Cinema Paradiso fue la mejor película que vi en mi vida. Después de cincuenta años, tal vez más, crucé el mismo patio. A la altura de la boletería un hombre me pidió el documento, me dijo que entrara y me sentara del lado izquierdo, que esperara a que me llamaran por el apellido. No había niños en la sala en esta ocasión, solo adultos sentados sobre las históricas butacas, vacunados y no vacunados, mirando un filme sobre el complejo cultural Lumiére. Elegí un lugar y miré mi propia película.
Dicen que uno es lo que su memoria recuerda.
Mi hermana tendría veintidós años, tal vez menos, yo siempre la sentí grande, como a una segunda madre. No pude recordar lo que me llevó a ver en esa oportunidad, pero deduje que fue una copia que ya había pasado por los otros cines a donde asistíamos habitualmente. Guardo una imagen intacta de aquella visita, nuestra salida, ya era de noche, un hombre con la llave en la mano saludaba por el nombre de pila a cada uno de los asistentes y se prestaba a cerrar el portón de su templo.
No esperé solo la Sputnik, estuve con el recuerdo vivo de Stella. Cuando gané la calle ya había oscurecido, no solo agradecí al personal de esta cruzada, también al sabio aquel que no quiso levantar un supermercado en dicho sitio, que nunca cerró el portón, que siempre esperó mi regreso para vacunarme el alma.
Publicado en la ed. impresa #14



