Diario de un canillita

Entre paredes de chapas, cielorrasos de cielo y duchas de nubes, los canillitas cruzamos el tiempo junto a clientes y amigos unidos por un mismo amor, el periodismo gráfico. No existe comprador que no desnude sus pensamientos frente a nosotros. La misma persona que alguna vez fue incondicional al semanario Anteojito, adquirió revistas condicionadas mediante excusas infantiles en su adolescencia, compró luego publicaciones de política, caza y pesca, hoy nos visita buscando troquelados para sus hijos. Los carteros y los canillas somos conscientes del tesoro que transportamos. Si bien lo esencial es la palabra hablada, la escritura es necesaria para desafiar vientos y olvidos. El emisor se detiene un instante antes de volcar en signos sus sentires y pensamientos, pone lo mejor de sí para comunicarse con el destinatario, encargado de cerrar el círculo mágico mediante la libre interpretación del papel escrito. En consecuencia, nuestra prioridad es proteger la carga, nosotros viajamos amparados en imágenes genuinas, reproducidas sin descanso por nuestro proyector a pedal. Con la misma discreción que ostentan las sombras de las   madrugadas, somos testigos involuntarios de casos y cosas, sabemos de pecados, no de pecadores. Regamos con vino y anécdotas los asados entre colegas. Para iniciar un relato anónimo y sin tiempo trocamos las tres palabras mágicas “había una vez” por “tengo un cliente”.

Llueven historias a cántaros, como aquella del quinielero forastero que todas las mañanas esperaba en Pichincha, con su maleta preparada, el diario de Buenos Aires con el listado de la Oro, para decidir si se tomaba el tren o pagaba otro día más de pensión. Ante una mala racha para sus apostadores se afincó en la ciudad. Años más tarde inauguró una agencia oficial de lotería, con un cartel colgado en la puerta que rezaba “el juego ilegal es delito penal”.

Existen casos de duendes y brujerías, como la del compañero que solía alimentar las supersticiones de su clienta cambiando de lugar las estatuas de yeso de su jardín los viernes de luna llena. Perdió el mensual la noche en que la dueña lo descubrió en plena maniobra acusándolo de intentar robarle un enano.

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Ilustración: Max Cachimba

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