experimental como alguien me dijo alguna vez. Yo me sonreí porque no sé si es de vanguardia, sí sé que no me propuse romper estructuras: la obra fue creciendo sola. Yo fui un instrumento de la obra, me dirigió bastante, quizás mucho más de lo que yo la dirigí a ella, como si hubiera adquirido vida propia”, insiste, y su voz queda registrada en un casete que esa misma noche viajó a la comuna de Bouquet, fue rotulado con la escueta leyenda “1986” por el médico del pueblo –padre de quienes apretaron la tecla “record” de un grabadorcito de mano– y permaneció oculto durante 34 años. “En los comienzos vi que la idea era rica y que me esperaban años de trabajo; había que tener la fuerza como para apartarse del mundo, encerrarse en una pieza y trabajar. Siete años de silencio, de no editar, de no hacer nada más que eso. No sabía muy bien adónde iba a parar, sí que había un motor que estaba funcionando y me demandaba”, explica Riestra, estirando algunas palabras de manera que las frases por momentos envuelven como un canto.
“Salieron varias reseñas, por ejemplo en los diarios La Nación (de María Esther de Miguel), Tiempo Argentino (de Jorge Rivera) y La Capital (de Alma Maritano), pero no se vendió como esperábamos”, apunta Kolodziej, todavía con un dejo de amargura. “Empecé vendiendo libros en la calle en 1978, tenía la distribución de los escritores de Rosario en Buenos Aires y me largué a editar. Lo más lindo de la cadena del libro es la edición porque se hace en equipo. También es un negocio, te puede ir mal o bien”, remata.
Para Riestra el fracaso comercial de su obra representó una enorme decepción, incluso un notable enojo. Pero la historia aún tenía capítulos por escribirse: en dos años El opus obtendría el premio nacional de Letras en el género novela, cuento y relato correspondiente al cuatrienio 1983-1986. En una entrevista que concedió a Clarín en 1989, reflexionó sobre el premio. “La obra fue mucho para mí y, con franqueza, le debo la vida, claro que ella también me la debe a mí. Me alimentó, me dio fuerzas para seguir luchando en momentos muy difíciles del país y de mi vida”, expresó. Es que a los pocos meses de vislumbrar el proyecto, tuvo un accidente automovilístico en el que murió su esposa y del que le quedaron secuelas en las piernas.
Lautaro Kaller llegó a Rosario a principios de los noventa con 18 años para estudiar en la universidad. Casi de inmediato conoció a “don Jorge en el Olimpia nuevo, donde él tenía domicilio. El viejo bar Olimpia de Rioja 978 cerró cuando yo era chico y después lo llevaron a Maipú entre Córdoba y Santa Fe. En el Rosario Billar Club de Sarmiento entre San Juan y San Luis nos veíamos con Jorge todas las noches. Se sentaba en la mesa solo, pedía un café y miraba la partida, era muy respetado por todos a pesar de su origen intelectual y de que no tenía actividad lúdica. Charlaba pero no jugaba ni al póker ni al casín ni al billar. A veces nos quedábamos los dos solos hablando hasta tarde, nos poníamos a tomar un vino y se hacía más largo”.
En septiembre de 2001 Kaller se mudó a un departamento donde vivió por tres meses, en un lapso muy particular del mundo y del país (entre la caída de las Torres Gemelas y el estallido del 19 y 20 de diciembre). “En ese período leí El opus y a la noche me encontraba con el autor de carne y hueso, lo cual es bastante raro. En el café todos sabían de su oficio de escritor aunque no lo hubieran leído, decían: «Lautaro está con el poeta». Es que algunos lo llamaban poeta”, aclara con un brillo de nostalgia en la mirada, pero cuando apura el último sorbo del cortado el tiempo parece una sustancia lábil. Hay humo en la sala.
“Yo vivía en esos años una auténtica tragedia personal”, nos confía Riestra. “Es un misterio por qué la obra me llevó hacia un enfoque humorístico paródico que jamás esperé, yo tenía una cosmovisión muy triste en esa época y encima con el país lamentable que teníamos, que se destruía por todos los costados. Un mediodía, ya con la obra avanzada -no leía el diario o a lo sumo lo leía por la tarde porque podía sufrir un quebranto que me dejara quieto, y no me quería paralizar-, yo estaba contento porque había logrado la página; pensaba: «El país se destruye y yo intento construir». Ahora, ¿qué significa un libro en esta confusión de valores?”. Lo seguimos con atención, a la espera de una clave. “El autor sigue trabajando aun en las peores condiciones, en su pieza, en su trinchera. Si la obra tiene algún valor, es que me permitió enfrentar ese mundo tan hostil”.
La cinta está a punto de terminar, el bebé que balbucea tiene más de treinta años. Riestra no se rinde. “Si el libro transmite vida, hace reír, enternece; si la obra se hace querer, a mí me alcanza”. A lo lejos, se escuchan aplausos.
Publicado en la ed. impresa #08

