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La entrevista

Craviotto Carafa: “Tenemos que ser más pillas, tenemos que construir desde otro lugar”

De carácter frontal, Eugenia Craviotto Carafa es la líder de Mamita Peyote, grupo que en sus nueve años de historia hizo un curso acelerado de crecimiento. Se aleja de discursos efectistas, esquiva divismos, fija posición sobre el cupo femenino en conciertos y rescata aquella primera vez arriba de un escenario, cuando era una niña en Firmat.

Un escenario en Firmat marcó el destino de Eugenia Craviotto Carafa. Todavía niña, subió a tablas para interpretar a una bruja como parte del elenco que conducía el experimentado director rosarino Eduardo Ceballos. “Nunca más olvidé esa sensación, que ahora traduzco como adrenalina: yo estaba en la primaria, no recuerdo cuántos años tendría, pero me embargó plenamente, me encantó, sentí algo que nunca había sentido antes. Fue algo impresionante, rarísimo. Y quería sentirlo siempre”, recuerda quien hoy se luce como cantante de Mamita Peyote, la banda que fundó en Rosario hace casi una década junto a su pareja, el guitarrista y director musical Charly Bertolín, y que se apresta a dar el salto hacia la escena internacional.

Ya desde su aparición en el circuito rosarino en 2011, Mamita Peyote puso en juego un perfil sonoro multirrítmico, con un buen anclaje en el reggae pero abarcando además elementos de distintas músicas de tradición popular latinoamericana, con canciones de espíritu celebratorio y paladar festivalero. Desde una autogestión profesionalizada, la dupla creativa Bertolín-Craviotto Carafa se consolidó como una usina de producción que captó la atención de público y crítica con una propuesta que naturalmente se asoció como heredera de Mimí Maura y que, con la misma naturalidad, en Rosario encontró puntos de conexión con los repertorios populares de proyectos como Chiquita Machado, Huevo de Iguana o Girda y los del Alba. Aunque, claro, las asociaciones se dieron sustancialmente gracias al liderazgo de sus figuras femeninas, partícipes de un avance social y cultural que en noviembre de 2019 recibió un celebrado espaldarazo con la sanción de la ley nacional que garantiza un cupo femenino del 30% en festivales. Un movimiento que en esta ciudad se organizó en torno al Colectivo Mujeres Músicas Rosario, que agrupa a más de medio millar de artistas.

La pertenencia de Craviotto Carafa a ese colectivo, como también a la asociación El Qubil (pionera en la organización del colectivo musical independiente de Rosario) y a Canción Urgente, no puede dejar de pensarse como un resultado inesperado de aquella primera actuación ante el público, cuando asistía a los talleres de formación artística impulsados por la Municipalidad de Firmat. “Me fui abriendo más la cuestión a lo musical, guitarra, teclados, coros –detalla–. Después me alejé un poco durante la secundaria. Estaba en otra, leía mucho, los domingos estudiaba filosofía con Antonio Motti, un gran amigo, un erudito. Ahí no le di mucha más bola a la música, hasta que en los últimos años del secundario sí busqué darle forma a alguna banda, pero nunca con mis propias composiciones”.

Su llegada a Rosario para iniciar estudios universitarios en Derecho lo cambió todo. Sin embargo, el mayor impacto a su arribo a la ciudad se dio por la puesta en contacto con una escena musical amplia. Y fue el jazz el que despertó nuevamente la vocación por el canto: “Yo vivía en Rioja y Oroño, y en Balcarce y Rioja estaba el bar El Museo, donde se hacían unas jams de jazz que organizaba Gregorio Tisera López. Empecé a ir muy asiduamente, veía chicas cantar y me empezó a picar. Una vez fui con mi prima, estaban tocando Killing me Softly y ella me dijo: ‘Te morías de ganas de subirte a cantar’. Eso me marcó. Empecé de vuelta a querer cantar, pero no se me había ocurrido componer, sino interpretar para el lado del jazz, del R&B, del blues”.

Esas músicas de raíz negra formaban parte del menú familiar, junto a Los Olimareños, Inti Illimani, Mercedes Sosa. También, con la operística que nutría a uno de los dos programas que su madre conducía por FM Arco Iris de Firmat. Y remarca: “Mi vieja y mi viejo siempre tuvieron una cabeza muy abierta. Ahora me pasa que se está potenciando el feminismo y veo que hay chicas que toman cosas como si fueran algo raro pero para mí fue siempre natural. Siempre fue muy matriarcal mi familia. Crecí en ese ambiente, entonces toda la vida tomé con naturalidad cosas que ahora estoy empezando a ver en otros lugares”.

Participás del Colectivo Mujeres Músicas Rosario. ¿Esa naturalización te lleva a tener otra mirada respecto hacia dónde debe ir el movimiento?

–Sí, puede ser. Es una charla que estamos teniendo cuando nos juntamos a comer en familia los domingos. Tuvimos una discusión muy grande con mi vieja sobre el cupo femenino, sobre el 30%. Debatíamos sobre si está bien o mal llegar a un lugar por un cupo, más cuando es una cuestión cultural. En el desarrollo del derecho, o consiguiendo un derecho como en el ejercicio de la política (que haya cupo para diputadas, senadoras), mi vieja lo veía un poco más, pero no entendía por qué se da en el arte, donde si estás ahí es porque sos bueno, porque tenés algo para decir. Ella mencionaba a Janis Joplin, Ella Fitzgerald, Mercedes Sosa, que no necesitaron ningún cupo. Un poco comparto eso, pero le trataba de explicar la importancia de tener de alguna manera un refuerzo, con movimientos atrás, con el colectivo de mujeres, que consiguen logros. Por ahí no están tan buenas todas las propuestas, pero tampoco están tan buenas todas las propuestas de los hombres. Son herramientas para subsanar tantos años de injusticias desde que el mundo es mundo. Toda herramienta que venga a modificar una situación de desigualdad me parece fantástica. Después está lo que cada uno tenga para aportar. Hay gente que necesita estar dentro de un colectivo para tener mayor visualización y gente que no, por el factor que sea: por sus canciones, su carisma, su forma de trabajo, si le pone todo o lo hace a modo de hobby. Hay muchos factores, pero está buenísimo que nos unamos todas, todos, todes, porque siempre las revoluciones se dieron en lo colectivo. Lo charlamos mucho con Isabel de Sebastián, con Celsa Mel Gowland, que un poco de ellas salió esta idea del cupo del 30%. Por ahí no compartimos algunas formas que se dan, o actitudes maniqueas extremas, que son contraproducentes. Los grandes cambios sociales son dificilísimos de hacer entender, entonces me parece que tenemos que ser más pillas, tenemos que construir desde otro lugar. Es difícil esto que voy a decir, pero a veces se habla, o se hace, desde mucho resentimiento, o desde cosas muy personales. Porque así como en mí hay cosas que son naturales, en otros casos son todo lo contrario, hay mucho sufrimiento, historias de abuso, de maltrato, entonces salís con bronca a querer patear todo. Y es necesario, porque ninguna revolución se hizo desde la tranquilidad, pero creo también que tenemos que ir con mucho más cuidado con los discursos, las acciones. Porque el derechaje se agarra de eso para quitarle legitimidad. Puedo entender que es importantísima la condena social, y estoy de acuerdo, pero también es un arma de doble filo muy peligrosa. Tenemos que encontrar algún tipo de protocolo, que esto se ordene y la condena social sea una herramienta cuando otras instancias, como la Justicia, no responden de la manera que tienen que responder. Ningún tipo de tibieza llevó a ningún lado. Me parece fantástico el fervor con que se vienen haciendo las cosas, pero por ahí no estoy tan de acuerdo con los escraches en los blogs, habría que elaborar una especie de protocolo para que, cuando la Justicia falle, seamos una segunda red como sociedad. Sabemos adónde nos han llevado la posverdad, los trolls, la manipulación de la información, ya como país y como mundo sabemos que lleva a que se profundicen las diferencias, al fomento del odio. No sirve de nada.

Alejada de discursos efectistas, esquivando divismos, desde su carácter de líder de grupo, Craviotto Carafa entiende que su condición de mujer y carácter frontal derivaron en lo que, entiende, es el costado más cruel de la historia del grupo. “Por todo lo que me toca lidiar como mujer y como líder, pasé mucha mierda y la sigo pasando, pero hay que meterle y seguir para adelante –reconoce–. En toda esta aventura de Mamita Peyote la dinámica grupal siempre fue dificilísima, al punto que tuvimos que trabajar con músicos sesionistas. Empezamos con la idea de que todo fuera súper horizontal, donde todos opinábamos, todos trabajábamos y aportábamos. Pero en realidad era mentira: porque todos opinábamos pero no todos hacíamos cosas. Así hubo un primer recambio. Después de trabajar con músicos sesionistas trabajar con amigos es muy difícil, porque tenés que terminar pidiendo que no toquen en cualquiera. Y el último recambio tuvo que ver con eso: eran grandes amigos, pero todas las fechas eran un reviente, todas las giras eran como Bariloche, todos los ensayos de la misma manera. Los mayores dolores de cabeza, todo el trabajo que no nos dieron otras cosas, fue con la dinámica grupal. Porque te terminás peleando con gente a la que querés un montón, y si decís las cosas sos insoportable, loca. Y la que habla soy yo, porque digo las cosas. Siempre me pasó eso, no me guardo nada

Mamita Peyote es una banda que aborda múltiples géneros musicales, algo que siempre se favorece con las dinámicas grupales.

–Sí, pero estamos trabajando igual que siempre. Con los chicos que estábamos antes, venían trabajando como sesionistas desde hacía cuatro años. En esos años estuvo todo fantástico hasta que volvimos a caer en las mismas situaciones. Pero en sí, durante todo este tiempo Carlos trabajó como director, siempre en lo musical él tenía la última palabra. Después con las letras, salvo algunas colaboraciones, son mías, porque si lo canto tengo que sentirme representada. Antes tenía miedo de no poder escribir y ahora no puedo cantar cosas que no sean mías.

El “antes” al que refiere la cantante y letrista se remonta a los comienzos mismos del proyecto, cuando luego de haber formado parte de Blue Mood y María y sus Zapatos, decidió iniciar la aventura peyotera junto a Bertolín: “No sabía sobre qué escribir, había tantas cosas escritas, no sabía si iba a poder escribir. No me animaba. De repente empecé, Franco Dolci (que era uno de los músicos de la primera formación) trajo la estrofa de No me digas y Eterna, yo empecé a escribir sobre eso, hice los estribillos, y fue como que algo se destrabó. Ahora me encanta, escribo todo el tiempo, leo mucho para encontrar palabras, texturas, cosas que me parece que me pueden servir, que me inspiran. Me gusta mucho la narrativa, libros de filosofía, de historia. Hay un libro que me sirvió muchísimo, durante mucho tiempo, que fue Mujeres tenían que ser, de Felipe Pigna. También Filosofía en el barro, de José Pablo Feinmann.

¿Cómo se traducen esas lecturas? ¿De qué manera se transforman en canciones?

–A veces, en alguna canción, invento una historia. Si no, simplemente, empezamos a maquetar alguna canción en un ensayo, surge una armonía, y empiezo a buscar la musicalidad de las palabras. Muchas veces aparecen así algunas ideas, como una improvisación de rap, de trap. También hay cosas que tengo pensadas, que me gustan, y empiezo desde ahí. O busco en cosas ya escritas que todavía no tienen música, y pido que me armen una línea de bajo, o una guitarra con determinadas características. Trato de expresar las necesidades, como desde un lugar de producción. A veces me sale escribir como más escupido, pero trato siempre de poner las cosas de manera más poética. A las canciones las estoy modificando todo el tiempo, hasta cuando entro a grabarlas. Si me cierra más la métrica del fraseo, la armonía de la canción, lo cambio. Pero intento decir las cosas no tan literalmente. A veces por ahí me hincho las pelotas y quiero decir las cosas más de frente.

En este sentido, ¿te genera algún conflicto publicar textos en las redes con tus posicionamientos políticos personales sabiéndote líder de una banda que es popular, pero sin carácter de protesta?

–No, creo que es muy importante. Por todo esto de cómo crecí, cómo viví, no lo entiendo de otra manera que no sea tratando de dar una opinión, tratando de construir conciencia desde mi lugar chiquito. Mi concepto preferido es el de pensamiento crítico. Por ahí en lo personal me sale naturalmente hablar de eso, lo hablamos con mi familia, con mi pareja, con la banda, porque sale un tema de coyuntura y terminamos hablando de eso. Me parece más importante eso que mostrar en las redes las cosas que hago todo el tiempo. Intento hacer uso de las redes, aprovecharlas, pero todavía soy medio old school: no me cabe ni ahí poner fotos de mis vacaciones, o tener que ver adónde se fue de viaje alguien que ni siquiera conozco en persona. Celebro su existencia como medio de difusión. Y me parece importantísimo que quien tiene un micrófono, un poquito de atención, haga su aporte en cuanto a la construcción de un mundo mejor. Aunque parezca un cliché, o un lugar común.

Si de lugares de exposición se trata, en sus nueve años de historia Mamita Peyote supo hacer un curso acelerado de crecimiento. La bio en su web lo sintetiza: para 2012 el grupo ya teloneaba a referentes internacionales del rock y reggae (The Wailers, Armandinho, La Vela Puerca), en 2013 fueron premiados en el programa nacional Igualdad Cultural y finalistas del Rototom Reggae Latino; al año siguiente publicaron su debut epónimo por el que, en 2015, lograron una nominación a los premios Gardel en el rubro Reggae y Música Urbana (en ese mismo período, fueron declarada banda distinguida de Rosario por el Concejo Municipal). Tras su paso por Cosquín Rock en 2017, el 2018 incluyó la publicación de su segundo disco, Runfla calavera, con el que repitieron nominación a los Gardel y fueron premiados en el Independent Music Awards de Nueva York. En medio de todo ese periplo, el grupo fidelizó a su público con los convocantes Festines Peyoteros, actuó en distintos escenarios nacionales y realizó giras por Chile y Estados Unidos. El extenso recorrido incluyó también una participación en Bafim (Buenos Aires Feria Internacional de Música), lo que terminaría abriendo nuevas perspectivas para la banda rosarina.

“Gracias a todas esas cosas, a todo ese laburo que hicimos recontra-artesanalmente con Carlos, repartiendo volantes, pegando afiches, yendo a ferias musicales, fuimos logrando cosas. Así llegamos a la puerta de Ana Poluyan y Eduardo Sempé, dos pesos pesado de la música argentina. Ana fue presidenta de la Asociación Argentina de Managers Musicales y representa a Pericos. Y Edu fue presidente de la Asociación Latinoamericana de Managers Musicales, es dueño de la productora Rock&Reggae, de las Fiestas Clandestinas, el Estadio Malvinas Argentinas. Ahora estamos aprendiendo a laburar de otra manera, porque ya tenemos ese respaldo. No somos más nosotros dos solos por el mundo buscando fechas, espacios. Ahora tenemos ayuda, estamos aprendiendo a trabajar con ellos, armando estrategias de desarrollo de la banda. Hasta ahora tenemos mucha suerte porque nos dan total libertad creativa.

Para Ana Poluyan, la proyección del grupo es aún más amplia. “Imaginamos a Mamita en la escena de festivales latinoamericana, sin dudas. ¡Tiene todo el potencial! Los conocí en el BaFim 2018. El grupo de compradores internacionales estaba recebado con Mamita, especialmente un español, Alberto Cañizares, que literalmente me convenció de firmarlo el día que los conocimos con Edu Sempé. Fue amor a primera vista”, grafica la manager, que no duda en delinear rápidamente un perfil de la cantante: “Eugenia es un ser mágico y maneja un nivel de energía muy alto. Tiene un talento único, y es una gran persona”.

¿Aquella formación teatral de tu infancia también te dio herramientas?

–Sí, sobre todo para soltarme cuando tocamos. Igual sale naturalmente, no pienso en lo que voy a hacer: subo al escenario, cierro los ojos y ya está. Pero sí, tiene que ver con volver a sentir esa adrenalina de aquella primera vez que subí a un escenario y que no olvido más. Son lugares comunes, pero me pasa eso: es una conexión, es algo mágico, inexplicable. Ojalá lo pueda sentir siempre.

Publicado en la ed. impresa #06.

Edgardo Pérez Castillo

Por Edgardo Pérez Castillo

Periodista, guionista y trompetista criado en Rosario. Dediqué mi camino periodístico a la difusión de la cultura de esta ciudad durante 18 años como redactor y editor de Cultura en Rosario/12. Desde 2008 como productor y guionista en Señal Santa Fe. Y ahora, también, haciendo Barullo.

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