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Leo Genovese: «Siempre quise ser nómade”

Por Paul Citraro

Andrés Barbiani

La plaza Italia de Venado Tuerto se encuentra entre dos arterias vertiginosas e importantes que cruzan la ciudad: avenida Estrugamou y Piacenza. Frente al espacio recreativo está la terminal de ómnibus, un desfile permanente de gente ansiosa en coloridos colectivos que vienen y van. Es sábado, una calurosa noche de febrero. Pasadas las veintiuna horas, un nutrido público comienza a llegar a la plaza con sillas desplegables, bancos, heladeras, bebidas y expectativas. Muchas expectativas. En un cartel se puede leer: “Hoy toca Leo Genovese”, el hijo musical de la ciudad y reciente ganador del premio Grammy. Leo se presenta con el Trío sin Tiempo, junto a Mariano Otero en bajo y Sergio Verdinelli en batería, laderos perfectos para una gira de travesía que comenzó unas semanas antes por diferentes puntos del país y lo ha traído nuevamente a la ciudad. En este tipo de encuentros, los preámbulos y los bártulos son consideraciones necesarias para que la presentación sea una verdadera fiesta. Probablemente nadie se pregunte si la ilusión de ser reconocido mejora cuando la maltratamos. Apenas unos días atrás Leo Genovese, en una entrevista, admitió que cambió su presencia en la afamada ceremonia del país del norte por un asadazo junto a colegas en Santiago del Estero. Leo es el único ganador nominado argentino de esta última edición en llevarse la máxima distinción que otorga la Recording Academy (reconocimiento a los artistas más destacados de la industria de la grabación).

El gramófono dorado prontamente estará en sus manos por el “Mejor solo improvisado de jazz” por su interpretación en Endangered species perteneciente al álbum Live At The Detroit Jazz Festival. Por si fuera poco, el premio Grammy fue una conquista junto a parte de la escena más importante del jazz moderno, figuras del género como Wayne Shorter, Esperanza Spalding y Terry Line Carrington. Leo Genovese no compitió con lo que se conoce en la actualidad como categoría de “Grammy latino”, ese claro ejemplo de lo que significa la interculturalidad para los gringos. Es decir, el partido se juega en la cancha a latere, con otra camiseta, aunque la copa sea la misma. Esta categoría es el crédito al legítimo reclamo de los millones de habitantes en Estados Unidos que conforman la comunidad hispanoparlante.

Entre otros apocalipsis cotidianos, la modernidad, la posmodernidad y el avance de la industria electrónica hacen que la rave en el cielo esté conducida por Dios, pero aquí, en esta porción del mundo, es la poderosa industria la que marca el ritmo. Todos esos condimentos forman parte de un simbolismo no menos interesante: ser creíble por la bendición que otorga formar parte de esta avasallante mercantilización de la cultura y sus bienes. Todo no es lo mismo, no pueden empatar tener y ser. Esa es la gran paradoja; el entusiasmo lindero por la conquista de un premio a contramano de la belleza musical y técnica hasta el límite de lo incomprensible. Con esos cimientos está construida la dimensión de su propio paisaje. Mucho de lo que las manos de Leo Genovese tocan está sobre la llanura. Información decodificada de los folclores argentinos y la tradición en todas sus posibles formas expansivas para situarse en su propia subjetividad. Ese es el universo Genovese. Basta recorrer su vasta obra que, con frecuencia, suele sentarse en los lugares más incómodos. Por fortuna, los riesgos estéticos también pueden escucharse. Otra forma posible de bailar sentados.

-¿Cómo funciona esa suerte de naturaleza exploratoria que te habita…?

Siempre quise ser nómade, viajero, explorador, literalmente. Y finalmente lo pude cumplir. La música me ha llevado a través de invitaciones a diferentes lugares. He llegado a continentes impensados tocando música. Mis viajes no están ligados al concepto del turismo, en todo caso soy una especie de turista de segunda, más vinculado a la exploración que al paseo. Me gusta explorar el lugar en el que aterrizo para tocar. Así es como funciona mi curiosidad guiada por el pasaporte. Quizá por tener la dicha de muchos amigos en muchos países distintos, con muchos géneros y culturas distintas, eso es gran motivador para seguir alimentando mi curiosidad. Mi deseo exploratorio. Así es como de alguna manera voy descubriendo tribus nuevas, todo el tiempo.

-¿El jazz es un género popular?

-El jazz se está popularizando o está en proceso de ser una música bien popular. Gracias a que hay “bochas” de festivales por todo el país, que además son gratuitos; eso ayuda muchísimo a la difusión del género. Y también las escuelas gratuitas para estudiar esta música. Pienso en el conservatorio Manuel de Falla (Buenos Aires), que diseñó y creó Ernesto Jodos, con profesores de lo más “picantes” del país. (El acento sigue siendo de un habitante de la llanura). Esas cosas me dan la pauta de que el jazz es un género popular. Y si no lo es del todo, va camino a serlo. Creo que va por ahí. Incluso estaría bueno que en algún momento todo el movimiento llegue a la televisión. Así como en enero explotan los festivales folclóricos de todo tipo, el festival de jazz de Buenos Aires u otros festivales como el de Rosario deberían ser televisados a nivel nacional. Ayudaría mucho contar con esa difusión. En Estados Unidos es un género con tradición popular, ir al festival de jazz de la capital, Washington, me recuerda un poco lo que es ir a Cosquín. Gente enfilando para el lado del escenario, con sus reposeras y conservadoras con hielo y bebidas. Si hay reposeras, es popular.

-¿Qué es el Trío sin Tiempo? 

Trío sin Tiempo es una familia viajera que tiende a regatear las horas. Una familia que desafía la lógica de los relojeros. Creemos en el reloj interno y musical que todos tenemos. Para nosotros es importante el reloj del corazón que palpita en 6/8, que late en chacarera. A ese tiempo le creemos. Y al del compromiso, como llegar a horario a la prueba de sonido. El acuerdo entre nosotros es; empezar a horario y que el resto del tiempo lo dicten las notas. Esa es la clave de funcionamiento del Trío sin Tiempo, con quienes he compartido amistad, hermandad, viajes y muchos toques. Soy fanático de ellos, mucho antes de conocerlos. Tocar con Sergio Verdinelli y Mariano Otero es un regalo hermoso y bendecido de la vida.

-¿En qué lugar de la repisa se ubica un premio Grammy?

En la repisa están a la vista las cosas que uno quiere ver. Cosas que a uno le importan. Me pregunto… ¿Me importa este premio? ¿Lo quiero ver todos los días en mi casa? No lo sé. Ganar un premio así quizá pueda ayudarme la próxima vez que levante un teléfono y quiera organizar una gira. O la próxima vez que envíe un mail a algún club y la gente esté más familiarizada con mi nombre. Veremos. Lo recibo con alegría y simpatía y un poquito en silencio. Definitivamente un Grammy no va a cambiar mi nivel de locura o de riesgo para abordar la música. Por el contrario, este “sellito de garantía” la impulsa. Y hasta me ayudaría con mis amigos y la gente que me quiere a que entiendan que la locura, puesta en el lugar correcto, también puede ser una forma creativa. Y que no responde a que necesariamente estoy “medio chapa”. En fin, es divertido todo esto.

-¿Qué acentos pondrías en tu desarrollo y la actualidad?

-Para mí el desarrollo propiamente dicho es la constancia. Lo continuo, que es el uno, dos, tres, cuatro… Es una preparación intensa, con horas de vuelo y soledad. Mañanas de transpiración a café con leche y mates. Uno y el universo. Ese desarrollo sigue siendo una constante en mi vida. Y una vez que se “prende la maquinita” es como una buena consola, no se apaga más. O solo se apaga con la cadencia final. Ese desarrollo viene siend para puntuales situaciones con experiencias artísticas nuevas. El tiempo que tengo disponible es el que uso para prepararme para tal concierto o tal gira. Situaciones que tienen que ver con el desarrollo, el hecho de organizarme y ver a la distancia qué es lo que viene, artísticamente hablando. Suelo contemplar qué grado de dificultad tiene el trabajo o cuán familiar o ajena me es esa música. Esa es mi forma de encarar un proyecto para poder estar listo con lo que la música necesita. Para mí lo más importante es poder llegar “a la meta liberado” -digamos-, en una dirección en la que me sienta libre de poder tocar de oído y confiar en mis tripas. Considero siempre confiar en otros sentidos antes que en la cabeza, esa computadora del saber. (Leo abre el audio en modo capicúa y se queda en silencio un instante). Cómo no imaginar un río irrigando sangre en las venas de su frente. Venado, bueno, Venado. Escuela de rock, escuela de jazz, escuela de blues. Me acuerdo hace siglos en los comienzos tocar temas de Fito (Páez), Spinetta, salir a los primeros viajecitos a los pueblos vecinos, a Rosario, con Marca Acme. Marca Acme fue la primera banda de amigos antes que músicos formada en Venado Tuerto. Amigos perdurables en el tiempo con quienes sudaron mares de entusiasmo en los primeros años de la adolescencia en un galpón sobre calle López. Marca Acme estaba conformada por Mariano Sayago, Nicolás Manzi, Pablo Costamagna, Ezequiel Aldasoro y Claudio Levrio. Algunos de ellos continúan en la música.

(Genovese continúa recordando).

-Me acuerdo de integrar otro grupo en paralelo que se llamaba Los Fernández. Una contracara de Los Rodríguez en su versión vernácula. Luis Puli Fernández, Claudio Carpo Fernández y Sebastián Ariola. Un tiempo muy divertido. Esos ensayos me acercaron a otros músicos tan importantes como queridos; Julián Baronio, Gustavo Corto Mestre, Gustavo Ganso Sileone, Luis Pierdoná, Daniel Paci Giulietti, una camada de musicazos del pago. Y Daniel Flaco Díaz, mi querido maestro. Recuerdo que tocábamos Amenábar, de Spinetta, y el mundo se detenía. Después vino Quintino Cinalli, quien a mi compañero Mariano Sayago y a mí nos introdujo en el mundo del candombe. Quintino fue quien nos sacó del pago, nos llevó como laderos para una gira en el sur; El Bolsón, Bariloche, Neuquén, General Roca. De esos aprendizajes se trató Venado Tuerto. Rosario fue otra cosa. Los primeros años no tuve la chance de reunirme a tocar y foguearme con músicos mayores. Me anoté en la universidad y tuve chances de aprender el repertorio clásico con la maestra Ana María Cué y un período en el lenguaje del jazz con el maestro Leonel Lúquez. Y de a poco fui abriendo otras experiencias con el maestro Ernesto Jodos en Buenos Aires. Era un ida y vuelta detrás del saber. Rosario es un lugar muy importante para mí. Allí pude conocer a Leonardo Pipo Piantino y a través de él, llegar a codearme con Julio Kobryn quien había regresado de Estado Unidos y traía información, discos. Junto a él, Sebastián Mamet y Bjarki Meitil (contrabajista dinamarqués) formamos el grupo La Revancha. Tocar con ellos, liderados por el Ruso Kobryn, no solo fue increíble, fue escuela. Y después de Rosario, sin escalas a Boston. Fueron años de suma concentración en esa ciudad tan intensa como fría. Todos los que estábamos ahí hacíamos un poco de vida de monjes, no había muchas alternativas más que tocar hasta que nos echaran y levantarnos temprano a “encender” la máquina. A medida que me fui apropiando de lugares descubrí a gente muy luminosa: George Garzone, John Lockwood, Nat Mugavero, Phil Grenadier, gurúes de la música que solo habitan en Boston. Y New York. Allí solo tengo mi piano y mi colchón, paso poco tiempo ahí. Si bien la pandemia nos tuvo una breve temporada confinados, mi rutina está supeditada a los viajes de gira. Si uno está atento, es muy interesante lo que enseña NY. Por ejemplo, si por esas cosas hay humo en tu cabeza, solamente hay que ir a cualquier club, cualquier día de la semana y te das cuenta al nivel que se toca la música ahí.

(Respira profundo y remata).

-¡Eso no es Coca papi! Se toca de verdad, se estudia de verdad y existe una comunidad muy linda y muy sana. En realidad, no sé si pertenezco a ella, pero me siento parte. Es una comunidad en renovación permanente. Están los grandes maestros que tienen setenta, ochenta, noventa años y los gurrumines -los teenagers- juntos en plataformas que se comparten, naturalmente, en los clubes, hasta altas horas de la madrugada. De eso se trata la escuela neoyorkina.

-¿Cómo es el ritmo de vida en la Gran Manzana?

-El ritmo de los músicos de jazz es al ritmo de la ciudad. En alusión popular. Movidito, movidito. Lo que se dice “On the top of the beat” (en la cima del ritmo), empujando, al palo. En mi preferencia sería mejor cuando se encuentra “Behind the beat” (dDetrás del ritmo), para ir sentado más cómodo en la parte de atrás. Creo que la locura, el agite y la austeridad de esa ciudad tan llena de vértigo se reflejan en la música. New York es una carga de electricidad impresionante, con una pretensión de búsqueda constante, que se desafía a sí misma todo el tiempo, todo eso pasa en la Gran Manzana. Un lugar en el que se acepta el beso que se da la historia con el futuro.

21.30. Todo parece estar listo. El presentador de turno anuncia formalidades de recepción, detrás Genovese suma su voz. Coloquial, directo, zapatos sin medias ante un público rendido a sus palabras. Esta noche y en este rincón del mundo de tierras aradas y fuertes pulsaciones comerciales, el peso que necesita toda contraparte está en manos de la música. Con el correr de los minutos, esas manos terminarán siendo teclas en lugar de dedos. Estamos todos encerrados en una noche calurosa de febrero. Y se ha generado una atmósfera de sentido de pertenencia a una comunidad global. Arriba y abajo del escenario conviven diferentes universos musicales como si la unidad fuera posible. Cerca, una señora sentada sobre las escalinatas del anfiteatro come una porción de torta y después grita a viva voz “¡otra! ¡otra!”. Fin de fiesta. En unos días, Leo estará en un club de Manhattan o cruzando al Viejo Mundo. Con la música a otra parte. Por aquí los adagios siguen bailándose en círculos. Basta girar la cabeza hacia el lado de la terminal y ver niños de ojos brillantes y ninjas bailarines o estudiantes rezagados para comprender la lógica que se aplica en toda frontera. Toda esa gente que viene y que va, en coloridos colectivos.

Las voces de los amigos

“Recuerdo que en Rosario, afuera del Parque de España, sería el año 98, se me acerca un pibe con una energía especial, hacia afuera, preguntándome si era posible tomar clases conmigo. Volví a verlo en 2013 junto a Francisco Mela y Demian Cabaud, en un concierto en Buenos Aires. No me resultó extraño volver a encontrarme con el mismo virtuosismo que lo acompañó siempre, pero de una manera potenciada en lo estilístico. Creo que su fortaleza como músico está en su identidad innegociable y en la forma de traducir musicalmente ese espíritu” (Ernesto Jodos, pianista).

“Íbamos juntos a una clase en la facultad de música, en el ciclo de nivelación, todo era muy aburrido. Empezamos a charlar sobre gustos musicales y el jazz fue un común denominador. Quedamos en encontrarnos a tocar. Cuando lo escuché tocar por primera vez… ¡no lo podía creer! Estaba a un nivel altísimo en el lenguaje del género, era excesivo, ya estaba para otra cosa. Leo es un genio. Está a la estatura de todos los grandes del género a nivel mundial. Lo más lindo es su naturaleza; abierta, generosa, sin límites” (Leonardo Piantino, saxofonista).

“Habíamos terminado un ensayo con Los Enanitos Verdes en Nueva York. Paramos al mediodía para almorzar y lo llamé a Leíto. Me dice: “Estamos con Esperanza (Spalding) en un estudio y te queremos invitar a grabar un tema”. Salí volando para el estudio, motivado por la invitación. Estaba toda la banda de Esperanza, Leni Stern, y Leo que se me acerca y me dice: “Está por venir Prince a ver el ensayo, nosotros sigamos tocando”. Prince llegó y se sentó a escuchar. Gracias a esa invitación viví un momento mágico que nunca olvidaré” (Jota Morelli, baterista).

Por Redacción Barullo

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