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Un hombre mirando una casa en la que ya no hay nada

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”, escribió Armando Tejada Gómez. Eso pensaba mientras iba a buscar aquella vieja casona del barrio en Mendoza al 4900, el oeste rosarino, que está casi igual.

Y allí me quedé como quien mira un cuadro, una foto, un pedacito del pasado. Una señora que pasaba con el bolso de la panadería me vio parado en la vereda, debajo del balconcito gris y se detuvo. Le pareció raro verme en el frente de una casa desocupada, con la mirada brillosa, concentrado en mis pensamientos y sonriente por los recuerdos que me llegaban en tropel.

-¿Busca alguna dirección, señor? Aquí ya no hay nada.

-No, gracias señora, ya sé que aquí no hay nada ahora. Sin embargo, en esta casa salvaron mi vida.

Y mientras lo decía me llegaba el aroma de las naftalinas de los pianos, las imágenes de los pisos impecables, las voces de los profesores, las paredes forradas con un tratamiento acústico y la voz de don Rolando Balbazzoni diciéndole a mi madre: “No importa señora, no se preocupe, su hijo está becado hasta que termine los estudios”.

Yo era un niño y apenas había hecho el curso preparatorio de un año. ¿De que estarían hechos estos hombres? ¿Con qué brillo diferente iluminaban? ¿Cómo entendieron la pobreza y procedieron a dar lo mejor de ellos para los que no tenían nada?

Durante ocho años me hicieron pianista. Me dieron el conocimiento, los pianos que nunca tuve, su tiempo y su saber. Aldo Arias, Gladys Barone, el Flaco Traversaro y tantos otros me enseñaron una profesión.

Todos los días Hannon, Clementi, Czerny, Chopin, Mozart…Todos los días para formar un alma, para grabar a fuego una técnica, para domar la pereza, para entender el arte. Nunca los olvidé. Ellos no lo saben, pero en cada episodio de mi vida estuvieron siempre conmigo.

“Conservatorio Balbazzoni” decía el cartel, que ya no está. Creo que esa casa estaba habitada por ángeles que tomaban formas de maestros, para cumplir el mandato superior, que entre otras cosas, nos regaló la música.

La señora del bolso se fue moviendo la cabeza, incrédula. No debe haber entendido lo que hacía un hombre mirando una casa en la que ya no hay nada.

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