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Videoteca, pasaporte para una cofradía

El emblemático local promovió que se viera en Rosario un cine más artístico, derribó prejuicios para ampliar la mirada y generó una fiel comunidad.

Cómo cayó en ese templo sagrado no lo supo nunca exactamente. O sí, algunas pistas tuvo, comenzando por su amor al cine, y más que amor, supo después, era una entrega al magnetismo que ejercían las imágenes. Lo cierto es que cuando entró a trabajar en Videoteca no sintió que se tratase de un empleo como cualquier otro, atendiendo asuntos que no le interesaban. Al principio se paseaba por los amplios espacios del espectacular –porque él lo veía así: espectacular– local de la calle Cochabamba entre Mitre y Entre Ríos, y su vista recorría los lomos de los VHS (Video Home System, el sistema de grabación y reproducción analógica de video) y se detenía, extraía una cajita de la hilera de las estanterías y se quedaba absorto leyendo la sinopsis. De ese trance lo sacaba Carlos Perrone, el fundador, cuando le  pedía que llevara algunas películas y las acomodara según un riguroso catálogo por géneros y directores.

Así cuenta Gustavo G., figura de larga data tras el mostrador de Videoteca, su llegada a ese sitio que prometía el paraíso. Fabián, uno de sus compañeros, le había contado sobre la génesis del lugar. Le dijo que había sido un anexo de Audioteca, allí en la esquina de Cochabamba y Sarmiento, y que la idea inicial había sido proveer de material a los compradores de los equipos de video de esa época, cuando no existía aún el videoclub como actividad. Era 1983 y la vuelta a la democracia traía los primeros reproductores para grabar programación televisiva y apenas pasó eso aparecieron sellos editores que compraron derechos de películas para comercializar. Hubo una etapa intermedia –le contó–,  donde no había películas distribuidas legalmente, entonces quien se asociaba a Videoteca debía traer un video virgen como cuota de ingreso. Y poco después comenzaron a alquilarse las primeras películas de editoras como AVH, -una pionera que ofrecía los éxitos contemporáneos de Hollywood-, Gativideo -con cine más elaborado- y Época, con clásicos artísticos, una panacea para un público ávido luego de la férrea censura que impusieron los golpistas en 1976.

Otra dimensión

Fabián le había mostrado una página tabloide del diario con más tirada de la ciudad con una nota sobre Videoteca, donde lo señalaba como el videoclub más grande del país, ilustrada con sus múltiples espacios: un sitio para ingresar películas, un confortable mostrador para atender al público, y una sala para ver avances de films y proyecciones gratuitas. Una foto panorámica mostraba la estructura de tres plantas y el subsuelo, y en otra se veía a gente muy distinta –jovencitos charlando con adultos variopintos, niños que tironeaban a sus padres que no se decidían por un título– que parecía estar en el mejor de los mundos. Videoteca -Gustavo G. lo descubriría después- conformó una cofradía donde el cine en cajita era la excusa perfecta para encontrarse entre pares con quienes discutir acerca de la genealogía de un realizador –que podía ir desde Scorsese o Abel Ferrara hasta Pasolini o Chabrol– o sobre  los nuevos directores argentinos como Martel o Caetano que ya asomaban como promesas. Pero también, claro, y al principio lo ofuscaba un poco, había quienes venían a buscar la última película de Disney. Enojo que naufragaba cuando el siguiente socio pedía el título del director lituano cuyo único video en la ciudad se encontraba precisamente en esas estanterías. Una llama encendida en los ojos era el pasaporte para quienes pisaban otra dimensión cuando entraban a Videoteca.

Fabián Del Pozo / Foto: Sebastián Vargas

Videoteca lo tiene

Fabián del Pozo, quien timonea hoy el destino de Videoteca y es un eficaz armador de catálogos, cuenta que una de las primeras sorpresas la tuvo cuando la gente comenzó a pedir cine argentino, porque se había cansado de escuchar una muletilla: “Yo cine argentino no miro”. Según confía,  el puntapié lo dio la película Pizza, birra y faso, que aportó un cambio de lenguaje en el cine nacional y convocó a un público que no era el amante tradicional del cine. Así se topó con psicólogos fascinados por esos marginados urbanos, con actores de teatro extasiados con el naturalismo que respiraba, jazzeros free locales que encontraban coloridas síncopas en sus escenas, aficionados a los films de Favio que veían paralelismos en esta película. “Un mundo muy versátil”, dice Fabián, y al instante menciona otros prototipos: los inconformistas que venían hasta el mostrador con un thriller, por caso, y al instante se arrepentían porque la tensión de ese título les quitaría el sueño, e iban en busca de una comedia, para un momento después cambiar otra vez de idea e ir por un western, porque era tan enorme la oferta que cualquiera podía hacer sisear su deseo en consonancia con un apetito que, a veces, duraba segundos. Luego, dice, estaban los que querían que les recomendaran películas, escuchaban sugerencias y se iban con dos o tres títulos y la sonrisa de un conquistador. Gustavo G. rememora los debates entre algunos socios sobre la obra de grandes directores: Fellini, Kubrick y Resnais eran objeto de disquisiciones e incluso a veces alguno de los discutidores se iba sin pedir nada, como si hubieran llegado hasta Videoteca sólo para llevarse algún dato que no conocían. Convidados por la mirada de los polemistas, Gustavo G. y Fabián solían participar de ese ritual donde el aire se convertía en un murmullo de interpretaciones y hacía que la gente que llegaba se detuviera a escuchar y se olvidase de lo que lo había llevado hasta allí. Descubrir una joya oculta –generalmente cine de Medio Oriente, asiático o el incipiente indie– y esperar a los habitués para anunciarles la nueva tenía una devolución de miradas cómplices y la prisa por ir a buscar el título a las estanterías, y que apenas un poco después correría boca a boca hasta desembocar en el “Videoteca lo tiene”.

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Familiarizados

Fabián cuenta que ante la imposibilidad de conseguir un film en la web los socios van a hurgar en el tesoro de 25 mil títulos que Videoteca conserva y recorren los pasillos flanqueados de DVD’s, Blu Ray’s y los ya antiguos VHS, desde hace un tiempo en un local por Entre Ríos antes de llegar a Cochabamba. Insiste en que algunos habitués siguen yendo por la gracia que implica encontrar una película que no esperaban, reforzando el aura mítica de ese recinto que resiste con colecciones que frecuentan hasta los investigadores cuando emprenden un ensayo o una ponencia. Esos materiales, específicos y artísticos a la vez, contribuyen a la difusión de un cine en sintonía tal vez con el concepto de la “teoría de autor” que enarbolaban los críticos de Cahiers du Cinèma. El motor fue conseguir que los socios se familiarizaran con las películas y aportaran su mirada, como tribus que alimentaban el acto de volver a ver cine con otros ojos. Para iluminar con ejemplos refinados, Fabián dice que algunos títulos con vistosas carátulas eran objeto de codicia y que a veces desconocidos terminaban llevándoselos sin pasar por el mostrador; Gustavo G. menciona a los que se habían “enamorado” de una película –a “La vida de Adele” se la habían llevado de vacaciones– y les  costaba soltarla. A los que buscaban un título sin conocer al director y apenas el argumento y había que deducirlo porque estaban seguros de que “allí estaba”. Fabián apunta que Videoteca tiene socios históricos que nunca dejaron de renovar su abono de Blu Ray, DVD y VHS porque ven películas en los tres formatos y celebran que durante los 36 años que lleva  se ofreciera material bien catalogado, archivado y exhibido y además –algo genial, dice Fabián– menciona los ciclos de videos de jazz que Perrone organizó durante 25 años con entrada libre, proyectados en pantalla grande y con sonido HiFi amplificado. Como testigo privilegiado, recuerda cómo una estrategia imprevisible le permitía estar alquilando Ascensor para el cadalso mientras sonaban los acordes de Miles Davis en una actuación en los 60, o a alguien preguntando por Straight no Chaser cuando las teclas de Thelonious Monk fabulaban prodigiosamente en videos inéditos y conseguidos boca a boca. En definitiva, el mejor pasaporte para esa cofradía.

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Publicado en la ed. impresa #02

Juan Aguzzi

Por Juan Aguzzi

Editor del diario El Ciudadano, periodista cultural, coautor de La Rosa Trovarina, libro sobre la historia de la Trova Rosarina. Escritura y cine, escritura y música y escritura y un sándwich de queso, con eso digo presente todos los días.

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