En tu multiinstrumentismo hay una unión entre piano, guitarra, clarinete, voz y percusión. ¿Cuál llegó primero a tu vida?

—Mi primer instrumento fue la guitarra, el regalo de los Reyes Magos. Comencé a estudiarla de manera clásica a los siete años y por orden de aparición la sucedieron el piano, el clarinete y los demás.

¿En qué entidad de Rosario estudiaste música y que profesores fueron tus referentes?

—Cuando era chico estudié guitarra en un conservatorio particular y luego entré en “La Siberia”, la Escuela de Música de la UNR. Allí estudié, entre otros, con Dante Grela, Marta Varela, Juan Bautista Zaghis, mi profesor de clarinete, y Santiago Grande Castelli, mi profe de armonía y composición.

Barrio de Rosario donde creciste; tu cuadra, tus bares, tus lugares para hacer música…

—Mi infancia giró alrededor del parque Independencia, nací en calle Dorrego y luego la familia se mudó del otro lado del parque, por calle Crespo; es decir, por un lado Gimnasia y Esgrima y por el otro Newell’s. ¿Qué dilema, no? Quizás fue por eso que elegí ser hincha de un club de Arroyito, lejos de mi barrio. Mi recuerdo de adolescencia es en la calle Crespo, donde desde muy jovencito ya comenzaba a tocar en los bailes, yo era un pibe de 15 años con viejos de 25-28. Encantado de volver por las madrugadas tipo cinco o seis después de tocar en las afueras de Rosario con el Rastrojero, que nos traía a casa lleno de equipos y bafles, cansados pero supercontentos. ¡Tocar en Pérez o en Zavalla, en pícnics de la primavera, era tocar en Woodstock! Fue en ese barrio donde conocí a Juan Ricci (futuro bajista de Síntesis), quien vivía a una cuadra de mi casa, en un pasaje que inclusive creo que se llamaba justamente Independencia. Julio Cusmai también vivía por allí, no tan lejos, por Ovidio Lagos y 27 de Febrero, pero a él lo conocí más tarde, por la creación de Síntesis, ya que fue el batero. Cuando teníamos 17 o 18 años con Juan y su hermano Roque pasamos horas y horas  escuchando música en su casa, todo el rock de la época: Led Zeppelin, The Who, Santana, Emerson, Jethro Tull…. Cada uno tenía sus ocupaciones pero el momento mágico y único era escuchar mucha música tomando mate.

¿Cómo fue el inicio de Síntesis?

Síntesis comenzó tocando en una pequeña sala en calle San Lorenzo y San Martín (hoy no existe más) para terminar tocando en la Biblioteca Argentina, en el Astengo o con Polifemo en el cine San Martín, actualmente una cochera en San Martín y Santa Fe. Amader fue una asociación que también organizó muchos conciertos, luego llegó la Trova y al mismo tiempo yo me iba del país.

Mientras grababas tu primer disco de rock progresivo con Síntesis en Buenos Aires en 1976, sucedió un hecho demasiado particular y decidiste emigrar a Francia…

—El primer día de la grabación de Síntesis en Buenos Aires fue el 24 de marzo de 1976. Día del golpe de Estado, terrible en la historia contemporánea de Argentina. La formación del trío se agrandó para ese disco; había caños, cuerdas, éramos tres rosarinos grabando en Buenos Aires con músicos porteños, todos de la camada jazzera de la capital. Ese primer día (el disco se grabó en cuarenta y ocho horas), en el momento de la pausa, saliendo del estudio, almorzando en un bar, vemos por la tele la toma de la Casa Rosada y tanques por la calle. ¡Una cosa alucinante! Nosotros estábamos encerrados en ese estudio de grabación, haciendo música y proyectando nuestro futuro y, al mismo tiempo, el futuro del país donde vivís se iba a transformar en uno de los períodos más negros de nuestra historia. Evidentemente, en ese preciso momento nadie imaginaba lo que al poco tiempo iba a suceder. Volviendo a Rosario, rápidamente sentimos que nuestra forma de vivir se estaba alterando; justamente, con Carlitos Lucchese, cuantas veces la policía nos llevaba sin motivo, digamos: verificación de identidad. Solo el hecho de caminar por las calles, con pelo largo o estar sentado en un bar con el Negro Domínguez (Tancredo) era motivo para que te levantaran y, al mismo tiempo, fue cuando el rock argentino progresivo estaba en pleno auge, cuando Pappo cantaba “adónde está la libertad…” y Aquelarre, Violencia en el parque. Dos años más tarde me fui del país, uno de los primeros argentinos que encontré en París fue Gustavo Beytelmann, que recuerdo me decía: “¡No te fuiste, te fueron!”. Después, con el Tata Cedrón comprendí lo que eran el desarraigo y la soledad del que se fue del país sin desearlo; yo por suerte ese dolor no lo viví.

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¿Cómo es tu actividad musical profesional en Francia hoy?

—Actualmente estoy trabajando sobre varios proyectos al mismo tiempo; estoy componiendo música para una comedia musical, donde hay actores, cantantes, y es un trabajo bastante complejo, sobre todo para los intérpretes ya que tienen que actuar, saber el texto y al mismo tiempo aprender canciones y cantarlas, nada fácil, puesto que todos los actores no son forzosamente cantantes. Por otro lado estoy ensayando con una troupe que se caracteriza en el Music-Hall; allí la música es omnipresente y está basada en una serie de números de equilibristas, trapecistas, bailarines, cosa muy parisina al estilo Moulin Rouge y Lido de París. En general mi trabajo oscila entre mis composiciones personales, que las empleo en mis diferentes formaciones (tríos, dúos, cuartetos), y la composición para teatro, danza, que son composiciones diferentes ya que están al servicio de otro arte y que significa otra manera de pensar la música. En todo caso, siempre estoy haciendo música en vivo.

Tu reflexión sobre el incendio de Notre Dame…

—El incendio de Notre Dame fue un drama, une tragedia para los parisinos, los franceses y el mundo occidental (creyente o no). Personalmente, apenas me enteré de la partida del fuego, tomé la bicicleta y asistí al drama en directo. Era algo sorprendente ver las llamas que devoraban poco a poco el techo, sentir el calor intenso, el ruido de la madera que arde y, alrededor, miles de personas en silencio (qué decir… ), asistiendo a ese espectáculo increíble e inimaginable de ver Notre Dame en llamas, hoy en 2019. Vi mucha gente llorar, rezar, deslumbrada pero, sobre todo, una tristeza enorme. Una incapacidad total a frenar lo inevitable, la fuerza de ese fuego y nosotros ahí mirando, solo mirando… como se dice aquí: “Nada de otro que los ojos para llorar”. Ya hace unos meses de esto, nuestra vida sigue y sólo una pregunta tuya me permite revivir el drama que personalmente no olvido, como tampoco olvido la foto de ese niño ahogado sobre una playa del Mediterráneo, ni esos otros monumentos en Siria que Daesh destruyó durante la guerra por nada. El patrimonio de los hombres; es eso lo que me fascina, cuando vemos una catedral en llamas o Palmira destruida, es la obra de los hombres que desaparece. Y qué decir cuando el hombre quema los árboles.

¿Quiénes son esos chalecos amarillos?

—Es el argentino que no llega al fin de mes, el argelino que no puede comer, es el afroamericano o latinoamericano víctima del racismo, es el indiano que vive y muere bajo la polución de sus ríos contaminados, y te podría dar miles de ejemplos más. Por suerte, vivo en uno de esos pocos países donde la gente no se calla, donde todavía el derecho a manifestar existe y aunque cada vez sea más difícil, lo siguen haciendo. El gobierno francés actual está en el mismo modo y el mismo diapasón que todos los gobiernos del mundo, algunos más, otros menos democráticos, pero la idea general es la misma para todos; es decir, ¡continuemos! Para mí no hay diferencia entre Trump, Macron-Macri, Putin, Xi Jinping o Bolsonaro. Si alguno de esos me diera una opinión sobre cuál es la diferencia entre un hombre y otro hombre, cuál es la razón de la superioridad de uno con respecto a otro, quizás tendría una escucha más atenta hacia a ellos, pero sé que no me van a dar ninguna respuesta ni humana ni aún menos filosófica o sociológica. Ese movimiento nació de una manera muy espontánea, fuera de gremios, de sindicatos, de asociaciones, era tu vecino, el agricultor de tu pueblo, la maestra de una escuelita perdida, tu médico, tu hijo; en definitiva, todos esos que no tienen ni están en el poder, es tan claro como el agua…  bueno, ¡si es limpia!

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Argentina, como otros países, sufre toxicidad musical en los medios de difusión masivos…

—¡Sí, aquí también! Hay algunas regiones que resisten a la basura mediática, por ejemplo en Bretaña, en el País Vasco, en Auvergne o en Córcega, lugares que tienen una entidad y una música propias, algo así como el folklore en Argentina, pero sólo se escucha en esas regiones o tenés que buscarlo por internet o tener amigos por esos pagos. Francia, y París en particular, consume de todo y mucho, es una ciudad muy cosmopolita, se puede escuchar todo tipo de música, africana, árabe, de Mongolia o de India; eso por los artistas que vienen de afuera y también por los extranjeros que viven aquí. Pero siempre es para un público particularmente interesado, en general lo que se escucha por la radio es mucha música estadounidense y no siempre de buena calidad, inclusive los franceses también tienen sus grupos o, mejor dicho, cantantes (no hay grupos) bastante mediocres que no aportan nada de novedoso al mundo musical francés. Además, aquí tanto la visión musical como artística es totalmente diferente a la de Argentina, cantantes de aquí no sé si tendrían éxito allí y los Spinetta, Baglietto, Nebbia o Páez les parecerían una cosa incomprensible e inaudible a los franceses.

Tus discos en Argentina los edita BlueArt Records.

—Sí, es el sello que editó varios de mis discos y con el cual llevamos una relación altamente musical que asienta aún más nuestra sincera amistad.

Has venido varias veces a presentar tus nuevos discos, como recientemente “Al piano”. ¿Qué te quedó de cada lugar donde tocaste?

—En todos los lugares donde tocamos la gente nos recepcionó muy bien. La respuesta fue sumamente calurosa; en Santa Fe me decían que no era lo que escuchaban habitualmente en esa sala. Cada ciudad tiene su público y diferente uno de otro. En Rosario, muy atentos, hasta cada final de tema no había mosca que volara y aplausos muy respetuosos. En Francia, por ejemplo, al público lo tenés que hacer participar, que se le muevan los zapatitos o que sigan el ritmo con las manos (aunque lo hagan mal). En Argentina la mejor manera de participar es simplemente escuchar, y eso para un músico es esencial y allí hay una fuerte comunión.

Quiero confesarte que cuando terminé de escuchar el tema “Mi Tania” (incluido en el álbum “Aquí me pongo a cantar”) no pude evitar el llanto, algo muy fuerte sucede en esa composición. Con profundo respeto ante todo, preguntarte por la historia de dicha canción…

—Me hace bien saber que Mi Tania te conmueve. Quizás este hecho para eso. Es un tema que no escucho casi nunca y que por suerte lo pude grabar (con muchísima dificultad) para así no tocarlo más (no puedo tocarlo…). Lo hice para mi hija Tania, que nació el 12 de febrero de 1987 y falleció el 13 de diciembre de 2003, por un cáncer del sistema linfático. Ese disco, mi único disco cantado, lo hice sólo por esa canción, ¡sólo por esa canción!

¿Qué música o banda estas escuchando que nos puedas recomendar?

—Yo escucho de todo, hay muchas cosas interesantes, por ejemplo John Zorn, Eric McFadden, Julian Casablanca and The Voidz, en Francia hay un trompetista muy creativo llamado Ibrahim Maalouf, como también Rabih Abou-Khalil en el álbum Sultan’s Picnic y tantos más.

Nombrame un podio con tus pianistas preferidos del mundo, sólo tres…

—Uh, es muy difícil elegir sólo tres. Digamos Keith Jarrett, Esbjörn Svensson y Cecil Taylor. Los tres totalmente diferentes.

¿Qué deseo hay musicalmente a futuro por cumplir?

—Mi deseo es poder seguir haciendo música sin barreras, no perder el deseo de buscar aunque no se encuentre. En alguna medida todo está ahí, solo hay que pasar el buen momento y atraparlo, y entonces… Como si todo fuera límpido, un tema mío en YouTube, búsquenlo.

Publicado en la ed. impresa #05.

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