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Barullo en papel Crónicas

Las dos leyendas del pasaje Lavalleja

No son admiradores de las anomalías urbanísticas del lugar, ni seguidores tardíos de Lavalleja, el general de Artigas, quienes peregrinan por la zona sur. Los curiosos quieren conocer el barrio donde se originó otro tipo de fenómeno. Un 24 de junio, el mismo día que el general oriental, pero siglos más tarde, en 1987, nació en ese pasaje Lionel Messi.

Quién pudiera salir a las calles porque sí. Sin nada que hacer. Sin ocultar que uno no tiene nada que hacer en la calle. Simplemente estar. Ni siquiera ser turista en su ciudad. Quién pudiera enfrentar sin pudor el encuentro con el otro y a la pregunta de “¿qué estás haciendo acá?”, responder con hidalguía: “Yo, nada”. Sentarse en la vereda a mirar el cielo, a esperar el relato de tal cosa que nunca nadie podrá desmentir porque la anécdota durará lo que el tiempo permite, que jamás es mucho. Todavía quedan lugares así en la Rosario del año 2020, en la ciudad temerosa de los virus presentes y de las pestes futuras, que siempre serán las peores. Calles como rincones, como un pasaje breve de la zona sur que es difícil de explicar porque al final se parece a un espejo roto de una película para niños. Pero ahí está, es real. Tiene nombre: Lavalleja. Y tiene una leyenda para contar, que en realidad son dos.

El general y su pasadizo

La historia no empieza hoy sino el 24 de junio de 1784, cuando Juan Antonio Lavalleja nace en Minas, en el Virreinato del Río de la Plata. Hijo de un español, Juan Antonio se hizo guerrero: un revolucionario. Fue uno de los capitanes de José Gervasio Artigas y jefe de los míticos 33 Orientales en las batallas para independizar a la hoy República Oriental del Uruguay. Murió el 22 de octubre de 1853 en Montevideo, cuando era miembro del Triunvirato que gobernaba ese país desangrado por las guerras internas.

General Juan Antonio Lavalleja

Después de 69 años de lucha, de la furia de las batallas, de la tentación de ser el supremo por las armas, de caer en la desdicha; después de todo aquello Lavalleja apenas pudo disfrutar solo un mes del honor de estar al frente del país que ayudó a liberar. Imposible de imaginar ese desenlace. Imposibles de prever también los reconocimientos que lo elevarían a prócer oriental. Su figura fue la primera estatua ecuestre de Uruguay en 1902, después le dio nombre a uno de los 19 departamentos de esa república, también a una importante avenida de Montevideo y en Rosario, en la zona sur, recibió cien años después de muerto un pasaje finito que no llega a los 150 metros de largo: una calle que nació de tierra y hoy es de pavimento en el barrio La Bajada, al sur de la avenida Uriburu y Ayacucho.

La primera cuadra, del oeste hacia el este, va desde Juan Manuel de Rosas hasta 1° de Mayo. En ese primer tramo es casi normal, pero después de ese punto se achica para convertirse en una cortada angosta. Los autos quedan estacionados, mitad sobre el asfalto y mitad arriba de la vereda. Porque no hay espacio a los costados ni tampoco hacia dónde seguir: 40 metros más adelante la traza se choca contra la pared lateral de una casa que contiene un mural de dos chicos y una pelota. Pero la calle no muere del todo ahí, agoniza en un pequeño pasadizo.

Un rayo de sol de las 11 de la mañana que se dibuja en el piso denuncia esa grieta: no hay pared ni construcciones al costado de ese fin de cortada. El extraño paso, solo para peatones o bicicletas, tiene siete metros de largo y dos de ancho. Es una diagonal hacia la izquierda (o el norte) que no se ve en los mapas pero que conecta esa arteria con la calle Estado de Israel. La pared cruzada, frente al mural, es gris y tiene una ventana, que corresponde a la primera vivienda de la ochava contigua. Ochava que en realidad es un ángulo recto. Dejada atrás Lavalleja, del otro lado del pasillo, la calle Estado de Israel al 400 tiene esa equina que carece de consenso entre los vecinos.

Tres casas conforman ese accidente. La primera reconoce una doble identidad: sobre el cartel del frente se lee “Pasaje Lavalleja 476 Estado de Israel”. La segunda no admite dudas: “Estado de Israel 498”. Y la tercera se asocia a la calle perpendicular que nace a unos metros: “Australia 4498”.

Los vecinos cuentan que periodistas de todo el mundo visitan ese lugar. Primero van al pasaje Lavalleja, cruzan por el pasadizo y siguen por Estado de Israel. “Vienen de todos lados y ya estamos acostumbrados”, cuenta Daniel, que vive desde que nació, hace 49 años, en una de esas tres casas, la que se reconoce parte de Australia.

Daniel es un taxista que tiene la valentía de salir a la calle en pantuflas rojas con escuditos de Newell’s. Pero no la suficiente para confesar que en esta siesta soleada de invierno no está haciendo nada en la calle. “Saqué a pasear a los perros”, dice y al pasar revela la identidad de los guardianes recelosos del extraño lugar. Trini, la rubia, y Coqui, la negra, ladran a cada alma que se asoma por ese punto oculto para los cartógrafos pero que se descubre al andar a la vieja usanza.

Sin embargo, no son admiradores de las anomalías urbanísticas, ni siquiera seguidores tardíos de Lavalleja y los 33 Orientales quienes peregrinan por ese espacio. Los curiosos quieren conocer el barrio en donde se originó otro tipo de fenómeno. Un 24 de junio, exactamente el mismo día que nuestro general oriental pero un siglo más tarde, en 1987, nació en ese pasaje que invita a ser recorrido en pantuflas Lionel Messi.

Calles del barrio La Bajada
Foto: Sebastián Vargas

Una división late en el sur

“Llegó en fin el momento de redimir nuestra amada Patria de la ignominiosa esclavitud… El grito heroico de LIBERTAD retumba ya por nuestros dilatados campos con el estrépito de la guerra. El negro pabellón de la venganza se ha desplegado, y el exterminio de los tiranos es indudable”.
Proclama de Juan Antonio Lavalleja a los orientales. Abril de 1825.

La batalla entre el general Lavalleja y Estado de Israel no se agota en la esquina donde tres calles se disputan su propiedad. Del otro lado del pasadizo, dos casas linderas exponen sus preferencias: “Estado de Israel 482” y “Pje. Lavalleja 488”. Unos metros adelante, después de cruzar 1° de Mayo, ocurre lo mismo: direcciones pintadas a mano, en mosaico o carteles que optan por uno u otro nombre.

Un hombre apurado jura que Lavalleja era una denominación anterior. “Ahora se llama Estado de Israel y esa es mi dirección en el documento”, asegura y se mete en su casa, bien enfrente a la de la familia Messi, donde un gato negro y marrón finge desinterés desde el balcón. “No, esta es Lavalleja, a mí el impuesto me llega con ese nombre”, responde una vecina cuya vivienda, contra toda coherencia, reza en negro sobre el frente gris: “Estado de Israel 577”.

La casa natal del astro del fútbol no se mete en esa grieta y carece de cartel. Eso amplifica la confusión mundial. Algunos cronistas quedaron mareados por ese rincón de pasajes que se angostan hasta ser pasadizos, callejuelas que doblan y vuelven a aparecer del otro lado, cortadas breves y paredones.

Casa de Messi en Rosario
Casa natal de Messi. Foto: Sebastián Vargas

“A mitad de cuadra de la calle Israel sin número ni placa que la identifique está la casa que ocupó Messi y que todavía pertenece a su familia, aunque nadie vive allí”, dice, por ejemplo, la crónica de la agencia AP sobre el city tour dedicado al capitán del Barcelona en Rosario.  En otras notas confunden a Lavalleja con La Bajada, que es el nombre del barrio y de una cortada paralela. Otros directamente ignoran al viejo caudillo oriental. Pero la dirección legal del santuario del fútbol moderno es Juan Antonio Lavalleja 525, manzana 284 de la sección cuarta, según el plano de Catastro Municipal de 1981 actualizado en 1993, cuando Messi todavía andaba por el barrio, antes de emigrar a España, país desde donde partió a su tiempo el padre de Lavalleja.

Ese mapa grafica la particularidad del trazado deforme. Las manzanas como piezas de un Tetris de autor. La del pasadizo es la 285 y delimita con cinco calles. Al oeste con 1° de Mayo, al sur con Ibáñez, al este está Ingeniero Huergo y al norte corresponde mitad a Lavalleja y la otra mitad es Estado de Israel.

Pintada con el 10 en el cordón de la calle
Foto: Sebastián Vargas

Ese pasaje peatonal por donde el Messi niño caminaba desde su casa hasta la de su abuela Celia (Estado de Israel 409) y de allí iban juntos hasta el club Grandoli donde comenzó el mito, ese tramo oblicuo de siete metros lleno de magia que convertía al pibe tímido en un ser “de otra galaxia” (como asegura uno de los murales), no figura en ese registro oficial.

El genio atrapado

“Lavalleja antes era de tierra y más angosta todavía. Sacábamos un televisor a la puerta y mirábamos películas en la calle, con mates o cerveza. Mis hijos que ahora tienen 35 y 30 años jugaban con Messi cuando eran chicos. Él era muy tímido. Tengo fotos de Messi en casa”, ofrece Mercedes, con un barbijo rosa y campera. “Una vez, hace varios años, salió con el mate a andar por la calle como si nada y se llenó de gente. Las chicas le pedían fotos. Él no se daba cuenta de lo famoso que era. Después ya no lo hizo más”, dice la mujer sin soltar su bolso de las compras. Desde entonces Messi sabe que no puede salir a la calle a no hacer nada. Atrás del primer curioso vendrán cientos y no tendrá paz. No hay gambeta para eso, ni grito heroico.

Pintada con el número 10
Foto: Sebastián Vargas

Después de todo él es un mortal y cayó en la trampa. El chico que jugaba a la pelota porque sí fue convertido en productor y mercancía al mismo tiempo. El yugo del mercado. El pasadizo de Lavalleja, que es más viejo y más sabio, evitó esa fama. Los mapas lo ignoran. Nadie habla de él. Esa diagonal extraña ni siquiera forma parte del “Circuito Leo Messi”: un recorrido turístico con los diez lugares principales del crack en Rosario. Están señalados la canchita de fútbol que era un baldío y ahora es el Club El Campito, los murales georreferenciados, la casa de la infancia o el Club Abanderado Grandoli. Pero el terruño del libertador resiste esa tiranía. Las luces no apagarán los últimos rincones escondidos de la ciudad.


Murales y cortadas

El barrio La Bajada tomó el nombre de la estación ferroviaria construida en 1908 por la Compañía General de Ferrocarriles de Buenos Aires. Estaba en Uriburu y Ayacucho, y fue abandonada y demolida a mitad del siglo pasado. En 1949 la Municipalidad creó la “Calle Estado de Israel”, que tiene dos tramos: del 300 al 500, y del 1000 al 3100. El decreto 22013 del 14 de abril de 1958 le cambió el nombre al ex pasaje González para hacerle un “homenaje al prócer Juan Antonio Lavalleja, jefe de los 33 Orientales”.

En 2018, el barrio de origen ferroviario se llenó de colores y figuras. Artistas pintaron 34 murales de niños y pelotas, de un sol y una luna, de una chica con un pelo largo y ondulado como el mar, de gritos de gol, abrazos y Messis. Las columnas de madera del alumbrado se mancharon de celeste y blanco con el 10 como sol, igual que las alcantarillas y los cordones.

Mural sobre Messi
Foto: Sebastián Vargas

Dos años después, el brillo de las pinturas se asentó y lo mundano intervino. En el mural de la casa que se interpone al pasaje Lavalleja, una pila de escombros y arena tapa la pelota que sostiene uno de los chicos. A la vuelta, por Ibáñez, la hermosa callejuela cercada por un paredón con árboles tomados por enredaderas y una santa rita florecida al rojo, un Renault 12 blanco sin ruedas ni vidrios bloquea parte de otra pintada de un pibe que sueña con fútbol.

Por Ricardo Robins

Nací en Rosario en 1980, bajo dictadura cívico militar, y escribo esto en tiempos de pandemia. En el medio me hice periodista (TEA y Licenciatura en la UNR) y trabajé en Cablehogar (Semanario NE), Diario Crítica y Rosario3, además de colaborar en Revista Anfibia, entre otros. Fui coautor del libro “Crónicas primarias” editado por el periodista y escritor Cristian Alarcón. Participé en la producción, investigación y guión de documentales como “La arquitectura del crimen” y “Buscando al huemul”. Vivo en Echesortu con mi compañera y dos hijos aunque me críe en Alberdi, junto al río. Mate, siempre; cerveza con picada; vino con asado. Mi primera entrevista con grabador fue a Leticia Cossettini pero no encuentro el caset. Creo en la crónica y en el documental como los géneros más completos y complejos en donde puede convivir una investigación rigurosa con narrativas creativas y diversas. Todo esto para decir que me gusta contar (y leer y escuchar y mirar) buenas historias.

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