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Barullo en papel Ensayo fotográfico

Un rosarino en París

Quería sentarme en una de las sillas pintorescas de los bares de París que están siempre mirando hacía la calle pero no podía. Era la primera vez en la historia que las sillas y las mesas estaban apiladas dentro de los restaurantes. Tampoco podía ir a las galerías de fotógrafos y pintores del barrio latino, ni mucho menos entrar al Louvre. Bares, restaurantes, teatros, museos, galerías, todo estaba cerrado en París menos, claro, París. La ciudad se me había abierto de una forma sorprendente. El parisino tomaba las calles y cada espacio que durante años había estado plagado de turistas. 

¿Y qué es París sin los turistas?

En Montmartre no había personas con cámaras de fotos (excepto yo), sino jóvenes tomando cerveza o tocando la guitarra. A los pocos días me di cuenta de que si bien no podía visitar museos, en los cementerios podía encontrar la historia y parte del arte de la ciudad. Me acerqué a Cortázar, también a Simone y Sartre. Mientras recorría tumbas y buscaba a Oscar Wilde, hallaba personas queriéndose escapar de sus monoambientes. Los cementerios eran un espacio de coworking. Las personas se instalaban en las escaleras con los auriculares y las notebooks. Otros dormían la siesta en los bancos. “Je ne peux plus tolérer Fortnite et mon fils”, me decía una madre de treinta años que estaba leyendo al lado de la tumba de Carlos Fuentes. 

Empecé a disfrutar del turismo de lo adverso. Sacar fotos a monumentos cerrados, como la torre Eiffel, que ahora tiene más vendedores que visitantes. Y por supuesto disfrutar de mi nueva pasión: La Pétanque. Es un juego que siempre practicaron los más ancianos, sobre todo en la región de Provence. Pero desde el confinamiento, los jóvenes empezaron a jugar en los parques. El juego tiene prácticamente las mismas reglas que las bochas, solo que éstas son de metal plateado. Se arman equipos de chicos y chicas mezclados, cada equipo lleva un sixpack de cervezas, con una mano se toma, con la otra se lanza la bocha. El juego dura hasta que se acabe la cerveza o aparezca la policía con sus silbatos anunciando que ya van a ser las 19 y París está por cerrar. 

Publicado en la ed. impresa #14

Por Sebastián Rivas

Sebastián Rivas tiene 36 años. En Rosario trabajaba con su productora audiovisual y para Central como videografo y fotógrafo. Hasta que decidió empezar a viajar y trabajar con su cámara desde distintas partes del mundo sin más itinerario que la motivación o invitación de un conocido. Generalmente una ciudad lo lleva a otra. Empezó a viajar con la cámara en el 2017 para un trabajo documental en el Ecuador amazónico, luego hizo trabajos en publicidad para Colombia que editaba desde la Van donde vivía. Llegó a París por primera vez en 2019 y la conoció por segunda vez en marzo de 2021, en plena pandemia. “Cuando lean esto seguramente voy a tener ya la visa vencida y estaré buscando una nueva ciudad para fotografiar”, escribió.

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