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Autor invitado Barullo en papel

Una historia en una foto

Hay dos cosas que me perturbaron toda mi vida: el tiempo y el infinito. Estos temas me han acercado a Borges, quien puso en palabras muchas cosas que pasan por mi mente. Escribo esta remembranza, a partir de mis obsesiones.

Estaba viendo en Facebook algunas fotos que suben los hinchas de Central. Me encantan las fotos viejas porque muchas veces me ayudan a recorrer el tiempo de mis años de niño. Mi generación no tuvo acceso al video, apenas muy pocos alcanzaban a tener una cámara filmadora de Súper 8 con rollitos que duraban, cada uno, tres minutos, pero la mayoría accedíamos a una cámara con fotos de 35mm que no siempre estaba cargada y menos con rollo de 36.

Me causa risa tener que explicar las limitaciones que teníamos en esos días, algo absolutamente inimaginable para las generaciones de hoy cuando para la nuestra son tesoros incunables.

Así que no siempre había acceso al registro. Por eso, ahora, y más en aquellos días, nos pasábamos las fotos en las que aparecíamos en retratos ajenos.

Cuando veo las fotos de mi infancia y mi adolescencia las coloco sobre la mesa y armo una especie de rompecabezas orgánico que va tomando vida cuando le presto especial atención a cada una. Así, mi mente viaja en el tiempo. Emergen las voces, los aromas, los sonidos y también las ausencias.

Una singular práctica me poseyó cuando alguien querido se fue. Desde ese día tiendo a buscar la mayor cantidad de fotos en las que aparece porque tengo una íntima sensación, infantil, de que puedo robarle a la muerte minutos de vida.

Esto me pasó cuando mi padre murió…

Mientras miraba en la red social una tras otra esas maravillosas instantáneas, una me generó una extraña emoción. Estaba en blanco y negro: el Loro Gaitán gritando un gol. Sentí que conocía esa foto por algún motivo. No entendía qué, pero la cabeza empezó a recorrer situaciones. Mi corazón palpitaba más a medida que la revelación se hacía inminente: “Esta es la foto de la revista El Gráfico en la que salimos con papá”.

Corría marzo de 1979. El equipo de Central era llamado “la sinfónica” de don Ángel Zof, y mi ídolo era José Luis “Loro” Gaitán. Central le ganaba con baile a Colón por 3 a 1 y fuimos con mi viejo a la platea del río. Cuando hace el gol Gaitán, el fotógrafo de la revista El Gráfico toma una foto en la que salimos en la platea, gritando el gol, mi viejo en cueros y yo, de trece años, con una remera que me regaló mi primo Roberto Nicosia quien vivió dos años en Rosario y el resto de su vida en Estados Unidos.

La foto recorrió la empresa Minetti donde trabajaba mi padre y causó estupor porque “el señor” de habitual saco y corbata, de compostura formal y correcta (por lo que se lo reconocía), aparecía en cueros, desaforado, gritando un gol del club de sus amores.

Supe tener un ejemplar durante muchos años de esa revista pero no recuerdo qué fue de ella. Así que estaba más que emocionado de recuperar un instante de felicidad compartida.

Me hubiese encantado tenerla para verla con mi padre en ese tortuoso año de su enfermedad. No sé si tengo algún otro registro en que ambos estemos felices al mismo tiempo y por el mismo motivo.

Nos veo ahí parados en el medio de una multitud. Durante años me supe encontrar y encontrarlo a él. Ahora que han pasado casi 37 años no recuerdo la cara de ese chico con su papá. De repente tengo el recuerdo de que a mi lado había un gordo de camisa a cuadritos que tenía un tremendo olor a transpiración. Entonces, empiezo a ver, detenidamente. Sabía que estábamos en las primeras filas, que tenía esa remera de regalo que picaba mucho a pesar de que era de verano. También sabía que mi padre estaba en cueros con una gorra verde de John Deere y no mucho más que eso.

Me encontré. Casi me desconocí. A mi padre lo vi igual, como imaginaba encontrarlo. En ese momento me introduje en la foto y la cámara repentinamente giró, apareció el color, el sonido de la cancha, el olor a choripanes, el sol que picaba fuerte en la cara. Seguro que nos volvíamos flechados.

Lo vi al Loro buscando la pared, penetrando en el área de Colón y tocándosela a un palo del Gato Andrada, ese arquerazo de aquella época que salió de Central y hoy es tristemente célebre por su labor colaboracionista con los genocidas de la dictadura militar.

Un golazo. Casi que lo volví a gritar. Claro, aunque parezca una zoncera, lo hizo mi ídolo y es gol de Central.

Todo se detuvo en un instante y volvió a ser blanco y negro, con el grano de trama de las fotos impresas. Lloro ante la computadora. Me limpio la cara y corro a mostrarles la foto a mis hijas. “¿Ven? Acá estoy con el abuelo Chiche en la cancha de Central. Yo tenía 13 años y él 40”. Mi hija menor tiene 13. Yo 50. Me pregunto si nos toman una foto hoy en la cancha juntos, dentro de 35 años, ¿se encontrará?, ¿me buscará?, ¿se dará cuenta de cómo era ella hoy? El tiempo, una obsesión para mí. Lo vuelvo a escribir. En el futuro, ¿ella sabrá cómo es hoy?

No es fácil que lo entiendan porque cuando vemos los videos de sus años de bebé ellas lo toman con una naturalidad tal que me doy cuenta de que el que no comprende soy yo. Bajo la foto a mi compu y la publico en Facebook: una hermosa historia mínima.

Unos meses después, en un viaje a Buenos Aires, caminando por la zona de las librerías entro en uno de esos anticuarios que me encantan, buscando alguna cosa rara para llevarme. Me pongo a mirar revistas y veo una pila de revistas Humor, sostén intelectual de mi adolescencia. Le pregunto al joven que atiende si le queda alguna del período de la dictadura. Me dice que no. Al costado, una sobre otra, decenas de El Gráfico. Me encuentro con dos ejemplares de la semana anterior y posterior al número de la foto de mi infancia. Siento pena porque pienso que no está, pero sigo viendo… cuando de repente el corazón galopa fuerte. Hojeando, ya sin convicción, paso por la foto del Loro Gaitán. Enloquezco, recorro la revista con miedo de que le faltase alguna hoja. Pero aparece justo la que yo buscaba.

En Buenos Aires, en un anticuario cualquiera, un hombre estúpido llora a mares. Intento que los ojos irritados no se hagan evidentes a los extraños. Busco a mis hijas y vuelvo a llorar. Ellas también, porque en ese momento entendieron el peso de esa foto del pasado, la magnitud de recuperarla, el alivio de afanarle a la muerte un instante de felicidad junto a mi padre, su abuelo, el hombre que dejó como herencia lo mejor y lo peor de ser hincha de Central. Una foto. Una foto en el tiempo. Una vida resumida en un recuerdo.

Ese día, aún no sé bien por qué, enterré definitivamente a mi padre.

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